1
Un golpe
Un sollozo.
Un grito ahogado.
“¡Maricón de mierda!”, gritaba una voz gruesa de acento extranjero, llena de enojo, de rabia, de asco.
“¡Perdóneme la vida!”, suplicaba de vuelta una voz rota, proveniente de una figura en el suelo.
Una patada en el estómago, un vómito que no esperaba.
“¡Usted es una decepción para esta familia, maldito enfermo mental!”
Otra patada.
Otro vómito, asqueroso.
Repugnante.
“¡Le voy a enseñar a ser un hombre de verdad!”
Un escupitajo.
“¡Maricón!”
Un último golpe.
Un aliento que se esfumó en el aire.
Un ambiente que se silenció poco a poco.
—
La brisa fría de la ciudad removía las hojas de los árboles, llevándose consigo el bullicio de la ciudad.
El resonar de los llamados de los vendedores ambulantes tronaba por las calles pavimentadas del centro de la ciudad.
El bullicio de la gente era indistinguible, confuso.
Todos en sus cosas, todos hablando entre ellos.
“¡Lleve, lleve sus periódicos!”
Retorno una voz en las calles, seguida del sonar de unas llantas de bicicleta.
“¡Con las últimas noticias!”
Volvió a anunciar la voz, la voz de un chico de pinta sencilla, casi indistinguible de las personas que por allí vagaban; chaqueta café, pantalón gris… zapatos desgastados.
Tal vez unas pecas en su cara eran lo único que lo diferenciaba…
Algunos siguieron derecho, algunos voltearon, otros simplemente apartaron la mirada.
La voz del chico se detuvo, las llantas rechinaron.
“¡Isidro!”
Otra voz llamó, una voz de hombre, más gruesa, un hombre de barba y cabello canoso, sencillo, simplemente al lado de un puesto de frutas.
Las llantas volvieron a rechinar.
“¡Don Pedro!”
Saludó el chico, Isidro, bajándose y acercándose junto a su bicicleta hacia el hombre.
El hombre, Pedro, mostró una suave sonrisa.
“Chino, ¿me vende unos periódicos?”
Isidro sonrió, sacando algunos periódicos que llevaba en una maleta de brazos.
“¿Cuántos le doy, don?”
Pedro metió una de sus manos en el bolsillo del pantalón, sacando un puñado de monedas.
Su mirada bajó a estas, esparciéndolas sobre su arrugada mano.
“Chino, acá tengo unos cuantos pesitos, deme cinco”.
Isidro asintió, sacando exactamente cinco periódicos de su maleta.
El hombre los recibió, entregándole de cambio las monedas.
El chico bajó la mirada hacia las monedas en su callosa mano, susurrando la cantidad.
“¿Está completo, chino?”
Espero unos segundos simplemente en silencio entre ambos, con el bullicio metiéndose como vecino no invitado.
Fue entonces cuando Isidro levantó la cabeza, llevando las monedas hacia un bolsillo del bolso.
“Sí, don Pedro, tenga buen día”.
Sin embargo, antes de que pudiera mover un solo dedo, la mano de don Pedro subió hasta su hombro.
“Chino, tome unas moneditas como propinas, sumerce trabaja muy duro bajo la nevera que es Bogotá”.
El hombre volvió a llevar su mano a su bolsillo, sacando unas cuantas monedas; no era tanto, pero… se apreciaba.
Isidro tomó las monedas en la mano.
Una sonrisa llena de dientes, gigante, pasó por su cara.
“¡Gracias!”
Y las guardó de nuevo en su maleta.
“Que le vaya bien, chino”.
Se despidió el hombre.
Isidro se despidió de vuelta con un gesto de mano, subiendo a su bicicleta.
Sus zapatos viejos se posaron sobre los pedales y, con control, empezó a pedalear.
“¡Y chino, si tiene hambre, venga que por acá le doy unas fruticas!”
El chico, que ya se encontraba a unos metros del puesto de frutas, soltó una risa.
“¡Claro, don Pedro!”
Exclamó de vuelta hacia el hombre.
Y se alejó más, y más, y más…
No fue muy lejos; después de todo, este sector era su lugar de trabajo y además…
…
Se detuvo en seco en el camino, casi chocando contra unas personas, las cuales le devolvieron una mirada de odio.
“Tengo cuidado, mocoso”.
Le dijo uno de estos.
