Dragón 21

All Rights Reserved ©

Summary

Dragón 21 es una inmersión en la mente de un monstruo que se cree artista. Es la crónica de una transformación, no de hombre a bestia, sino de hombre a mito personal. Un viaje al centro de un incendio donde el fuego son los deseos más oscuros y las cenizas, la única verdad que queda. Es una novela sobre el sabor amargo de la culpa que se ha dejado de sentir, la textura de los números en una mente obsesiva y la música de jazz que suena mientras se desmiembra un cuerpo. Habla de la soledad absoluta de quien ha cruzado todos los límites y del magnetismo tóxico de encontrar a alguien que, tal vez, pueda mirarte a los ojos sin apartar la vista. Un relato escrito con la precisión de un escalpelo y la cadencia hipnótica de un solo de saxofón. No es la historia de un asesino, sino del vacío elegante y filosófico que deja a su paso.

Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Después de haber bebido un par de cervezas, seguía con la garganta seca, así que decidí dirigirme a la tienda más cercana a comprar un cigarro y un mojito en lata de la marca Topochico. Entré, pedí mi marca favorita de cigarros —Benson & Hedges— y me marché. Solo compré tres; debo dejar de ser tan supersticioso con los números o me volveré loco. Tantas apuestas en la ruleta me dejaron con colores en los números: no puedo pensar en uno sin pensar en el color.

Me fumé el cigarro en una esquina, recargado en la pared, meditando lo que acababa de hacer. Era muy joven; probablemente no merecía morir. Tal vez sería una gran madre o una gran amante, pero al final el destino me hizo reducirla a cenizas. Me dejé llevar por aquel fuego consumidor nuevamente, volví a caer. Ojalá pudiera decir que es la primera vez, pero francamente me he acostumbrado tanto a esto que he perdido la cuenta. Tantos números y no puedo contar mis mayores vergüenzas. De momento solo debo relajarme un rato, ya que los restos de esta, mi víctima reciente, empezarán a apestar todo mi departamento. No puedo permitirme el lujo de que eso suceda, pues además de que detesto el olor del cuerpo humano después de días de estar sin vida, me causa más preocupación lo que puedan pensar los vecinos y las visitas imprevistas de mis amigos. Aunque de todos ellos, la que más me intriga es Alondra: la ejemplificación perfecta de una latina acostumbrada al primer mundo. Piel con un bronceado perfecto, ojos grandes, cuerpo perfectamente balanceado: ni tan exagerada para caer en lo vulgar ni tan delgada como para ser una modelo, con un estilo muy peculiar al vestir, pues disfruta de vestirse a veces como una hippie sin gracia y luego parece una mujer elegante con gustos refinados. Francamente, me encanta. Aquella mujer es un enigma para mí; a menudo me visita en mis sueños más profundos, pero por alguna razón no me alegro de verla. Todo lo contrario: cuando la veo, solo pienso en cómo evitarla, no la quiero ni ver, pero siempre cedo. No resisto. Me gustaría quitarle la blusa, arrancársela y explicarle en su cuello, en forma de besos y mordidas, todo lo bello y lo sublime del placer y la espontaneidad de la vida. Todos sus detalles y todos sus lunares son astros en el cielo, y no puedo vivir sin ellos. Encendí mi último cigarro y a los otros dos me limité a tirarlos en la banqueta; de todas formas, nadie me está mirando a esta hora.

Camino a mi casa y me espera una tarea laboriosa. Personalmente, me gustan algunas partes que tenía esta mujer; era una mujer que no tenía vicios y que se ejercitaba, así que sus pulmones pienso que me serán de utilidad para una cena próxima con mis amigos. Al principio encontraba esto gracioso: hacer que ellos se comieran a estas mujeres. Pero ahora, francamente, lo veo como algo normalizado, algo que naturalmente iba a pasar. Siempre, cuando llega el momento de seleccionar las partes del cuerpo que me gustaría conservar, me gusta quitarme la camisa: así puedo ver mi progreso. Todavía no tengo mis alas, pero dentro de mi espina dorsal empiezo a sentir esa sensación que se tiene al asolearse demasiado tiempo. Poco a poco cumpliré con la encomienda que me hizo William Blake aquel día.

Mientras pensaba en todo esto, terminé con las partes del cuerpo que quería; lo demás solo servirá para hacer salchichas o lo tiraré en alguna barranca. Al cabo, aquí en esta ciudad hay la misma cantidad de desaparecidos que de cigarros que he fumado esta semana: siete para ser exactos. Qué vicio tan tonto, la verdad. Pero hay que vivir por y para el placer, aunque también ser consciente de nuestros fuegos internos; es decir, nuestros deseos más oscuros. Yo, personalmente, no le tengo miedo al fuego; lo que me asusta y me emociona son las cenizas.

Es hora de dormir, así que, para hacerlo de la mejor manera, tengo un poco de hierba que fumaré mientras leo. Hoy me apetece leer teatro. A menudo me pregunto cuál sería el número correcto dentro de una escena, el número correcto de personajes; es más, ¿cuál es el número correcto de palabras que debería decir cada personaje? ¿Las matemáticas podrán ser aplicadas dentro del arte? No lo sé, y francamente no tengo tiempo para pensar en eso.

Al día siguiente, vino a verme Alondra y me dijo que fuéramos al cine. Yo le dije que, si ella quería, podíamos ir. Afortunadamente, los restos del cuerpo los guardé en un cuarto con cerradura de la que solo existe una copia de llave, pues la original era de oro y la perdí jugando a la ruleta.

—¿Qué película te gustaría ver?

—La verdad es que me da igual —le contesté—. El cine de ahora me parece vulgar; además, no hay ninguna película buena.

