CAPÍTULO 1: Donde el polvo tiene memoria
El sol de marzo no calentaba; mordía. Caía a plomo sobre el lomo reseco de los cerros, rajando la tierra hasta dejarla con la boca abierta, pidiendo un trago de agua que el cielo, puro y azul como ojo de gringo, se negaba a soltar. Las chicharras, invisibles y tercas, chirriaban su desesperación en las ramas de los madrecacaos, un ruido de serrucho oxidado que se le metía a uno hasta en el pensamiento.
Don Anselmo se ajustó el sombrero de palma, ya deshilachado por la costumbre y el sudor viejo, y escupió un gargajo oscuro a un lado del camino. El escupitajo rodó, se empanizó de polvo y quedó ahí, como una perla negra en medio de la blancura caliza del sendero.
—Ta’ jodido, Canelo —murmuró el viejo, sin mirar al perro flaco que jadeaba a sus pies, con la lengua de fuera como una corbata rosada—. Este verano viene con ganas de matarnos de sed, o de hambre, que pa’l caso es la misma vaina.
El chucho, un animal de raza indefinida, color de tierra y costillas de alambre, movió la cola apenas, un gesto de economía pura, y soltó un gemido que era mitad queja y mitad asentimiento. Canelo entendía. En el campo, hasta los perros saben cuándo la cosa se pone color de hormiga.
Anselmo estaba sentado en el poyo de su rancho, bajo la sombra mezquina de un amate que parecía estar tan cansado como él. Desde ahí dominaba la vista de lo que él llamaba, con una mezcla de orgullo y rencor, "la finca". Eran apenas tres manzanas de tierra quebrada, colgadas de la ladera como un cuadro mal puesto en la pared. Antes, en los tiempos de sus tatas, aquello había sido un vergel de maicillo y frijolar. Ahora, no era más que un pedrero donde los garrobos se asoleaban con la panza llena de aire.
—Mirá nomás —siguió Anselmo, señalando con el dedo nudoso hacia el bajío—. Allá abajo, donde pasaba la quebrada, ya no queda ni el recuerdo del agua. Solo piedras lisas, blancas como calaveras.
Se levantó con un crujido de rodillas que compitió con el de las chicharras. Llevaba los caites amarrados con pita de mezcal, y el pantalón de dril remendado le bailaba en las piernas. Anselmo era un hombre enjuto, curtido como el cuero de una silla de montar vieja, con la cara surcada por arrugas donde se escondía la historia de ochenta inviernos y ochenta veranos.
Entró al rancho, una estructura de bajareque que se mantenía en pie por pura terquedad. Adentro olía a humo de leña, a frijoles parados y a esa soledad espesa que se acumula en los rincones cuando la mujer se ha ido al cementerio y los hijos se han ido "pal norte".
—¡Jacinta! —gritó por costumbre, antes de acordarse de que la Jacinta llevaba cinco años durmiendo bajo la cruz de jiote en el camposanto del pueblo. El silencio le respondió, pesado y burlón.
Anselmo sacudió la cabeza, espantando los fantasmas, y buscó en la esquina el tecomate con agua. Estaba tibio. Bebió un sorbo largo, sintiendo cómo el líquido bajaba raspando el gaznate. Luego agarró el corvo, su machete de hoja ancha, que descansaba en su vaina de cuero repujado colgada de un clavo.
—Vamos a ver la cerca, Canelo —dijo, saliendo de nuevo al resplandor cegador—. No vaya a ser que el ganado de don Chepe Rivas se nos meta a comer lo que no hay.
El perro se levantó con desgano y lo siguió. Caminaron despacio, arrastrando los pies para no levantar polvareda, aunque el polvo ya lo cubría todo: las hojas de los izotes, el techo de paja, las esperanzas.
Al llegar al lindero, donde un cerco de piña de ratón marcaba el fin de su propiedad y el inicio de la hacienda grande, Anselmo se detuvo. Apoyó la mano en un poste de quebracho y miró hacia el horizonte. Allá, a lo lejos, se veían las nubes de humo de las quemas. La gente estaba preparando la tierra para la siembra, confiando en que San Isidro Labrador se acordaría de abrir los chorros en mayo.
Pero Anselmo sentía una punzada en el pecho que no era reumatismo. Era el presentimiento.
—Esta tierra fue de mi tata, y del tata de mi tata —dijo en voz alta, como si le estuviera rindiendo cuentas a los zopes que daban vueltas en el cielo—. Aquí sudaron, aquí sangraron y aquí se murieron. Y ahora me toca a mí cuidarle los huesos a la tierra.
Miró sus manos, callosas y manchadas, y luego miró la tierra árida.
—Pero vos ya no querés nada conmigo, ¿verdá, ingrata? —le habló al suelo—. Ya te cansaste de parir elotes pa’ este viejo.
De pronto, el Canelo paró las orejas y soltó un ladrido corto, seco. Alguien venía subiendo por la vereda. Anselmo entrecerró los ojos. Por la silueta, no era nadie del cantón. El caminante traía zapatos cerrados, no caites, y camisa blanca, bien planchada, que brillaba ofensivamente bajo el sol.
—Vaya, vaya —masculló Anselmo, apretando el mango del corvo sin sacarlo—. Parece que nos cayó visita de la ciudad, Canelo. Y a mí me late que no vienen a pedir fiado.
El hombre de la ciudad subía resoplando, peleando contra la cuesta y contra el calor, secándose la frente con un pañuelo. Anselmo lo esperó quieto, estático como un horcón, plantado en la tierra de sus padres, mientras el viento caliente le movía apenas las puntas del bigote cano.
El enfrentamiento entre el pasado de barro y el futuro de papel estaba a punto de comenzar, y el único testigo era un perro flaco y un sol que no tenía piedad de nadie.








