Capitulo 1
El apartamento de Megumi Fushiguro era un santuario de orden minimalista, o al menos lo era hasta que su tutor irrumpía en él. Satoru Gojo, un tipo que desbordaba carisma y arrogancia en partes iguales, estaba desparramado en el sillón de diseño de su pupilo, con sus costosos zapatos italianos ensuciando la mesa de cristal.
—Megumi, en serio, tu vida es un desierto emocional —dijo Satoru, quitándose las gafas oscuras para limpiar los cristales—. Pero gracias al cielo que tu vecino de enfrente tiene mejor gusto para las vistas que tú para la decoración.—
Megumi, sentado a la mesa del comedor con una pila de informes financieros, ni siquiera se inmutó. Su paciencia con Satoru era un músculo que entrenaba a diario.
—Es una zona residencial, señor Gojo, No una vitrina. Deje de mirar por la ventana, parece un acosador.—
—Oh, solo soy un espectador que aprecia la belleza de lo que veo, y no es solo una vitrina, es un espectáculo privado.— replicó Satoru con una sonrisa depredadora, volviéndose hacia el ventanal que daba directamente a la cocina del edificio contiguo—. Y hoy, la función principal es sobre flexibilidad extrema.—
Al otro lado, la mujer de cabello rojo estaba en plena rutina. Llevaba unos shorts rosados cortos y una camiseta gris que parecía apenas contener el movimiento de sus hombros mientras preparaba algo de comer. Pero no caminaba; se movía con una gracia felina, estirándo sus piernas en cada pausa, y colocándose en un buen ángulo donde se podría ver sus nalgas.
Satoru se lamió los labios al verlas, sus ojos azules estaban fijos en la forma en que ella apoyaba una mano en la encimera y, con una naturalidad insultante, lanzaba la pierna hacia atrás en un arco perfecto.
—Mira eso Megumi. Se inclina tanto que el short se le pierde entre esas deliciosas nalgas. Desde aquí puedo ver el contraste de la piel blanca con esa tela rosada. Es como un caramelo que pide a gritos que lo desenvuelvan.—
—Es acoso, técnicamente —soltó Megumi, aunque un ligero rubor subió por su cuello.
—Es apreciación artística.— corrigió Satoru con su voz bajando a un registro más grave y gutural. —Y ella lo sabe. No me digas que no se ha dado cuenta de que el tipo más guapo de este distrito la está devorando con la mirada.—
En ese momento, como si lo hubiera escuchado desde esa distancia, la mujer se giró hacia ellos. No se alejó de la ventana. Al contrario, se detuvo alli. Sus ojos se clavaron en la figura alta de Satoru, quien se mantenía de pie, sin hacer el menor intento por ocultar su erección creciente bajo sus costosos pantalones de vestir. Ella sonrió. Fue una sonrisa lenta, llena de una malicia y descaro compartido. Dejó la taza de café en la barra y se subió a la encimera de la cocina, sentándose de frente al ventanal. Abrió las piernas de par en par, permitiendo que la luz de la cocina iluminara la tensión de la tela en su entrepierna. Los labios de su vagina se marcaban bajo el algodón rosado con una claridad que hizo que Satoru soltara un gruñido bajo.
—¡Carajo! —exclamó Satoru, pegando la palma de la mano al vidrio—. Mira cómo me lo ofrece. Se está burlando de nosotros, Megumi. Se está pasando el dedo por el borde del short... sabe perfectamente que el tejido está tan apretado que cada vez que se mueve se está frotando contra su propio clítoris.—
La mujer seguía manteniendo el contacto visual con Satoru, llevó una mano a su pierna y comenzó a subir el dobladillo del short rosado, revelando centímetros de piel pálida y firme. Luego, con un movimiento fluido y desvergonzado, se echó hacia atrás sobre la encimera, levantando las piernas hacia el techo en un movimiento de bicicleta que hacía que su vagina quedara expuesto en primer plano, protegido solo por esa mínima capa de tela que ahora parecía transparente ante los ojos de Satoru.
