Infestissumam - Anima
Mientras el mundo se desplomaba en el caos, un alma se aferraba desesperadamente a lo que alguna vez fue. Los cielos ardían al rojo vivo y, en medio de un campo destruido donde la muerte acechaba en cada hoja de pasto, resonaban gritos, murmullos, lanzas que se estrellaban contra la tierra; quizá recuerdos de personas que alguna vez fueron prósperas y felices. Pero el alma ahora estaba manchada, destrozada por una ira que se intensificaba dentro de él, infiltrándose en cada rincón de su mente.
El alma avanzaba entre la desolación hacia un destino incierto. ¿Era realmente él? Cada paso que daba hacia la venganza lo alejaba un poco más de la humanidad, un paso más hacia su propia perdición.
—No puedo resistir más tiempo —murmuró—. Seremos arrastrados al otro lado.
Levantó la mirada y apuntó su arco brillante hacia el cielo, tan majestuoso y brillante como el sol, tan ardiente como el odio que fluía por sus venas. La cuerda se tensó, no por la fuerza de un brazo —pues no tenía ninguno—, sino por la infinita determinación que lo impulsaba a continuar lo que había comenzado. En un instante, la flecha voló. El sonido del disparo se desvaneció en la nada; nadie podría haberlo oído, pues el lamento de los condenados, la disonancia de miles de voces que se apagaban con el paso de los segundos, opacaron el sonido de aquel disparo perfecto.
El alma se desplomó; su determinación empezó a flaquear, empezó a preguntarse qué hacía allí. Lo que antes era ira, ahora era intriga y terror. Levantó su mano derecha al cielo y la contempló durante unos instantes. Estaba temblando. Temblaba como si esta supiera que el fin estaba cerca.
Finalmente, la flecha en lo alto explotó como una estrella en un destello deslumbrante, formando una esfera de luz colosal. En un instante, el color del cielo y de los pastizales empezó a cambiar caóticamente, danzando entre tonos rojizos, azulados y amarillos; y cuando hasta el último ser vivo presente en ese lugar llevó su mirada hacia la supernova, esta cambió su color a un negro absoluto, absorbiendo todo el color del cielo y la tierra. El cielo perdió su tonalidad, volviéndose completamente transparente y revelando millones de estrellas en el firmamento. Los pastizales se tornaron de un gris oscuro y empezaron a perder su forma; lo que antes era una majestuosa llanura verde ahora se estaba convirtiendo en tinieblas y cenizas.
Los hombres que combatían en esas tierras malditas también fueron despojados de su esencia, transformándose rápidamente en criaturas grisáceas y salvajes. Sus ojos eran negros, carentes de vida, como si aquello que los hacía humanos hubiera escapado por ellos para unirse a la supernova que la flecha había provocado en el cielo. Apenas podían mantenerse en pie; sus pieles se deshacían al mínimo contacto y, al hacerlo, no emitían sonido alguno.
El alma, que presenció esos instantes como una eternidad, temblaba aún más que antes; sabía que todo había terminado. Acurrucado en el suelo, contempló cómo la supernova se hacía cada vez más pequeña, extinguiéndose poco a poco. De pronto, todo se volvió oscuro: la luz había muerto. Un pitido agudo sonaba en sus oídos en el silencio absoluto y él era el culpable. Cerró los ojos, aguardando su destino, lamentando todo lo que había hecho en aquellos escasos segundos.
Cayó.
Una espiral infinita de tinieblas lo engulló. El frío que había sentido en la llanura devastada se volvía cada vez más seco; sentía como si su cuerpo se congelara con lentitud. No había luz ni sonido, solo una presión asfixiante que crecía con cada segundo, desgarrando su existencia, arrastrándolo más allá de los límites del pensamiento.
El abismo se abrió.
Se trataba de un horizonte donde los cielos eran de un púrpura corrupto, como si fueran un gran muro de carne lleno de ojos blancos enceguecidos, pero que se movían como si estuvieran vivos. El alma impactó contra el suelo, en un valle oscuro de materia irreconocible: de carne enrollada con roca, de nervios petrificados latiendo como un órgano colosal cuyas contracciones rítmicas hacían temblar el espacio. Cada latido era un martillo contra su mente. Aunque por fuera sentía que su carne se congelaba, por dentro ardía un fuego atroz que quemaba sus entrañas con cada intento de respirar. Se estaba sofocando. Aquí, el aire no existía. Solo había densidad, angustia y un olor a hierro mojado y aceite quemado.
