El Aroma Del Dominio by Chaooss at Inkitt
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El aroma del dominio

Summary

En esta historia nos centraremos en la vida de una Omega llamada Suky Isuzu, muy diferente a los de su raza, traumada por su pasado en el que tuvo una mala experiencia con varios Alfas, lo cuál hizo que los empezara a odiar de sobremanera. La historia esta contada desde las propias carnes de nuestra protagonista para intentar ofrecer al lector una experiencia más inmersiva.

Genre
Drama
Author
Chaooss
Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPíTULO UNO: En este extraño mundo

Al empezar en un nuevo empleo, lo normal es esperar ser el último eslabón de la cadena. Sin embargo, a veces me detengo a pensar cómo pasé de ser una nueva incorporación a la jefa de Recursos Humanos en tan poco tiempo. Quizás es porque alguien tiene que poner límites en una sociedad que, por naturaleza, es desigual.

Ahora, mi día a día se resume en hacer de niñera de alto nivel, asegurándome de que los Alfas no crean que su casta les da derecho a pisotear al resto. Todo esto ocurre en BioTech Labs, una de las cooperativas líderes del país, donde desentrañamos los secretos químicos de nuestra propia jerarquía: Alfas, Betas y Omegas.

El edificio es una mole de cristal y acero que domina el horizonte con sus quince plantas. Todo comienza en la planta baja, donde la recepción y la cafetería bullen con el ir y venir de los empleados. Por encima se extienden ocho niveles de laboratorios y zonas de descanso, el verdadero motor de investigación de la empresa. Luego, cuatro plantas de oficinas y salas de reuniones dan paso a un exuberante jardín interno que precede a la joya de la corona: el ático. Allí se encuentra el despacho del señor Nakamura. Como Alfa superior, Hiroshi Nakamura posee un dominio que intimida, pero su presencia es sorprendentemente cálida; un hombre de cuerpo fornido y barba canosa impecable que siempre viste con una elegancia que rompe los prejuicios sobre su rango.

Hay una ironía amarga en el cariño que el señor Nakamura siente por mí. Confía ciegamente en mi integridad para proteger la empresa, sin saber que mi mayor éxito es, en realidad, un fraude biológico. Para poder controlar a los Alfas, recurro a dosis controladas de veneno Alfa inyectadas directamente en mi sistema. Así, mi aroma de Omega se convierte en una trampa manipulada, una frecuencia de mando que los obliga a respetarme. Lo más peligroso es que, tras estas paredes, nadie sospecha nada: ni la plantilla, que me ve con temor y respeto, ni el propio señor Nakamura, quien jamás imaginaría que su empleada más leal oculta su verdadera naturaleza tras una cortina de humo química.

Aquel día, el señor Nakamura me puso sobre aviso: uno de nuestros activos más valiosos estaba pasando por un momento difícil. Se trataba de Senku Ishigami, el jefe de investigaciones, un Alfa que trabajaba recluido en el último piso de laboratorios y que, al parecer, se encontraba lidiando con su celo. Los informes lo describían como el hombre más inteligente y racional de la ciudad, un genio que rara vez abandonaba su santuario científico. Al verlo, su estampa confirmaba el mito: era un hombre alto y delgado, de una palidez casi vampírica que contrastaba con su cabello blanco en punta, degradado en un suave verde hacia los extremos. Sus ojos, del color del carmín, irradiaban una eficiencia absoluta incluso bajo la presión de su biología, siempre envuelto en su característica bata blanca de laboratorio que parecía ser su segunda piel.

Caminé hacia el laboratorio repasando mentalmente el informe, con un café en la mano como salvoconducto para una charla que esperaba no resultara forzada. Ante la puerta, me tomé un segundo para llenar mis pulmones de aire antes de entrar sin llamar. El espacio me recibió con la intensidad de las lámparas halógenas, cuya luz blanca hería la vista al rebotar en un laberinto de cristal: tubos de ensayo, matraces y microscopios se amontonaban en las encimeras. Todo el lugar estaba flanqueado por estanterías metálicas que crujían bajo el peso de cientos de volúmenes sobre química, creando una atmósfera saturada de conocimiento y obsesión. Sabía que, interrumpir a Senku Ishigami en su laboratorio era, probablemente, un deporte de riesgo.

