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Matrimonio arreglado: Dolor [ VOL. II Bakudeku]

Summary

VOL ll de Matrimonio arreglado

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo 1:

____________________________

El ejército marchaba silencioso pero constante, resguardando la seguridad de su reina. Tras aquellas semanas de tensión, el enfrentamiento y la batalla, volvían a casa.

Izuku, quien iba a la cabeza, aun sentía el peso en sus hombros de aquella batalla interna y el enfrentamiento que tuvo contra su destino. Su único deseo era volver a su hogar, hundirse en los brazos de su amado y sentirse protegido.

A medida que avanzaban, la brisa fresca de la primavera le daba un pequeño respiro de la tensión y las cicatrices emocionales que ahora lo marcaban.

Los soldados que lo acompañaban marchaban en silencio. No había hombre ni mujer que en aquel momento no notara que algo había cambiado, que había una llama en el interior de su reina, por ello no se atrevían a perturbar la tranquilidad que pudiese respirar.

A medida que pasaba el tiempo las tierras comenzaban a serles familiares. Un claro indicador que se acercaban al palacio central.

De repente, un hombre apareció a lo lejos. Su caballo galopaba con rapidez, dejando una densa nube de polvo detrás suya. Su rostro era un claro reflejo de la urgencia.

Inasa, el capitán de la guardia real, avanzó y cubrió con su caballo la figura de la reina. Desconocían las intenciones de aquel hombre. No fue hasta que noto que este llevaba en su capa el emblema del palacio que se apartó. El rostro de aquel hombre dejó en claro que algo no estaba bien.

—Habla— ordenó Inasa.

El hombre tomó un pequeño respiro mientras limpiaba el sudor de su frente y detenía a su caballo.

—Su alteza— soltó el mensajero, casi sin aliento— El rey… sus heridas empeoraron. Su estado es grave. La infección en sus heridas hizo que su condición empeorase.

El mundo del pecoso se detuvo por un segundo. El aire se volvió espeso y sus manos, que hasta ese momento sostenían con firmeza las riendas del caballo, se tensaron por el miedo que comenzaba a recorrer su cuerpo.

—¿Cómo es posible? — soltó el pecoso con horror— mi esposo estaba recuperándose.

—Mi señor, una sirvienta mal intencionada— agregó el mensajero— No pudimos investigarla, la joven acabó con su existencia cuando el médico real se enteró.

—¿Está… muerto? — su voz era casi un susurro, como si le fuese imposible asimilar aquello que escuchaba.

—No, su majestad, pero está muy mal. El médico no ha podido detener la infección… Me enviaron con urgencia hace unos días.

El pánico comenzaba a consumir al pecoso. El dolor en su pecho crecía con cada segundo que transcurría. En su mente solo había un pensamiento. Su amor, su rey, el amor de su vida. Sabía que debía volver con rapidez.

—¡Rápido! — ordenó con voz firme, aunque se notaba la urgencia que le era casi imposible controlar— ¡Necesitamos llegar al palacio!

Inmediatamente, los soldados comenzaron a marchar con rapidez, siguiendo la orden de su reina. Sin embargo, todos sabían que el camino de vuelta no sería sencillo. El terreno se volvería irregular en un punto y la distancia a la que se encontraban no les ayudaba.

Izuku era consciente de la distancia, pero en ese momento el miedo lo empujaba a romper sus propios límites.

La mente del pecoso se encontraba repleta de imágenes, de los besos que compartieron, de la suave voz de su alfa al hablarle, las caricias, todo le hacían sentir que podría perderlo.

—Por favor…— soltó— resiste.

Las horas parecían eternas. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color cálido, mientras los caballos corrían sin cesar. Izuku no apartaba la vista del frente, deseando que en cualquier momento el palacio estuviese a su alcance.

El aire en el palacio era pesado, habían descubierto a la culpable de la recaída del rey. Encontraron el cuerpo de aquella mujer en su habitación, rodeada de las pruebas que la inculpaban sobre la infección de las heridas.

—Maldita seas— dijo la reina madre con rabia mientras veía cómo bajaban el cuerpo de la mujer.

No sólo desconocían las circunstancias por las que pasaba el pecoso, sino que además el rey se encontraba sufriendo.

Katsuki yacía en su cama. La fiebre no parecía desear descender, el sudor en su cuerpo, la palidez de su piel y su respiración irregular, parecían presagiar un trágico final. Sus heridas, que al principio curaban con normalidad, habían empeorado considerablemente. Las heridas se habían infectado. El dolor lo atravesaba en oleadas que parecían torturarlo.

La reina madre observaba en silencio, dolida por ver a su único hijo en aquel lamentable estado. Lo único que podían hacer era esperar que Yagi pudiese curarlo de alguna forma, pero por más que aquel hombre lo intentaba, el rey no parecía mejorar.

Una tenue vela titilante iluminaba parte de la habitación, luz que ayudaba al médico a completar su tarea.

—Su estado está empeorando— habló Yagi mientras caminaba hacia la reina madre— si sigue negándose a ir, podría fallecer en poco tiempo.

La mujer suspiró y se acercó al cuerpo de su hijo.

—Si sigues negándote, las infecciones podrían ser irreversibles— habló la reina madre en un tono grave, casi molesto— Ve al reino omega.

