Capítulo 1: "De regreso"
Tía Lily:
Nunca fui bueno despidiéndome. Supongo que por eso escribo esto y no te hablo en voz alta. Porque si lo hiciera, tendría que aceptar que no estás. Y todavía no puedo.
Dicen que escribir ayuda. Que las palabras ordenan el dolor. Mentira. Las palabras solo lo hacen más real.
Hoy te enterramos. La gente vino, murmuró cosas amables, me dio palmadas en el hombro como si eso pudiera sostenerme. No saben que contigo se fue lo último que me quedaba. Mis padres se fueron primero, ¿recuerdas? Ese accidente absurdo, ese cruce maldito. Dijeron que fue rápido. Dijeron tantas cosas. Después solo quedaste tú. Siempre tú.
Y ahora ya no.
No sé qué se supone que haga alguien cuando se queda completamente solo. Sin raíces. Sin hogar real. La casa está llena de silencio, y el silencio pesa más que cualquier grito. Camino por los pasillos esperando oír tu voz llamándome, contándome una de tus historias imposibles… pero no hay nada. Solo eco.
Nunca te lo dije, pero odiaba tus leyendas. Hombres lobo ocultos entre la gente común. Vampiros bebiendo sangre bajo la luna. Clanes antiguos, juramentos, maldiciones. Te escuchaba por respeto, no por fe. Siempre pensé que eran cuentos para suavizar la muerte, para darle sentido a un mundo que no lo tiene.
Ahora que estás muerta, sigo pensando lo mismo.
Si existieran los monstruos de los que hablabas, si hubiera justicia sobrenatural, entonces mis padres no estarían bajo tierra. Tú no estarías bajo tierra. Yo no estaría escribiendo esta carta como un cobarde que no sabe a quién culpar.
La vida es cruel porque sí. No necesita colmillos ni garras.
¿Sabes qué es lo peor? No es la tristeza. Es la certeza. La certeza de que nada va a mejorar. Que mañana va a doler igual. Que pasado también. Que despertarse es una obligación, no un deseo. Respiro porque el cuerpo insiste, no porque quiera seguir.
Antes te tenía a ti. Ahora solo me queda esto: sufrimiento y soledad. Un futuro vacío que no promete nada. No espero milagros, Lily. Nunca lo hice. Y ahora menos.
Si tus historias eran verdad, si de algún modo puedes leer esto desde donde estés, no te preocupes por mí. Ya estoy acostumbrándome a la oscuridad. Parece que siempre termina ganando.
Te dejo esta carta como se deja una flor marchita: sin esperanza de respuesta.
Adiós, tía.
O lo más parecido a eso.
— Zaac
***
Después del velorio, el tiempo dejó de avanzar de forma normal.
Las semanas se amontonaron unas sobre otras como días mal dormidos. Zaac dejó de contarlos cuando entendió que nada cambiaba al amanecer. Se levantaba tarde, cuando se levantaba. El olor a cigarrillo se volvió parte de la casa, incrustado en las cortinas, en su ropa, en su propia piel. Fumaba sin ganas, uno tras otro, solo para llenar el espacio entre un pensamiento y otro. Para sentir algo ardiendo que no fuera el pecho.
Bebía. No siempre hasta perder el sentido, pero sí lo suficiente para adormecer la memoria. Botellas baratas alineadas sobre la mesada, vasos mal lavados, restos de alcohol evaporándose en el aire. A veces salía. Fiestas ruidosas, casas llenas de gente que reía demasiado fuerte. Cuerpos pegados, música atronadora, luces que lastimaban los ojos. Nadie preguntaba demasiado y él tampoco ofrecía respuestas. Sonreía cuando era necesario. Mentía cuando hacía falta. Volvía a casa con el estómago revuelto y el corazón igual de vacío.
Dormía mal. O dormía demasiado. No había un punto medio. Algunas noches el sueño lo aplastaba durante horas interminables; otras, se quedaba mirando el techo hasta que amanecía, con los ojos húmedos y la garganta cerrada. En esos momentos, el silencio se volvía insoportable. Entonces lloraba. En silencio, como si aún temiera molestar a alguien. Como si Lily todavía pudiera oírlo desde la otra habitación.
Intentó ordenar la casa. Al principio con torpeza, después con rabia. Guardó ropa que aún olía a ella. Limpió cajones que no necesitaban limpieza. Movió objetos de lugar solo para devolverlos después, incapaz de decidir qué debía quedarse y qué no. Cada cosa tenía peso. Cada taza, cada foto, cada manta era una emboscada. Terminaba sentado en el suelo, rodeado de cajas abiertas, con las manos temblándole.
Faltó al trabajo. Una vez. Luego otra. El bar siguió funcionando sin él, como si su ausencia no significara nada. El teléfono vibraba con mensajes del encargado que nunca respondía. Pensar en servir tragos, en escuchar risas ajenas, en fingir normalidad, le resultaba obsceno. No podía. Simplemente no podía.
Extrañaba a su tía de formas inesperadas. En detalles absurdos. En la forma en que ella dejaba la luz del pasillo encendida. En cómo doblaba los repasadores. En las historias que contaba aunque él rodara los ojos. A veces la buscaba sin darse cuenta, girando la cabeza ante cualquier ruido, esperando verla aparecer con esa sonrisa cansada pero sincera.
Y entonces la rabia volvía.
Maldecía su vida. Su suerte. El accidente. A sus padres por irse primero. A Lily por dejarlo también. A sí mismo por seguir ahí, respirando, ocupando espacio. Golpeó paredes. Insultó al vacío. Se preguntó qué había hecho para merecer quedarse solo mientras otros seguían adelante sin mirar atrás.
Sus amigos intentaron acercarse. Morgan con mensajes insistentes. Lucke tocando el timbre más de una vez. Tobias llamándolo de madrugada. Dereck apareciendo sin aviso. Zaac los esquivó a todos. Apagó el teléfono. No abrió la puerta. No quería explicaciones ni consuelo. No quería ser visto así. Roto. Inservible. Cansado de existir.
La casa se fue cerrando sobre él como una jaula.
Y en medio de ese abandono lento, Zaac no lo sabía aún, pero algo antiguo empezaba a observarlo desde la distancia. Como si la soledad fuera una llamada. Como si la sangre, vieja y despierta, hubiese reconocido a uno de los suyos.
No pasó mucho tiempo antes de que los demás empezaran a notarlo.
Sus amigos fueron los primeros. Al principio con cuidado, como si temieran romperlo más. Morgan insistía con mensajes largos, torpes, llenos de bromas mal colocadas y preocupación mal disimulada. “Avisá que estás vivo, idiota”. “Aunque sea decí que estás bien”. Zaac leía y no respondía. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo explicar que bien ya no era una opción.
Lucke apareció una tarde sin avisar, con una bolsa de comida y esa sonrisa forzada que usaba cuando estaba nervioso. Tocó el timbre varias veces. Zaac se quedó sentado en el sillón, inmóvil, contando los segundos entre cada golpe. Cuando el ruido cesó, sintió alivio… y culpa. Una culpa espesa, que no servía para nada.
Tobias llamó de madrugada más de una vez. No hablaba mucho. Solo preguntaba si estaba en casa, si había comido, si necesitaba algo. Su voz era baja, sincera, demasiado cercana. Zaac dejó el teléfono vibrando hasta que el silencio volvió a ocuparlo todo.
Dereck fue el último en intentar entrar. Golpeó la puerta con fuerza, sin paciencia. Le gritó su nombre desde el porche, mezclando enojo y miedo. Zaac escuchó cada palabra como si viniera desde otro mundo. No abrió. No respondió. Se quedó quieto hasta que se fue.
Después vinieron los profesores.
Al principio fueron correos formales. Ausencias reiteradas. Trabajos sin entregar. Falta de concentración cuando aparecía. Luego, miradas más largas en clase. Preguntas que no buscaban respuestas académicas. “¿Estás bien, Zaac?” “¿Querés hablar?” Asentía. Mentía. Decía que sí, que solo estaba cansado.