Nada más cruzar el umbral, divisé al joven prodigio en su escritorio, alternando la revisión de fórmulas complejas con el uso del microscopio. Al notar mi intrusión sin previo aviso, levantó la vista con una lentitud amenazante. Sus ojos carmín, enmarcados por unas ojeras profundas que delataban noches de insomnio y lucha contra su propia biología, me recorrieron de arriba abajo. La irritación emanaba de él como una corriente eléctrica; me examinó con una molestia evidente, cuestionando en silencio quién era yo para interrumpir el flujo de su trabajo.

—¿Qué haces aquí, Suky? No deberías molestarme mientras trabajo...— Su voz sonaba irascible, cargada con la aspereza de quien no ha dormido en días. Ignoré el dardo en sus palabras y me acerqué con paso firme a su escritorio, depositando el café humeante frente a él mientras esbozaba una pequeña sonrisa ensayada.

—Últimamente he notado que estás bastante estresado, así que pensé que te vendría bien un café y... un pequeño descanso.— Mentí con suavidad. No podía decirle que estaba allí por orden directa del señor Nakamura; mi papel era ser el bálsamo, no la vigilante.

La mirada de Senku fue del café a mis ojos con una rapidez analítica. Pude ver cómo sus fosas nasales se dilataban casi imperceptiblemente al captar mi aroma; el veneno Alfa en mi sistema estaba haciendo su trabajo, obligándolo a reaccionar.

—No necesito que me compadezcas, Suky. Estoy perfectamente. — Afirmó en tono rudo, pero su lenguaje corporal lo traicionaba por completo. Miraba el café como si fuera un oasis en el desierto, aunque su orgullo le impidiera aceptarlo de inmediato. No pude evitar reír suavemente. Era el clásico comportamiento de un Alfa herido en su orgullo, intentando fingir que una ‘simple’ Omega no podía ver a través de él.

—Tus ojeras y tu actitud dicen lo contrario...— Murmuré, moviéndome con una confianza que desafiaba cualquier protocolo. Me coloqué detrás de él y apoyé mis manos en sus hombros, que estaban tan tiesos como el metal de sus estanterías. —Estás muy tenso, deberías tomar un descanso...— Continué mientras liberaba una ráfaga controlada de mi aroma de Omega. El veneno Alfa en mis venas le daba a mi esencia una profundidad de mando irresistible. —No conseguirás resultados eficientes en este estado...— Bajo mis dedos, sentí cómo Senku se tensaba hasta el límite, como una cuerda a punto de romperse. Sin embargo, su biología traicionó a su mente; sus hombros cedieron ante el masaje y un gruñido bajo, ronco y casi involuntario, escapó de su garganta, marcando la primera grieta en su control racional.

—No soy un niño que necesite consejos de una Omega. Mi celo está cerca y estos experimentos no se harán solos.— Replicó, aunque su voz carecía de la fuerza de antes.

A pesar de la sequedad de sus palabras, su cabeza se inclinó hacia adelante de forma involuntaria, ofreciéndome un acceso total a la tensión de su nuca y hombros. El aroma manipulado que yo desprendía parecía estar erosionando su resistencia más de lo que su mente racional estaba dispuesta a admitir; era un genio derrotado por una química que no podía controlar.

—Incluso la máquina más perfecta se sobrecalienta, Senku...— Dije con suavidad, trabajando los nudos de sus hombros con precisión.

Aquel suspiro casi imperceptible que escapó de sus labios fue mi mayor victoria hasta ahora. Sus dedos se congelaron sobre las fórmulas, perdiendo el hilo de sus propios pensamientos. Lo observé desde atrás, viendo cómo luchaba por no dejarse llevar. Mi aroma de Omega, potenciado por el veneno Alfa, estaba trabajando a un nivel subconsciente, forzándolo a encontrar paz en mi presencia a pesar de su terquedad.