—¿Ves eso? —Satoru estaba agitado, su respiración empañando el cristal. —Se le marca hasta la última gota de humedad. Está empapada mirando cómo la miro. Es una zorra brillante. Quiere que vea lo mucho que se abre, lo mucho que puede dar de sí.—
Megumi finalmente cerró su portátil con un golpe seco, incapaz de ignorar más la atmósfera cargada de feromonas que Satoru estaba creando en su sala.
—Si va a seguir narrando sus fantasías, váyase a su casa. O al menos tenga la decencia de cerrar las cortinas.—
Satoru soltó una carcajada vibrante, llena de una seguridad que rayaba en lo maníaco.
—¿Cerrar las cortinas? No, Megumi. Voy a hacer algo mucho mejor. Voy a ir allí y voy a comprobar si ese short rosado sabe tan bien como se ve. Me ha mandado tres señales de "ven a cogerme" en menos de dos minutos. Sería de mala educación ignorar a una dama tan abierta con uno.—
Satoru se ajustó la chaqueta, ignorando deliberadamente el hecho de que su excitación era un bulto prominente y agresivo. Se giró hacia Megumi con esa expresión de superioridad juguetona que tanto irritaba al joven.
—No me esperes chico. Tengo que ir a ver cuántas vueltas puedo darle a esas piernas alrededor de mi cintura. Ella quiere a alguien que la maneje, y yo soy el único aquí con las manos lo suficientemente grandes para el trabajo.—
Sin esperar respuesta, Satoru salió del apartamento de Megumi, silbando una melodía despreocupada mientras el eco de sus pasos resonaba en el pasillo. Su mente ya estaba en el edificio de enfrente, imaginando el sonido de la encimera de granito bajo el cuerpo de la pelirroja y el tirón de su flexibilidad cuando él la obligara a estirarse más allá de sus límites.
Cruzó la calle con la zancada de quien es dueño del mundo. Al entrar en el edificio de ella, el aire parecía más pesado, saturado de lo que estaba por venir. Subió por el ascensor, observándose en el espejo, arreglándose el cabello blanco con una sonrisa de pura anticipación sexual.
Llegó a su puerta. Podía olerla desde el pasillo: un aroma a sudor limpio, café y algo puramente femenino que le hizo dar un vuelco al corazón. Llamó a la puerta, no con timidez, sino con la autoridad de quien sabe que la invitación ya fue extendida.
La puerta se abrió. Ella estaba allí, todavía con los shorts rosados, pero ahora su camiseta gris estaba húmeda por el ejercicio. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de desafío y lujuria pura cuando subieron por el cuerpo de Satoru, deteniéndose deliberadamente en su entrepierna antes de volver a su rostro.
—Te has tomado tu tiempo, ojos azules.— dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta y cruzando esas piernas largas y elásticas—. Pensé que eras de los que se quedan solo mirando.—
Satoru dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, obligándola a retroceder hacia la entrada del apartamento y que inclinara la cabeza para verlo a los ojos.
Cerró la puerta con un pie detrás de él, atrapándola entre la madera y su cuerpo.
—No me conoces. Me gusta mirar, sí. Pero me gusta mucho más tomar y dominar lo que miro. Especialmente cuando se trata de algo tan... flexible como tú.— Bajó la mirada hacia donde el short rosado se clavaba en su vagina, marcando la hendidura de forma obscena.
Satoru extendió una mano y, con un solo dedo, trazó la línea de su vulva a través de la tela, sintiendo el calor abrasador que emanaba de ella. Ella soltó un jadeo gutural, arqueando la espalda y abriendo las piernas instintivamente.
—Enséñame —susurró ella, su voz rompiéndose—. Enséñame qué tan destructivo puedes ser.— Satoru sonrió, sus ojos azules brillando con una intensidad casi sobrenatural en la penumbra del recibidor.
—Oh, voy a hacer mucho más que eso.—
Sin decir una palabra, Satoru la agarró de la nuca, hundiendo sus dedos en el cabello rojo, y la estampó contra sus labios. Fue un beso hambriento, lleno de dientes y saliva, donde Satoru le devoraba la boca como si quisiera arrancarle el aliento. Ella respondió con la misma agresividad, enredando sus dedos en el pelo blanco de Satoru y tirando con fuerza, soltando gemidos guturales contra su boca. Satoru la soltó por un segundo, solo para agarrarla por la cintura y empujarla hacia la cocina, el lugar donde la había estado observando como un depredador.
