Miseria.
El monitor cardíaco cesaba lentamente ante el frío de la muerte; su mirada llena de dulzura se oscureció lentamente y el calor de su cuerpo desapareció...
El día que mi amada Roselyn me dejo...
La recuerdo como si fuera ayer: postrada en esa camilla, pálida y fría. Recuerdo mis propios sollozos desesperados ante la verdad que me negaba a aceptar. Suelto un suspiro cansado.
—Vivimos tanto y a la vez nada. Si tan solo fuera una novela con final feliz... pero no existen los finales felices.
Ajusté la soga contra la rama gruesa del árbol, asegurándome de que esté bien sujeta.
El cielo se tiñe de naranja mientras el atardecer comienza su baile.
En un atardecer parecido le pedí matrimonio, bajo este mismo árbol. Sujeto el otro extremo de la soga enredándola en mi cuello, siento la silla tambalear debajo de mi cuerpo antes de saltar...
Mi vista se nubla mientras siento la soga ahorcarme; hay dolor, claro, pero nada se compara al dolor que sentí al perderla, el verla morir frente a mis ojos sin poder hacer nada para salvarla.
Finalmente, todo se oscurece y gobierna la oscuridad absoluta, el silencio tan anhelado, todo se siente helado y silencioso, ni un solo pensamiento o recuerdo.
Hasta que…
Un brillo cegador me invade los ojos. Traté de retroceder, pero mis piernas no respondieron, haciéndome caer al piso de rodillas.
—¿C-cómo...? —murmuré en shock—. Acabo de terminar mi miserable vida. ¿Qué demonios hago aquí? ¿Dónde estoy?
Nunca había creído en Dios; la vida me arrebató todo lo que amé. ¿Cómo podría existir Dios? Será Dios capaz de ignorar el sufrimiento humano; ignoró mis súplicas desesperadas, ignoró mi dolor. ¿Qué se supone que haga ahora? Miro a mi alrededor desconcertado; no hay nada más que vacío y oscuridad, a excepción de esa luz... Escuché una voz femenina, tan suave como si le hablara a un niño pequeño. Me habló.
—Hijo mío, no temas.
Siento una calidez inexplicable al oírla; su voz es tan pura como un arrullo maternal. Mis lágrimas empezaron a brotar sin siquiera darme cuenta. La luz ya no es cegadora, sino segura; logro divisar una silueta femenina, con cabello dorado y velo blanco.
—Has tenido una vida llena de desgracias y pesares; te mereces mucho más que dolor, hijo. Permíteme obsequiarte otra oportunidad.
Siento una suave caricia en la cabeza, como si una madre consolara a su hijo. Intenté hablar, pero mi voz sonó más rota y temblosa de lo que pretendía.
—¿Qué? ¿Eres Dios? ¿Cómo estoy aquí? —No soy Dios, hijo mío; solo soy una madre, y una madre nunca abandona a sus hijos, por eso estás aquí.
Una mano suave se posa en mi mejilla y empieza a secar mis lágrimas.
—No llores, mi pequeño. Vive, deja atrás el dolor y recibe esta bendición con los brazos abiertos; abraza los momentos felices y soporta los desafortunados. Vive otra vez, por ti y por ella...
¿Ella la conoce...? ¿Cómo es posible? Estoy a nada de hablar cuando una luz cegadora vuelve a invadirme por unos segundos antes de empezar a abrir mis ojos lentamente. Cuando me adapto a la luz, me veo rodeado de vegetación. El sol está alto en el cielo; siento mis pies tocar la hierba y noto árboles inmensos a mi alrededor y plantas que nunca en mi vida había visto. Me froto los ojos, confundido.
—Santa madre... —murmuro mientras me adapto a la sensación de estar vivo otra vez.
Todo el encuentro con esa mujer se sintió como un sueño. Me intenté parar de golpe, pero solo logré tropezarme con mis propios pies y caer al suelo. Es como si hubiera olvidado cómo caminar.
—Esto debe ser una pesadilla o un trance después de la muerte; no puedo haber revivido como si nada.
Intenté razonar conmigo mismo, pero es imposible: la fría hierba contra mi cuerpo, el viento fresco chocando con mi rostro, el claro verde en el que me encuentro... es tan real. Vuelvo a intentar levantarme, esta vez con más lentitud y cuidado. Camino tambaleante mirando alrededor. Me siento como si este no fuera de mi cuerpo. ¿Por qué será?
En eso noto un pequeño charco de agua; lo miro sorprendido. Este no soy yo... Tengo cabello negro, ojos marrones y muchas ojeras, pero el reflejo... parece un ángel. Cabello dorado semilargo, ojos ámbar, rasgos suaves... Toqueteo levemente mi mejilla, queriendo confirmar si es mi reflejo, confirmando al ver reflejadas mis acciones. Sabía que había algo raro al sentir mi piel tersa, a diferencia de mi piel descuidada. Soy yo, pero este no es mi cuerpo; me veo igual que esa mujer que se hace llamar “Madre”, solo que más masculino, como si fuera su hijo...