—Mi investigación no puede esperar, tengo fechas límite que debo cumplir...— Insistió él, pero sus palabras se perdieron en el aire denso del laboratorio como una ecuación sin resolver.

El café seguía enfriándose, ignorado, mientras el científico permanecía atrapado en el limbo entre su orgullo y el alivio que mis manos le proporcionaban. Fue entonces cuando lo sentí: su aroma de Alfa, usualmente afilado y dominante, comenzó a suavizarse, entrelazándose con el mío. En la quietud del laboratorio, nuestras esencias se mezclaron en una danza invisible, una amalgama de calma artificial y feromonas de celo que desafiaba toda lógica científica.

—Solo cinco minutos...— Le susurré, liberando sus hombros y deslizándome hasta quedar a su lado. Le ofrecí mi mano con una suavidad calculada, mientras ajustaba mi aroma para que la nota de Omega fuera un reclamo irresistible. —Ven conmigo...—

Senku observó mi palma extendida con un recelo que luchaba contra su propia biología. Pude ver cómo sus pupilas carmín se dilataban hasta casi devorar el iris, una señal inequívoca de que su celo estaba rompiendo sus defensas. El aire entre nosotros vibraba; él sabía que aceptar esa mano era una derrota científica, pero su instinto, nublado por mi esencia manipulada, gritaba que me siguiera a cualquier parte.

—Cinco minutos... — Empezó a decir con un tono bajo y rasposo. —Serán más que suficientes para que regreses a tu trabajo también. No soy uno de tus juguetes para que me andes distrayendo así.— Pese a la dureza de sus palabras, sus dedos rodearon los míos con una vacilación impropia de él. Al contacto, el calor que emanaba de su piel me puso en alerta; su temperatura era alarmantemente alta, una fiebre de Alfa que amenazaba con desbordarse.

—Podrías tener fiebre... — Con un movimiento fluido, tiré de él para obligarlo a ponerse en pie. Lo saqué del laboratorio casi a rastras, guiándolo por los pasillos asépticos del edificio hasta el jardín interno. El contraste entre el aire viciado de químicos y la frescura del santuario privado para empleados exclusivos parecía ser justo lo que su biología estaba exigiendo.

El jardín era un despliegue de vida artificialmente perfecta; plantas exóticas que nunca deberían haber crecido juntas compartían el mismo aire purificado. Guié a Senku hasta un banco de piedra labrada, oculto bajo la sombra densa de unas palmeras tropicales. Se dejó caer en él con una pesadez que me confirmó que sus fuerzas estaban al límite. Al dejar el café frío a su lado, la fuente central con sus espirales de piedra parecía marcar el ritmo de su respiración agitada. En este santuario, lejos de sus microscopios, el Alfa se veía extrañamente fuera de lugar, como una fiera acorralada por su propia biología.

—En seguida vuelvo, no te vayas.— Le advertí con seriedad. Sabía que, en cuanto me diera la vuelta, su mente lógica buscaría cualquier excusa para regresar a sus matraces. Senku se mantuvo rígido en el banco, observándome con esos ojos carmín entornados, cargados de una molestia que no lograba ocultar su agotamiento.

—No soy un niño que pueda escaparse o perderse... — Susurró para sí mismo con recelo cuando me alejaba. —Ni siquiera sé por qué te preocupas tanto...— Lo vi de reojo llevarse el vaso a los labios. Dio un sorbo al café helado sin siquiera arrugar la nariz; el frío del líquido parecía ser el único alivio real para la fiebre que empezaba a consumirlo desde dentro.

El aire fresco que corría en el jardín empezó a relajarle, haciendo que respirase más profundamente mientras su mente seguía absorta en los experimentos que había dejado abandonados en su laboratorio. Miró a su alrededor con desconfianza, como si el descanso que yo le había impuesto fuese una trampa diseñada para robarle su tiempo más valioso. En la soledad del jardín, su postura seguía siendo la de un hombre que no sabe cómo detenerse.