—Vamos a la ventana —gruñó Satoru contra su oído, su voz ronca y cargada de una lujuria pesada—. Quiero que Megumi sepa exactamente qué tipo de lección te estoy dando.—
La llevó hasta la encimera, justo frente al gran ventanal. Satoru la giró con brusquedad para que quedara de espaldas a él, mirando hacia el edificio de enfrente, con la ventana como testigo. Para ajustar la diferencia de estaturas y tener un acceso perfecto, Satoru la obligó a subirse a un banquito de madera que ella usaba para alcanzar los armarios altos. Ahora, con ella elevada, sus nalgas quedaban exactamente a la altura del rostro de Satoru.Satoru se quedó de pie detrás de ella, admirando la vista. Los shorts rosados estaban tan tensos que la costura central se perdía en la grieta de su culo, dividiendo las dos nalgas con una precisión obscena.
Satoru extendió ambas manos y agarró sus nalgas con una fuerza que hizo que sus dedos se hundieran profundamente en la carne firme.
—Joder, son incluso más grandes de lo que pensaba. —soltó Satoru con una risa oscura y juguetona—. Y están tan duras por todo ese estiramiento que has hecho... me dan ganas de ver cuánto aguantan.—
De repente, Satoru levantó la mano derecha y descargó una nalgada sonora y violenta. El golpe resonó en toda la cocina. Ella soltó un grito ahogado, sobresaltándose y arqueando la espalda, lo que hizo que su trasero sobresaliera aún más hacia la cara de Satoru. La piel pálida comenzó a teñirse de un rojo intenso bajo la tela rosada.
—¿Te duele, preciosa? —le susurró Satoru, antes de soltar otro azote igual de fuerte en la otra nalga—. Pues acostúmbrate, porque voy a dejarte el culo tan rojo como tu pelo antes de terminar contigo.—
Satoru se agachó un poco más, pegando su cara a la tela de los shorts. Podía olerla; era un aroma a sudor caliente y a ese almizcle natural que desprende una mujer cuando está excitada. Sin previo aviso, sacó la lengua y lamió la costura del short, justo donde se hundía en su grieta. Ella gimió de forma gutural, vibrando sobre el banquito. Satoru comenzó a besar la carne que asomaba por los bordes de la tela, subiendo y bajando con una voracidad animal. Mordió la parte baja de su nalga derecha, hundiendo sus dientes lo suficiente para dejar una marca clara, y ella soltó un jadeo largo, clavando las manos en la encimera de granito frente a ella.
—Mírate —dijo Satoru, con su voz vibrando contra su piel mientras le mordisqueaba el otro lado—. Estás temblando entera. Me encanta cómo se te marcan los músculos de las piernas cuando intentas no caerte. Eres tan flexible que apuesto a que puedo morderte aquí y tú puedes lamerte tu propia vagina al mismo tiempo, ¿verdad?—
Satoru metió los dedos por debajo del borde de los shorts, estirando la tela elástica para exponer más piel. Se encontró con que ella no llevaba ropa interior; solo era la tela rosada contra su piel húmeda. Metió la nariz en el espacio que había creado y aspiró profundamente, llenándose los pulmones con su olor.
—Estás chorreando, florecita —le dijo de forma cruda, dándole otro azote juguetón que hizo que sus nalgas vibraran—. Puedo sentir el calor que sale de ahí abajo. El short está empapado. ¿Tanto te excitó que te mirara desde el otro edificio? ¿O es que te gusta que te muerdan como si fueras un trozo de carne?—
Él continuó devorando su trasero con besos húmedos y mordiscos desvergonzados, mientras sus manos no dejaban de manosearla, apretando y moldeando las nalgas con una mezcla de diversión y deseo salvaje.
Satoru se sentía invencible, disfrutando de la sumisión de la mujer y de cómo ella buscaba el contacto, empujando su culo contra su cara para que él continuara con el castigo.
