Capitulo 1 : Ocho meses después
Erebus nunca duerme, pero ahora respira diferente.
Han pasado ocho meses desde que Celeste cayó, desde que su imperio de terciopelo y veneno se desmoronó como ceniza al viento. Las torres corporativas aún rasgan el cielo enfermo, los neones siguen parpadeando con luz moribunda, pero hay algo distinto en el aire. Una esperanza frágil, como una planta creciendo en concreto quebrado.
Yo ya no vivo en el corazón de esa bestia metálica.
Nos mudamos a las afueras, donde la ciudad finalmente se rinde ante algo parecido a la naturaleza. Nuestro refugio es un antiguo observatorio restaurado con tecnología robada y protegido por círculos rituales que solo Lysandra puede ver. Aquí, lejos del zumbido constante de Erebus, encontramos algo que ninguno de los dos había conocido antes.
Paz.
O algo que se le parece.
La luz del amanecer, un amanecer real, no el resplandor sucio de los neones, se filtra por las ventanas del loft. Lysandra duerme a mi lado, su cabello negro derramado sobre la almohada como tinta líquida. Su pecho sube y baja con respiración profunda, y yo me permito este momento de simplemente observarla.
Hermosa no es la palabra correcta. Lysandra es más que eso. Es poder contenido en carne, magia respirando bajo piel pálida, misterio envuelto en forma humana. Pero en este momento, con el sol tocando su rostro y sus defensas bajas en el sueño, es solo... mía.
…Y yo soy suyo.
Mi mano se mueve por voluntad propia, trazando la línea de su columna vertebral. Ella se estremece bajo mi toque, un suspiro escapando de sus labios. Incluso dormida, me siente. Siempre me siente.
Como yo siempre la siento a ella.
Es la fusión. El ritual que hicimos hace ocho meses, cuando nuestros códigos y conjuros se entrelazaron hasta ser indistinguibles. Nos salvó. Nos hizo más fuertes. Nos permitió derrotar a Celeste y su maquinaria de corrupción.
Pero está cambiando.
Cada día, la conexión se profundiza. Cada noche, los límites entre nosotros se vuelven más difusos. A veces, cuando la miro, no sé si estoy viendo con mis ojos o con los suyos. A veces, cuando ella habla, sus palabras resuenan en mi mente antes de que las pronuncie.
Y el dolor.
Como en respuesta a mi pensamiento, una punzada aguda atraviesa mi pecho. No es mi corazón. Es el de ella. Puedo sentirlo latiendo en mi propia carne, su ritmo ligeramente desincronizado del mío, creando una disonancia que duele.
Lysandra abre los ojos. Son negros como pozos sin fondo, y durante un segundo, solo un segundo, veo circuitos brillando en sus pupilas. Código fluyendo donde debería haber solo iris.
—Lo sientes —dice. No es pregunta.
—Siempre —respondo.
Se incorpora, las sábanas cayendo de su cuerpo desnudo. La luz del amanecer la baña en tonos dorados que contrastan con su piel de luna. Hay marcas en su piel, cicatrices nuevas que no estaban ahí hace un mes. Símbolos que aparecieron por sí solos, como si su cuerpo estuviera escribiendo un lenguaje que ninguno de los dos comprende completamente.
—Está empeorando —dice, tocándose el pecho donde yo siento el dolor fantasma—. Cada día es más difícil saber dónde termino yo y dónde empiezas tú.
Me siento junto a ella, tomando su mano. Nuestros dedos se entrelazan, y el dolor disminuye. Siempre disminuye cuando nos tocamos. Como si el contacto físico reafirmara que aún somos dos personas, no una sola entidad fragmentada.
—Morgana dijo que vendría hoy —le recuerdo—. Ella sabrá qué hacer.
—¿Y si no hay nada que hacer? —Su voz es apenas un susurro—. ¿Y si esto es lo que somos ahora? Dos mitades de un todo que no puede existir separado.
La beso. Profundo, desesperado, necesitado. Porque la verdad es que tengo miedo. Miedo de perderme en ella. Miedo de que ella se pierda en mí. Miedo de que lo que hicimos para salvarnos termine destruyéndonos de todas formas.