A los pocos minutos regresé con un paño de seda y algunos hielos entre mis manos. Me senté a su lado y le dediqué una sonrisa amigable, haciendo un leve gesto con mis manos para que apoyara su cabeza en mi regazo. Él me miró con evidente desconcierto, arqueando una ceja ante mi inusual propuesta; luego dirigió su mirada al paño y a los hielos, volviéndola a levantar hacia mí con una expresión aún más gélida de irritación. Su orgullo de Alfa parecía revolverse ante la idea de mostrar tal nivel de vulnerabilidad, analizando mi invitación como si fuera un experimento peligroso cuya conclusión no estaba dispuesto a aceptar.

—¿Qué crees que estás haciendo exactamente? No necesito... eso...— Protestó con un hilo de voz que intentaba sonar firme.

Sin embargo, sus acciones traicionaron a sus palabras; su cuerpo se inclinó inconscientemente hacia mí, buscando el alivio que su mente negaba, hasta que terminó recostando su cabeza sobre mis muslos. Al sentir el contacto directo, noté cómo se tensaba aún más, abrumado por una cercanía que rompía todos sus esquemas.

Mi aroma de Omega empezó a esparcirse por el ambiente privado, pero acogedor del jardín, afectando parcialmente a su racionalidad característica. Pude ver sus constantes intentos por mantener la compostura, apretando la mandíbula mientras luchaba por no sucumbir al instinto.

—Confía en mí, te vendrá bien...— Mantuve mi sonrisa amigable, bajando el tono de voz para no perturbarlo. —Si esto no funciona, te dejaré en paz, lo prometo.—

Escuché cómo un gruñido bajo escapaba nuevamente de sus labios mientras luchaba internamente contra su orgullo de Alfa. Me miraba desde abajo, con una expresión de desconfianza pura grabada en sus facciones, pero en la profundidad de sus ojos rojos pude divisar, por fin, un destello de vulnerabilidad momentánea que me indicó que la batalla estaba ganada.

—Esto es ridículo...— Murmuró, pero no se movió ni un milímetro. Sus quejas eran ya solo un eco lejano. Al colocar el paño frío, su pecho subió y bajó con más fuerza, llenándose de mi aroma.

—Cierra los ojos...— Le incité, guiando el paño por su frente y descendiendo hacia su cuello para estabilizarlo.

Mis dedos se perdieron en su cabello, acariciándolo con una ternura que parecía desarmar cualquier lógica que le quedara. Observé cómo sus facciones, antes tensas y gélidas, se suavizaban bajo mi mano.

En este estado, con la respiración calmada, Senku ya no luchaba; simplemente existía en el espacio que yo había creado para él, aceptando la ‘ineficiencia’ de ser cuidado. Cerró los ojos con una lentitud cargada de resistencia, el ceño fruncido delatando lo mucho que odiaba perder el control. Bajo mi mano, sentí cómo su cuerpo cedía terreno pulgada a pulgada, traicionado por un temblor cuando el frío del paño rozó su cuello.

—Esto es... impropio para un Alfa.— Logró espetar, su voz perdiendo parte de su habitual seguridad. —Los Omegas como tú siempre creen saber lo que necesitan...—

No se alejó. Al contrario, su mano se cerró con fuerza sobre su muslo, buscando un anclaje físico mientras luchaba internamente contra su propio orgullo y el efecto de mi aroma que lo envolvía sin tregua. Ante sus quejas, decidí intensificar mi aroma de Omega, dejando que se esparciera como una bruma invisible para aplacar su negatividad.

—Shhh.... relájate.... —apenas fue un soplo de voz contra el silencio del jardín.

El joven Alfa inhaló con fuerza, llenando sus pulmones de mi rastro. Escuché el eco de un gruñido profundo naciendo en su pecho, un sonido animal que delataba su derrota. Sus fosas nasales vibraron en un intento por procesar la química que lo estaba asaltando, desgarrando su racionalidad mientras su cuerpo sucumbía al mandato biológico que yo le imponía desde mi regazo.

—¿Senku? Despierta... tienes que volver al trabajo — El susurro casi inaudible, aunque una parte de mí quería que siguiera allí.