Sin embargo, Isidro no escuchó, no respondió.
Su cabeza se volteó lentamente hacia atrás, sus manos apretando el manubrio de la bicicleta.
Sus ojos se encontraron con los de un hombre que fumaba en una esquina, un hombre con mirada cansada, sin embargo llena de odio.
Apenas se miraron durante unos breves segundos, con el sudor bajando por la cara de Isidro, sudor que no era por calor.
“¡Oiga, chino malparido!”
Alguien le gritó.
Inmediatamente se volteó, su cuello tronando tras movimiento tan abusivo.
“¿Q-Qué pasó?”
Su mirada se encontró con otra, pero esta no era como la anterior; esta era de una persona que estaba cerca, que estaba a su lado, mirándolo con odio y repugnancia.
Un hombre, tal vez de unos 40 años, bien vestido, bien peinado…
“¡Quítese! ¿No ve que estorba en plena vía?”
Y sin decir más, el hombre soltó un chasquido, pasando por el lado, empujando levemente la bicicleta de Isidro.
Oh.
No cayó; el empujón fue suave, por lo que no lo hizo caer.
Lo más importante aquí era…
¡QUE ESTABA EN PLENA VÍA!
Espera… si estaba en plena vía.
¡Ding!
Se volteó bruscamente de nuevo, observando un carro que venía hacia él.
Ah, un carro, ¿cómo no lo había atropellado antes?
Era una zona muy recorrida y no era raro que las máquinas esas gigantes de hierro… ¿metal? Pasarán por allí.
Pensó…
“¡Oiga, chino marica, quítese de ahí!”
Le gritó alguien desde el carro.
Ah, sí…
Tenía que moverse.
Inmediatamente volvió a pedalear, dejando atrás al carro que solo pitó molestamente.
Una vez pedaleó lo suficiente, llegó a una esquina donde había otros puestos ambulantes: arepas, comida, cualquier cosa para salir de esa maldita miseria.
Se bajó de su bicicleta, reposando su maleta en esta.
Saco unos cuantos periódicos, apenas los suficientes para mostrarlos a un público con potencial de clientes.
Se arregló un poco la ropa y mostró una sonrisa cálida.
“¡Lleve, lleve sus periódicos, miren que están bien baratos!”
Anunció, levantando en el aire aquellos periódicos que había tomado.
—
El día fue horrible.
Estuvo parado allí como espantapájaros con su brazo entumecido.
Vendió unos cuantos periódicos, no se quejaba; después de todo, era algo.
Pero no se podía mover.
Ojos.
Había ojos observándolo.
Si se movía fuera de su territorio, no dudarían en atraparlo y aplastarlo como una mosca.
Su vejiga se llenaba lentamente.
Sus pies ardían, dolían como si cien agujas le hubiesen atravesado de la planta al hueso.
Carajo, carajo…
Su voz se había puesto rasposa de nuevo; le dolía gritar.
Su mirada se levantó hacia el cielo, observando cómo el sol empezaba a descender por el horizonte de las cordilleras.
Escuchó a los pájaros trinar, los vio pasar como fuegos veloces.
Las tiendas formales empezaban a encender sus luces; algunos puestos informales empezaban a guardar sus cosas.
Hasta que por fin desapareció en el horizonte, dando lugar a un cielo oscuro, a un cielo estrellado.
Suspiró.
Aquella sensación desapareció.
Era hora de regresar a casa, era hora de recibir su mísero pago del día.
Movió su pierna; está tronando horrible, como madera rompiéndose en dos.
Movió la otra.
Esta vez no tronó, pero sí dolió.
Mierda.
Era un adulto, lo sabía, no era un maldito niño, ¡pero tampoco un cucho!
¿Entonces por qué su cuerpo respondía como si fuera un cucho?
Soltó un chasquido de dientes; no podía ponerse delicadito ahorita, necesitaba llevar plata a su casa, necesitaba ayudar a su madrecita que de la cama ya no podía levantarse sin ayuda.
Gruño.
Se acercó a su bicicleta, tomando el bolso en mano y hundiendo con poca delicadeza los periódicos que le habían sobrado del día.
Sin embargo, en cuanto se preparaba para subirse en su bicicleta, una punzada de dolor pasó por su pierna izquierda, sintió cada fibra de su músculo retraerse en dolor, se entumeció.
