I: atracción Confusa
8 meses antes
Esa mañana fue agotadora. Los preparativos del banquete de primavera, la fiesta de fin de invierno y, sobre todo, la reunión entre reinos que definiría el futuro comercial de Clivert, me tenían al límite. En cuanto puse un pie en mi habitación, me arrojé boca abajo sobre la cama. Cerré los ojos, buscando apenas cinco segundos de paz, hasta que la voz de Félix retumbó en el pasillo y, acto seguido, dentro del cuarto.
—¡Noah! —gritó, plantándose al lado de mi cama.
—¿Qué quieres? —respondí, girando la cabeza lo justo para observar sus ondulados cabellos rojizos.
—Necesito tu ayuda —su voz delataba un nerviosismo evidente. Se refregaba las manos sudorosas contra sus elegantes pantalones de montar, incapaz de quedarse quieto.
—Dime, ¿qué pasa, Félix? —me senté en el borde del colchón y palmee el sitio a mi lado para que se sentara.
—Tú tocas el violín, yo a duras penas toco el piano —se detuvo un instante, clavando la vista en el suelo—. Leyla y yo cumplimos un año y me gustaría dedicarle una serenata en la sorpresa que tengo planeada.
—Oh, Félix... sabes que cuentas conmigo para todo. Pero dame detalles —hablé entusiasmado, sintiendo cómo una ola de ternura recorría mi pecho.
—Planeo ambientar una parte del bosque con guirnaldas, un picnic nocturno... y quiero regalarle un cachorro.
—En serio la amas, ¿cierto? —pregunté al ver cómo sus ojos brillaban con ese resplandor que solo aparece cuando se ama de verdad.
—Más que nada. Pero no más que a ti —finalizó con una broma rápida, como asustado de su propia honestidad.
—Más te vale, niño —entrecerre los ojos soltando una carcajada, y él rió conmigo, disipando por un momento la pesadez del día.
Horas más tarde, el aroma a pintura fresca se percibía a kilómetros de la biblioteca. Al entrar, vi a un joven de tez blanca y cabello negro enrulado. Era unos diez centímetros más alto que yo y vestía un overol azul salpicado de manchas de colores. Parecía concentrado, capturando un atardecer en el río Agamot sobre el lienzo.
Al no ver a la señora Mantur ni a su nieta Mía, decidí acercarme al joven. Sin percatarme de que el cuadro aún estaba húmedo, estiré la mano para tocar su hombro y mis dedos se hundieron en el óleo.
—¡Mierda! —exclamé retrocediendo.
El muchacho se giró lentamente. Tenía un rostro que parecía tallado por los mismos dioses; sus grandes ojos verdes recordaban a las aguas de las Costas de Marfil y sus mechones caían rebeldes sobre su frente.
—Ten cuidado dónde tocas, niño —soltó con voz seca y desagradable. Tenía un tono grave, casi sexy, que hizo que mis mejillas se encendieran al instante. Retrocedí un paso más, con tal mala suerte que tropecé con una de las latas de pintura, derramándose por completo sobre el suelo.
—¿¡Qué crees que haces!? —se sobresaltó. En un parpadeo, tenía su mano sujetando mi muñeca con una fuerza que me dejó helado. Se veía furioso.
—Yo... —Intenté balbucear, pero no encontraba forma de justificar mi torpeza.
—¡Alex! —el grito de la señora Mantur cortó el aire. Se acercó furiosa y golpeó la mano con la que él me sujetaba—. ¿¡No sabes a quién tienes así!? —le recriminó, dándole un periodicazo en el brazo.
—¿Debería saberlo? —respondió él con ironía.
—¡Es el príncipe! —exclamó ella, volviendo a golpearlo.
—¿Y? ¿Merece un trato diferente por eso? A mí no me interesa si es un príncipe o el futuro rey; se merece el mismo desprecio que cualquiera que se meta con mi pintura o mi concentración.
Me lanzó una última mirada cargada de desdén y salió del lugar sin mirar atrás.