Al oírme, despertó con una lentitud que desapareció en el acto al darse cuenta de dónde estaba apoyado. Se incorporó bruscamente, recuperando su espacio personal con una prisa casi cómica. Su mirada, antes relajada por el sueño, ahora chispeaba de irritación y una vergüenza que intentaba ocultar tras su habitual fachada gélida. Sin embargo, sus mejillas encendidas decían lo que sus labios se negaban a admitir: estaba avergonzado de haber cedido.

—¿Cuánto tiempo...?— Quiso saber, tratando de borrar la huella de la vulnerabilidad en su voz. —Esto fue un error... no necesitaba esto...— Insistió, aunque la mejoría en su semblante era evidente. Se acomodó el cabello de forma compulsiva mientras miraba su reloj, molesto por la “pérdida” de tiempo.

—Solamente cinco minutos, como prometí —dije mientras me ponía de pie. Comencé a caminar hacia la salida, sintiendo su mirada en mi espalda. —No te olvides de tu café.— Le recordé antes de salir, sabiendo que, aunque lo negara, mi aroma y esos cinco minutos habían salvado su mañana.

El científico aceptó el café frío en silencio, siguiéndome con la mirada mientras procesaba lo ocurrido. Al levantarse, se notaba que la pesadez de su cuerpo había disminuido gracias al descanso.

—Esto no cambia nada... No pienses que te debo algo por un simple descanso estratégico .— Espetó, tratando de reafirmar su autoridad. Con un movimiento seco, ajustó su bata blanca , buscando desesperadamente recuperar su fachada profesional. Estaba recuperando su dignidad a pasos agigantados antes de encaminarse también hacia la salida, tratando de dejar atrás la calidez de aquel regazo.

Me miró fugazmente con recelo, pero no hizo nada para impedirme avanzar. Respondí encogiéndome de hombros, mostrando mi total desinterés por su actitud defensiva, y seguí mi camino. Senku me seguía unos pasos por detrás, manteniendo una distancia prudencial, aunque podía sentir su mirada fija en mi nuca; era como si me estuviera evaluando bajo un microscopio, movido por una curiosidad científica que no lograba disimular. Al llegar al ascensor, se colocó a mi lado y presionó el botón en silencio. No volvió a mirarme, recuperando esa expresión estoica suya que parecía borrar todo lo sucedido en el jardín.

—No le cuentes a nadie sobre esto, tengo una reputación que mantener.— Sentenció con un tono frío y calculador. Sus palabras no me afectaron en lo absoluto; en cambio, le dediqué una sonrisa cómplice e hice el gesto de una cremallera cerrándose sobre mis labios.

—Soy una profesional, tu secreto está a salvo conmigo —le aseguré, saboreando el hecho de que el gran científico ahora dependía de mi discreción—. Que vaya bien el trabajo...— Concluí, dándome la vuelta con una seguridad que sabía que no pasaría desapercibida para él.

El ascensor se detuvo en la duodécima planta, tres niveles por encima de sus dominios científicos. Salí de la cabina dedicándole una última sonrisa y me di media vuelta para regresar a mi despacho, retomando mis responsabilidades como jefa de Recursos Humanos. El joven Alfa me observó con una mirada desafiante y asintió con brusquedad; parecía estar procesando cada segundo de lo ocurrido, intentando catalogar mi comportamiento en alguna categoría lógica de su prodigiosa mente.

—Mmmmm....— Su murmullo fue lo último que escuché antes de que las puertas se cerraran, dejándolo a solas con sus dudas.

Me quedé mirando mi reflejo en el metal pulido. Había logrado lo que pocos en este edificio conseguían: desarmar al gran director científico, aunque solo fuera por cinco minutos. Me pregunté cuánto tiempo más podría él esconderse tras sus términos técnicos y sus “descansos estratégicos” antes de que su propia biología lo obligara a admitir lo evidente. Senku era un rompecabezas de lógica y orgullo, y por primera vez, sentía que tenía la pieza que le faltaba.

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