Uno de ellos lo llamó al final de la clase. Le habló de su tía. Del duelo. De que era normal sentirse perdido. Le ofreció tiempo, flexibilidad, apoyo. Zaac escuchó en silencio, con las manos apretadas dentro de los bolsillos, preguntándose cuándo había empezado a ser el chico al que hay que cuidar.
La preocupación ajena lo asfixiaba.
No quería ser observado con pena. No quería ser el tema de conversación en pasillos ni el nombre que se decía en voz baja. Cada gesto amable le recordaba lo evidente: que estaba fallando. Que se estaba quedando atrás. Que su vida se desarmaba mientras el mundo seguía girando con una crueldad impecable.
Todos parecían notar su caída menos él mismo.
O tal vez sí la notaba… y no le importaba detenerla.
Porque cuando ya no tenés a nadie esperándote en casa, cuando el amor que te sostuvo desaparece bajo tierra, la preocupación de los demás se siente lejana. Inútil. Como una mano extendida desde un borde demasiado alto.
Zaac seguía caminando, respirando, existiendo.
Pero cada día un poco más lejos de todos.
***
Querido diario:
El pueblo se ve diferente.
Tal vez no sea el pueblo… tal vez soy yo.
Cuatro décadas son suficientes para que todo cambie de rostro, pero no de esencia. Las calles conservan el mismo pulso cansado, el mismo silencio que se arrastra entre las casas al caer la tarde. Todo parece nuevo y viejo al mismo tiempo.
La mansión se siente vacía.
Demasiado grande para una sola presencia. Los pasillos devuelven mis pasos con un eco que no recordaba, y las paredes parecen observarme como si intentaran reconocerme. Aun así, creo que la prefiero así. El silencio es más llevadero que compartir techo con mis hermanas… aunque no tengo idea de dónde estarán ahora. Quizás sea mejor no saberlo.
Mañana empezaré la escuela.
Un nuevo inicio. Una puerta abierta que me acerca un poco más al mundo humano, a su rutina frágil y efímera. Me pregunto si ellos podrán verme como una más, o si volveré a sentirme una sombra entre cuerpos vivos.
No sé qué espero encontrar allí.
Tal vez nada.
Tal vez todo.
Cierro estas páginas con una mezcla extraña de calma y vértigo. Como si estuviera al borde de algo importante… aunque todavía no sé qué.
—Señorita Christen, ¿dónde quiere que pongan la televisión? —preguntó una voz anciana, suave pero firme.
Christen levantó la mirada. Ruth estaba de pie en el centro del salón, sosteniendo el aparato con ayuda de uno de los hombres de la mudanza. Su postura seguía siendo recta pese a los años, como si el tiempo la hubiese rozado con respeto. Había trabajado con ella desde los años sesenta. Había visto pasar décadas, modas, silencios… y secretos.
—Ahí está bien —respondió Christen, señalando distraídamente un rincón junto a la chimenea.
Pero su atención no estaba en la televisión.
Sus ojos se habían detenido en un cuadro colgado sobre la pared principal. El marco dorado, un poco gastado por el tiempo, encerraba una imagen que dolía más de lo que debería: ella y sus hermanas. Jóvenes. Inmutables. Sonriendo con una falsedad que solo alguien eterno podría reconocer. El pasado congelado en óleo.
Sintió un nudo en el pecho. No uno humano, no del todo. Era una nostalgia más profunda, más antigua. De esas que no se curan porque no tienen final.
Ruth siguió la dirección de su mirada.
—¿Las extraña, señorita? —preguntó con cautela, como si caminara sobre vidrio.
Christen tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz salió baja, casi cansada.
—Son lo único que me queda —dijo—.
Pero también son una condena para toda la eternidad. Verlas solo me recuerda que no tengo nada más.
El salón quedó en silencio. Incluso los hombres dejaron de moverse por un instante.
Ruth apretó los labios, pero no la contradijo. Dio un pequeño paso hacia ella.
—Y por eso mismo debería valorarlas —dijo con dulzura—. No todos tienen a alguien que los acompañe para siempre.
Christen no respondió.
Siguió mirando el cuadro.
Las extrañaba. Eso era innegable. Pero también recordaba cada herida, cada palabra afilada, cada gesto cruel disfrazado de amor fraternal. Odiaba lo malas que habían sido con ella. Odiaba que incluso después de tantos años… siguieran teniendo ese poder.
Apretó los dedos, lentamente.
El silencio dijo todo lo que ella no quiso.
***
Dos horas más tarde.
Aproximadamente a las 20:30 p. m.
Christen salió de la mansión cuando el cielo comenzaba a teñirse de un azul profundo. El aire nocturno le rozó el rostro como un susurro antiguo. Necesitaba caminar. Respirar. Sentir las calles bajo sus pies.
Lucstrack estaba modernizado, sí, pero no lo suficiente como para perder su esencia. Las farolas nuevas iluminaban casas viejas, y el asfalto fresco se mezclaba con veredas que parecían no haber cambiado en décadas. Era un lugar suspendido entre el pasado y el presente… como ella.
Cada calle despertaba recuerdos.
No eran buenos.
Veía los rostros de sus hermanas reflejados en los escaparates oscuros, escuchaba risas que no pertenecían a esta época. Recordaba cada muerte que habían provocado juntas. Cada huida. Cada último suspiro.
Y lo peor… era que le gustaba recordarlo.
El poder.
La sensación de control absoluto al ver cómo la vida se apagaba en los ojos de alguien más.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando chocó contra alguien.
El impacto fue leve, pero suficiente para sacarla de su trance.
Bajó la mirada.
Él estaba frente a ella. Vestía ropa deportiva, una camiseta oscura pegada al cuerpo por el sudor. Su respiración aún era agitada, como si hubiera estado corriendo. El cabello negro, desordenado, caía sin cuidado sobre su frente. Había algo crudo en él. Humano. Vivo.
Atractivo.
—Lo lamento —dijo Christen, con una voz más suave de lo que esperaba, genuinamente apenada.
El joven se incorporó con torpeza, como si le costara reaccionar. La miró… y por un segundo pareció olvidarse de dónde estaba.
—No… no, fue mi culpa —respondió al fin—. Lo siento. Iba tan perdido en mis pensamientos que no te vi.
Christen le tendió la mano y lo ayudó a levantarse. Al hacerlo, sus dedos se rozaron apenas. Un contacto breve, pero cargado de algo extraño. Ella sonrió instintivamente. No lo había planeado.
—¿No eres de por aquí, verdad? —preguntó él mientras se sacudía la ropa, observándola con curiosidad.
—No… —respondió ella, ladeando un poco la cabeza—. ¿Qué me delató?
—Tu acento —dijo él, sonriendo de una forma genuina, limpia. Una sonrisa que no había visto en mucho, mucho tiempo.
Algo en su pecho se tensó.
Ella le devolvió la sonrisa, más despacio.
—Vengo de Francia.
—Oh… Francia —repitió él, con una ligera risa—. Quién lo diría.
Se quedaron mirándose un segundo de más.
La noche parecía contener la respiración.
Christen sintió algo que no había sentido en décadas. No era hambre. No era sed.
Era… interés.
—Vivo a la vuelta —dijo él de pronto, rompiendo el silencio—. Sé que soy un desconocido, pero… ¿te gustaría ir a hablar un rato?
Christen lo miró de reojo.
—¿A tu casa?
Zaac se apresuró a negar con la cabeza, casi nervioso.
—No, no. No pienses mal —aclaró rápido—. Es solo que… me caíste bien. Y hace mucho no me sentía tan cómodo con alguien.
La forma en que lo dijo, sincera, sin segundas intenciones, le arrancó una risa suave a Christen. Una risa real.