—Príncipe, lamento todo esto —se disculpó la señora Mantur una vez nos quedamos solos—. No sé por qué es así, yo lo crié de otra forma... —se detuvo un segundo y suspiró—. Viene por su encargo, ¿verdad?
—Así es. Y no se preocupe —respondí tratando de recuperar la compostura—, entiendo que no todos tengan agrado por la realeza.
Volví a ver a Alex unos días después. Estaba fuera de la tienda del sastre junto a Mía y otra muchacha más joven que compartía sus mismos rasgos; supuse que era su hermana, Bianca. Yo estaba allí para probarme mi traje de primavera: una pieza beige con margaritas bordadas en las mangas y lavandas recorriendo el largo del pantalón.
Al salir de la tienda, mis pies me llevaron directamente a la biblioteca. Era ridículo, pero necesitaba verlo de nuevo. Caminé hacia el mural del atardecer buscando su firma en alguna esquina, sin éxito. De pronto, sentí una mirada clavada en mi nuca. Era él. Se acercó a paso lento, con una seriedad frívola que me puso en alerta. Se detuvo tan cerca de mi rostro que, por un segundo, creí que me besaría. Sin embargo, solo sonrió al ver mi sonrojo y se agachó para recoger sus brochas del suelo.
—¿Necesitas algo? —preguntó sin mirarme.
—Busco a Alice —mentí, nervioso.
—No está. Si quieres hablar con ella, ven otro día.
—¿Podrías decirme cuándo encontrarla?
—Aquí, cuando ella quiera venir —su tono era cortante. Había oído que Alice lo había criado porque su madre trabajaba en el palacio... quizás de ahí nacía su odio por nosotros.
—¿Te hice algo? —solté al fin, cansado de sus desplantes.
Hizo como si no me escuchara, pero tras un silencio tenso, respondió:
—No tú. Tu familia... Ellos mataron a mi padre. No sé para qué te lo digo, como si a ti o a los tuyos les importara.
Dejó las brochas en el mostrador y salió a la calle. Lo seguí. Estaba fumando, apoyado contra la pared con la mirada perdida. Me puse a su lado y suspiré pesadamente.
—Lamento lo de tu padre. A veces la vida es injusta, yo lo sé. Aunque no lo parezca, mi vida también tiene sus sombras... preocuparme por el pueblo, las estrategias, los banquetes... y sobre todo, la presión de buscar una esposa pronto —confiesó, bajando la guardia—. Supongo que a ti tampoco te importa lo que te cuento.
Él se giró a mirarme. Por primera vez, su mirada no era un muro, sino un puente. Estudió mi rostro buscando sinceridad y, al encontrarla, sonrió de una forma que parecía real.
—Siempre creí que ustedes tendrían la vida más fácil que nosotros —comentó, apagando el cigarro en una maceta con arena—. ¿Cómo te llamas?
—Noah... —me sorprendió que no lo supiera, o que prefiriera ignorar mi título.
—Un gusto, Noah. Soy Alex, pero eso ya lo sabes —rió levemente. El cambio en su aura fue repentino; parecía que solo necesitaba que alguien lo comprendiera—. Tú dibujas... ¿Podrías hacerme un retrato?
—Me gustaría —respondí con el corazón acelerado—. ¿Dónde podríamos hacerlo?
—Tendríamos que tener una cita en el lugar. Necesito estudiar la luz y el fondo tanto como a ti para pintarlo exactamente como es. ¿Qué tienes en mente?
—En el muelle del río Agamot —dije sin dudar.
—Genial. Mi estudio está allí, en la vieja cabaña del señor Matson. ¿Mañana a las dos?
—Mañana a las dos —confirmé con una sonrisa.
Me alejé de allí sintiendo una curiosidad que me quemaba. Sabía que detrás de ese chico malo y esa armadura de pintura, había alguien bondadoso con un pasado oscuro que necesitaba liberar... y yo estaba desesperado por ser quien lo ayudará a hacerlo6