Pero más que el miedo, está el amor.
Y el amor siempre ha sido más fuerte que el miedo.
Lysandra responde al beso con hambre, sus manos enredándose en mi cabello, su cuerpo presionándose contra el mío. El aire entre nosotros se electrifica. Literalmente. Puedo ver las chispas de energía saltando entre nuestras pieles, azules y plateadas, como pequeños relámpagos domésticos.
—Specter —jadea contra mis labios—, no deberíamos...
—Lo sé —digo, pero ya estoy empujándola de vuelta a las sábanas, ya estoy sobre ella, entre sus piernas, sintiendo el calor que emana de su cuerpo como si tuviera un sol pequeño ardiendo en su centro.
—La última vez casi...
—Lo sé.
Pero no me detengo. No puedo. Porque estar dentro de ella es la única vez que todo tiene sentido. Es la única vez que el dolor desaparece completamente, reemplazado por algo tan intenso que está más allá del placer, más allá del éxtasis. Es trascendencia.
Entro en ella con una embestida, y ambos gritamos.
No de dolor, aunque hay algo de eso. Sino de la súbita oleada de sensaciones que nos inunda a ambos simultáneamente. Yo siento lo que ella siente: la llenura, el estiramiento, la fricción exquisita. Y ella siente lo que yo siento: el calor envolvente, la presión perfecta, el apretón sedoso.
Estamos sintiendo nuestro propio placer y el del otro al mismo tiempo.
Es demasiado.
Es perfecto.
Es aterrador.
Me muevo dentro de ella, cada embestida enviando ondas de energía a través de ambos. Las luces del loft parpadean. Los objetos sobre la mesa de noche comienzan a levitar. El aire huele a ozono y a algo más antiguo, más salvaje.
Magia y tecnología fundiéndose, como nosotros.
—Marcus —dice mi verdadero nombre, el que nadie más conoce, el que solo ella puede pronunciar—, no pares. Por favor, no pares.
—Nunca —prometo, y mis caderas se mueven más rápido, más duro, persiguiendo algo que está más allá de la liberación física.
Sus uñas se clavan en mi espalda, dejando rastros rojos. Puedo sentir su placer construyéndose, una ola creciente que también es la mía, que nos arrastrará a ambos. Sus ojos se abren, y esta vez no hay duda: están brillando. Negro líquido con estrellas de código binario flotando en ellos.
Y sé que mis ojos deben verse igual.
—Te amo —dice, y las palabras son un conjuro, un hack, una reescritura de la realidad misma—. Te amo, te amo, te amo.
—Lysandra —su nombre es una oración en mis labios—, mi bruja, mi amor, mi...
El orgasmo nos golpea simultáneamente.
Y el mundo explota.
Literalmente.
La ventana más cercana estalla hacia afuera en una lluvia de cristales. Todas las luces del loft se funden con destellos brillantes. Mi laptop se reinicia violentamente. Los símbolos rituales que Lysandra pintó en las paredes brillan con luz cegadora.
Y nosotros...
Por un momento —un momento eterno e infinitesimal— dejamos de ser dos personas.
Somos uno.
Puedo sentir cada pensamiento que cruza su mente. Cada memoria, cada miedo, cada esperanza. Puedo sentir su amor por mí como si fuera mi propio corazón latiendo en su pecho. Y ella puede sentir lo mismo de mí.
No hay secretos. No hay barreras. No hay “yo” y “ella”.
Solo “nosotros”.
Y entonces, tan súbitamente como comenzó, termina.
Colapsamos juntos, separados nuevamente, dos personas en lugar de una entidad única. Temblando. Sudando. Sangrando un poco de las heridas que nos hicimos sin darnos cuenta.
—Mierda —jadeo, rodando a su lado pero sin soltarla nunca—. Mierda, mierda, mierda.
Lysandra está llorando. Silenciosamente, lágrimas corriendo por sus mejillas, pero no de tristeza. De alivio. De terror. De algo que no tiene nombre.