—Claro —respondió—. Me encantaría.
Caminaron apenas unos minutos. Al llegar, no entraron. Se sentaron en la vereda de enfrente, bajo la luz amarillenta de un farol que parpadeaba de vez en cuando. El asfalto aún guardaba el calor del día. La noche los envolvía con una intimidad extraña, como si el mundo se hubiera reducido solo a ellos dos.
Hablaron durante horas.
De cosas triviales. De música. De anécdotas sin peso. De silencios cómodos.
Hasta que el tema cambió.
—Mi tía me contaba leyendas paranormales todas las noches —dijo Zaac de repente, soltando una risa seca—. Supongo que por eso siempre me parecieron ridículas.
—¿No crees que puedan ser verdad? —preguntó Christen con aparente ligereza.
Zaac negó con la cabeza.
—¿Alguien inmortal que beba sangre? ¿O un hombre que se convierta en un perro gigante? —rió—. ¿En serio? ¿Tú creerías algo así?
Clavó su mirada en ella. Intensa. Curiosa.
Christen apartó los ojos y miró al frente. Tragó saliva, un gesto casi imperceptible.
—No lo sé —dijo al fin—. El mundo es muy grande… y te sorprendería saber lo raro que puede llegar a ser.
Zaac soltó una pequeña exhalación, pensativo.
—Bueno… eso es verdad.
Hubo un silencio. Esta vez más pesado.
—Mi padre decía que un vampiro mató a mi madre —añadió de pronto.
Christen se tensó.
—¿Qué? —susurró.
—La asesinó —continuó él, sin mirarla—. Nadie le creyó. Dijeron que estaba loco. Lo metieron preso… y se suicidó en la cárcel.
El farol parpadeó otra vez.
—Yo era chico —añadió—. Pero todavía recuerdo su cara. Estaba convencido. Nadie pudo quitárselo de la cabeza.
Christen apretó los dedos sobre sus rodillas. Su pulso seguía tranquilo… demasiado.
—Lo siento —dijo con sinceridad.
Zaac se encogió de hombros.
—Supongo que por eso me río de esas cosas. Es más fácil.
Ella dudó un instante antes de hablar.
—Tengo hermanas —dijo—. Lissa y Mara. Son… complicadas.
Zaac la miró.
—¿Complicadas cómo?
—Problemáticas —respondió—. Y poco confiables. Siempre lo han sido. Nuestra relación es distante… incluso cuando estamos juntas.
Zaac asintió despacio.
—Supongo que todas las familias esconden algo —murmuró.
Sus miradas se cruzaron otra vez.
Y algo le atravesó el pecho a Christen.
No fue dolor.
Fue una sensación olvidada: pertenencia.
Zaac tenía algo trágico en la forma de mirar, en la manera en que cargaba sus silencios. Eso la atraía. Las almas rotas siempre lo hacían. Le recordaban lo que ella había sido… y lo que ya no podía ser.
Para Zaac, en cambio, fue distinto.
Sintió algo encenderse dentro de él. Algo que creyó perdido para siempre.
Esa chispa que me hacía falta, pensó.
Christen era como un faro en medio de la oscuridad que lo había acompañado durante años. No lo salvaba… pero le mostraba que todavía había luz.
—Debo irme —dijo ella al fin, poniéndose de pie—. Es tarde, y mañana tengo que ir a clases temprano.
Zaac se levantó de golpe, casi por reflejo.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Pero es peligroso que una chica ande sola por ahí —insistió, con una preocupación honesta.
Christen no pudo evitar soltar una carcajada suave, breve, casi musical.
Zaac frunció el ceño, confundido. Ingenuo.
—Lo lamento —dijo ella, recuperando la calma—, pero en serio. No debes preocuparte por mí.
Había algo definitivo en su voz. Algo que no admitía réplica.
Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y comenzó a alejarse. Su figura se fue perdiendo entre la luz irregular de las farolas, como si la noche misma la reclamara.
Pero, de repente, lo pensó.
No nos presentamos.
No sabía cómo se llamaba.
No sabía nada de ella, y aun así sentía que acababa de perder algo importante.
Zaac dio un paso al frente, impulsado por una urgencia que no supo explicar.
—¡Espera! —llamó, con la voz quebrando el silencio de la noche.
La figura de Christen se detuvo bajo la luz de una farola. No se dio vuelta de inmediato. Como si hubiera estado esperando ese llamado desde el principio.
El aire se tensó.
—No nos presentamos —añadió él, tragando saliva—. Yo soy Zaac.
Ella giró lentamente el rostro. Sus ojos captaron la luz de una forma extraña, casi antinatural… o tal vez fue solo un truco de la noche.
Una sonrisa leve se dibujó en sus labios.
—Christen —respondió—. Mucho gusto, Zaac.
Y en ese instante, ambos lo sintieron.
Ese nombre no era casual.
Ese encuentro tampoco.
***
Esa noche, Zaac soñó con ella.
Estaban en el parque del pueblo, en una zona abierta donde el césped siempre crecía más parejo. Había una manta extendida sobre la hierba, como si alguien la hubiera colocado sin explicación. Encima, comida sencilla: pan, frutas, una botella de agua. Nada lujoso. Todo demasiado perfecto.
Zaac no recordaba haber planeado eso con ella.
Pero en el sueño, no importaba.
El clima era ideal. El cielo estaba despejado, el sol se filtraba entre las hojas de los árboles y una brisa suave movía la manta con delicadeza. Christen estaba sentada frente a él, riendo con naturalidad, como si se conocieran desde siempre. Su voz no pesaba. No había silencios incómodos. Todo fluía.
Zaac sentía algo cálido en el pecho. Paz. Pertenencia.
Entonces, alzó la mirada.
La sonrisa de Christen seguía allí… pero algo no encajaba.
Había sangre en su boca. Oscura, espesa, contrastando con su piel. Una gota cayó sobre la manta blanca, manchándola lentamente. Ella no parecía notarlo. O tal vez sí… y simplemente no le importaba.
Sus ojos comenzaron a cambiar. El color se volvió amarillo, intenso, y las cuencas se oscurecieron como si hubieran sido quemadas desde dentro. Alrededor de sus ojos, venas negras brotaron, extendiéndose por su rostro como raíces vivas.
Zaac retrocedió, pero el cuerpo no le respondió.
Los colmillos de Christen crecieron frente a él, largos, afilados, imposibles. Su sonrisa ya no era dulce. Era malvada. Segura. Hambrienta.
El parque empezó a deformarse.
El verde del césped se volvió oscuro, casi negro. Los árboles se retorcieron, sus sombras alargándose como garras. El cielo se cubrió de nubes pesadas y la luz desapareció de golpe, como si alguien hubiese apagado el día.
A su alrededor comenzaron a aparecer cuerpos.
Destrozados.
Inertes.
Apilados alrededor de la manta.
El olor metálico de la sangre llenó el aire.
Y entonces la vio.
Entre los cuerpos estaba su madre. Tendida de costado, con los ojos abiertos, vacíos. La misma expresión congelada que Zaac recordaba demasiado bien. La sangre empapando su ropa, extendiéndose por el césped.
Un grito se le quedó atorado en la garganta.
Christen se levantó lentamente. La manta quedó manchada, irreconocible. Caminó hacia él con calma, como una depredadora que sabe que su presa no puede huir. Se detuvo frente a Zaac y se inclinó hasta quedar peligrosamente cerca.
Su aliento era frío.
—Esto es lo que soy —susurró, sin mover los labios.
El miedo lo atravesó de golpe.
Zaac despertó bruscamente, incorporándose con un jadeo ahogado. El corazón le golpeaba el pecho con violencia. La habitación estaba a oscuras, silenciosa. El sudor le corría por la espalda.
Se pasó una mano por el rostro, temblando.
Había sido un sueño.
Solo un sueño.
Pero la sensación seguía ahí.
