EL GEN DEL VACÍO

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Summary

Año 2134. La Tercera Guerra Mundial significó el fin para todos. Tras la masacre nuclear, la Tierra quedó devastada. Solo una pequeña parte de la humanidad logró sobrevivir bajo refugios subterráneos que se convirtieron en ciudades prósperas, pero aisladas unas de otras por el salvajismo y la contaminación de la superficie. El mundo sufrió un gran cambio y los humanos con él. Un gen, mutado por la radiación de rayos gamma y el agua del mar, se mezcló en el ADN de los supervivientes. Así, con los años, surgió una subespecie superior: Sangre Pura. Personas que despertaban poderes sobrenaturales y que se convirtieron en la élite gobernante. Bajo ellos quedaron los Grises: personas normales que sobreviven a duras penas en un mundo donde las leyes desaparecieron para ser sustituidas por la única regla válida en la oscuridad: La Ley del Más Fuerte. Max, un huérfano del sector más pobre de Caleta, sobrevivió como pudo en este infierno, hasta que un día logró despertar un Gen único y maravilloso, pero a la vez aterrador: el Gen del Vacío. Un poder temido y codiciado capaz de devorarlo todo. Con la ayuda de Alan, su padrino, y Ana, su aliada inesperada, Max se hará cada día más fuerte. Pero no todo es felicidad: ante la amenaza que representa su existencia, Max deberá enfrentarse a la persecución implacable y la venganza de los líderes de la ciudad.

Genre
Scifi
Author
Freyer90
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

PRÓLOGO: El Corazón de la Bestia

Nunca he visto el sol real. Mi abuelo solía contarme que era una inmensa esfera de fuego amarillo que calentaba la piel sin quemarla, muy diferente a las frías lámparas de espectro completo que zumban incesantemente sobre nuestras cabezas en los invernaderos hidropónicos. Aquí abajo, en la Ciudad Subterránea de Caleta, la luz no es un regalo de la naturaleza; es un privilegio por el que se paga.

Me llamo Max. Tengo 22 años, lo que significa que pertenezco a la tercera generación nacida bajo millones de toneladas de hormigón y roca.

El aullido grave de la alarma de "Ciclo Nocturno" resonó por los pasillos metálicos, una vibración sónica que calaba hasta los huesos y hacía tintinear los dientes. Me senté en mi catre y me ajusté las botas de cuero sintético —reciclado de trajes de protección antiguos— antes de mirar mi ración de agua del día. Reposaba en una botella de vidrio opaco, turbia y valiosa.

La destapé. El olor salino y metálico golpeó mi nariz al instante.

—Salud por los ancestros —murmuré con sarcasmo amargo antes de beber un trago corto.

El agua purificada del océano nos mantenía vivos, sí, pero hacía mucho más que hidratar: mantenía activo el "Gen Abisal" latente en nuestra sangre. Sentí el cosquilleo habitual bajando por mi garganta, un ardor eléctrico. Para la mayoría, el agua era supervivencia. Para otros, era la gasolina de sus dones.

Salí de mi estrecho cubículo hacia la Plaza Central, una caverna titánica reforzada con vigas de acero oxidadas donde el mercado negro y el comercio oficial colisionaban. El aire allí era denso, una mezcla sofocante de aceite quemado, sudor rancio y ozono estático.

Y allí estaban ellos: Los Regentes.

Dos miembros de la guardia de élite caminaban entre la multitud, partiendo el mar de gente como si fueran dioses entre insectos. La mezcla de respeto y terror absoluto era palpable. Uno de ellos, una mujer de cabello blanco inmaculado, caminaba con las manos envueltas en un aura crepitante de electricidad azul. Un Don Elemental de alto nivel. Si ella quisiera, podría freír a la mitad del mercado en un parpadeo.

—¡Paso a los Sangre Pura! —gritó un mercader, bajando la cabeza hasta casi tocar el suelo.

Yo me mantuve pegado a las sombras, ajustando la capucha de mi sudadera raída. No me convenía llamar la atención. La semana pasada, un Demoníaco había despertado en el Sector 4. Un chico normal que, tras una fiebre repentina, empezó a segregar una niebla ácida y perdió la razón, disolviendo a su propia familia antes de que los Regentes lo ejecutaran. El miedo a que cualquiera de nosotros pudiera "romperse" y volverse un monstruo era el pegamento que mantenía el frágil orden aquí abajo.