—Sigue mirando por la ventana —le ordenó Satoru, dándole una última nalgada que la dejó jadeando—. Mira hacia el apartamento de Megumi. Quiero que sepas que él sabe lo que te estoy haciendo. Quiero que sientas cómo te marco mientras te imaginas mi polla rompiéndote esa flexibilidad que tanto te gusta presumir.—
Satoru se incorporó lentamente, su cuerpo pegado a su espalda, sintiendo cómo ella temblaba bajo su toque. Sus manos bajaron de sus nalgas hacia la parte delantera, buscando el borde superior de los shorts rosados para empezar a bajarlos y revelar finalmente lo que había estado marcándose de forma tan obscena.
Satoru no permitió que ella bajara del banquito. La mantuvo allí, elevada, con el culo a la altura de su pecho, convirtiéndola en su pedestal personal de carne. Con un movimiento seco, Satoru se desabrochó el cinturón y liberó su verga, que saltó tensa y caliente, golpeando su propio abdomen. No hubo espacio para la duda; la agarró por la base y comenzó a restregar la cabeza de su polla contra la entrada de ella, que ya estaba chorreando, bañando el vello rojizo y la tela de los shorts que ahora colgaban de sus rodillas.
—Mírate, estás temblando —se burló Satoru con una confianza asquerosa mientras la sujetaba de las caderas para que no se moviera—. ¿Es por el frío de la cocina o porque por fin tienes lo que querías frente a esa ventana?—
Sin esperar respuesta, Satoru la penetró. Fue una estocada ascendente, aprovechando el ángulo que le daba el banquito. Entró de un solo golpe, profundo y seco, haciendo que el cuerpo de ella se estampara contra la pared con un impacto sordo. Ella soltó un grito que se rompió en un gemido gutural, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco. Satoru era demasiado grande, demasiado ancho, y la llenaba de una manera que la hacía sentir que se iba a partir en dos.
—¡Joder! —rugió Satoru, cerrando las manos sobre sus nalgas—. Estás tan apretada que parece que me vas a arrancar la piel. Pero no te preocupes, preciosa, voy a estirarte hasta que me pidas clemencia.—
Satoru comenzó a bombear con una fuerza bruta, rítmica y despiadada. Cada vez que su pelvis chocaba contra el trasero de ella, el sonido de la carne golpeando la carne resonaba en la cocina como un aplauso obsceno. La pared retumbaba con cada embestida. Satoru no escatimaba en potencia; la usaba como si fuera un objeto diseñado para su placer, disfrutando de cómo ella se retorcía bajo su peso. Con una mano, Satoru le agarró el mentón desde atrás, obligándola a girar la cara para que pudiera ver su reflejo en el cristal de la ventana, justo donde Megumi podría estar mirando.
—Mira ese espectáculo —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo con saña—. Mira cómo te penetro. Mira cómo te vibran las nalgas cada vez que te doy una estocada. Estás tan abierta que cualquiera podría ver cómo mi pene entra y sale de ti. Eres una exhibicionista deliciosa, ¿verdad?—
Él aumentó el ritmo, transformando sus movimientos en un martilleo incesante. Satoru disfrutaba de su propia resistencia, de la forma en que sus músculos se tensaban con cada empuje. Ella estaba en su límite, con los dedos clavados en la pintura de la pared, tratando de encontrar un punto de apoyo mientras Satoru la devoraba por dentro.
El calor que emanaba de su unión era sofocante, una mezcla de sudor, lubricación natural y el olor metálico del deseo crudo.
Satoru se detuvo un segundo, pero solo para hacer algo más humillante y excitante. La obligó a inclinarse más, apoyando sus manos en el suelo del banquito mientras su trasero quedaba elevado en el aire, completamente expuesto. Satoru volvió a entrar, esta vez con un ángulo más inclinado, golpeando directamente su punto más sensible. Los gritos de ella se volvieron súplicas incoherentes.
—¿Qué pasa? —preguntó Satoru con una sonrisa arrogante, dándole una nalgada que dejó la marca de su mano impresa en rojo vivo sobre la piel pálida—. ¿Ya no puedes seguirme el ritmo? Pensé que eras una mujer con mucha flexibilidad. Demuéstramelo.—
Satoru la agarró de la cintura y la levantó en vilo, quitándola del banquito pero manteniéndola pegada a la pared. Sus piernas elásticas se abrieron por instinto, buscando donde apoyarse. Satoru aprovechó su fuerza sobrehumana para sostenerla solo con sus brazos mientras seguía embistiéndola con una violencia renovada.