***
Christen fumaba.
El cigarrillo ardía lentamente entre sus dedos mientras esperaba el amanecer, apoyada contra la baranda del balcón. El cielo aún era un manto espeso de sombras, y la noche parecía resistirse a irse. Exhaló el humo despacio, como si así pudiera calmar la ansiedad que le recorría el cuerpo.
Pensaba en Zaac.
En la forma en que la había mirado. En su voz. En esa conexión inesperada que había sentido al cruzarse con él. Se preguntaba si lo vería al día siguiente, si entre los pasillos de la escuela su mirada volvería a encontrar la de él… y qué sentiría entonces.
La idea la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Pero no era solo eso lo que la mantenía despierta.
La sed.
Ese ardor insoportable que le quemaba la garganta desde adentro, seco y constante, como brasas vivas. La dieta animal ya no la saciaba. Nunca lo hacía del todo. Era apenas un parche, un engaño prolongado que su cuerpo aceptaba… a medias.
Hacía décadas que no bebía sangre humana.
Lo recordaba demasiado bien.
El cambio.
La claridad brutal.
La pérdida del control.
Beber sangre humana la transformaba en algo que no quería volver a ser. Un monstruo. Y había luchado demasiado, durante demasiado tiempo, para dejar eso atrás.
Apretó los labios, inhaló una última vez y dejó caer el cigarrillo al suelo, aplastándolo con el pie.
—No otra vez —susurró para sí misma.
El amanecer estaba cerca.
Y con él, decisiones que no podía seguir evitando.
***
Cuando por fin amaneció, Zaac decidió que volvería a vivir a partir de hoy.
Había faltado durante meses a la escuela y ya no podía seguir escondiéndose del mundo.
Aunque lo supiera —aunque se negara a admitirlo—, aquella decisión había sido impulsada por una sola persona:
la joven de cabellos dorados y sonrisa perfecta.
Cada vez que recordaba su risa, algo en su pecho se aflojaba… y sonreía sin darse cuenta.
Qué estúpido, pensaba.
Solo se habían visto una vez.
Y había sido pura casualidad.
***
Lexington, preparatoria de Lucstrack.
El clima parecía más nublado que nunca. El cielo, cubierto por una manta gris, amenazaba con nieve temprana, pero eso no lograba apagar la energía que recorría la preparatoria.
El baile anual de la manzana estaba cerca.
Un ritual de invierno donde los estudiantes colaboraban con la comunidad preparando tartas de manzana, decorando el patio y colgando telas blancas y rojas que ondeaban con el viento frío.
Gilia, la estudiante estrella de Lucstrack, dirigía todo con una carpeta bajo el brazo y una autoridad natural en la voz.
—¡Más alto ese telón! ¡Cuidado con las grapas! ¡No, no ahí! —ordenaba, moviéndose de un lado a otro.
Morgan, Lucke, Tobias y Dereck ayudaban a acomodar los grandes telones en el patio central. El frío ya se filtraba por debajo de sus camperas.
—Deberíamos estar entrenando para el próximo campeonato —gruñó Lucke, visiblemente molesto, mientras sostenía una cuerda.
Morgan dejó varias sillas contra una pared para que descansaran un momento. Su expresión era distinta: ausente, preocupada.
—Estoy preocupado por Zaac —dijo de pronto—. No escribe, no llama… esquiva cualquier intento de acercarnos.
Tobias bebió un largo trago de agua y dejó caer la cabeza hacia atrás. El cansancio se notaba en sus hombros.
—Es obvio —respondió con voz apagada—. Perdió a la única familia que le quedaba.
Ahora está solo. De verdad.
Dereck asintió lentamente. La tristeza le cruzó el rostro como una sombra.
Lucke, en cambio, rodó los ojos.
—Oh, vamos. Solo está llamando la atención.
El silencio fue inmediato.
Morgan se levantó de golpe, la silla raspó el suelo con un sonido seco.
—¿Cómo puedes decir algo así, Lucke? —espetó, furioso—. No tienes idea de lo que es perder a tu familia… del vacío que te queda clavado en el pecho.
Lucke se encogió de hombros, sin una pizca de culpa.
—Oh, vamos, Morgan. Tú tampoco lo sabes. A ti tu madre te abandonó… no se murió.
Las palabras cayeron como un golpe.
Los demás lo miraron con el ceño fruncido. Tobias apretó la mandíbula. Dereck bajó la mirada.
A veces, Lucke era un idiota. De verdad.
El típico chico con la vida perfecta.
Rico. Popular. Guapo.
Alguien que nunca había tenido que esforzarse… ni perder nada importante.
Y Morgan, de pie frente a él, respiraba hondo, luchando por no cruzar una línea que ya sentía demasiado cerca.
—Vete a la mierda —escupió Morgan antes de darse la vuelta.
Se alejó sin mirar atrás.
Lucke rodó los ojos con absoluto desinterés.
Si era sincero, no le importaba en lo más mínimo. Para él, decir la verdad nunca había sido algo malo.
—¿En serio, Lucke? —preguntó Dereck, incrédulo.
—¿Qué? Solo le dije la verdad.
—No había necesidad —intervino Tobias, con el ceño fruncido.
Lucke suspiró, fastidiado.
—Está bien, está bien. Luego me disculparé cuando se tranquilice, ¿ok?
Pero ninguno respondió.
Porque todos sabían que algunas palabras no se borraban con una disculpa.
Morgan caminó a paso rápido hacia los vestidores del equipo de fútbol.
No entendía por qué tenía tanta ira dentro.
Era una furia espesa, densa, que le quemaba el pecho y le recorría las venas como fuego líquido. Cada respiración le pesaba. Cada latido parecía demasiado fuerte.
Empujó la puerta de los vestidores.
El lugar estaba vacío.
Olor a sudor viejo, desinfectante y metal frío. Las luces blancas zumbaban suavemente sobre su cabeza.
Caminó de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello, intentando calmarse. No funcionó.
De pronto, tomó una de las sillas metálicas.
Y la lanzó contra la pared.
El impacto fue brutal.
El estruendo retumbó en todo el vestidor, y la silla se deformó al chocar, cayendo al suelo con un ruido seco. Morgan se quedó inmóvil, respirando con dificultad.
Había algo distinto.
Su fuerza… no había sido normal.
Había sido demasiado.
Violenta. Instintiva.
Casi animal.
El miedo le subió por la espalda.
Miró su mano, aún temblorosa, como si no le perteneciera.
Eso… eso no era él.
Un recuerdo lo golpeó sin aviso.
La voz de su padre gritando.
Los golpes contra la mesa.
La rabia descontrolada en su rostro.
Morgan cerró los ojos con fuerza.
No.
No quería parecerse a él.
Odiaba a ese hombre. Odiaba lo que hacía. Odiaba lo que representaba.
Por su culpa, su madre se había ido.
La había perdido.
La había abandonado.
Un nudo le cerró la garganta. Se dejó caer en uno de los bancos, encorvado, con los codos apoyados en las rodillas.
—No soy él… —murmuró, más como súplica que como afirmación.
Pero la ira seguía ahí, latiendo bajo su piel.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Morgan permaneció sentado, respirando con dificultad.
La ira no se disipaba.
No era como otras veces. No se apagaba lentamente ni se transformaba en cansancio. Seguía ahí, agazapada, tensa… esperando.
Sintió un hormigueo recorrerle los brazos. Primero leve, luego más intenso, como si algo bajo la piel buscara despertar. Se miró las manos. Los dedos le parecieron más largos. Más tensos. Apretó los puños y notó cómo los músculos respondían con una fuerza que no recordaba haber tenido nunca.
El olor del vestidor cambió.
No sabía cómo explicarlo, pero lo sentía más fuerte. Más crudo. El metal, el sudor seco, la humedad de las paredes… todo le llegaba de golpe, demasiado nítido. Arrugó la nariz, incómodo.
