Eso no es una escuela

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Summary

En una escuela oculta entre mundos, chicas con poderes se enfrentan a grietas dimensionales, guiadas por el Sensei de máscara sonriente. Esto no es una escuela cualquiera y al adentrarte en sus pasillos talves descubras la verdad que ocultan las paredes, las grietas o aquello detrás de la máscara del Sensei.

Genre
Scifi
Author
Rogney
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1: Bienvenidas sena mis alumnas

Nombre del capitulo:

"Bienvenidas sean mis alumnas"

Un hombre, con el rostro cubierto por una máscara blanca y una sonrisa torpe dibujada en ella —como si un niño la hubiese pintado—, se mantenía en silencio sobre el balcón principal. Desde allí observaba una multitud de chicas formadas en filas, ordenadas por estatura, de mayor a menor, en lo que sería el salón de la entrada de la institución.

Algunas hablaban entre sí. Otras se mantenían firmes, en silencio. Y alguna que otra ni siquiera recordaba por qué estaba allí.

De repente, el Sensei habló.

—¡¡Hola, bienvenidas sean todas ustedes mis alumnas!!.

Ni bien alzó la voz, todas lo escucharon, hasta las más ruidosas y rebeldes se pusieron rectas ante el.

—Bueno, viven aquí, así que supondré que todas ya me conocen. Pero, para las que no, me presento:

Soy el encargado principal de este lugar tan bonito que, más que una escuela, es su hogar.

Pueden llamarme Sensei, y yo seré su maestro y su acompañante en el ámbito de las Grietas… y en cómo actuar dentro de ellas.

El silencio que siguió fue breve. Al momento, estallaron los aplausos.

Y justo entonces, entre todas, una niña se emocionó tanto que sin querer creó una Kitty Boom por su habilidad, que se le escapó de las manos y cayó entre las demás alumnas.

En segundos, ese sector se dispersó como si hubiera caído una bomba real.

La granada con forma de gatito quedó quieta unos segundos... hasta que explotó con un estruendo increíble. Por suerte, sin heridos.

—¿Moka… qué dijimos sobre las bombas?

—¡Perdón, Sensei! Se me escapó… ¡perdón! —respondió la niña, de no más de diez años, juntando las manos como si orara para que no la retaran.

—No pasa nada, Moka. Estás perdonada.

Pero no vuelvas a intentar otro ataque terrorista, por favor… al menos hoy, no.

—¡¡¡Sí, Sensei!!!

Las alumnas volvieron a sus posiciones como si nada hubiera pasado. El Sensei se acomodó el cuello y retomó.

—Bueno… ehh… sé que esto es muy aburrido, tanto para ustedes como para mí… así que, ¿qué tal si se van ya a sus habitaciones o a clases —si es que tienen— y hacemos como que ya hicimos todo? ¿Qué les parece?

—¡¡¡SÍÍÍ!!! —respondieron todas, al unísono.

La emoción volvió a estallar. Las chicas se dispersaron, algunas rumbo a clases, otras al patio y otras tantas hacia sus habitaciones.

La institución era tan grande que requerían portales para moverse entre secciones… y, aun así, siempre había quienes llegaban tarde a clase.

El Sensei observó todo desde lo alto. Una a una, las alumnas desaparecieron entre portales, pasillos y escaleras… hasta que no quedó ninguna.

Un leve clic de botas resonó en el mármol. Sin voltear, el Sensei ya sabía quién era.

—Sensei, ya ha terminado todo. Es hora de ir a clase. Las chicas lo están esperando —dijo una mujer de porte serio, vestida con una gabardina gris oscuro, una camisa sin mangas blanca y cinturones de perdigones colgando.

Con calma, recargaba sus dos escopetas Remington 870 y acomodaba los cartuchos en el cinturón.

—Agatha Mireille Wiss… ¿No te habías retirado de la acción para vivir una vida normal? Creo que así lo dijiste tú —dijo el Sensei, sin girarse siquiera, como si tuviera ojos en la espalda—. Aún conservas esas escopetas que te regaló Illya, al parecer.

Dime… ¿por qué volviste?

—Sabes, Sensei… he vivido toda mi vida dentro de este lugar. Afuera no hay nada para mí… pero aquí aún quedan chicas que necesitan volver vivas.