—Eso es… abre esas piernas para mí… —gruñó, su respiración volviéndose pesada y animal—. Quiero que sientas lo que es que te cogan…. de verdad… sin esa mierda de delicadeza…. que suelen tener… los tipos normales…. Yo no soy normal… y tú tampoco lo serás… después de hoy…—
El placer estaba llegando a un punto de no retorno. Satoru sentía el interior de ella succionándolo, las paredes de su vagina contrayéndose en espasmos que amenazaban con hacerlo estallar. Ella estaba convulsionando, con el rostro empapado en sudor y el cabello rojo pegado a su frente. Satoru la pegó contra la pared con un último esfuerzo, sus estocadas volviéndose cortas, rápidas y devastadoras.
*Pla pla Pla pla Pla pla Pla pla Pla….*
De repente, Satoru la bajó al suelo, pero no para terminar. La obligó a tumbarse sobre la encimera de la cocina, de espaldas. Sus piernas, todavía temblorosas, fueron agarradas por Satoru con una determinación absoluta.
—Ahora viene la mejor parte —dijo Satoru, con los ojos brillando de una forma casi maníaca—. Vamos a ver qué tan arriba pueden llegar esas piernas sin que te rompas.—
Satoru le agarró los tobillos y los empujó hacia arriba, doblando sus rodillas hasta que sus pies quedaron a los lados de su propia cabeza, exponiendo su vagina empapada y dilatada de una manera total y absoluta. Satoru se posicionó de nuevo, apoyando sus manos a los lados de sus hombros, listo para hundirse en ella desde esa posición extrema que dejaba todo a la vista de la ventana y de todo espectador.
—Prepárate —sentenció Satoru, bajando la vista hacia donde su polla estaba a punto de invadirla de nuevo—. Porque desde aquí, voy a hacer que veas las estrellas.—
Satoru la tenía exactamente donde quería: sobre la encimera, con las piernas dobladas hacia atrás de tal forma que sus rodillas rozaban sus propias orejas. Era una exhibición de elasticidad obscena, un mapa abierto de carne rosada, húmeda y palpitante que se ofrecía bajo la luz cruda de la cocina. Gojo no perdió tiempo en palabras. Se posicionó y se hundió en ella con una estocada tan profunda que el aire escapó de los pulmones de la mujer en un grito mudo.
—Mírate… —gruñó Satoru, sus manos agarrando con fuerza los tobillos de ella para mantenerla en esa posición de apertura total—. Estás tan abierta… que puedo ver cómo… mi pene te estira… por dentro. ¿Alguna vez te habían llenado así?—
Él comenzó un martilleo incesante, aprovechando el ángulo para golpear su cuello uterino con cada embestida. La encimera vibraba, los frascos de especias castañeteaban y el sonido de los cuerpos chocando era un aplauso húmedo y constante.
*Pla pla Pla pla Pla pla Pla pla Pla pla Pla pla Pla…*
Ella estaba en un trance de placer y dolor, con el rostro encendido y el cabello rojo esparcido como fuego sobre el granito.
En medio de un jadeo, ella logró articular palabras, con sus ojos verdes clavados en el azul infinito de Satoru.
—¿Quieres... quieres saber un secreto, ojos azules? —soltó con una sonrisa rota por el deseo—. Todo esto... los estiramientos frente a la ventana... los shorts... era para Megumi. Quería ver cuánto tardaba ese chico serio en cruzar la calle y cogerme. Quería corromperlo, quería ver su cara de santo rompiéndose mientras me abría para él. Además, se nota que le hace falta sexo.—
Satoru se detuvo un milisegundo, solo para soltar una carcajada cargada de una arrogancia divina. No estaba celoso; la idea le resultaba hilarante.
—¿Megumi? —Satoru volvió a embestir, esta vez con el doble de fuerza, haciéndola gemir de forma gutural—. Pobre criatura. Megumi no habría sabido qué hacer con la mitad de lo que te estoy dando. Él es un caballero, yo soy un desastre natural.—
—Lo sé... Y lo siento… y muy rico…—jadeó ella, arqueando la espalda mientras Satoru la penetraba con una violencia renovada—. Él nunca me habría roto así. Eres infinitamente mejor... eres un puto dios.—
—Exacto. Y por eso vas a llevarte un recuerdo de un dios.— sentenció él.