Se levantó de golpe.
El espejo del fondo le devolvió una imagen distinta. No era visible del todo, pero había algo en su mirada. Algo oscuro. Salvaje. Como si no estuviera solo detrás de esos ojos.
Un ruido afuera lo hizo tensarse.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El pulso se aceleró, los músculos se prepararon, los sentidos se afinaron como si esperaran un ataque. Recién después se dio cuenta de que solo era una puerta cerrándose.
Tragó saliva.
—Cálmate… —se dijo en voz baja.
Pero su cuerpo no escuchó.
Le vino otro recuerdo, más antiguo.
Las historias que su madre evitaba contar.
Las noches de luna llena en las que su padre desaparecía.
Los silencios incómodos. Las excusas mal armadas.
Y esa frase, dicha una sola vez, casi sin querer:
“Hay cosas que llevamos en la sangre, Morgan… y no siempre podemos huir de ellas.”
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Miró la silla destrozada contra la pared.
No había sido un arrebato cualquiera.
Había sido instinto.
Algo antiguo.
Algo heredado.
Morgan apoyó la frente contra el espejo, cerró los ojos y respiró hondo, intentando aferrarse a lo único que conocía.
A lo humano.
Sin saber que, muy dentro de él, algo había despertado.
Y ya no pensaba volver a dormirse.
***
Zaac caminaba hacia la escuela con las manos hundidas en los bolsillos de la campera. El aire frío le cortaba el rostro y el cielo seguía cubierto por nubes bajas, del mismo gris apagado que había aprendido a ignorar durante meses.
Cada paso le pesaba menos que el anterior.
No sabía por qué, pero esa mañana… algo se sentía distinto.
El sonido de un motor rompió el silencio de la calle.
No era un auto cualquiera.
Era grave, limpio, elegante. Demasiado.
Zaac giró la cabeza justo cuando un auto deportivo, negro y reluciente, se detuvo a su lado. El vehículo contrastaba violentamente con la acera gastada y las casas modestas del barrio.
La ventanilla descendió lentamente.
Y ahí estaba ella.
Christen.
Su sonrisa era amplia, luminosa, casi descarada. El tipo de sonrisa que no pedía permiso para existir. El cabello rubio le caía sobre los hombros como si la mañana hubiera decidido iluminarse solo para ella.
—Ey —dijo Zaac, sorprendido—. No sabía que tenías tanto dinero.
Christen rió, una risa clara, fácil, que a Zaac le apretó el pecho de una forma que no supo explicar.
—¿Te llevo? —preguntó, inclinándose un poco hacia él.
Zaac dudó apenas un segundo.
Miró el auto.
La miró a ella.
—Claro —respondió al final, encogiéndose de hombros.
Christen sonrió aún más y desbloqueó la puerta del copiloto.
Cuando Zaac subió, el interior olía a cuero nuevo y a algo dulce, familiar. El mundo exterior quedó atrás al cerrarse la puerta con un sonido suave, casi sellado.
El motor volvió a rugir.
***
Cuando llegaron a la escuela, el murmullo fue inmediato.
Los estudiantes no pudieron evitar voltear la cabeza al ver el auto deportivo y lujoso estacionarse frente a la entrada principal. El motor se apagó con un ronroneo elegante, casi arrogante, como si supiera que estaba siendo observado.
Las conversaciones se cortaron.
Las risas bajaron de volumen.
La ventanilla se abrió. Luego la puerta.
Zaac fue el primero en bajar.
Solo eso ya fue suficiente para llamar la atención.
Pero cuando lo hizo junto a la deslumbrante rubia, el impacto fue total.
Christen descendió del auto con naturalidad, segura, como si aquel lugar también le perteneciera. El sol, filtrado por las nubes, pareció buscarla a propósito, reflejándose en su cabello dorado. No se esforzaba por destacar… y aun así lo hacía.
Las miradas se clavaron en ellos.
Susurros.
Codazos.
Nombres pronunciados en voz baja.
—¿Ese no es Zaac?
—¿Quién es ella?
—¿Desde cuándo…?
Gilia observaba la escena desde el patio, con el cuaderno apretado contra el pecho. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tapa, marcando el cartón.
No necesitaba preguntar nada.
Era obvio que aún no lo había superado.
Tres años juntos no se borraban así como así. Tres años de rutinas, promesas, fotos compartidas, planes que nunca se dijeron en voz alta pero que existieron igual. Y aun así, él no había respondido ninguno de sus mensajes de pésame.
Ahora entendía por qué.
Ahí estaba.
Sonriendo.
Caminando junto a otra chica como si el mundo no se le hubiera derrumbado.
Sus labios se tensaron. Tragó saliva y apartó la mirada, fingiendo revisar algo en el cuaderno que ya conocía de memoria.
Pero no fue la única a la que la escena le revolvió algo por dentro.
Lucke observaba desde la escalinata, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
En sus ojos brillaba algo inconfundible.
Envidia.
No era solo por la chica.
Ni siquiera por el auto.
Era por lo que Zaac representaba.
Antes de irse, las cosas estaban en orden. Él era el centro. El capitán natural. El que brillaba sin esfuerzo. Zaac había desaparecido y el espacio se había llenado solo.
Ahora volvía.
Y lo hacía así.
Con una chica espectacular.
Con atención.
Con miradas que ya no estaban puestas en Lucke.
—Genial… —murmuró entre dientes.
Sí, Zaac era su amigo.
Pero también era su mayor competencia en fútbol. El único que podía igualarlo. El único que lograba que los entrenadores compararan, que los aplausos se dividieran, que las miradas dudaran.
Lucke apretó los puños.
No pensaba ceder terreno.
No ahora.
No después de haber tenido, por fin, todo para él.
Mientras tanto, Zaac caminaba por el patio sin notar del todo las miradas cargadas que lo seguían. Christen avanzaba a su lado, tranquila, como si supiera exactamente el efecto que provocaba.
Y sin quererlo —o quizá sin importarle—, había encendido algo más que rumores.
Había despertado rivalidades.
***
Tobias caminaba apurado por el pasillo principal, mirando dentro de cada aula, cuando se topó de frente con alguien.
—¿Zaac?
Se quedó quieto un segundo. Luego, su rostro se iluminó con una alegría auténtica.
—Oh, Dios mío… esto sí que es grandioso.
Sin pensarlo, lo abrazó con fuerza, como si necesitara asegurarse de que era real.
Zaac le devolvió el abrazo.
Por primera vez en mucho tiempo, la escuela no se sentía ajena.
—Me alegra verte —dijo, sincero.
A su lado, Christen observaba en silencio. No intervenía, no llamaba la atención… y aun así, varios estudiantes miraban de reojo, curiosos. No la reconocían. No era de ahí. Eso se notaba.
Tobias se separó y recién entonces reparó en ella.
—Eh… —sonrió con torpeza—. Hola.
—Hola —respondió Christen, amable.
—Gracias —dijo Tobias, señalando levemente a Zaac—. Por ayudarlo. Se nota que… —buscó las palabras— le hacía falta volver.
Christen sonrió, casi divertida.
—No hice nada —respondió—. En serio. Literalmente nos conocimos anoche.
Zaac soltó una pequeña risa, ladeando la cabeza.
—Era hora de volver a empezar.
Christen lo miró con atención, como si entendiera más de lo que él había dicho.
Zaac volvió a enfocarse en Tobias.
—¿Y los demás? Quería saludarlos.
La expresión de Tobias se tensó.
—Hubo un problema —bajó la voz—. Morgan y Lucke discutieron fuerte. Morgan se fue… y ahora lo estoy buscando.
Zaac suspiró despacio.
—Lucke no ha cambiado nada —dijo, con un tono cansado.
Se enderezó.
—Vamos. Te ayudo a encontrar a Morgan.
Tobias asintió de inmediato.
Zaac miró a Christen.
—¿Te importa…?