—Estuvimos... —comienza.
—Lo sé.
—Por un momento, yo era tú.
—Y yo era tú.
Nos miramos, y el miedo es palpable entre nosotros. Porque ambos entendemos lo que significa. Cada vez que hacemos el amor, cada vez que nos fusionamos aunque sea un poco, nos acercamos más al punto de no retorno.
El punto donde dejaremos de ser Specter y Lysandra.
Y nos convertiremos en algo completamente diferente.
—Morgana tiene que ayudarnos —dice Lysandra, con su voz temblando—. Tiene que haber una forma de... de mantener esto bajo control.
Asiento, aunque no estoy seguro de creer mis propias palabras.
—La encontraremos. Juntos.
—Juntos —repite, y se acurruca contra mí.
Nos quedamos así, en las ruinas de nuestro dormitorio, rodeados de cristales rotos y electricidad quemada, sosteniendo lo que queda de nuestras identidades individuales.
Y ambos sabemos la verdad que no nos atrevemos a decir en voz alta:
Que ya es demasiado tarde para detenerse.
Que la fusión está consumiéndonos.
Y que quizás, solo quizás, no queremos detenerla de todos modos.
Porque estar separados duele más que fusionarnos.
Y el amor, descubrimos, puede ser tanto salvación como destrucción.
A veces al mismo tiempo.
Más tarde, después de limpiar el desastre y cambiar las sábanas, estamos en la cocina. Es una imagen doméstica absurda: Lysandra haciendo té con hierbas que cultiva en el jardín místico del techo, yo intentando cocinar huevos sin quemarlos.
Cualquiera que nos viera pensaría que somos una pareja normal.
No verían las marcas brillantes bajo nuestra ropa. No verían cómo nuestras sombras a veces se mueven independientemente de nosotros. No verían la forma en que el aire se distorsiona cuando estamos demasiado cerca, como si la realidad misma no supiera cómo procesarnos.
—¿Crees que Cipher sospecha algo? —pregunta Lysandra, sirviendo el té en tazas de cerámica que ella misma hizo. Una está decorada con símbolos rúnicos, la otra con código binario. Mío y suyo. Como todo lo demás ahora.
—Probablemente —admito—. Es demasiado inteligente para no notarlo. Pero no ha dicho nada.
—Aún.
—Aún —concuerdo.
El comunicador en mi muñeca vibra. Un mensaje encriptado. Lo abro, y el rostro de Cipher aparece en proyección holográfica, pixelado pero reconocible.
—Tenemos un problema —dice sin preámbulos—. Una grieta se abrió en el Distrito Seis. Y no es como las anteriores.
Mi sangre se enfría.
Grietas. Hemos estado viendo más de ellas en los últimos dos meses. Pequeñas fisuras en la realidad por donde... cosas... intentan colarse. Hasta ahora, hemos podido cerrarlas sin mucha dificultad.
Pero algo en el tono de Cipher me dice que esta vez es diferente.
—¿Qué tan grande? —pregunto.
—Lo suficiente para que algo haya pasado. —Su rostro se tensa—. Algo que se llevó a tres personas antes de que pudiéramos reaccionar.
Lysandra deja caer su taza. Se hace añicos contra el suelo, el té derramándose como sangre.
—Vamos para allá —digo, ya cortando la comunicación.
Nos miramos, y sé que ella está pensando lo mismo que yo.
Que esto es culpa nuestra.
Que cuando nos fusionamos, cuando rompimos las reglas de la realidad para convertirnos en algo que no debería existir, abrimos puertas que no deberían haber sido abiertas.
Y ahora algo está entrando.
—Specter —dice Lysandra, y hay miedo en su voz. Miedo real. Algo que rara vez escucho—, ¿qué hemos hecho?
No tengo respuesta.
Solo tomo su mano, sintiendo el pulso de nuestras existencias entrelazadas, y nos preparamos para enfrentar las consecuencias de haber elegido el amor sobre todas las leyes del universo.
Erebus nos espera.
Y esta vez, no estoy seguro de que podamos salvarla.
O salvarnos a nosotros mismos.