Prólogo - La historia de Nimea
En tiempos antiguos, cuando los dioses aún caminaban entre los mortales, existió una mujer de gran belleza, Nimea. Cuyo talento para la agricultura la hizo destacar ante los ojos de los dioses. Sus cosechas eran sin igual, y su devoción a Arbandor, el dios de la agricultura, le ganó su favor. Las tierras que tocaba se llenaban de abundancia, y todos los ojos la miraban con admiración.
Pero la fascinación de Arbandor por Nimea no fue bien recibida por Seredith, la diosa del hogar y la maternidad. La diosa, celosa de la atención que su amado dios de las cosechas le brindaba a la mortal, se consumía en una amarga envidia. Arbandor, ajeno a las emociones de Seredith, solo deseaba ver el resplandor de Nimea trabajando la tierra. Fue entonces cuando Seredith, movida por la tristeza y la ira, lanzó una cruel maldición sobre la mortal: le negó lo que más deseaba en su corazón, la dicha de ser madre.
Heronar, el dios de la guerra, estaba perdidamente enamorado de Seredith, pero ella le rechazaba, pues lo consideraba frío y brutal, incapaz de comprender el amor. Consumido por la desesperación, Heronar no podía soportar ver cómo Seredith, la diosa a la que amaba, sufría en silencio por el rechazo de Arbandor. El dolor y la rabia lo empujaron al abismo. Decidido a desatar su furia sobre los mortales, Heronar descendió a la tierra con el deseo de sembrar caos y desdicha entre los humanos.
Tras horas de errar por un espeso y oscuro bosque, finalmente vislumbró una ciudad a lo lejos. Mientras se aproximaba, su mente estaba embriagada por pensamientos de guerra, de conquista, y de venganza. Pero algo detuvo su marcha. Un sonido, lejano pero inconfundible, lo hizo detenerse. Movido por la curiosidad, se acercó sigilosamente al origen del ruido.
Al atravesar unos matorrales, sus ojos se posaron sobre una escena que congeló su corazón. Allí, en el silencio de la espesura, vio a una mujer hermosa, sollozando mientras sostenía a un bebé sin vida entre sus brazos. Heronar observó en silencio, sintiendo una punzada de tristeza al ver la desesperación de la mortal. La mujer, entre lágrimas, levantó su voz al cielo, suplicando a Seredith que le concediera el don de la maternidad. Fue en ese instante cuando Heronar comprendió la verdad: la mortal que tenía frente a él no era otra que Nimea, la mujer de la que Arbandor no dejaba de hablar.
La diosa Seredith, en su celo y venganza, había maldecido a Nimea, arrebatándole la posibilidad de concebir hijos sanos.
Heronar, sin pensarlo dos veces, salió de su escondite y se acercó con decisión a la mujer. Colocó su mano sobre su hombro con una suavidad inusitada para un dios de guerra, y con voz grave le dijo:
— Me temo que la diosa no está de tu lado. No te permitirá ser madre hasta que la obsesión de Arbandor por ti se disipe.
Nimea, sorprendida por la presencia del extraño, lo miró con asombro. Tras ella, se encontraba un hombre imponente, de cabellos blancos y ojos azules como el cielo. Su porte era noble, pero su mirada reflejaba un dolor profundo, un dolor que ella comprendía muy bien.
— ¿Cómo lo sabes? - preguntó Nimea, con cautela.
Heronar, consciente de los riesgos, no podía revelar su verdadera identidad. No quería despertar la ira del Creador al desvelar su identidad a una mortal. Con una sonrisa algo distante, respondió:
— Soy sacerdote de la ciudad sagrada de Eryndor. — luego, dirigió su mirada hacia los campos de la mujer, que brillaban en abundancia. — Solo es necesario comparar tus cosechas con las de tus vecinos. Tu tierra está bendecida por el dios de la agricultura.
Nimea, con el rostro marcado por la tristeza, preguntó:
— ¿Y qué debo hacer? Mi mayor deseo es ser madre.
Las palabras de la mortal tocaron una fibra en el corazón de Heronar, quien, aunque frío y distante, había llegado a comprender el dolor de la mujer, pues el comprendía cómo se sentía la mortal al desear algo que no podía tener. Decidido a ayudarla y, al mismo tiempo, desafiar a Seredith. Dijo con firmeza:
— Si deseas ser madre, puedo ayudarte. La diosa no puede dañar a los hijos de aquellos que están bendecidos por los dioses.
Tras sus palabras la mortal entendió a que se refería el misterioso hombre frente a ella, pues al ser un sacerdote estaba bendecido por los dioses. Esa tarde yacieron juntos bajo la mirada furiosa de los dioses.
Durante los nueve meses que siguieron, Heronar permaneció junto a Nimea, protegiéndola de la furia de los dioses. A medida que su embarazo avanzaba, Nimea dejó de trabajar la tierra, y no acudió al templo de Arbandor a rezar, pues su único deseo era ser madre. Con el paso de los meses, Arbandor comenzó a perder interés por ella, y con ello también lo hizo el celo de Seredith. La diosa del hogar, al ver cómo la mortal se alejaba de la devoción a su amado,también la olvidó.
Finalmente, Nimea dio a luz a un niño. Su cabello era tan blanco como la nieve, y sus ojos brillaban como el azul del cielo. Era una criatura casi divina, un hijo de Heronar, el dios de la guerra, un semidiós. Nimea, ajena a la verdadera identidad de su amante, lo amo profundamente. Para ella, era solo un sacerdote, un hombre que había hecho realidad su más ardiente deseo.
Heronar permaneció con Nimea, pues por fin encontraba alguien que no lo rechazaba. Durante dos años, el dios de la guerra vivió entre los mortales, y le otorgó a Nimea un segundo hijo, también con los mismos ojos azules y cabello blanco, en este caso una semidiosa.
Seredith, observando desde su reino, comenzó a cambiar su visión sobre el dios. Tras su mirada fría y distante, Heronar había mostrado un lado que ella nunca imaginó: la capacidad de amar.
Aunque seguía amando a Seredith, Heronar había encontrado algo que nunca pensó posible, su propia familia. Aunque su corazón aún yacía junto a la diosa.
Conmovida por el amor que el dios sentía por Seredith, Nymara, la diosa del amor, descendió a la tierra para hablar con Heronar. Le reveló que Seredith, al observar la ternura y la calidez con los que trataba a Nimea y a sus hijos, había comenzado a sentir atracción por él. La diosa, aún atrapada en su orgullo, ansiaba experimentar el mismo calor y amor que Heronar ofrecía a la mortal. Heronar, con el corazón dividido, decidió regresar al Éter, la morada de los dioses, para confrontar a Seredith. Deseaba que las cosas fueran diferentes, por lo que, con un pensamiento en su mente, llevó un obsequio a la diosa: un fuego eterno, que jamás se extinguiría, para que Seredith pudiera sentir su calidez incluso en su ausencia.
De los hijos de Heronar y Nimea nacería una poderosa dinastía, los Emberly, una estirpe que se destacaría por su valor, su espíritu de lucha, el pelo como la nieve y los ojos azules como cielo. Fundaron la ciudad de Eryndor, también conocida como "Legado del Corazón". La primera ciudad del continente, que se convertiría en un faro de poder y sabiduría. Posteriormente se crearía el Reino de Dalia, conformado por doce provincias. Convirtiéndose, en el reino más grande del continente.
Los Emberly se alzaron como reyes y reinas, llevando consigo la sangre de los dioses y el legado de la guerra y el amor.








