Capítulo 1
ANGIE
No podía creer lo ilusas que podían llegar a ser algunas mujeres en cuanto a los hombres en las aplicaciones de citas. Solo tenía que leer todas sus mentiras en sus perfiles para darme cuenta de que los tipos eran una completa farsa.
—“Busco a una chica recatada, que le gusten los paseos en bicicleta y los juegos de mesa. Amante de los perros y de las actividades al aire libre”—. Dejo escapar un bufido sarcástico, salpicando con saliva a mi amigo Mateo.
—Perra, me bañaste con gérmenes —se queja mientras limpia las gotas de saliva que terminaron en su rostro. Luego limpia sus manos en mi camiseta.
—Voy a traducirte lo que este caballero realmente quiso decir —me aclaro la garganta antes de seguir—: “Busco a una mujer que sea decente frente a los demás, pero que sea una fiera en la cama. Que le guste la posición del caballito invertido, hacerlo en cuatro sobre la mesa y que esté dispuesta a tener sexo al aire libre”.
Dejo de imitar la voz de un hombre y vuelvo a bufar con sarcasmo. Esta vez Mateo se tapa la cara con la visera de su gorro tipo cubo.
Está obsesionado con la protección contra los rayos ultravioleta. A diferencia mía, que podría quedarme dormida toda la tarde sobre una toalla, en el patio trasero de mi casa, en pleno sol. Eso era lo que le daba ese bronceado natural a mi piel.
—¿Qué esperas? —me pregunta Mateo retóricamente después de asegurarse de que no lo salpicaré de nuevo con los gérmenes de mi saliva—. ¿Encontrar un Romeo en una aplicación que está repleta de Leonardos DiCaprio en busca de su nueva víctima de veinticinco años? —Ahora es Mateo quien deja escapar un bufido sarcástico—. Por eso todas esas sugar babies tienen mi respeto. Saben lo que más vale en la vida.
—El que sea mayor no te asegura que te dará una buena vida —le hago saber a Mateo—. Ni siquiera te asegura buen sexo.
Me mira tras sus gafas de sol.
—No me juzgues, perra. Y de igual forma, todo es prueba y error.
Subo los hombros sin importancia.
—¿Y hasta ahora cuántos aciertos has tenido en las pruebas?
Le saco el dedo porque sabe que solo he tenido errores.
—Exacto, Angie. Cero aciertos —enfatiza un círculo con su mano, simulando un cero.
—¿Eres mi fan o mi hater? —le pregunto mientras hago un mohín.
—A este punto creo que soy tu conciencia —esta vez le saco la lengua—. Pero dime, ¿por qué ha surgido ahora esta búsqueda del amor? Juramos ser rebeldes hasta los cuarenta.
Dejo mi celular a un lado y suspiro.
Sí, me consideraba un alma libre y, como mi padre solía llamarme, una diablita con nombre de santa. Las relaciones, para mí, eran demasiado complejas. Me gustaban las cosas sencillas, como un buen sexo durante una noche, despedirnos en la mañana y que cada uno siguiera con su vida como si nada. Incluso había olvidado muchos de los nombres de los chicos con los que había tenido relaciones. No eran relevantes para mí, era solo algo pasajero.
Pero creo que esta idea de buscar el amor y dejar de tener sexo casual había surgido a principios de este año. Tadeo y yo ya no teníamos que preocuparnos tanto por el dinero. Xander había sido operado del corazón hace un año, y la operación había sido un éxito. Ahora Xander era un alma libre para hacer lo que le placiera. Así que ya no existía esa espina punzante en mi corazón, que muchas veces me mantenía al límite.
Ahora mi salario era mío, para hacer con el lo que quisiera. Tenía las noches libres para salir de fiesta y para simplemente ser una chica de veintitrés años. Pero ya después de un mes de fiestas y gastos innecesarios, me iba a la cama con un deje de inquietud que me hacía pensar que algo faltaba en mi vida. Y un día, mientras miraba a mi hermano y a su novia Josie disfrutar simplemente de un desayuno de cereal, compartido del mismo plato, sentí envidia de ellos y me di cuenta de que quería algo similar para mí.
Era por eso que me había embarcado en esta búsqueda del supuesto “amor real”.