Soltó un jadeo ahogado, su mano bajando con algo de enojo hacia su pierna, dándole golpes, no suaves, no delicados, golpes fuertes, golpes que seguramente dejarían marca.
¡Ya se quería ir!
Dio un último golpe.
Y su pierna reaccionó.
Suspiró, sus manos empezando a temblar como un par de gelatinas.
¡Su cuerpo no colaboraba!
No podía hacer más después de todo.
Ah…
Con esfuerzo, por fin logró subirse a su bicicleta, sus huesos tronando.
Una vez sentado, su cuerpo se relajó, su espalda se encorvó, sus manos dejaron de temblar.
Pero no todo había terminado, no, no.
Tenía que llevarle los periódicos que sobraban a su patrón, entregarle la miseria de plata que había recogido hoy solamente para ser recompensado con menos de la mitad.
…
Sí, eso también incluía propinas.
Si su patrón encontraba que no le daba todo el dinero completo, sería golpeado a nada más parecido que un puré de papa.
Lo único que Isidro sabía hacer era contar plata, ni su nombre sabía escribir.
…
No había escapatoria.
Quisiera o no, siempre le rapaban el bolso.
Se quedaba sin nada, con una miseria…
Inhaló y exhaló.
Tampoco podía escapar, no, siempre estaba siendo observado, cada movimiento; siempre se aseguraban de que estuviera haciendo su trabajo, que llegara a la hora, que no se desviara de su camino.
Un escalofrío pasó por su columna.
Y empezó a pedalear.
¡Basta de pensar, de comerse el tiempo en cosas triviales!
Su mano se apretó en el manubrio, pedaleando aún más rápido.
—
Se detuvo una vez que llegó a un edificio apartado en un callejón del centro de la ciudad.
Sus dientes se apretaron, mirándolo fijamente.
Su mano instintivamente subió hacia su bolso, apretándolo.
Carajo…
Con un suspiro, bajó de su bicicleta y se quedó allí durante unos segundos.
Pensativo…
…
Sintió unos ojos de nuevo; no eran un par, no eran cuatro.
Reaccionó.
Rápidamente tomó su bicicleta y se dirigió a la puerta del edificio.
Su mano se posó sobre esta, viendo un letrero desgastado en exposición.
No sabía lo que decía, no sabía leer.
Ah.
Aquel letrero había estado allí desde hace tanto; parecía ya una reliquia. Nunca había visto a alguien removerlo.
…
Empujó la puerta, escuchando el chirrido bulloso, molesto, asqueroso de esta.
“No puedes entrar con esa bicicleta”.
Se volteó rápidamente, notando la presencia de una figura desde un lugar oscuro del edificio.
“Pensé que después de todos estos años ya lo sabías”.
Bajó la cabeza.
“Perdón”.
Mmm…
Se retiró, sus manos empezando a sudar.
No podía dejar su bicicleta por allí tirada, ¡se la robarían!
Se rascó la cabeza.
Tal vez…
“Déjela allí”.
Le interrumpió la misma voz, haciéndolo voltear rápidamente; sin embargo, no vio a nadie, solamente una sombra negra que se asomaba tímidamente desde la puerta, apenas perceptible.
“Nadie se roba nada acá, chino. ¿Qué acaso no se ha preguntado por qué no le han robado esa… bicicleta que tiene desde que trabaja aquí?”
“¿N-no? Siempre la he entrado—”
“Pues ya no, déjela ahí y entre que el patrón lo está buscando”.
Fue interrumpido con odio.
“Pero—”
“¡Que entre, hijueputa !”
…
Isidro tiró su bicicleta, con esta apenas haciendo ruido, cayendo en una apestosa bolsa de basura.
Y abrió la puerta, la figura desapareciendo mientras pasaba por el umbral.
Allí dentro, la puerta se cerró a sus espaldas, más duro, de un golpe.
Se sobresaltó un poco, bolso en mano.
Empezó a caminar, el eco de sus pasos siendo el único sonido que llenaba aquel lúgubre lugar.
No miro a ningún lugar más que al frente.
Su postura era rígida.
Subió escaleras.
Volteó por esquinas.
Hasta que llegó a un pasillo en particular, un pasillo lleno de olor a cigarro, a tabaco.
Ya había llegado.
Se tensó.
Y caminó, lentamente, con precaución, deteniéndose justamente cuando estuvo frente a frente con la puerta de aquella maldita oficina.