Satoru aumentó el ritmo a una velocidad inhumana. Sentía las paredes de la vagina de ella succionándolo, el calor asfixiante de su interior preparándose para el colapso. No iba a retirarse. Quería marcarla de la forma más primitiva posible. Con un rugido animal, Satoru se hundió hasta el fondo, presionando su pelvis contra la de ella con una fuerza que hizo crujir la madera de los armarios. Se corrió con una violencia masiva, sintiendo cómo chorros ardientes de su semilla inundaban su útero, llenándola hasta el borde, reclamando cada rincón de su fertilidad en una descarga que parecía no tener fin.
Ella convulsionó, sus piernas apretando el torso de Satoru mientras su propio orgasmo la partía en dos. Se quedaron unidos unos segundos, temblando, mientras el semen de Satoru comenzaba a desbordarse de ella, bañando la encimera.
Satoru se retiró lentamente, el sonido del vacío fue un "plop" húmedo y satisfactorio. Pero no había terminado. La obligó a arrodillarse sobre la encimera, mirando hacia la ventana. La tomó del cabello, echando su cabeza hacia atrás para que ella pudiera ver su propia silueta en el cristal.
—Abre la boca —ordenó con una voz que no admitía réplicas.
Ella obedeció, con la mirada perdida y la lengua fuera. Satoru le golpeó en la cara repetidas veces en la cara con su pene, se masturbó con rapidez frente a su rostro y, en cuestión de segundos, la cubrió con una segunda descarga. El líquido espeso y blanco golpeó su cara, sus labios, bajó por su cuello, y su cabello rojo. Satoru no se detuvo ahí; esparció el resto sobre sus nalgas, todavía rojas por las nalgadas, dejando su rastro brillando sobre su piel pálida como un sello de propiedad.
Satoru se arregló la ropa con una parsimonia insultante, mientras ella permanecía allí, decorada con su esencia, goteando sobre el suelo de la cocina. Se acercó a la ventana y, con una sonrisa cómplice, levantó la mano y saludó hacia el edificio de enfrente.
Allí, en el marco de su propia ventana, Megumi Fushiguro estaba de pie. Su rostro era una máscara de horror y fascinación contenida. Había visto todo: el sexo, la dominancia, el descaro de su maestro reclamando a la mujer que él mismo había estado observando en secreto. Satoru se giró hacia la pelirroja, que ahora lo miraba con una mezcla de adoración y agotamiento. Le dio un último beso casto en la frente, manchándose un poco de su propio semen en el proceso.
—Megumi es un buen chico —le susurró Satoru al oído—. Pero si quieres que un hombre te preñe frente a todo el vecindario, ya sabes a quién llamar de verdad.—
Él caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró de nuevo hacia la ventana de Megumi. Hizo un gesto con los dedos, una señal de "shhh" juguetona, y luego un pulgar hacia arriba.
Satoru salió del apartamento con el paso ligero del que acaba de ganar una guerra. Cuando regresó al piso de Megumi, encontró al chico todavía pegado a la ventana, incapaz de apartar la vista de la mujer que ahora comenzaba a limpiarse perezosamente en la cocina de enfrente.
—¿Te ha gustado la lección, Megumi? —preguntó Satoru, tirándose de nuevo en el sofá como si nada hubiera pasado—. La próxima vez, si quieres participar, solo tienes que pedir permiso al maestro. Ella tiene mucha flexibilidad, hay espacio para los dos... aunque dudo que puedas seguirme el ritmo.—
Megumi se giró, rojo de la rabia y la vergüenza, pero no pudo evitar que su mirada volviera a cruzar la calle, encontrándose con la de la mujer. Ella, al verlo, no se cubrió. Se pasó un dedo por la mejilla, recogió un poco del semen de Satoru y se lo llevó a la boca mientras le guiñaba un ojo al joven Fushiguro.
Satoru soltó una carcajada que resonó en todo el edificio. Sabía que a partir de ese día, las mañanas en ese bloque de apartamentos no volverían a ser aburridas nunca más.