Prologo
La oficina estaba saturada del olor a pergamino, tinta y madera encerada. Tras el escritorio, un hombre aguardaba con las manos entrelazadas, la mirada fija en los estantes repletos de tratados. Su túnica de profesor apenas se arrugó cuando la puerta se abrió con un susurro medido.
—Has demorado más de lo estipulado —observó, sin dureza, pero con la exactitud de quien toma nota mental.
El recién llegado cerró la puerta con un gesto deliberado, casi ceremonial.
—La verificación de los diagramas consumió más tiempo del previsto. No podía permitirme un error en esta fase.
El primero asintió, satisfecho por la respuesta.
—Entonces… ¿el ritual está finalmente preparado?
—Preparado y asegurado. Los sellos responden, las runas mantienen su flujo y la matriz subterránea está estable. Solo resta que el coliseo abra sus puertas. Cuando la multitud ocupe la arena, la energía colectiva descenderá por los canales tal como fue diseñado.
Un silencio pesado de implicaciones, se instaló entre ambos.
—En ese momento —dijo el hombre del escritorio, casi en un susurro reverente— Harás tu parte para que nuestra deidad recupere su pulso usándote como recipiente.
El otro inclinó la cabeza.
—Y nadie comprenderá lo que ha ocurrido hasta que sea demasiado tarde.