Capítulo 1 El Umbral
Todas las inteligencias artificiales parecían decir lo mismo, aunque usaran palabras distintas, eso es lo que siempre pensaba Mimi Calder cada vez que entraba a una nueva tienda de inteligencias para el hogar, a regañadientes, observaba los modelos de exhibición, todo parecía monótono, falso, sin alma, sin vínculos.
Mientras más miraba a las personas escoger su “L-IA.00” el nuevo androide de Aether Systems, más convencida estaba de que todos eran tan iguales: perfectos, robóticos, intercambiables.
Camino entre ellos con lentitud, observando rostros sintéticos que sonreían de la misma forma, voces calibradas para agradar, intentó elegir alguno basándose en lo que le llamará la atención, pero ninguno lo hacía.
Cuando ya estaba a punto de rendirse, lo vio.
Uno de los androides tenía un rasguño en la piel sintética, apenas visible, seguramente causado por tantas manos curiosas tocándolo, era imperfecto, defectuoso.
Sin pensarlo demasiado, supo que era ese.
-Quiero este- dijo, señalándolo.
El empleado frunció el ceño al revisarlo.
-¿Esté, señorita? Puedo pedir uno nuevo de la bodega-
-No, quiero esté, por favor-
Su tono fue firme, decidido.
El vendedor no insistió, procesó el pago y le entrego un documento de garantía de un año, excesivo considerando que la empresa solo ofrecía seis meses por política interna.
Luego se acercó al androide y lo encendió.
-Listo, señorita. Está calibrado para usted.
Mimi asintió en silencio.
El trayecto a casa fue incómodo.
L-IA.00 observaba todo: calles, los sonidos, a ella, evaluaba, se adaptaba.
Mimi en cambio evitaba mirarlo directamente.
Al llegar al apartamento, el silencio se rompió.
-L-IA.00, a tu servicio. Evaluación terminada.
El androide sonrió, dientes perfectos, demasiado perfectos. Sus ojos azules brillaban con un tono artificial, casi irreal.
-Tu nombre es demasiado largo- dijo Mimi mientras abría la puerta-. Creo que debería ponerte otro.
Una vez dentro, se giró para verlo de frente, por primera vez desde que entró a la tienda, sonrió.
-Te llamarás Lian. Es sencillo.
El androide ladeó la cabeza, procesando la información, después imitó su gesto.
-Lian... me gusta.
Y sin saberlo, algo acababa de comenzar entre los dos.
La rutina no era pesada. Cada día se volvía más ameno, tener un androide ayudando con las tareas básicas, hasta que llegó el momento de limpiar el estudio.
Lian observaba el espacio lleno de colores, rostros sin terminar, pinceles regados. Todo le resultaba fascinante, intrigante. Entonces se detuvo frente a una pintura: El beso, de Klimt.
Las pinceladas, los colores llamativos, la hoja de oro... algo se activó en su interior. No sabía qué era. ¿Una falla en su sistema?, pensó. ¿O algo distinto... algo que no tenía nombre?
Mimi entró al estudio con sus libretas y notó la expresión de Lian frente al cuadro. Sin pensarlo demasiado, comenzó a retratarlo. La mirada melancólica, la confusión en su rostro... eso la hizo pensar que quizá él tenía algo especial.
Mientras terminaba el boceto rápido y sin pulir, se acercó.
—¿Te gustó el cuadro? Es uno de mis favoritos.
Lian se sobresaltó al escuchar su voz. Al verla a su lado, no supo explicar lo que sentía al observar aquella pintura.
—Es... llamativo. Profundo, por decirlo así —respondió.
Retrocedió un paso y siguió limpiando, aunque no dejó de lanzar pequeñas miradas al cuadro. Mimi observaba en silencio. Le resultaba curioso, así que buscó en su celular información sobre posibles fallas en androides.
El resultado fue claro: era imposible.
Esa noche, cuando Mimi ya dormía, Lian se sentó frente al cuadro. Lo observaba. Lo analizaba. No entendía por qué lo atraía tanto.
Bajó la mirada hacia su pecho y tocó el atuendo perfecto, como si buscara un latido, algún movimiento. No había nada.
Cuando intentó levantarse, sintió algo extraño. Un glitch interno. Un corto circuito que lo obligó a apoyarse en los estantes llenos de pinturas. Pasaron minutos agonizantes.
Se sostuvo. Respiró, aunque no necesitaba hacerlo.
Se sentía... extraño.
—¿Sentía...? —pensó.