El olor a tabaco se había vuelto más fuerte, se había vuelto penetrante, tan penetrante que sus ojos empezaron a arder, su pecho luchaba por respirar.
Trago duro.
Apretó una vez más su bolso.
Y abrió la puerta.
Allí dentro fue recibido por una luz tenue de una lámpara posada sobre un escritorio.
Tras este mismo escritorio se encontraba alguien, un hombre gordo, con su camisa blanca llena de parches amarillos, con sus axilas rebosantes de sudor y con una pipa en la boca, una que pareciera haber sido usada por siglos.
“¡Ah!”
Gimió el hombre con una sonrisa.
“¡Ya llegó, chino!”
Isidro dio un paso adelante, asustado, asqueado.
Era su patrón, Domínguez.
El hombre, su patrón, subió sus pies encima del escritorio, mostrando lo único en lo que parecía tener dignidad: sus zapatos negros brillantes.
“¿Qué espera, malnacido?”
Espetó Domínguez con odio, con superioridad.
“Muestre cuánto billete se hizo hoy”.
Terminó, soltando una nube de humo por su boca.
Isidro se puso verde, su mano apretándose aún más en el bolso.
El patrón frunció el ceño.
“¿Se embobó o qué? Chino hijueputa”.
…
Dio otro paso más adelante.
Tomó aire, tosiendo ante la contaminación del ambiente.
Y con valor se acercó al escritorio, lanzando su bolso allí.
Domínguez soltó una risa ronca, repugnante.
“Ahí está”.
“Qué buen chino”.
Y se reacomodó, soltando aún más humo por su boca, como una chimenea.
Sus manos se revelaron, gordas, sucias, llenas de algún tipo de suciedad irreconocible, grasosas.
Isidro simplemente observó, tensándose.
Las manos del patrón abrieron con brusquedad el primer bolsillo, sacando un ruido rasgado de este.
No dudo siquiera más en hundir su mano.
Su sonrisa se ensanchó, revelando dientes amarillos, totalmente amarillos, algunos rotos, otros de oro.
Isidro apretó sus dientes.
Esto era asqueroso, quería irse, pero… era la única manera de llevarle pan a su madrecita, de ayudarla.
Simplemente pudo observar cómo aquel hombre asqueroso al que solía llamarle patrón desocupaba su bolso, sacaba cosas, monedas, suciedad, periódicos que sobraban…
“¡Ja, ja, ja!”
Rió el hombre, satisfecho.
Y de un manotazo, tomó el dinero que Isidro había recaudado, contándolo, moviendo su dedo gordo lentamente entre las monedas, entre los billetes.
“Chino…”
Isidro se tensó más, aún más.
“¿Señor?”
Respondió, sin tartamudear.
“¡Ja, ja, ja! ¡Acá hay más billete de lo que debería haber hecho con los periódicos que vendió!”
Isidro bajó la mirada, pasando sus manos hacia su espalda.
“¿Cómo lo consiguió?”
Dudó.
Tragó duro.
“P-propinas”
Tartamudeo en voz baja.
Domínguez frunció el ceño, acercando su cara.
“¿Qué dijo? ¡Hable más duro!”
Su voz empezaba a sonar molesta, enojada.
“Propinas”
Respondió Isidro, más fuerte, más claro.
Domínguez se retrajo en su silla, quitando la pipa de su boca y posandola en el escritorio.
Acto seguido, tiró el dinero a lo que parecía una caja al lado de su escritorio.
Su mirada se oscureció.
“¿Desde hace cuando la gente le da propinas a…”
Lo miró de pies a cabeza. “¿Ratas como usted?”
Isidro apretó sus manos tras su espalda.
No respondió.
“¿Mhm?”
No respondió.
No iba a responder, no sabía que responder, no sabía que decir.
Domínguez se movió en su silla, sus huesos tronando una vez se levantó de la silla en la que estaba casi, recostado.
Isidro instintivamente dió un paso hacia atrás, con el sudor bajando por su cara, por su cuerpo.
El patrón volvió a soltar una risa, una risa que no fue burlona, que no fue satisfecha, fue una risa sombría, una risa de demonio, de loco maníaco, oscura, sombría…
“Chino hijueputa…”
Isidro dió otro paso atrás, casi cayendo.
“¿Se va a cagar?”
No respondió.
Domínguez chasqueó su lengua, sacando algo de su bolsillo.
