Tomo 1 - Capitulo 1
—¡Ruth!
Enciende la luz aterrado. Mira el reloj de su buró: 1:36 am. Suspira con la cara empapada y trata de limpiarse las lágrimas. En unas horas tendrá que abordar una avioneta. Trata de recordar lo soñado, pero solo rescata escalofríos y ganas de vomitar. Se quita entonces la baba de la boca. ¿Cómo era posible? Su esposa desapareció nueve meses atrás. Ayer, 23 de enero, llegó una carta suya.
—Ruth.
Un rayo atraviesa el cielo y las gotas de agua chocando con la ventana llegan a sus oídos. Hace ya meses que no puede dormir correctamente. La carta sigue dando vueltas en su cabeza: “No te acerques a la lluvia roja. No vayas al Caribe”.
Carlos siempre ha sido del tipo escéptico: no dioses, no fantasías, no suerte, sino solo explicaciones. ¿Por qué su mujer lo perdona y se disculpa tanto en la carta? Son las 4:33 am. No se alista como un hombre sano de carácter lo hace. Solo toma su maletín, la carta y se cambia de ropa. Sale a toda prisa. No hay tiempo: el vuelo es a las 6:00 am.
El mal clima fue su excusa, pero tiempo atrás él no era así; nunca llegaba tarde. Solía ser un hombre feliz, alguien serio y obsesionado con la puntualidad, un hombre de ciencia y disciplina pura; sin embargo, ahora estaba abordando su vuelo privado veinte minutos tarde, pasándose la mano por el cabello andrajoso para no parecer desalineado.
—Una noche difícil, me imagino, profesor.
Carlos finge una sonrisa mientras mira las gotas de agua competir en la ventana de la avioneta; no le hace mucho afán hablar de cosas difíciles. No quiere tocar ese tema, pero no puede dejar de pensar. La avioneta despega y el piloto, un viejo amigo de Carlos, aprieta fuertemente su hombro, como hacen los hombres que entienden a otros hombres.
—¿Sabe, profesor?
—No quiero ser grosero, Jorge.
No hay forma de que acceda, no es creyente. Carlos toma la tarjeta blanca. La ojea. La religión es algo que no está hecho para los hombres de ciencia, los hombres que indagan. “Piensa". Es grosero decir lo que quiere decir. Está harto de que todos crean que tiene un problema. Él no lo tiene. “Piensa”.
—Solo consérvala, Carlos, por favor.
Se alinea el cabello y suspira, cruza los dedos en su imaginación; no quiere ofender a un amigo de años. ¿Por qué la gente es tan estúpida? ¿Por qué creen en fantasías?
—Está bien, Jorge. La conservaré.
Ya son las 7:49. Ninguno volvió a hablar. Carlos mira la llovizna aún vigente. Para ese momento deberían estar sobre el Caribe, el mismo lugar donde hace dos semanas se observó por última vez la lluvia roja. Y según sus investigaciones exhaustivas, hoy, en un par de horas, volvería a ocurrir. Indaga en sus recuerdos: la última vez que vio a Ruth, el yate, la sensación que le dejó el sueño. Se pierde y no puede recordar bien; se esfuerza al punto de sudar. ¿Cómo sabía que tomaría un vuelo al Caribe? ¿Realmente fue Ruth quien escribió la carta? Entonces vuelve a lo que sabe hacer: pensar en Ruth, su cabello, sus besos, y muy de vez en cuando deja que esas bellas memorias sean dañadas pensando en la tanta falta que le hace. Baja la cabeza. Un sonido familiar lo hace salir del trance.
—¡Carlos!
Todo está borroso. La lluvia satura sus oídos. Se pregunta ¿Qué paso? Se golpeó muy duro la cabeza. No pudo reaccionar. Su vista se torna roja. Todo se zarandea y Carlos queda inconsciente.