Pero yo tenía mis propios problemas, más inmediatos que los monstruos.

Tenía que llegar a los Túneles Exteriores, cerca de las viejas esclusas de ventilación. Había rumores —susurros en las tabernas de los niveles bajos— de que un grupo de exploradores había vuelto de la superficie con algo más que chatarra radiactiva. Decían que habían encontrado una semilla. Una semilla de verdad, de un árbol de la era pre-guerra.

En un mundo de metal y oscuridad, eso valía más que cualquier poder.

Dejé atrás el bullicio del mercado y me adentré en el Sector Caleta Inferior. Aquí, las luces LED eran escasas y parpadeaban agónicamente como velas a punto de morir. El aire se volvía más pesado, cargado de humedad y polvo de roca que se pegaba a los pulmones.

Mis botas resonaban con un eco metálico contra los rieles oxidados del suelo. Estaba caminando por lo que, según los mapas antiguos, solía ser una "línea de metro". Ahora era solo un túnel principal que conectaba las zonas habitables con las áreas de mantenimiento y los vertederos. Me ajusté la correa del traje de minero. La tela, gruesa y áspera, me quedaba un poco holgada en los hombros. Mi abuelo había sido un hombre más robusto, un excavador de la vieja escuela. Llevaba este traje como una segunda piel; olía a grasa vieja y a tierra, un aroma que, extrañamente, me reconfortaba.

—Solo un poco más —susurré, viendo la oscuridad extenderse frente a mí.

De repente, un crujido seco resonó sobre mi cabeza.

Instinto. Fue puro instinto, o eso creí. Un trozo de hormigón armado del tamaño de un puño se desprendió del techo podrido, cayendo en picado directamente hacia mi cráneo.

No tuve tiempo de moverme. Cerré los ojos, esperando el impacto y la oscuridad final.

Pero no hubo golpe.

Sentí un escalofrío extraño. No fue frío de temperatura, sino una sensación de ausencia total. Como si, por una fracción de segundo, la parte superior de mi cabeza simplemente dejara de existir en este plano. El trozo de hormigón atravesó el espacio que ocupaba mi cuerpo y golpeó el suelo, rompiéndose en pedazos justo entre mis botas.

Me toqué la cabeza, incrédulo. Estaba intacta.

—Qué suerte tengo... —murmuré, exhalando el aire que no sabía que estaba conteniendo, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Al final del túnel, una luz verdosa y enfermiza iluminaba una compuerta circular enorme. Junto a ella, sentado sobre una caja de munición vacía, había una figura encapuchada esperando con la paciencia de un depredador.

—Al fin llegas —se escuchó una voz carrasposa desde la penumbra—. Llevo casi una hora esperándote, chico. Si no fuera por la promesa que le hice a tu padre, hace mucho que me habría ido.

—Hola, señor Alan. ¿Trajo lo que le pedí?

Alan se adelantó un paso, saliendo de las sombras con un movimiento fluido, casi ingrávido, propio de un Elementalista de Viento de su nivel. Su rostro, iluminado por la luz verde, estaba marcado por cicatrices viejas, mapas de batallas olvidadas.

—Chico, ¿estás seguro de que quieres esto? —preguntó Alan, cruzándose de brazos—. Déjame decirte que fue difícil conseguirlo, y no todos pueden asimilarlo. Ya lo hubiera vendido por una fortuna o usado para mí; solo accedí a ayudarte por la deuda de sangre que tengo con tu padre, pero...

—Señor Alan, sé que tengo algún poder —interrumpió Max, con la voz llena de urgencia—. Es solo que no he podido desbloquearlo por completo. He sobrevivido a tantos accidentes extraños... la roca de hace un momento... no es posible que sea solo suerte. Si esta semilla puede ayudarme, estaré eternamente agradecido...

—Está bien, chico. No necesito tu agradecimiento —Alan suspiró, un sonido cansado, y sacó un contenedor metálico sellado de su mochila—. Solo pago una deuda. Pero ten esto en cuenta: no es una semilla como piensas. Eso es un secreto comercial que solo los Sangre Pura de alto rango sabemos. La llamada "semilla" es, en realidad, el corazón de una bestia mutada.

Max abrió los ojos de par en par.