“Tome, para que no se muera de hambre”
Pasó por su lado, tirándole apenas un puñado de monedas.
Isidro bajó su mirada, observando como las monedas caían en el suelo, como rodaban.
“Recogalas y mañana llegué temprano, no quiero verlo llegando tarde de nuevo”
Tragó saliva.
Su patrón lo quería ver en el suelo, arrastrándose por unas míseras monedas.
Así era, despreciable.
Había escuchado de las malas lenguas de que era un hombre extraño, con costumbres raras, un ricachón con un delirio de humillar a los que él veía como inferiores.
No se movió.
Sabía que su patrón se cansaría, sabía que en algún momento iba a salir por esa puerta, fastidiado.
Aunque pasarán minutos.
Aunque pasarán horas.
No era ni iba a ser la última vez.
…
El patrón levantó una ceja.
“Váyase”
Espeteo, por fin saliendo de la oficina.
Isidro por fin pudo respirar.
Sus manos volvieron al frente, notando lo rojas, lo mojadas que estaban.
Y en un shot de adrenalina pura, se lanzó al suelo, recogiendo cada miseria moneda, raspando, ensuciando sus manos.
Por un momento, por un maldito breve momento sus ojos ardieron.
Quería…llorar.
Pero era el hombre de su casa, el único, no tenía taita, nunca tuvo uno.
Apenas una lágrima salió, bajando lentamente por su mejilla, ardiendo en su camino, llevando consigo años de dolor.
No pensó dos veces en secarsela, llevar su manga blanca hacia su mejilla, dejar un camino rojo por su cara.
Una vez reunidas las monedas, las contó, tembloroso, nervioso.
Era poco, muy poco.
Oh por Dios, pero al menos alcanzaba para llevarle a su madrecita, al menos para un pan.
No se iba a morir, no se iba a morir por no comer.
Él era joven, demasiado joven, era resistente, no necesitaba comer, no, no…
Su madrecita no era joven, no era resistente, ella necesitaba comer, necesitaba estar bien, muy bien.
Sus manos empezaron a temblar fuertemente, su pecho se apretó.
Se estaba ahogando.
Respiro.
Respira.
Se estaba ahogando.
Respira…
Respira…
RESPIRA.
Su mano soltó el puñado de monedas de un manotazo.
Su mano golpeó su pecho, fuerte, sacando un sonido hueco de este.
Inhaló, inhaló fuertemente, el aire volviendo a sus pulmones.
Mierda.
Sus ojos bajaron de nuevo a las monedas que había tirado.
Después subieron hacía un reloj silencioso en la pared.
…
No sabía leer un reloj, no entendía.
Veía puntos, agujas, nada que tuviera sentido para él.
…
Bajo su mirada, llevando su mano a tomar las monedas para posteriormente guardarlas en su pantalón.
Eran pesadas, pero no valían nada.
Se levantó de un sobresaltó, sus brazos tronando al apoyarse en el suelo.
De vuelta a sus pies, se sacudió su pantalón, escuchando el choque de las monedas.
Y observó su bolso.
Bolsillos sacados, afuera.
Pero por primera vez pudo presenciar que no estaban dañados.
Tal vez todas aquellas costuras que su madrecita le hizo, habían evitado otro daño.
Suspiró.
Tomó su bolso, ya era tarde.
Ojalá pudiera saber que horas eran.
Recuerda haberlo visto en su primer año de escuela, más sin embargo nunca lo había entendido por completo, nadie le ayuda.
Mmm…
Echando su bolso al hombro, salió de la oficina con pasos lentos con su nariz todavía recibiendo el agobiante olor a tabaco de la pipa abandonada.
Pasó por los pasillos oscuros y bajó las escaleras rechinantes.
Hasta llegar al primer piso.
Allí fue recibido por aquellos mismos ojos, aquella misma sombra de cuando entró, sin embargo esta no parecía moverse, no parecía decir nada, ni una sola palabra, ni un solo sonido, solamente observó.
Isidro sintió un escalofrío subir por su columna, calando sus huesos.
“¿Adiós?”
Se despidió, confuso mientras se dirigía a la puerta.
“Cuídese, a esta hora roban”
Se volteó lentamente, asustado.
La figura ya no estaba allí.
Su mano apretó la manilla y abrió la puerta, jalando.