—Iremos a ver Anna Karénina, ¿qué te parece? Mucha gente me la recomendó; además, está basada en un libro ruso, de esos que te gustan.

Alondra podría ser muy bella, pero no era nada culta. Pero he de reconocer que no necesitaba serlo; bastaba con ver esos dientes en forma de diamantes y aquellos ojos, que me los imaginaba como dibujos que me decían cómo se sentía.

Quedamos en ir primero a desayunar, y a las diecinueve horas iríamos al cine. Eso era perfecto para mí, pues me daba tiempo de deshacerme del cuerpo, pensar un rato, mirarme al espejo y leer. No hay nada que me dé más empatía que leer; me hace sentirme identificado con los demás, cosa que no puedo hacer a menudo.

Fuimos a desayunar a una pequeña fonda. Me pedí los tradicionales chilaquiles que siempre me gustan, y le pedí que le pusiera cinco rodajas de cebolla por encima de la crema y el queso. Alondra se pidió algo clásico: un simple bowl de frutas con miel de maple. Ella vivió un tiempo en Francia y siempre me decía que en Europa se acostumbra a desayunar algo ligero, como un café o un té, pero que ella siempre quería comer más, aunque no tanto como lo hacemos acá en México. Así que me dijo que estaba buscando el desayuno perfecto, donde el balance se centrara en un punto medio entre el desayuno cargado nacional y el ligero europeo sin gracia.

Mientras ella ordenaba qué bebida iba a acompañar su fruta, yo no paraba de ver cómo se curveaba su labio mientras pensaba, y de mirar aquel lunar junto a sus labios que me parecía insólito. Después de cinco minutos trajeron mi plato. Esperé a que trajeran el de Alondra para comenzar a comer. Mientras eso pasaba, no dejaba de calcular el tiempo que me tomaría sacar el cuerpo del apartamento: cinco, nueve... no, tal vez doce. Creo que ese tiempo me tomaría, pues la barranca que tenía en mente estaba relativamente cerca; bastaba con poner el cuerpo en mi cajuela y simplemente arrojarlo.

Aquel desayuno me pareció algo poético, pues sentía que era perfecto: éramos los únicos desayunando ahí y nadie nos estaba interrumpiendo. Yo me podía limitar a no decir nada y podría disfrutar plenamente de la compañía de ella; me imaginaba un jazz tranquilo y agradable, ideal tal vez para una cena, pero que quedaría al toque con este desayuno tan placentero. Pero Alondra tenía otros planes: me comenzó a hablar de su tarea de la universidad. Tenía pensado hacer algo relacionado con el concepto de casinos y apuestas. Ella no paraba de hablar y, a decir verdad, poco me interesaba. Otra mujer estudiando diseño de modas; es igual de irrelevante que un hombre queriendo ser escritor.

Terminamos el desayuno y quedé de pasar por ella a las dieciocho horas. Camino a casa, escuché un poco de Charlie Parker; el caos desordenado que hay en sus partituras me recuerda a mis propios pensamientos, siempre rojos, siempre carmesíes, siempre vivos. Llegué a la casa y la naturaleza había hecho lo suyo: estaba aquel olor que tanto asco me generaba. Afortunadamente solo era un olor pequeño, pues apenas abrí la puerta y me acerqué pude reconocerlo. Otras veces bastaba con entrar a la casa para que me llegara el aroma putrefacto.

Hice lo propio. Cuando te vas a deshacer de un cuerpo, lo más importante es no dejar nunca evidencia, así que un par de guantes serían lo ideal. Tomé el cuerpo y lo envolví en tres bolsas. A pesar de que el resto no era gran cosa, debían de ser aproximadamente unos veintiún kilos. Lo subí a mi auto y comencé a manejar. Siempre tenía la suerte de que en aquella barranca nunca había nadie, pero por si acaso me cercioré tres veces.

Estaba ya sacando el cuerpo cuando, justo en el momento en que lo bajé, por alguna razón desconocida se abrió y se dejaron ver algunas costillas. Fue mayor mi sorpresa cuando sentí un ligero cosquilleo en una parte de mi columna: era la mirada de alguien. Justo en aquel momento, un niño me miró y se quedó completamente en shock, incapaz de comprender qué pasaba. Era un niño descalzo y con la cara sucia, con la ropa rota y con una mirada que mostraba cuán cruel puede a veces ser este mundo. Yo no podría dejar que nadie tuviera siquiera noción de mi oscura pasión; estaba en contra de mi moral. Así que dejé caer el cuerpo y fui por el niño. No tuve que correr mucho; el pobre apenas si podía caminar. Lo apuñalé doce veces y le desfiguré el rostro. Afortunadamente solo era un niño; no había más gente.

Cuando lo apuñalaba, pude ver su rostro. A pesar de ser muy moreno, tenía palidez en él. Se veía que no había comido durante un buen lapso de tiempo; la razón por la cual estaba ahí era que estaba buscando basura, me pude dar cuenta de eso por su olor y por los siete pedazos de cartón que había dejado caer en el piso cuando comencé a perseguirlo. Pero ya sabes lo que dicen: “el que nace para maceta, no sale del corredor”. A decir verdad, creo que le hice un favor a aquel niño; sin duda iba a morir en pocos días. Cuando me intentaba detener de apuñalarlo, su fuerza era irregular. Estoy seguro de que había tenido una vida más miserable que la mía.

Me deshice de ambos cuerpos y fui a mi casa. Me miré al espejo. Poco a poco se iba revelando aquella escamadura del dragón que llevaba dentro de mí. Me sentía orgulloso, con esa sensación de logro y de satisfacción por haber hecho algo de forma emocionante. Sin duda, soy un hombre dichoso.