El Sensei se mantuvo en silencio unos segundos.

El aire estaba inmóvil. La brisa que solía correr entre las columnas de la entrada parecía contener la respiración.

—Sabés que aún podrías haberte ido —murmuró al fin, sin cambiar de postura—. Nadie te lo habría reprochado.

Te ofrecimos una vida nueva… un nombre nuevo… incluso un apartamento con terraza.

Agatha soltó una risita suave y sarcástica, casi como si hablara consigo misma.

—También me ofrecieron una oficina, horarios fijos… una mascota de compañía y sesiones mensuales con un psicólogo del Estado.

Pero no se puede domesticar a un perro que nació para morder.

—...Qué feo que digas eso de ti misma —dijo el Sensei, girando la cabeza apenas unos grados—. Si yo te tuviera miedo, no estaría parado tan cerca de tus escopetas. Puedo leer tus palabras entre líneas, no intentes nada jovensita.

Agatha chasqueó la lengua y acomodó una traba en su cabello largo y algo despeinado.

Era una mezcla entre soldado y profesora aburrida, con ese aire de quien ya vio lo peor y aprendió a seguir sonriendo igual.

—No tenías miedo ni cuando tenía trece y me negaba a usar casco en las misiones —recordó—. ¿Te acordás? “El enemigo debe saber a quién dispara”, te decía.

Y vos me contestabas: “Y después vas a tener que explicarme por qué tenés el cráneo ventilado, querida”.

El Sensei rio por lo bajo. Fue una risa breve. Pero real.

—Te hice ese comentario cuando volviste con una herida muy grande en el hombro, no en la cabeza. Lo recuerdo todo, Agatha. Aunque a veces desearía no hacerlo.

Ella bajó la mirada un instante, y luego la alzó otra vez, firme.

Sus ojos no eran los de una soldado. Eran los de alguien que no podía ver fantasmas sin pensar en sus nombres.

—Illya estaría orgullosa de lo que hiciste por mí —dijo Agatha, muy feliz—. No sé si yo lo estoy, todavía. Pero por lo menos… ya no me duele.

El Sensei no respondió enseguida. Bajó la cabeza, en una especie de reverencia muda, y luego, con su tono amable habitual, como si todo fuera una broma que solo él entiende, murmuró:

—Si tu no podés perdonarte, Agatha… yo te perdono por los dos.

Ella apretó las manos, cargó las escopetas al hombro y dio media vuelta. Tratando de disimular pero el sensei ya sabía ese truco de tantas veces que intento evitar que el la vea.

—Vamos. Tus alumnas te esperan.Y alguna seguro se robó otra bomba en forma de conejo.

—¿No eran gatitos?

—Ahora les puso orejas largas —gruñó ella, sin mirar atrás.—La hija de la horima es tan paresida a su hermana.

El Sensei la siguió, con pasos tranquilos y espalda recta, mientras el eco de sus voces se apagaba por los pasillos infinitos del instituto.

Atravesaron juntos un par de portales y llegaron al aula del Este. El aula de el Sensei donde todas las chicas están despidas a llegar en algún momento de la semana para su clase.

La puerta del aula se abrió sola con un leve zumbido.

El Sensei entró con paso tranquilo, mientras un leve eco acompañaba el golpeteo suave de sus zapatos.

Frente a él, 42 alumnas ya lo esperaban. Formadas en semicírculo, sentadas en bancos acolchados o de pie por los nervios, lo miraban como si de verdad fuera una figura mitológica.

Algunas lo conocían de vista, otras apenas por rumores, y muchas era la primera vez que veían esa máscara blanca con la sonrisa dibujada y los ojos cerrados que nunca cambiaban de expresión.

La sala era enorme. Del tamaño de una cancha de fútbol.

El piso pulido, las paredes de un material que absorbía impactos, y múltiples plataformas móviles, mamparas electrónicas y blancos flotantes estaban repartidos a los lados.

Una clase común, para una escuela que no lo era.

A su lado, Agatha detuvo el paso.

—Aquí me bajo yo —dijo, sin ceremonias—Voy a revisar el entrenamiento del bloque sur. Me toca enseñar cómo no morir en la nieve con solo una cuchara y un vendaje.

Y a ustedes las nuevas. Traten con mucho respeto al Sensei, el podría recordar hasta que tan rápido latían sus corazones después de que ya no estén.