Una vez fuera, la puerta se cerró de un portazo tras su espalda.
Sus ojos buscaron su bicicleta, ojalá no se la hayan robado…
Buscó inmediatamente en dónde recuerda haberla tirado, encontrandola justamente allí.
Tirada donde la había dejado, encima de una bolsa de basura que empezaba a mojosearse.
La comida se le devolvió a la garganta, o bueno si un pedazo de pan que había cenado la noche anterior podía ser considerada siquiera comida.
Se agachó levemente, levantando con algo de dificultad su bicicleta, sus brazos temblando como gelatinas.
Cuando por fin pudo posarla verticalmente, volvió a subirse, ignorando el mal olor que empezaba a desprender.
Sus pies tocaron los pedales.
Pedaleo.
Salió de aquel callejón, paseando por una ciudad que empezaba a volverse nocturna, que empezaba a mostrar criaturas fotosensibles.
Apretó su bolso.
No se dejaría confiar.
Pero tenía que buscar dónde comprar la comida para su madrecita.
Así que siguió pedaleando, pedaleando hasta que sus piernas se acalambraron.
Pedaleando hasta que se detuvo frente a una panadería que mostraba vida; gente que salía y venia, muchas parejas.
Nada de aquellas criaturas nocturnas.
Sonrió y por un momento juro que sus ojos brillaron.
No dudo en bajarse de su bicicleta, dejándola a un lado, orando porque no la robaran.
Aunque dudaba, esto se veía de pupis, de gomelos.
Y ellos no roban, ¿Cierto?
Mhm…
Con un nudo en la garganta y un dolor de estómago, entró.
Apenas cruzó el umbral de la puerta, una pequeña campanita resonó sobre su cabeza, anunciando un nuevo cliente.
Su nariz inmediatamente notó el olor a pan cálido, recién horneado, fresco.
Se le hizo agua la boca.
Y la bestia de su estómago rugió.
No lo notó.
Nunca lo hacía.
Ni porque la gente lo mirara.
Rápidamente fue hacia el mostrador, casi golpeando su cuerpo contra este.
“¡Buenas noches!”
Saludó, animado.
La mujer tras el mostrador levantó una ceja, mirándolo de pies a cabeza.
“¿Qué se le ofrece?”
“¡Un pan!”
“Claro, ¿De cuál?”
Isidro se congeló.
“Un pan”
“¿Pero de cuál?”
Uy.
“¡Del más rico que tengas!”
“Claro, ese está costando 5 pesos”
La sonrisa de Isidro cayó.
Sus manos bajaron hacia su bolsillo, sacando el puñado de monedas que le habían dado.
Contó de nuevo.
¡Cuatro pesos!
“Tengo cuatro”
Dijo nerviosamente.
“Son cinco”
“Pero por uno no se va a acabar el mundo, venga aceptemelo”
Maldita sea, un pan en su barrio estaba costando a duras penas dos pesos, pero era muy tarde, había salido muy tarde.
“Ay veci, venga aceptemelo”
“No me diga veci, no somos vecinos”
“Es un dicho”
“Claro, son cinco pesos”
Isidro se rasco la nuca.
No podía llegar a su casa sin comida para su madrecita.
“¿No tiene uno más barato?”
“Es es el más barato”
Ay.
“¿Qué pasa?”
Preguntó alguien detrás suyo.
Isidro rápidamente se volteó, avergonzado.
Era un chico más o menos de su edad, tez pálida, cabello arreglado, con colores opacos en su ropa elegante, en su abrigo gigante.
Y unos ojos…
Eran de un tono verdoso tan extraño.
Se le hacía magnético.
“Ey, ¿Estás bien?”
Isidro se sacudió.
“Si…”
“No, no tiene para pagarme y sigue rogando que le acepte a medias”
Irrumpió la mujer del mostrador, molesta.
El chico elegante soltó una risa suave.
“¿Cuánto es?”
“Cinco pesos”
Respondió la mujer.
“¿Y cuánto tiene?”
“Cuatro pesos…”
Respondió Isidro, más avergonzado que nunca.
El chico elegante hundió su mano en su abrigo, sacando exactamente cinco pesos.
Los ojos de Isidro se ensancharon.
“Yo pago”
“N-no es necesario”
Suplicó Isidro.
El chico dió una sonrisa.
“Desde que entraste, tu rugir de estómago ha llamado la atención de todos”
Oh.