¿Solo éramos dos?
Cuando lo conocí y hasta la fecha, era una increíble persona.
Supe que era el amor de mi vida y que siempre quería estar con él.
Cuando tuvimos la posibilidad, nos mudamos a una pequeña pero acogedora casa. Gracias a nuestros padres fue que pudimos comprarla.
No nos llegamos a casar, pero siempre actuamos como si lo hubiéramos hecho.
Cada fin de semana era de hacer algo que le gustase al contrario. Si uno quería ver películas, lo hacíamos; si uno quería salir a algún lado, íbamos. Nos turnábamos.
Éramos una pareja feliz.
Una noche, cuando ambos ya estábamos dormidos, sentí que algo se movía en la cama.
—¿Adam? Duérmete, aún es noche.
No tuve respuesta y volvió a acostarse. Dudé, pero decidí no darle importancia.
El sonido de la alarma y del agua cayendo en el baño me despertaron. Eran casi las siete de la mañana y Adam ya estaba despierto. Me extrañó un poco, ya que él siempre me rogaba por quedarnos unos minutos más recostados.
Un dolor en la espalda hizo que soltara un gemido, haciendo que Adam saliera del baño apresurado.
—¿Estás bien? —salió con la toalla rodeando su cintura, aún con agua recorriendo su pecho.
—Descuida, solo me levanté un poco rápido. Tú ve a terminar de cambiarte —solté con una sonrisa.
Vi cómo se metía nuevamente al baño, con dudas en su mirada.
El resto del día pasó con normalidad. Desayunamos, fuimos al trabajo; al salir, fuimos por bocadillos.
Todo parecía bien. Aún era temprano cuando regresamos a casa, pero Adam se veía diferente.
—¿Te sientes bien? Te veo algo pálido.
—Descuida. Creo que me iré a la cama. Solo necesito dormir.
Me dio un beso corto en los labios y se fue. Pensé que solo estaba cansado por su trabajo y la salida que tuvimos, así que decidí no molestarlo.
Por mi parte, fui a la cocina, donde acomodé las cosas que habíamos comprado. Luego fui a darme una ducha, donde me percaté de un gran moretón en mi espalda, desde la mitad hasta mi cintura.
Dejó de doler en todo el día, pero apenas rocé con mis dedos, dolió como si me hubieran golpeado.
Puse un poco de pomada para el dolor antes de cambiarme. No sé cómo apareció, pero tenía el presentimiento de que aparecerían más.
Al acercarme a la cama, vi que Adam ya estaba dormido, como si en varios días no lo hubiera hecho.
Ya era casi medianoche, por lo que también me recosté.
Perdí la noción de la hora cuando volví a sentir que la cama se movía.
Era Adam. Le hablé, pero parecía que no me había escuchado.
Preocupado, me levanté y caminé junto a él.
—¿Adam?
Siguió sin contestarme. Quise tocar su hombro, pero él se volvió y, como si siguiera dormido, me tomó fuerte de la mano. Me estampó contra la pared. Se acercó y comenzó a olerme como si fuera algún alimento. Su agarre era aún más fuerte y el moretón de mi espalda dolía cada vez más.
—A-Adam… detente, me lastimas.
La reacción que tuvo no era la que esperaba. Aún con los ojos cerrados, su otra mano alcanzó mi cuello, comenzando a ahorcarme.
Sin previo aviso, me besó. Yo no sabía qué hacer; me tenía inmóvil contra la fría pared.
—Adam… —volví a decir, en un intento desesperado.
Al fin pareció reaccionar. Me miró por última vez con miedo antes de caer desmayado y empezar a convulsionar.
Antes de siquiera saber qué pasaba, corrí junto a él. Llamé a emergencias.
Los siguientes días pasaron tan rápido que ni recuerdo lo que había sucedido. Adam quedó inconsciente casi una semana entera. Yo no sabía qué hacer. Pedí incapacidad para poder estar en el hospital cuidándolo.
Cuando regresamos a casa, era como si no hubiera pasado nada. No recordaba nada.
—¿Adam?
—¿Sí?
—¿De verdad no recuerdas nada?
Se detuvo para mirarme. No podía distinguir ninguna emoción en su rostro. Solo vacío.
No dijo nada, solo negó con la cabeza. Sin darle más importancia, caminó a la cocina.
Yo contuve las ganas de llorar. Aquella noche no era Adam. No era la persona que yo conocía. Él nunca me haría daño.
Los doctores me habían dicho que había desarrollado una especie de sonambulismo. Yo no sabía si creerles o no.
—MarJ.M13—