Prólogo
Querido quien sea que termine leyendo esto (o tal vez nadie, y eso estaría bien también),Me llamo Dennis McAvey. Tengo 17 años y vivo en Harborton, Maine, un pueblito de mierda tan chiquito que si te paras en el muelle y miras para todos lados, básicamente ves el fin del mundo. Aquí no hay nada que valga la pena en un catálogo turístico: solo casas que se están cayendo a pedazos por la sal, un muelle que cruje como si estuviera a punto de rendirse, barcos viejos que parecen fantasmas, y el mar que nunca para de hablar, aunque nadie le conteste. El olor es constante: pescado, brea, madera podrida y ese salitre que se te mete en la ropa, en la piel y hasta en los pulmones. A veces pienso que si me quedo quieto mucho tiempo, me voy a convertir en una estatua de sal.
Mi rutina es la misma desde que tengo memoria, y es dura, pero es la normalidad que conozco. Me despierto a las 4:30 o 5 de la mañana, cuando todavía está oscuro y el frío se te clava como agujas. Me pongo el impermeable que huele a humedad eterna, las botas que pesan una tonelada, y salgo con papá al bote. No siempre me lleva, pero cuando sí, es porque necesita manos extras o porque mamá le dijo que “le haga compañía al muchacho”. El motor arranca con un rugido que suena a tos crónica, y salimos al agua negra que apenas empieza a aclararse. Papá maneja el timón con esa concentración que pone cuando no quiere hablar, y yo me siento en la proa, mirando cómo el mar se abre delante de nosotros como si no quisiera que pasemos.Aprovecho cuando él está ocupado con las redes o mirando las boyas para sacar mi cuaderno. Dibujo rápido: la curva de su espalda contra el cielo que se pone naranja, las olas que se rompen contra el casco como si estuvieran enojadas, las manos de papá llenas de cicatrices y callos, esas manos que han tocado más red que cariño. A veces escribo también, frases cortas que me salen solas: “El mar no perdona, pero tampoco olvida”. Nadie las lee. Nadie las va a leer nunca, supongo. Pero en esos momentos, con el salitre pegado en la cara y el ruido del motor ahogando todo lo demás, me siento un poco menos atrapado.

Cuando volvemos al muelle, descargamos lo que pescamos, casi siempre poco, a veces nada y papá se despide con un “nos vemos en la casa” que suena más a orden que a promesa. Él se va al bar del viejo Sullivan, donde la cerveza es barata y las historias son las mismas de siempre. Yo camino de regreso solo, pasando por las mismas cuatro calles que conozco de memoria: la casa de los Peterson con el porche que se hunde un poco más cada año, la tiendita de cebos que apesta a podrido desde que tengo uso de razón, el cementerio chiquito donde están enterrados abuelos, tíos y gente que nunca salió de Harborton. A veces me detengo ahí un rato, mirando las lápidas gastadas, pensando que todos terminamos igual: bajo tierra, con el mar cantando encima.
Mamá me espera en la cocina con café negro y huevos revueltos que siempre sabe hacer perfectos. Ella es costurera, pasa las horas bajo esa lámpara amarillenta que zumba como un insecto moribundo, remendando redes, chaquetas de trabajo, pantalones rotos por el roce constante del salitre. Cuando entro, levanta la vista y sonríe, aunque se le nota el cansancio en las ojeras y en cómo se le encorvan los hombros. “¿Cómo estuvo el mar hoy, pequeño?“, me pregunta siempre, como si el mar fuera un amigo caprichoso. Yo le cuento cualquier cosa: que vimos delfines, que el agua estaba más fría que ayer, que papá casi se cae al agua cuando una ola grande nos pegó. Nunca le cuento lo que realmente siento: que cada vez que salgo con él, una parte de mí se queda en el fondo del mar.
Ella es la única que me entiende de verdad. Me dice que siga dibujando, que escriba todo lo que se me ocurra, que un día voy a llegar a una universidad de arte y dejar este pueblo atrás. Me compra cuadernos baratos en la papelería del pueblo vecino, me regala lápices que todavía huelen a nuevo, y cuando le enseño un dibujo me mira como si fuera una obra maestra. Papá no. Para él, dibujar es “perder el tiempo”, escribir es “hablar solo”, y soñar con salir de aquí es “hablar pendejadas”. Dice que el mar no paga cuentas con acuarelas ni con poemas. Y tiene razón, supongo. Pero mamá me mira y dice: “Tú no eres como ellos, Dennis. Tú vas a ser diferente”.
