El sacrificio
—¡Alerta de proximidad!
¡Señor, nos están despedazando! —el grito del General Lonay-B apenas se distinguía entre el rugido de las alarmas de emergencia.
Junay, el líder de los Lunaticorps, mantuvo la vista fija en el radar holográfico que parpadeaba en rojo.
—¡Lo sé, General! No hay tiempo para maniobras. ¡Evacuen la Luna-B ahora! ¡Todos a las naves de escape!
En ese instante, un silbido agudo, ascendente y gélido atravesó el vacío. Un proyectil de plasma impactó el flanco izquierdo de la nave, haciendo que la estructura de aleación se retorciera como papel. El suelo se inclinó violentamente.
—Señor... son ellos. Los X-lianos —dijo el General, recomponiéndose mientras se aferraba a una consola—. Y no vienen solos. La señal de mando... es Volt-X. Está aquí.
—¡Lonay-B, salga de aquí! ¡Asegure que cada Lunaticorp llegue a los transportes! —ordenó Junay.
A través del ventanal reforzado, vieron cómo la flota enemiga se abría en una formación perfecta, como una herida que se abre en el espacio. De la oscuridad surgió la colosal nave insignia de Volt-X. Un destello cegador brotó de su cañón principal.
—¡CUIDADO! —Junay tacleó al General hacia el suelo justo cuando el proyectil destrozaba la cabina de mando.
¡BOOM!
El vacío succionó el aire por un segundo antes de que los escudos de emergencia sellaran la brecha.
Entre las llamas y el metal retorcido, una silueta pesada emergió de entre el humo. Los pasos metálicos de Volt-X resonaban contra el suelo chamuscado.
—General... escúcheme —susurró Junay, con la sangre corriendo por su frente—. Volt-X viene por los Cristales de Origen. Si los obtiene, será el fin. Debe tomarlos y llevarse a los supervivientes lejos de este sector.
—Señor, no lo dejaré aquí —protestó el General, intentando levantar a su líder.
—¡Es una orden, General-B! —los ojos de Junay brillaron con determinación—. Él nos cazará a todos si no lo detengo. Yo seré el cebo. ¡Protejan los cristales con su vida!
Lonay-B apretó los puños, asintió con amargura y desapareció por el túnel de mantenimiento hacia las cámaras de seguridad.
Junay respiró hondo, se puso de pie y caminó hacia el centro de las ruinas. Se detuvo frente a la imponente figura de Volt-X.
—Aquí estoy, monstruo. ¿Qué es lo que quieres? —dijo Junay con voz firme.
Volt-X se detuvo. Su armadura oscura parecía absorber la luz de los incendios a su alrededor. Se acercó con pasos lentos, deliberados, cargados de una autoridad aterradora.
—Te lo advertí —la voz de Volt-X era un zumbido mecánico que hacía vibrar el pecho de Junay—. No hay rincón en la galaxia donde puedas esconderte de mí. He cumplido mi palabra. Ahora, entrega los cristales y quizás deje que los Lunaticorps mueran con rapidez.
—Jamás. Antes muerto a que los cristales estén en tus manos —respondió Junay.
Con un pensamiento, activó el sistema de combate. Los nanobots de su brazalete cobraron vida, recorriendo su brazo como hormigas de mercurio.
Volt-X soltó una carcajada seca, carente de humor. —Por las malas, entonces. ¿De verdad crees que un puñado de tecnología médica puede detener a un dios? ¡Te haré añicos!
—No te tengo miedo —sentenció Junay, mientras los nanobots se solidificaban en una hoja de energía vibrante que emanaba un calor blanco—. No importa si mi vida termina aquí, siempre que tu ambición muera conmigo. ¡VEN POR MÍ!