El alma se percató de los murmullos.
—«Karosh... Karosh... Karosh»... —sonaba como un eco que provenía de todas partes, repetido en un idioma que el alma no comprendía.
Y entonces vinieron los primeros.
Dos figuras surgieron de la niebla de carne; su piel parecía descompuesta, pálida como la luna. No tenían rostro, solo piel tensa y garras negras y deformes. Uno de ellos arrastraba con lentitud los restos de cuerpos alargados, deformes, cuyos miembros se multiplicaban sin sentido y que aún se agitaban, como si estuvieran luchando por sus vidas.
Y detrás de ellos.
Una sombra ancha, de tres veces su tamaño. No caminaba, se deslizaba, y la niebla nauseabunda se alejaba de él, como si el plano mismo se apartara para dejarlo pasar. Su forma era indecible, pero su presencia se sentía en todos los huesos, en todas las ideas, como si cada fragmento del alma supiera, instintivamente, que estaba ante el fin de la vida.
—«Ael’sharn...» —su voz se alzó; cada palabra pesaba, como si le costara emitir cada sonido—. «Barien’orakel... shuv’el... nazir...»
El alma escuchó. No comprendió. No tenía la fuerza ni la voluntad para intentar entender. Solo podía sentir. Comprendió que las cadenas que lo sujetaban no eran de hierro, sino recuerdos: fragmentos de su vida pasada, calcinados por el fuego que respiraba. Ante aquella criatura no tenía voluntad, ni historia, ni pensamientos, ni libertad. Solo era carne, carne que pronto se uniría a los suelos que pisaba.
Pero de repente, una chispa diminuta, perdida en la lejanía púrpura, surgió como una imperfección en el caos. Una luz, débil al principio, comenzó a crecer con furia, como una estrella que estalla al nacer. Su brillo se multiplicó en segundos y, con él, las sombras de aquel lugar retrocedieron. Se retorcieron. Huyeron. Incluso Él se desvaneció en la podredumbre como barro bajo la lluvia.
Se había hecho la luz.
El suelo se abrió como un lago de oro y, bajo la superficie, almas innumerables nadaban erráticas, como insectos atrapados en ámbar vivo.
Desde el centro de esa luz emergió una figura. Un caballero ascendió. Su armadura dorada resplandecía como si hubiese sido forjada con luz pura, sin impureza ni manchas. No tenía rostro. En su lugar, dentro del yelmo, se extendía un cielo estrellado: un universo que lo observaba, profundo, negro y lleno de estrellas titilantes. Su capa flotaba tras él como una noche carmesí llena de vida, tejida con los fragmentos del firmamento, punteada por los astros que había visto justo antes de llegar a ese lugar.
El alma dejó de ahogarse. No volvió el aliento, pero sí la paz. Sin embargo, el frío persistía, más agudo, como si aquella luz revelara lo quebrado que estaba su interior.
El caballero caminaba como si pisara tierra firme, indiferente al paisaje de locura que lo rodeaba. Avanzó con gracia, con serenidad, solemne y sin apuro.
El alma no podía moverse. No podía huir, ni inclinarse, ni siquiera pensar.
Solo podía mirar, mirar cómo esa figura se detenía frente a él.
Y entonces, con lentitud, el caballero extendió su mano. Sus dedos cósmicos, cubiertos por un guante de oro pulido, se posaron sobre su frente.
Al instante del contacto, la estrella detrás del caballero explotó en un destello total, como si el universo hubiese parpadeado. El fuego, el frío, el sufrimiento: todo se evaporó.
Todo desapareció.
Cuando el alma abrió los ojos, ya no estaba en aquel lugar. Sentía algo sólido bajo su cuerpo: un suelo mucho más cálido y rígido. La sensación de frío absoluto se había transformado en un ambiente tibio, y sus pulmones parecían haberse llenado de aire por primera vez en siglos. Una voz infantil irrumpió en su mente.
—¿E...stás... bien?