Quizá era solo un pensamiento pasajero, quizá sí era algo serio, o quizá simplemente estaba aburrida y quería emoción en mi vida. Y qué mejor emoción que la de enamorarse llena de expectativas. Era como tirarse de un risco sin saber si habría una red de salvación al fondo o piedras que te dejarían a medio vivir.
—Quiero a alguien que me acoja en sus brazos, y no solo que me coja con sus brazos —lanzo una broma, sin querer detallarle a mi mejor amigo por qué lo hacía realmente.
—Vaya, hasta te has convertido en toda una poeta —le saco el dedo—. ¿Pero qué te parece si buscas en otro lugar que no sea el santuario de los mujeriegos? ¿Qué te parece si buscas en un grupo de jóvenes de la iglesia?
Dejo escapar una carcajada sarcástica, intentando no salpicar de nuevo a mi amigo con mis gérmenes. Lo cual me parece irrelevante, ya que muchas veces hemos compartido una soda en lata y hemos bebido de la misma pajilla.
—Quiero algo serio, Teo, pero tampoco quiero convertirme en una monja.
Mateo solo suspira con pesar y regresa a leer su revista de chismes.
—Mejor ayúdame a escribir mi biografía en el perfil.
Mateo me mira tras sus lentes de sol.
—¿Qué te parece esto? —vuelvo a aclarar mi garganta—: “Busco a un chico dulce, con responsabilidad afectiva, que valore las cosas simples de la vida, como los paseos en el parque, los atardeceres y las noches estrelladas”.
Mateo rueda los ojos.
“Que sea generoso y respetuoso, y que aporte mucha energía positiva a mi vida” —termino de leer la descripción como si estuviera recitando un poema, batiendo mis pestañas con inocencia, mientras Mateo me mira como si fuera un objeto no identificado.
—¿De dónde sacaste eso? ¿De un libro motivacional?
—Lo copié del perfil de otra de las chicas de la aplicación.
Mateo rueda los ojos y se echa a reír.
—Si yo lo escribía, seguro los únicos hombres con los que esta aplicación me juntaría serían exconvictos y potenciales criminales —meneo mi cabeza de lado—. Créeme que me gusta el peligro, pero por ahora prefiero los tipos de cuello blanco. Así que dejaré que el buen juicio de la otra chica me ayude a encontrar un buen hombre —alzo mi puño en el aire—. Confío en ti, Sandy_Chiky_08.
Mateo se echa a reír.
Busco entre mi galería de fotos una decente para poner en el perfil, pero no tengo más que fotos en las que salgo sacando el dedo, borracha, haciendo muecas, o esas ocasionales fotos triple equis que le mandaba a un par de chicos.
—Teo, tómame una foto de puritana —le entrego mi celular mientras comienzo a posar.
—¿Como las de Kimberly Santos?
Comienzo a reír ante la sugerencia de Mateo.
Kimberly era una excompañera de la escuela. La chica profesaba ser una santa, devota de la iglesia, que nunca maldecía y siempre vestía la falda de su uniforme abajo de la rodilla. Pero al final resultó ser una descarada que tenía relaciones sexuales con el monaguillo de la iglesia, el cual se estaba preparando para ser cura. Quedó embarazada y, obligado, el pobre monaguillo tuvo que casarse con ella.
Después de salir de la casa de sus padres y de dar a luz a su hijo, Kimberly seguía aparentando ser una santa, pero todos sabían que era una mentirosa. Se acostaba con los hombres casados de la empresa donde trabajaba y quedó embarazada de nuevo, pero esta vez de un chico menor.
Es por eso que suelo decir que siempre es mejor mostrarte tal cual eres y no ser una doble cara.
Los que se arrodillan en las bancas de las iglesias muchas veces suelen ser peores seres humanos que aquellos que apenas son devotos.
La corbata no te quita lo rata.
—No de mojigata —le hago saber a Mateo después de parar de reír—. De chica decente, riendo, mientras miro al vacío, pretendiendo que no sé que me están tomando una foto.
Mateo me toma cerca de veinte fotos.
Me decido por ser la chica misteriosa que mira al vacío mientras pretende pensar lo bonita que es la vida, aunque lo que en realidad pienso es que quiero comer tacos para la cena.
—Perfecto —digo, subiendo la foto a mi perfil—. La cacería…
Presiono el botón para hacer público mi perfil.
—Ha comenzado.