Ella negó con la cabeza antes de que terminara la frase.
—No. Voy con ustedes.
***
Morgan había escapado de la escuela.
No recordó exactamente en qué momento decidió irse. Solo sabía que, de pronto, estaba cruzando el portón principal sin mirar atrás, con el corazón golpeándole las costillas y la respiración demasiado rápida para haber corrido tan poco.
El aire frío le quemaba los pulmones.
Caminó varias cuadras antes de darse cuenta de que estaba temblando. No de miedo. De algo más profundo. Su cuerpo ardía desde dentro, como si le hubieran encendido un fuego bajo la piel, y al mismo tiempo le dolía, un dolor sordo y punzante que se le clavaba en los huesos.
Se aflojó la campera. No ayudó.
El asfalto parecía vibrar bajo sus pasos. Cada sonido era demasiado fuerte: el ladrido lejano de un perro, el chirrido de una bicicleta, el roce de su propia ropa. Todo le llegaba amplificado, como si sus sentidos no supieran cuándo detenerse.
Cuando por fin llegó a su casa, sus manos tardaron en encontrar las llaves. Le costaba coordinar los dedos. Estaban rígidos. Calientes.
Entró y cerró la puerta de un golpe.
El silencio fue brutal.
Se apoyó contra la madera, deslizando la espalda hasta quedar sentado en el suelo. El pecho le subía y bajaba con dificultad. Sentía la piel tirante, sensible, como si no le perteneciera del todo.
Un espasmo le recorrió la columna.
—¿Qué me pasa…? —susurró, con la voz rota.
El dolor se intensificó. No era un dolor localizado; venía de adentro, de los músculos, de las articulaciones. Como si algo se estuviera estirando. Ajustándose. Reclamando espacio.
Se levantó tambaleante y caminó hasta el baño. El espejo le devolvió una imagen pálida, con los ojos demasiado brillantes, febriles. Se mojó la cara con agua fría, pero el alivio duró apenas un segundo.
El calor volvió.
Más fuerte.
Se llevó una mano al pecho y sintió el latido acelerado, salvaje. No seguía un ritmo normal. Era irregular. Instintivo.
Un ruido afuera lo hizo girar de golpe.
Demasiado rápido.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Los músculos se tensaron, la respiración se le cortó, los sentidos se afilaron esperando una amenaza que no estaba allí.
Solo el viento golpeando una rama contra la ventana.
Morgan cerró los ojos con fuerza.
No estaba enfermo.
Lo sabía.
Esto no era fiebre.
No era ansiedad.
Era algo distinto.
Algo antiguo.
Algo que su cuerpo parecía recordar… aunque su mente no pudiera hacerlo.
Se dejó caer sobre la cama, encogido, con los dedos hundiéndose en el colchón como si necesitara aferrarse a algo para no perderse.
Afuera, el cielo seguía cubierto de nubes.
Pero dentro de Morgan, algo se estaba acercando.
Y no iba a esperar a que él estuviera listo.
***
La campana sonó, larga y metálica, obligando a los pasillos a moverse de nuevo.
Los estudiantes comenzaron a entrar a las aulas entre risas, quejas y pasos apresurados. Zaac y Tobias caminaron juntos, avanzando contra la corriente, todavía con la preocupación clavada en el pecho.
—Seguramente se habrá ido por el enojo —dijo Tobias, rompiendo el silencio.
Zaac asintió despacio.
—Sí… Morgan siempre hace eso cuando algo lo supera.
Se detuvieron frente a la puerta del aula. Desde adentro llegaba el murmullo de los alumnos acomodándose, el arrastre de las sillas, el golpe seco de los libros contra los pupitres.
Zaac apoyó una mano en el marco de la puerta, pensativo.
—Después de clases —dijo—, vayamos a su casa.
Tobias lo miró, sorprendido… y aliviado.
—¿En serio?
—Sí. Como antes —sonrió apenas—. Una noche de videojuegos. Sin hablar de nada si no quiere. Solo… estar.
Tobias dejó escapar una pequeña risa.
—Hace siglos que no hacemos eso.
—Por eso —respondió Zaac—. A veces no hace falta decir nada para que alguien no se sienta solo.
Tobias asintió.
—Le va a venir bien. A los dos.
Entraron al aula y se sentaron en sus lugares. Zaac dejó la mochila en el suelo y se recostó un poco en la silla, mirando por la ventana. El cielo seguía gris, inmóvil, como si el día se negara a avanzar.
***
La campana final sonó como una liberación.
El sol ya estaba cayendo cuando Zaac, Tobias, Dereck y Lucke salieron de la escuela. No hubo muchas palabras al principio. Solo caminaban juntos, con esa coordinación silenciosa que solo se tiene cuando la amistad lleva años.
Pasaron por una tienda de la esquina.
Bolsas de papas fritas.
Gaseosas.
Pizza congelada.
Un par de energizantes que nadie admitiría necesitar.
—Como en los viejos tiempos —murmuró Dereck, levantando una bolsa.
Zaac sonrió apenas.
La casa de Morgan quedaba a pocas cuadras. Era una construcción baja, algo descuidada, con la pintura descascarada y el jardín frontal abandonado. Una luz amarilla parpadeaba en la entrada.
Tobias golpeó la puerta.
Tardaron unos segundos en abrir.
El padre de Morgan apareció tambaleándose, con una botella en la mano y la mirada vidriosa. Olía a alcohol rancio incluso antes de hablar.
—Pasen —dijo, sin mirarlos realmente—. Pero antes de medianoche… lárguense.
Por su bien.
No explicó a qué se refería.
Simplemente dio media vuelta, salió de la casa y cerró la puerta tras de sí, dejándolos solos con un silencio incómodo.
Ninguno dijo nada durante varios segundos.
La casa era pequeña. Demasiado.
Había ropa tirada sobre las sillas, platos sin lavar en la cocina, latas vacías acumuladas en un rincón. El aire estaba cargado, con un olor agrio a basura estancada de varios días.
—Joder… —susurró Dereck.
Tobias dejó las bolsas en la mesa.
—Voy a ver cómo está Morgan.
Caminó por el pasillo estrecho y abrió la puerta de la habitación. Volvió al poco rato, bajando la voz.
—Está dormido. Parece… agotado.
Zaac miró alrededor. Luego a los demás.
—Limpiemos.
Lucke alzó la vista, sorprendido.
—¿Qué?
—Para cuando despierte —repitió Zaac—. Para que se sienta… mejor.
Nadie discutió.
Se repartieron tareas sin hablar demasiado. Tobias juntó la basura. Dereck lavó los platos. Zaac acomodó el living, abrió un poco las ventanas para que entrara aire fresco.
Lucke se quedó quieto un segundo, mirando el desorden… y luego se arremangó.
Barrió.
Ordenó.
Sacó bolsas afuera.
El tiempo pasó rápido. La casa empezó a verse distinta. No perfecta, pero más habitable. Más viva.
Cuando todo estuvo listo, Tobias fue a la habitación y despertó a Morgan con cuidado.
—Ey… —murmuró—. Estamos acá.
Morgan tardó en reaccionar. Abrió los ojos lentamente, confuso. Se incorporó despacio, como si cada movimiento le pesara el doble.
Cuando salió al living y los vio a todos, se quedó quieto.
—¿Qué… hacen acá? —preguntó, ronco.
—Vinimos a molestarte —dijo Dereck, intentando sonar ligero.
Morgan miró alrededor. La casa estaba limpia. Ventilada. Distinta.
Algo se le cruzó por el rostro.
Lucke dio un paso al frente.
—Morgan… —tragó saliva—. Lo de hoy fue una mierda.
El silencio se volvió espeso.
—Fui un imbécil —continuó—. No pensé. No medí lo que dije. Y… —levantó la vista— lo siento. De verdad.
No era una disculpa grandilocuente.
No era perfecta.
