Capítulo 1
Al ver el cuerpo frío en el suelo, con labios purpúreos, lo primero que vino a la mente de Lilith fue aquella mañana en la que su madre llegó con una emoción que hasta ese momento le era desconocida: seis años, sin alegría…
—Lili, te traje esto —su madre, con un ojo hinchado y el labio partido, entró en la habitación. Un colchón en el suelo y una vela iluminaban a la pequeña.
La diminuta criatura que se escondía bajo la sábana desgastada se acercó a su madre con precaución; al igual que ella, compartía los mismos síntomas de dolor. Sin decir palabra y temiendo levantarse, de rodillas esperó la noticia de mamá, abriendo sus brillantes ojos sin atreverse a soñar.
—Es una sorpresa, ¿no quieres verla? —la mujer de mirada efusiva sostenía las manos detrás de su espalda, pero la amplia sonrisa que portaba empezó a secarse ante la falta de respuesta. Una de las manos escondidas demostró sus intenciones alzándose en el aire.
La pequeña, de rodillas y apretando fuertemente los ojos, esperó el castigo que vendría. Después de sus primeros años de vida había entendido que no importaba qué; el problema siempre sería ella. La mujer, al ver la serenidad en su rostro, calmó su ira, apretó el puño en el aire y, poco después, acercó aquello que traía hacia la pequeña.
—Es para ti —dijo, limpiando sus ojos—. Quería una de estas cuando era pequeña. Por favor, Lili, abre los ojos para mamá.
En un acto de inconsciente valentía y optimismo, Lilith abrió los ojos. Una mirada oscura la veía de frente: un objeto inerte, pero sonriente. Una muñeca hecha de trapo, de trenzas rojas igual que su cabello.
—Creo que se parece a ti —dijo mamá, entregándosela con cuidado.
Lilith solo asintió con una imperceptible sonrisa y experimentó aquello que tanto tiempo le había sido negado. Una calidez incierta recorrió su cuerpo. Al final, mamá sí la quería.
Pensando en eso, Lilith se alejó del cuerpo frío en el suelo para buscar a su muñeca con una expresión serena. Hoy era su cumpleaños número diez. Tomó a la muñeca en sus manos y una de las sábanas desgastadas; se acercó a la que alguna vez llamó madre, retiró las agujas que estaban a su alrededor, cerró sus ojos y, con la ternura que nunca recibió, la cubrió. Con la pequeña vela que iluminaba la habitación hizo un altar sin saberlo y dio una oración torpemente.
—Gracias por la muñeca, mamá.
Se levantó y, sin prisa, tomó la poca comida que había en la habitación. Con suerte podría ocupar otro lugar sin que nadie lo notara; el cuerpo se pudriría, lo sabía, porque era lo mismo que ocurría con las ratas, y no quería sentir ese hedor. Preparada con un par de prendas, una muñeca y comida para tres, se acercó a la puerta, preparada para conocer el mundo que mamá le había prohibido explorar. Dudó un momento, pero apretó la perilla con sus manos y abrió la puerta…
Un hombre de aspecto inhumano al otro lado la recibió con una sonrisa macabra, envuelta en un pensamiento indescifrable para la pequeña.
El hombre la tomó del cabello, pero ella no lloró; dejó caer todo lo demás a excepción de su muñeca.
—¿Dónde está tu madre? —el hombre exigió una respuesta a la niña, que lo miraba vacía—. ¿No escuchas, niña? ¿Dónde está tu madre?
La niña señaló con su dedo el cuerpo bajo la sábana, junto a la vela.
—Aggh, esa maldita se murió —el hombre soltó a la pequeña, quien con cuidado se arrastró hacia la puerta intentando alejarse del potencial peligro—. Rata escurridiza.
Cerró la puerta en su cara.
—¿Dónde está el dinero? ¿Las drogas?
La chiquilla con velocidad mostró la caneca y, de la bolsa que cargaba, sacó tres billetes de un dólar. Era todo lo que había.
El enorme hombre se rascó la calva y, desesperado, agitó todo en la habitación. Encontró un par de dosis, pero nada que pudiera pagar la deuda.
—La muy zorra ni siquiera me puede pagar con su cuerpo —luego pensó un momento más—. Niña, mira hacia la pared. Si no es ella, eres tú, y me vales más limpia. No voltees.
Con un temblor incomprensible, Lilith se atrincheró en un rincón sin atreverse a mirar, enfocándose por completo en la textura de la lana de su muñeca.
—Esta zorra todavía está tibia —expresó el hombre.
Luego Lilith sintió a su espalda una serie de gruñidos que le hicieron helar la piel. Fueron los minutos más largos. Empezaba a desear no cumplir años nunca más. Esta vez mamá había traído un pequeño pastel para compartir. No entendía por qué había inyectado tanto de esa cosa en su cuerpo.
Los horrendos gruñidos terminaron. Ella escuchó el cierre del pantalón y el tintineo del cinturón.
Los pasos densos sobre la antigua madera y el olor nauseabundo del hombre se acercaron con sigilo. Tocó su hombro. Algún tipo de sentencia había sido dictada en ese momento; un destino había sido sellado, y de esto ella no podría escapar. Incluso cuando lo hiciera, la prisión viviría en ella. Fue un presagio de un futuro que no podía evitar. Con resignación, siguió al hombre.
—Vamos, veamos cuánto puedo conseguir por ti.
Fue llevada en una camioneta sin poner objeción.
—Te visitaré en unos años, qué desperdicio —el hombre la miraba por el retrovisor.
La niña solo apretaba su muñeca.
Llegaron a un sitio oscuro y baldío, muy similar al lugar donde siempre había vivido. No le sorprendió. Luces, concreto, frío y demencia eran algo familiar. Fue pasada por un par de manos antes de llegar a su destino final.
Un hombre de aspecto superior, quien daba órdenes a quien quisiera, la vistió, la adornó. Tomó algunas fotos de su inocencia y, con un par de clics, las envió.
—Esperaremos unas horas. Luego miraremos cuál es la mejor oferta.
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"Mamá, el día de tu muerte fue el inicio de mi condena."