Después de comer voy a la escuela. Un edificio viejo de madera que cruje cuando pasa el viento, aulas que huelen a humedad y a generaciones de niños que nunca se fueron lejos. Somos poquísimos, nos conocemos desde que gateábamos, y aun así me siento al fondo como si fuera invisible. Dibujo en los márgenes de los cuadernos de matemáticas, paso las clases en piloto automático, respondo cuando me preguntan y nada más. No tengo enemigos, pero tampoco tengo amigos de verdad. Solo gente que me saluda con la cabeza o con un “qué tal” que no espera respuesta.
Por las tardes, cuando el sol empieza a bajar (si es que se ve entre la niebla), vuelvo a casa. Pongo música vieja en ese reproductor que mamá me regaló hace años: Nirvana que rasga el silencio, Radiohead que suena como si alguien llorara dentro de mi cabeza, los primeros discos de Coldplay que hacen que el pecho duela de bonito. Me siento en el porche si no llueve, o en mi cuarto con la ventana abierta para que entre el ruido del mar. Dibujo hasta que me duelen los dedos, escribo hasta que las palabras se me acaban. A veces salgo a caminar por la playa, donde las rocas son tan afiladas que te cortan si no miras, y el mar nunca se calla. Nunca. Es mi vida. Dura. Fría. Repetitiva. Pero es lo que hay. O lo que había.
Y ahora, mientras escribo esto con la mano temblando un poco y el corazón latiéndome en la garganta, siento que todas estas palabras que he ido soltando en el papel me están mostrando algo que llevaba tiempo evitando mirar. Todo esto era mi rutina normal... Normal hasta aquel accidente.
Fue un día como cualquier otro, de esos en que el cielo está tan gris que parece que alguien apagó el interruptor del sol. Mamá había salido temprano a entregar unas redes remendadas a uno de los pescadores del muelle. Papá y yo nos quedamos en casa, él revisando el motor del bote en el patio trasero, yo dibujando en la mesa de la cocina con la radio puesta bajito. Recuerdo que sonaba “Creep” de Radiohead, esa canción que siempre me hacía sentir que alguien entendía lo que era sentirse fuera de lugar incluso en tu propio cuerpo.El teléfono sonó. Papá contestó. No dijo nada al principio, solo escuchó. Luego dejó caer el auricular como si quemara. No gritó, no lloró. Solo se quedó parado ahí, mirando la pared como si la pared tuviera la culpa. Me acerqué y le pregunté qué pasaba. Me miró con ojos vacíos y dijo: “Tu madre. El muelle. Se cayó... el viento... no pudieron hacer nada”...
Después de eso, todo cambió.Papá dejó de ir a pescar. El bote se quedó amarrado al muelle, cubriéndose de algas y óxido, como si el mar mismo lo estuviera reclamando. Él empezó a quedarse en casa, o mejor dicho, empezó a quedarse en la botella. Al principio era solo una cerveza para “calmar los nervios”. Luego dos, tres. Luego ya no contaba. Regresaba del bar del viejo Sullivan tambaleándose, con los ojos rojos y la voz gruesa, hablando solo o gritando cosas que no tenían sentido. A veces me miraba como si yo fuera un extraño en su propia casa. Otras veces me hablaba de mamá como si ella estuviera en la habitación de al lado, y cuando se daba cuenta de que no, se ponía a llorar o a romper cosas. Una vez rompió el reproductor de música que me había regalado ella. Lo lanzó contra la pared porque “esa mierda ruidosa” le recordaba demasiado a los días buenos.
Ahora cada que llega a casa es un tormento. Entro en modo supervivencia: me encierro en mi cuarto, pongo los auriculares aunque ya no funcione el reproductor, dibujo en la oscuridad con la luz del celular, escribo hasta que me arden los ojos. Intento no hacer ruido, no respirar fuerte, no existir demasiado. Pero él siempre encuentra la forma de llegar a mí. Un empujón, un insulto, un “¿por qué no eres hombre y haces algo útil en vez de estar rayando papelitos?“. Cada noche es una ruleta rusa de cuánto va a durar el mal rato antes de que se quede dormido en el sofá con la botella en la mano.
Y yo... yo ya no sé cuánto más puedo aguantar esto.Aunque podría apresurar las cosas un poco si tan sólo tomo un camino del cuál no hay vuelta atrás...

Dennis McAvey Harborton, Maine. Viernes 25 de agosto, 2017...