Pero era genuina.
Se notaba en la voz. En la forma en que evitaba mirar al suelo. En cómo se le tensaban los hombros.
Morgan no respondió de inmediato.
Zaac observaba, en silencio, sabiendo que ese momento importaba más que cualquier palabra.
Finalmente, Morgan soltó el aire despacio.
—Está bien —dijo—. No hoy… pero gracias.
Lucke asintió, aceptando el límite.
—Trajimos comida —intervino Tobias, levantando una bolsa—. Y pensábamos… una noche de videojuegos. Como antes.
Morgan dudó.
Luego, por primera vez en todo el día, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Como antes —repitió.
Sin darse cuenta, las horas pasaron rápido.
Demasiado.
La casa se llenó de sonidos familiares: el clic de los controles, risas apagadas, insultos amistosos cuando alguien perdía una partida, el crujido de las bolsas de papas fritas. La luz del televisor teñía las paredes de azul y violeta, proyectando sombras largas que se movían con cada gesto.
Por un rato, todo fue normal.
Morgan parecía más relajado. Reía poco, pero estaba ahí. Presente. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el sillón, los ojos fijos en la pantalla.
Zaac no pudo evitar pensar que eso era lo que había faltado: compañía. Silencio compartido. Nada de preguntas.
El reloj de la cocina marcó las 23:58.
Nadie lo miró.
23:59.
El sonido del juego se cortó de golpe cuando la consola cambió de pantalla.
Morgan se quedó quieto.
Un segundo después, llevó una mano al pecho.
—¿Todo bien? —preguntó Tobias, sin despegar la vista del televisor.
Morgan no respondió.
El reloj emitió un clic seco.
00:00.
La medianoche llegó como un parpadeo.
Las luces titilaron apenas una vez.
El aire en la habitación cambió. Se volvió más denso. Más frío. Como si la casa hubiera contenido la respiración.
Morgan se dobló hacia adelante, apretando los dientes.
—Morgan… —dijo Zaac ahora sí, girándose hacia él.
El dolor volvió, violento. Ardiente. Esta vez no era solo calor. Era presión. Tensión en los huesos, en los músculos, en la piel.
Morgan dejó caer el control al suelo.
—Tengo que… —jadeó—. Tengo que irme.
Se puso de pie demasiado rápido. Tropezó.
Dereck se levantó de inmediato.
—Eh, tranquilo.
Morgan levantó la cabeza.
Sus ojos brillaban de una forma distinta. No era miedo.
Era instinto.
Afuera, algo aulló a la distancia.
El sonido fue bajo. Lejano.
Pero Morgan lo oyó como si estuviera justo al lado.
Y supo —aunque no pudiera explicarlo— que ya no había tiempo.
Morgan salió corriendo de la casa sin mirar atrás.
La puerta se abrió de golpe y chocó contra la pared con un estruendo seco. El aire frío de la noche entró como una bofetada.
—¡Morgan! —gritó Zaac.
Pero él ya estaba afuera.
Los chicos se quedaron helados apenas un segundo. Un latido. Nada más.
Luego reaccionaron.
—¡Vamos! —dijo Tobias, y fue el primero en correr.
Salieron tras él, resbalando en el pasto húmedo, cruzando el patio trasero casi a ciegas. La luna, apenas visible entre las nubes, iluminaba lo justo para distinguir una silueta moviéndose a una velocidad imposible.
—¡Corre más rápido de lo que debería! —jadeó Dereck.
Morgan ya había llegado al límite del terreno. El bosque se alzaba frente a él como una pared negra, densa, viva. Sin dudarlo, se internó entre los árboles.
—¡Está loco! —gritó Lucke.
Pero ninguno se detuvo.
Las ramas les golpeaban el rostro, las hojas crujían bajo sus zapatillas. El olor a tierra húmeda era intenso, casi sofocante. El bosque parecía cerrarse a su alrededor, tragándoselos.
Morgan avanzaba como si conociera el camino. Saltaba troncos, esquivaba raíces, se deslizaba entre los árboles con una agilidad que no tenía sentido.
—¡Morgan, frená! —volvió a gritar Zaac.
No hubo respuesta.
De pronto, Morgan soltó un grito ahogado. No era de miedo. Era de dolor.
Los chicos se detuvieron de golpe.
Algo se movió más adelante.
Un sonido seco. Un crack profundo, antinatural, como huesos forzándose más allá de su límite.
Zaac sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Escucharon eso…? —susurró Tobias.
El bosque respondió con silencio.
Y entonces, desde la oscuridad, algo respiró.
Lento.
Pesado.
Demasiado cerca.
—¿Qué carajo…? —susurró Lucke.
La oscuridad frente a ellos se movió.
De entre los árboles emergió una silueta imposible.
Un lobo.
Demasiado grande para ser real.
Su cuerpo era macizo, alto como un caballo pequeño, con músculos marcados bajo un pelaje espeso de un marrón oscuro, casi negro en algunas zonas. Cada paso hacía crujir el suelo. Sus ojos, del mismo tono oscuro, brillaban con una inteligencia inquietante.
No era un animal común.
Era algo más.
El lobo mostró los colmillos. Largos. Afilados. Húmedos.
Un gruñido bajo, profundo, vibró en el aire como una advertencia.
Zaac sintió cómo el miedo le congelaba la sangre.
—No se muevan… —murmuró Tobias, aunque su voz temblaba.
El lobo dio un paso adelante.
Luego otro.
Se preparaba para atacar.
De repente, algo estalló desde la izquierda.
Una sombra salió disparada desde el mismo lugar por donde Morgan había huido.
Otro lobo.
Aún más grande.
Su pelaje era más oscuro, casi negro, con destellos plateados bajo la luna. Sus ojos no estaban fijos en ellos… sino en el primero.
El impacto fue brutal.
Los cuerpos chocaron con un estruendo salvaje. Mandíbulas, garras, gruñidos que no sonaban del todo animales. El bosque se llenó de ruido: ramas rompiéndose, tierra levantándose, respiraciones furiosas.
El segundo lobo se interpuso claramente entre ellos y la criatura marrón.
Los estaba protegiendo.
—¡Ahora! —gritó Zaac.
No lo pensaron dos veces.
Corrieron.
Tropezaron. Cayeron. Se levantaron. Las piernas les ardían, el aire les quemaba los pulmones. Detrás de ellos, los rugidos y golpes continuaban, cada vez más violentos.
—¡No mires atrás! —gritó Dereck.
El bosque parecía interminable, pero por fin vieron la silueta de la casa de Morgan entre los árboles.
Entraron al patio casi arrastrándose.
Lucke fue el último en cruzar y cerró la puerta trasera de un golpe, trabándola con lo primero que encontró.
El silencio cayó de golpe.
Solo sus respiraciones agitadas llenaban la casa.
—¿Qué carajo son esas cosas? —preguntó Lucke, pálido, con la voz rota.
Dereck negó lentamente, aún sin recuperar el aliento.
—No lo sé… —dijo—. Pero no son lobos.
Miró la puerta, como esperando que algo la atravesara.
—Son demasiado grandes.
Zaac no dijo nada.
Su mirada estaba fija en el pasillo que llevaba a la habitación de Morgan.
Porque, muy en el fondo, ya temía la respuesta.
Y porque sabía que, pase lo que pase esa noche…
Nada volvería a ser igual.
Cuando por fin salió el sol, la casa parecía otra.
La luz de la mañana entraba tímida por las ventanas, revelando el desorden de la noche anterior: controles tirados, botellas vacías, muebles movidos de lugar. El silencio era espeso, incómodo, como si el lugar aún recordara lo ocurrido.
Los chicos salieron lentamente de la habitación donde habían pasado la noche encerrados.
Revisaron la sala.
El comedor.
La cocina.
No había nadie.
—¿Morgan…? —murmuró Dereck.