—Recordales que no usen la cuchara como proyectil —respondió el Sensei—. Aunque fue creativo, casi matas a hujin esa vez.

Agatha sonrió, giró sobre sus talones y desapareció por un portal lateral sin mirar atrás.

El Sensei caminó hasta el centro del aula. Nadie decía una palabra.

—¡Muy bien! —dijo, alzando un brazo con entusiasmo fingido—. Ustedes deben ser las nuevas crías que me asignaron esta temporada.

Un par de alumnas se encogieron al oír eso. Otras esbozaron una sonrisa. Algunas no sabían si debían reír o preocuparse.

—Mi nombre, por si no lo sabían, es Sensei. Solo eso. Si me llaman de otra manera, ignoraré sus gritos hasta que les pase algo grave.

Soy su maestro, su acompañante en misiones, su guía, su examinador… y ocasionalmente su paño de lágrimas. Aunque odio que me mojen la ropa.

Y también podré ser su mejor amigo o su mayor enemigo, depende de como se comporten.

Las risas se soltaron, tímidas al principio. El hielo empezaba a romperse.

—Como estoy de buen humor, y una antigua alumna me recordó lo útil que es empezar con lo básico, hoy tendrán su primera clase oficial de tiro táctico.

Habrá armas reales. Munición real. Blanco falso. Y ustedes, por supuesto, también son reales.

—Hizo una pausa y agregó—: …o eso espero.

Se giró hacia la pared del fondo. Una compuerta se abrió, dejando ver una batería completa de armas ordenadas en estanterías automatizadas.

Desde pistolas pequeñas hasta rifles pesados, granadas inactivas, miras holográficas y chalecos para entrenamiento.

Las alumnas dieron un paso adelante, y más de una contuvo un grito de emoción.

—Elijan lo que deseen —dijo el Sensei, sin cambiar el tono—. Todo lo que usen hoy será evaluado: cómo lo eligen, cómo lo cargan, cómo lo apuntan… y si lo hacen sin volarse una pierna, ya es un aprobado.

—¿Sensei…? —preguntó una chica pequeña de cabello corto— ¿También podemos elegir armadura?

—¿Armadura? Claro —dijo, y luego, como si pensara en voz alta—: Aunque en esta institución, el ego es la única protección que les dan gratis.

Las alumnas empezaron a moverse, entre emocionadas y cuidadosas. Las plataformas se alzaban, los blancos emergían desde el suelo y las luces cambiaban a modo de entrenamiento.

El Sensei los observaba a todos desde el centro, inmóvil.

Una hora después, con las chicas ya sudadas y varios blancos destrozados por exceso de entusiasmo, el Sensei se puso de pie nuevamente.

—Muy bien. Voy a dar los nombres de las siete más destacadas. No se emocionen… no es un premio, es una responsabilidad.

Vamos a tener una pequeña salida a una Grieta de nivel bajo, para que vean cómo se aplica lo que aprendieron.

El silencio volvió. La sala entera contuvo la respiración.

—Hikari, Reitz, Lúa, Nozomi, Anna-Mae, Sigrid y… Moka.

Sí, Moka, sé que explotaste una mascota hace veinte minutos, pero tu puntería es mejor que la de varias con brazos más largos.

Moka levantó la mano con una sonrisa culpable y salto de alegría.

Las otras chicas se pusieron firmes y miraban extrañabas a Moka.

—Moka vuelve a la fila—Diria Nozomi mientras jugaba con un mechones de su pelo.

—¡¡Kitty Boom al rescate, Sensei!!

—Por favor Moka no le pongas ese nombre al escuadrón —murmuró él, casi para sí mismo.

—¡Yo no quiero ir Sensei ! —Decía Hikari haciéndose bola en el suelo.

—No hay problema Hikari. Quédate aquí con las demás entonces mientras nosotros tenemos algo de practica.

Mientras las seis elegidas restantes se reunían, las demás aplaudían o murmuraban entre sí.

Sensei les hizo una seña. Se abrió un portal a su lado, y detrás de él se veía una zona forestal alterada, con el cielo partido por grietas flotantes que se retorcían en silencio.

—Hora de clase práctica —anunció—. Y recuerden: si lo hacen bien… tal vez sobrevivan al examen final.

Y cruzó el portal.