PRÓLOGO
No todos los corazones laten dentro de un cuerpo.
Algunos esperan.
He esperado durante eras que no sabría contar. El tiempo no avanza para mí como lo hace para los humanos; no lo mido en días ni en años, sino en pulsos, en ecos que regresan una y otra vez, como mareas invisibles. He dormido en silencio, oculto, escuchando cómo la magia se retiraba poco a poco de este mundo, cómo las puertas se cerraban una tras otra.
He sobrevivido porque sé esperar. Porque fui creado para reconocer aquello que no pertenece del todo a ningún lugar. Esta noche, el aire ha cambiado.
Lo he sentido antes incluso de que ocurriera, como un temblor sutil, una vibración que no nace del miedo, sino del despertar. La lluvia golpea la tierra con insistencia, pero no es eso lo que me llama. Es otra cosa. Algo pequeño. Algo frágil. Algo imposible. Late. No como yo. Más rápido. Más puro. Sin saber aún qué es.
La niña duerme. Su respiración es tranquila, ajena al peso que ya se cierne sobre ella. No sueña conmigo, pero me percibe. Todos los elegidos lo hacen, aunque no sepan ponerle nombre. Su magia aún no tiene forma, pero se extiende, busca, roza los límites de lo que debería existir.
Es demasiado pronto, murmuran algunas voces antiguas, ocultas en los pliegues del mundo. Siempre dicen lo mismo. Yo conozco la verdad: nunca existe un momento seguro.
He visto lo que ocurre cuando se ignora un poder así. He sentido grietas abrirse donde antes solo había equilibrio. He sido testigo del error de creer que lo extraordinario puede esconderse para siempre.
Esta vez no. Esta vez, el latido es distinto. No es ambición. No es hambre. No es deseo de dominar. Es curiosidad. Y eso… eso es lo más peligroso de todo.
La niña se mueve entre las sábanas. Sus dedos se cierran un instante, como si intentaran atrapar algo invisible. El aire a su alrededor responde, apenas un susurro, apenas una promesa.
Aún no sabe quién es. Aún no sabe qué porta.
Pero otros lo sentirán pronto. Algunos acudirán para proteger. Otros, para reclamar. Y habrá quienes observen desde la sombra, aguardando el instante exacto para extender la mano.
Yo seguiré aquí. Latente. Silencioso.
Porque cuando llegue el momento decisivo —cuando el mundo vuelva a romperse o a salvarse por una sola elección— seré yo quien recuerde lo que los demás han olvidado: que el mayor poder no nace del control, ni de la fuerza, ni del miedo, sino del corazón que se atreve a latir cuando todo lo demás guarda silencio.
Y ese corazón… ya ha despertado.