Confundido y sin dejar de temblar, logró ver a un niño de cabello rojizo intenso y ojos dorados. Este sostenía una diminuta esfera de luz flotando en su mano. Pero esa no era la luz que lo había salvado, sino otra, más tenue, más cercana.
El niño lo miró con curiosidad, ajeno al horror y a la oscuridad que aún se escondía en las profundidades del alma.
—Parece que estabas teniendo pesadillas —mencionó el niño—. ¿Quieres que te traiga una manta? Parece que mueres de frío.
Al intentar moverse, el alma sintió el peso de su cuerpo, como si estuviera rodeado por «cadenas» invisibles. Sintió su corazón: había empezado a latir con fuerza, y el terror que había sentido en aquel infierno fue reemplazado por una urgencia nueva, una pregunta que retumbaba en su mente.
—¿Dónde... estoy? —susurró con dificultad, como si hubiera perdido la voz.
El niño frunció el ceño.
—Tengo una pregunta mucho mejor: ¿quién eres? —exclamó con molestia—. ¿Y qué haces en la cripta? ¿Qué les ocurre a tus ojos? Y a tus manos... y a tus pies...
—¿Q... quién eres tú? —preguntó el alma.
Ambos se observaron. El niño, aunque curioso, parecía preocupado por él.
—Está bien, está bien, te diré mi nombre, pero luego tú me dirás el tuyo, ¿de acuerdo?
—... —El alma no pronunciaba palabra; se encontraba temblando. Aún pensaba en lo que acababa de pasar y una jaqueca horrible empezaba a atormentarlo.
—Mi nombre es Clemens Cryssar.
El alma guardó silencio durante unos segundos, mirando hacia todas direcciones, intentando buscar una respuesta a la pregunta del niño y a las suyas. Sin embargo, mientras más lo intentaba, más las jaquecas lo aturdían.
—¿Y bien? —preguntó Clemens.
—No puedo... recordar... —pronunció con extrema dificultad.
—¿Eh? ¿Cómo que no? ¿No recuerdas tu propio nombre?
El dolor era cada vez más intenso; un pitido había empezado a sonar en sus oídos.
—¡Oye! Eso es trampa, yo sí te dije mi nombre... —El rostro del niño se transformó en una expresión de enojo—. Al menos podrías decirme qué haces aquí, ¿no crees? Se supone que este es el lugar prohibido.
El alma parecía tener la mirada perdida, intentaba recuperarse de las intensas jaquecas.
—Hmmm... ¿Sabes por qué estás aquí? —exclamó el niño—. Tampoco respondiste qué les ocurrió a tus ojos. ¿Acaso estás enfermo de algo contagioso? Me das miedo.
—¿En...fermo?...
—Eres demasiado raro. ¿Estás seguro de que no tienes frío?
El alma se contempló a sí mismo con más detalle; se percató de que se encontraba completamente desnudo y continuaba muy débil para ponerse de pie.
—Todos los ojos que he visto son blancos, pero los tuyos son... oscuros... —El niño hizo silencio y tomó aire exageradamente.
En ese momento, la luz que traía Clemens pareció desvanecerse.
—¡Hey! ¡Eres como mis tíos! —exclamó Clemens—. Tienes ojos dorados y cabello marrón. Aunque... hmmm... qué extraño... —murmuró Clemens—. Nunca conocí a alguien así que no sea de la familia, claro.
—...
—Escuché un ruido aquí y vine a vigilar. Creí que encontraría un monstruo, pero solo eres un chico raro. Un chico raro, muy raro.
—¿Un... monstruo?
—Y ya que no recuerdas tu nombre, deberé llamarte así —rió—. ¡No es cierto!
—...
—Hmmm, déjame ver, tu nombre será... —murmuró el niño mientras ponía cara pensativa.
El alma dejó escapar una pequeña sonrisa; de alguna manera encontraba a Clemens muy simpático.
—Te llamaré... ¡Noxlum! —exclamó el niño.
—¿Nox...?
—Hmmm, no lo sé, no me convence... Luego pensaré en algo —exclamó Clemens—. No te preocupes, quizá solo estés cansado. Cuando hayas terminado de despertar, recordarás todo y podrás contarme tu historia. ¡Adoro las historias! Especialmente las que ocurrieron de verdad. Esas son mis favoritas.