Zaac fue el primero en acercarse a la puerta trasera. La abrió con cuidado.
Entonces lo vieron.
Morgan estaba afuera.
Desnudo.
Cubierto de heridas.
Tendido sobre el césped húmedo, con el cuerpo lleno de moretones, rasguños profundos y sangre seca en la piel.
Zaac reaccionó al instante.
—¡Morgan! —gritó, dando un paso al frente.
Lucke lo agarró del brazo con fuerza.
—Espera… —dijo, con la voz tensa—. Está claro que todos vimos esa cosa anoche, ¿no?
Zaac se soltó de un tirón.
—Es nuestro amigo.
Lucke tragó saliva, pasándose una mano por el cabello.
—Lo sé —admitió—. Pero también sabemos la verdad…
Hizo una pausa, como si decirlo en voz alta lo volviera real.
—Es un maldito hombre lobo.
El aire pareció volverse más frío.
Tobias no dijo nada. Simplemente tomó una manta del sillón y salió afuera sin dudarlo.
—Mierda… —murmuró Lucke, llevándose las manos a la cara.
Dereck lo siguió de inmediato.
Entre los dos envolvieron a Morgan con cuidado. Su cuerpo estaba caliente, demasiado. Respiraba con dificultad, inconsciente.
Lo arrastraron hasta el interior de la casa y lo acomodaron sobre el sillón.
Morgan parecía… humano otra vez.
Demasiado humano.
Lucke comenzó a caminar de un lado a otro, nervioso, como un animal enjaulado.
—¿Están locos? —explotó—. ¡Anoche casi morimos!
Tobias se enderezó y lo miró fijo.
—Estamos conscientes, Lucke —dijo con firmeza—. Pero Morgan nos protegió del otro… de eso que había en el bosque.
Se hizo un silencio pesado.
Zaac observaba a Morgan, aún impactado. Le costaba unir las piezas, pero algunas encajaban con demasiada claridad.
—Solo se transforma cuando hay luna llena… —dijo al fin, más para sí mismo que para los demás.
Morgan abrió los ojos de golpe.
El techo le resultó ajeno, borroso. Parpadeó varias veces, desorientado, como si hubiera despertado en un lugar que no le pertenecía. Intentó incorporarse, pero un dolor agudo le recorrió el cuerpo y lo obligó a quedarse inmóvil. Un gemido ahogado escapó de sus labios.
Había silencio.
Un silencio tenso.
Cuando giró apenas la cabeza, los vio. Estaban allí, de pie, observándolo con cautela. No había hostilidad… pero sí un temor contenido. Morgan desvió la mirada, incapaz de sostenerla.
—Les dirán a todos… ¿verdad? —preguntó en voz baja, la garganta áspera.
Nadie respondió de inmediato.
El aire se volvió denso, como si cada uno buscara las palabras correctas. Entonces Zaac dio un paso al frente y rompió el silencio.
—Seas lo que seas —dijo con firmeza—, seguimos siendo tus amigos.
Tobias lo imitó, acercándose un poco más.
—No te tenemos miedo, Morgan.
Morgan levantó la vista. Sus ojos brillaban, cargados de una emoción que amenazaba con desbordarse. En ese instante lo supo: ellos eran su familia. No la que se hereda, sino la que elige quedarse.
—Después de todo… —añadió Lucke, con una sonrisa cansada— nos salvaste la vida anoche.
Dereck frunció el ceño, incapaz de contener la pregunta.
—¿Cómo es posible?
Morgan lo miró. Dudó. La respuesta parecía pesarle. Tragó saliva antes de hablar.
—Es hereditario…
El silencio volvió a caer, más profundo.
—¿Desde cuándo eres… eso? —preguntó Tobias, con cautela.
Morgan exhaló lentamente.
—Desde ayer. —Hizo una pausa—. Después de mi discusión con Lucke… el gen se despertó.
Lucke se tensó al escuchar su nombre.
Morgan bajó un poco la voz, casi conciliador.
—No te preocupes… la ira es común entre los nuestros.
Lucke lo observó con una mezcla de culpa y desconcierto.
—¿Hay muchos como tú? —preguntó Dereck.
Morgan asintió con lentitud.
—Los hubo —respondió—. Aquí… ya quedan pocos.
***
Christen estaba terminando de prepararse para ir a la escuela cuando el celular vibró sobre la cómoda.
Se miró de reojo en el espejo mientras tomaba el teléfono. Al ver el nombre de Zaac en la pantalla, una sonrisa suave se dibujó en su rostro antes incluso de contestar.
—Holaaa…
—Hola… —la voz de Zaac sonó apagada, cansada.
Christen se detuvo un segundo, con el cepillo aún en la mano.
—¿Sucede algo? —preguntó, la preocupación filtrándose en su tono.
—Nada… —respondió él tras una breve pausa—. Solo me desvelé jugando videojuegos con mis amigos.
Christen soltó una risa baja y negando con la cabeza dejó el cepillo sobre la cómoda.
—Me preguntaba si… no sería mucha molestia que me buscaras hoy.
Ella tomó las llaves del auto.
—No, claro que no —respondió con naturalidad—. Pásame la dirección y voy enseguida.
—Gracias…
La llamada se cortó.
Un segundo después, el mensaje apareció en la pantalla:
» Calle Castañas 230.
Christen salió de la casa, cerró con llave y subió al auto. El motor rugió suavemente mientras avanzaba por las calles aún tranquilas de la mañana. Al acercarse a la dirección indicada, algo cambió.
El aire.
Un olor denso, animal, le golpeó el olfato con violencia. Sus músculos se tensaron al instante. Bajó un poco la velocidad y recorrió la calle con la mirada, atenta a cada sombra, a cada casa silenciosa.
—Licántropos… —susurró para sí misma.
Estacionó frente a la casa apenas unos segundos después. Zaac salió y se subió al auto con rapidez.
—Buen día —dijo él, intentando sonar animado.
Christen no respondió.
Apretó el volante con fuerza y arrancó de inmediato, acelerando más de lo habitual. Su expresión era rígida, concentrada, los ojos clavados en el camino.
Zaac lo notó enseguida.
No había sonrisa. No había comentarios. Solo un silencio espeso que llenaba el auto.
Abrió la boca para preguntar, pero se detuvo. Algo en la tensión de Christen le indicó que no debía hacerlo.
Ella siguió conduciendo en silencio, como si quisiera dejar ese lugar atrás cuanto antes. El olor parecía quedarse pegado al recuerdo, invisible pero persistente.
***
Al llegar a la casa de Zaac, Christen detuvo el auto frente a la vereda. El motor quedó encendido unos segundos más antes de apagarse. El silencio volvió a envolverlos.
Zaac sonrió, una sonrisa tímida, cargada de inseguridad. Se pasó la mano por la nuca antes de animarse a hablar.
—¿Qué te parece si… esta noche cenamos juntos?
Christen parpadeó, como si recién regresara de un pensamiento lejano. La tensión de su rostro se disipó poco a poco y una sonrisa genuina apareció en sus labios.
—Claro… —respondió— me encantaría.
Giró apenas hacia él.
—¿Qué te parece en mi casa?
—Claro… —Zaac dudó— aunque no sé dónde vives.
—Constitución 949.
Zaac abrió los ojos de par en par, sorprendido. Soltó una pequeña risa incrédula.
—Okey… —dijo— cada vez me sorprende más tu estatus, señorita Blacke.
Christen rió con suavidad, negando con la cabeza.
—Exagerado.
Zaac abrió la puerta del auto y bajó. Antes de cerrarla, se inclinó un poco hacia ella.
—Te escribo más tarde.
Christen asintió y lo observó alejarse hacia la casa. Cuando cerró la puerta, su sonrisa se fue apagando lentamente. Sus dedos volvieron a aferrarse al volante.
Por un segundo, su mirada se endureció.
La noche no sería solo una cena.
Sino una prueba de autocontrol.