Katsuki apretó los dientes, el dolor de su pecho era más emocional que físico, luchaba por no ceder ante la debilidad.

—No. No iré a las reinó omega— su tono firme, vacilaba por la fiebre y los escalofríos que recorrían su cuerpo— Izuku no ha vuelto. Necesito verlo porque sin él… mi vida no tiene sentido.

Mitsuki lo vio con una mezcla de comprensión y tristeza. Katsuki llevaba negándose en marcharse con la excusa de que, si algo le sucedía a su omega, el dolor que sentía sería un castigo divino por no haberlo cuidado con propiedad.

—Hijo mío— tomó la mano de su convaleciente hijo— Se cuanto lo amas, pero tienes que entender que tu vida está en peligro. ¿Qué será de tu esposo si te ve en este estado? No crees que le dolería saber que te estás castigando sin sentido alguno. Debes ir. Ellos tienen aquella flor que podrá curarte.

En los ojos rojizos del alfa se notaba la frustración y el miedo. Temía marcharse.

—Madre, permíteme esperarlo…

La mujer, completamente desesperada, se arrodilló junto al cuerpo de su hijo. Su mirada se endureció.

—Iras. El reino necesita a un líder fuerte. Izuku necesita un rey vivo cuando regrese, no a un hombre moribundo que por su propia estupidez termina quebrándose.

Los puños del alfa se apretaron contra las sábanas, el miedo, la impotencia y la rabia lo quemaban por dentro. Sabía que su madre tenía razón, si Izuku volvía y él moría no podría protegerlo.

—Está bien…— su voz apenas fue audible por el agotamiento— iré.

—Volverá a salvo, Confía en él.

Esa misma noche, bajo el cielo oscuro, Katsuki partió en dirección al reino de los omegas. Fue acompañado por algunos guardias de confianza.

Mientras se alejaban más del palacio, de aquellos jardines, sentía el dolor recorrer su pecho. Izuku, su vida, su reina, su todo, estaba luchando solo sin su ayuda. El miedo que sentía era imposible de ignorar.

—Zuzu…— dijo mientras débilmente besaba el anillo en su mano.

Pero a pesar de todo, en su interior había una pequeña chispa de esperanza. Él sabía que volvería, que volverían a verse, que volvería a ver aquella sonrisa y besaría aquellos labios. Porque, aunque su cuerpo estuviera herido y débil, su alma ardía con la promesa de que ambos serían felices juntos.

Tras tres días de un viaje intenso y agotador. Izuku vio como los muros del palacio se asomaban a la distancia, como si fueran un faro que iluminase la oscuridad de su alma. Un alivio efímero lo recorrió, pero sabía que el verdadero miedo esperaba por él dentro de aquellos muros.

Al llegar a la entrada del palacio, el pánico volvió a invadir su cuerpo. La tensión en el aire era densa.

—Por favor, permíteme besar sus labios— rogó a Dios mientras corría por los pasillos.

—¡Izuku! — gritó la reina madre.

El pecoso se volteó y corrió en su dirección, necesitaba conocer el estado en el que se encontraba su esposo.

—Mi niño— soltó la mujer al verlo vivo— has vuelto.

—¿Dónde está? — soltó el pecoso mientras dejaba que la mujer tocase su rostro. Una lágrima se escapó de sus ojos— Por favor, dígame que está vivo…

—Hace unos días se marchó al reino de los omegas— habló— Kaminari fue con él. No temas, pronto volverá.

Las piernas del pecoso fallaron en ese instante. Se dejó caer de rodillas al suelo y se permitió llorar. Derramó aquellas lágrimas que aguanto al ver a su padre, aquellas que guardo durante el viaje. Sentía alivio al saber que alguien de su confianza ayudaría al amor de su vida.

Los días se alargaban en el palacio, como si la ausencia del rey hubiera estirado el tiempo. Izuku se encargó de las tareas reales, tomó decisiones con calma y precisión que sorprendía a aquellos que lo rodeaban. En su interior, el vacío que sentía ante la ausencia del alfa lo golpeaban cada noche.

—Descansa— dijo la reina madre mientras se acercaba.

El pecoso mantenía su mirada fija al exterior. Esperaba verlo llegar montando a caballo como siempre, con aquella sonrisa que lo calmaba.

Su lobo blanco, Polar, se había recuperado por completo. Lo acompañaba cada noche, resguardando su seguridad como si fuese una orden del rey. El lobo no descansaba por las noches, era como si resguardará sus sueños, lo veía y vigilaba.

—No puedo…— soltó con la voz rota. Solo durante las noches y en su habitación dejaba que los sentimientos lo dominaran— me siento tan incompleto… Los tengo a ellos— señaló a los lobos que dormían a un costado y a su adorado león— pero siento que, sin él, mi corazón está incompleto.

—Katsuki volverá pronto. No lo dudes.

Polar lamió la mano del pecoso con suavidad, como si intentase calmar la ansiedad que sentía. Con aquel pequeño acto, Izuku sonrió débilmente y sus ojos brillaron con una esperanza que creía haber perdido.

—K-Kacchan— susurró mientras dirigía de nuevo su vista a la ventana.

Continuará…

Siento la redacción y las faltas ortográficas.

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