Noxlum había empezado a temblar nuevamente, aunque por primera vez no era por miedo. Clemens vio esto y rápidamente desprendió su capa blanca y la colocó en la espalda de Noxlum.
—Oh no, debí haber traído algo para cubrirte en cuanto te vi —admitió culposamente Clemens—. Estabas completamente congelado. Intenté despertarte y empezaste a temblar de la nada.
Noxlum había dejado de escuchar a Clemens; le costaba pensar, y aquel niño hablaba demasiado. Sin embargo, recibió el regalo con una leve sonrisa.
—Tienes un cabello muy bonito —dijo Clemens con cierta emoción—. Es igual al de mi tío Lucius. Bueno, en realidad, todos ellos tienen cabello como el tuyo; yo soy el raro.
Noxlum levantó una ceja, visiblemente confundido.
—Pero tú no tienes el cabello castaño —murmuró Noxlum. Sintió calma en aquella conversación inocente, un pequeño respiro. Sin darse cuenta, la voz del niño lo distraía del vacío en su pecho.
—¿Verdad? —dijo Clemens con una risa nerviosa—. Padre dice que nos lo contará cuando crezcamos. Mi tío dice que mi mamá tenía una cabellera de fuego que ardía más que los dos soles juntos.
—¿Qué es esa bola de luz que traes?
—¿Eh? ¿Esto? ¿No sabes lo que es? —preguntó Clemens incrédulo. De repente la luz se esfumó, dejando pura oscuridad; en un instante, su mano volvió a brillar—. Es una linterna. Sirve para ver en la oscuridad.
—Oh... —Noxlum estaba totalmente confundido.
—Me la obsequió mi tío Marcus para mi cumpleaños. ¿No es genial?
—Hablas mucho de tus tíos —comentó Noxlum con un atisbo de curiosidad.
—¡Sí! Se parecen mucho a ti, solo que ellos sí tienen ojos normales —Clemens se rió con un toque de sarcasmo—. ¡Una broma! No te vayas a enfadar.
—Son... «Cryssar»... —Noxlum interrumpió; sus ojos se iluminaron con un atisbo de reconocimiento—. Eso lo recuerdo...
En ese momento, Noxlum se percató de que detrás del niño sonriente se encontraba parada una sombra enorme que parecía observarlo. Podía reconocerlo: era Él.
—«shuv’el... nazir...» —le oyó pronunciar. El terror inundó su cuerpo en un segundo y su piel se erizó como nunca antes.
—Hey, ¿estás bien? —preguntó Clemens ante el abrupto silencio de Noxlum.
Antes de que Noxlum pudiera responder, un estrépito de pasos metálicos cortó el aire y ambos miraron en dirección al sonido, alarmados. Los pasos resonaban como el retumbar de truenos en la oscuridad creciente. Clemens, con el corazón en la garganta, se dio cuenta de que el sonido pertenecía a pisadas bajando las escaleras a toda velocidad.
Clemens se puso de pie; su silueta pequeña se recortaba contra la tenue luz de su linterna. Los pasos superiores resonaban con un eco amenazante.
—Escúchame —dijo Clemens; su voz perdió todo rastro de infantilidad y adoptó un tono urgente y bajo—. Esos son los pretorianos. Si te encuentran aquí, en este lugar... no preguntarán. Mi padre... tiene reglas muy estrictas.
—¿Qué? No... —intentó decir Noxlum, paralizado por el miedo, sin despegar la mirada de la enorme sombra detrás de Clemens.
Noxlum intentó levantarse, pero las cadenas rotas y su debilidad se lo impidieron. El temblor regresó a sus manos.
—No —dijo Clemens, agachándose y, con un esfuerzo sorprendente, logró poner de pie a Noxlum—. Así. Quédate quieto. Quédate aquí.
Señaló un nicho oscuro en la pared, detrás de un sarcófago volcado: una grieta apenas visible en la piedra.
—Hay un hueco allí. Es donde yo me escondo cuando mi hermano Origen me busca —Clemens lo ayudó a arrastrarse hacia él. El espacio era estrecho, frío, pero oculto de la vista directa de la entrada—. Te dejaré mi capa. La oscuridad te gusta, ¿verdad? Tus ojos casi brillan en ella.
Noxlum, abrumado, solo pudo asentir. La jaqueca era un tambor en su frente, pero la urgencia en la voz de Clemens lo mantenía alerta, casi más que su propia sombra.