—Mientras estábamos allí afuera, en la antigua frontera —continuó Alan—, logramos eliminar un Gato Salvaje de Nivel 2. Logré quedarme con su corazón antes de que se desintegrara.

—¿Un... corazón de bestia? —Max miró el contenedor con una mezcla de fascinación y horror.

—Sí. Debes buscar un lugar tranquilo e intentar extraer con tus manos el "Gen de Purificación" que tiene dentro. Con esa energía bruta debería ser suficiente para que despiertes tu Don forzosamente. Pero recuerda esto: es una apuesta a todo o nada. Si no tienes ningún Don latente... la energía te consumirá. Morirás.

Max se quedó pálido, tragando saliva, pero asintió con firmeza.

Alan tecleó un código en el panel de la pared y la compuerta se abrió con un siseo hidráulico, revelando un antiguo laboratorio secreto, una reliquia de los tiempos del Dr. Griffin.

—Puedes entrar en la cámara de asimilación. Yo haré guardia aquí fuera. Que los ancestros te guíen.

Max entró en la cámara de cristal blindado y Alan la selló herméticamente desde fuera. El silencio dentro era absoluto. Con manos temblorosas, Max deslizó la tapa de la urna metálica.

Dentro reposaba el corazón.

No era un órgano de carne y sangre. Era una masa de tejido cristalizado de un color dorado intenso, casi cegador. Sobre su superficie, venas de luz pulsaban formando patrones intrincados, como un circuito vivo.

Max respiró hondo, lo tomó entre sus manos y cerró los ojos, concentrándose.

Al principio, nada. Solo el frío del cristal.

Luego, una oscuridad líquida comenzó a reptar por sus dedos, subiendo por sus brazos como tinta viva. El corazón dorado se marchitó instantáneamente, su energía drenada violentamente hacia el cuerpo de Max.

En su mente, el caos estalló. Formas geométricas y líneas brillantes aparecieron en su consciencia, quemando sus neuronas. Runas. Giraron vertiginosamente y se ensamblaron con un chasquido mental ensordecedor, formando una única palabra que retumbó en su alma:

VACÍO.

Max abrió los ojos.

El corazón en sus manos se había convertido en polvo gris. Miró sus palmas: las runas parpadeaban bajo su piel con una luz negra, absorbiendo la iluminación de la sala. Instintivamente, juntó las manos.

La realidad desapareció.

En un parpadeo, Max ya no estaba en el laboratorio. Flotaba en una nada absoluta. Un océano de tinta negra infinita donde el tiempo no existía. A lo lejos, vio una mancha de luz difusa con forma humana: la firma vital de Alan.

Max dio un paso en el vacío, plegando el espacio bajo su voluntad como si fuera papel, y se detuvo justo frente a la luz.

Separó las manos.

¡CRACK!

El aire estalló con el sonido de un trueno comprimido. La oscuridad fue succionada hacia su pecho y Max reapareció en el mundo físico. Pero ya no estaba dentro de la cámara.

Estaba fuera. Justo frente a Alan.

El veterano reaccionó con instintos de guerra. En un borrón de velocidad impulsada por el viento, Alan saltó de la caja de munición y, antes de que Max pudiera pestañear, presionó el filo frío de una daga contra su garganta.

—¿Cómo...? —la voz de Alan tembló por primera vez—. ¿Cómo has salido? La puerta sigue sellada herméticamente.

Max levantó las manos lentamente. Estaban limpias, sin rastro del polvo del corazón. Alan bajó la daga poco a poco, sus ojos escaneando a Max con incredulidad.

—Lo lograste... —susurró el explorador, envainando el arma—. Tienes el Don. Y por la cara de susto que tienes y lo que acabo de ver... diría que es uno de los raros. Espacial y Oscuro. No conozco a nadie vivo con esa combinación.

Alan miró a Max con una seriedad mortal.

—Escucha bien, Max. Eso te hace poderoso, pero también un objetivo prioritario. Si vas a salir ahí fuera, necesitas entender las reglas. La superficie no es un juego. En esta región, los bosques de la frontera están dominados por bestias que ni te imaginas. Tú eres rápido ahora, puedes desaparecer... pero si un Gato Salvaje te huele antes de que veas sus runas, estás muerto.

Max asintió, sintiendo el peso de las palabras y la vibración residual del vacío zumbando en sus manos.

Su vida como un simple "Gris" había terminado. La verdadera supervivencia acababa de empezar.

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