—Mañana —susurró Clemens, arrodillándose frente al nicho— parto de viaje con mi tío Lucius. Al oeste. Estaré fuera... semanas, tal vez. No creo que pueda llevarte.
La revelación cayó como una losa sobre Noxlum. Quedaría solo, en este hueco, en la oscuridad.
—Pero te protegeré —afirmó Clemens, clavando sus ojos dorados en los de Noxlum—. Esto es un secreto. Cuando regrese, te sacaré de aquí. Te encontraré un lugar seguro. ¿Bien?
Noxlum no logró responder; una avalancha de pensamientos nublaba su mente.
—Debo irme —dijo Clemens. Una sonrisa rápida y brillante iluminó su rostro.
Los pasos eran más fuertes, ya en la escalera superior de la cripta.
—Duerme si puedes. Si presionas este circulito puedes encender y apagar la linterna, ¿entiendes? —fueron las últimas palabras de Clemens antes de apagar su linterna y lanzarla nerviosamente sobre Noxlum, sumiendo la habitación en la oscuridad absoluta—. No la enciendas hasta que se vayan. Yo los distraeré.
La luz desapareció. Noxlum oyó los rápidos pasos de Clemens alejándose y luego la voz chillona y deliberadamente molesta del niño alzarse:
—¡Origen! ¡Ya te encontré! ¡Creí que había un fantasma!
—¿Princeps? —exclamó una voz adulta—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué haces aquí a esta hora?
—Solo jugaba con Origen...
—¿En medio de la oscuridad?
Las voces se mezclaron, se quejaron y finalmente se alejaron, subiendo las escaleras. El silencio volvió a la cripta, un silencio ahora mil veces más pesado.
Noxlum, acurrucado en el nicho de piedra, envuelto en la capa blanca que olía a polvo y a jardín lejano, miró fijamente la oscuridad. En la penumbra, sus ojos dorados emitían un tenue brillo, como las últimas brasas de una estrella extinguida.
La puerta resonó en un choque metálico ensordecedor. Noxlum solo podía escuchar su propio corazón y el pitido agudo que regresaba a sus oídos.
Y en el silencio, una nueva verdad, más inmediata y aterradora, tomó su lugar: estaba completamente solo.
El dolor y las náuseas nuevamente invadieron su cuerpo.
En la oscuridad absoluta, donde sus ojos dorados apenas distinguían formas, creyó verlas moverse, deslizándose más cerca con cada latido de su pecho.
Su sangre se heló. Recordó la linterna. Sus dedos, entumecidos y llenos de costras que apenas podía mover, buscaron desesperadamente el cilindro de metal frío en el suelo. Lo tomó. Presionó «el circulito» torpemente, sin resultado. Un sollozo de frustración le quemó la garganta.
Finalmente encontró el botón y lo presionó.
Un haz de luz blanca estalló, iluminando la penumbra.
No había sombra en el rincón. Al mover el haz, las sombras desaparecieron, como si se retorcieran como criaturas heridas.
No se sentía aliviado.
La linterna no parecía un escudo; era un provocador. Encendió. Apagó. Encendió. Apagó. Cada destello empeoraba su migraña, pero el miedo a la oscuridad entre destellos era peor.
En uno de esos latigazos de luz, el haz barrió la entrada de su nicho.
Y allí estaba.
Un rostro. Pálido, iluminado desde abajo por la luz temblorosa. Un hombre, quieto como la piedra, observándolo.
Al verlo, Noxlum soltó un grito ahogado. La linterna se le escapó, cayó al suelo violentamente y rodó hasta terminar apuntando hacia la nada.
Un hombre pálido, con antifaz negro y cabello largo, lo observaba quieto como la piedra.
Parecía estudiar al niño aterrorizado: la capa blanca, el collar extraño, los ojos dorados llenos de lágrimas de pánico.
Sus labios, finos y duros, finalmente se movieron. La voz fue áspera, cargada de incredulidad:
—¿Qué haces aquí pequeño? —exclamó—. Este lugar está prohibido... Muévete, te llevaré con los pretorianos.
(Comentario del autor: Gracias por leer el prologo, por favor cualquier observación/critica es bienvenida para poder mejorar la calidad)