El Legado de los Romanov

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Summary

En un mundo donde Anastasia Romanov sobrevivió a la revolución y escapó de Rusia, su descendencia se ha mantenido oculta durante generaciones, protegiendo su legado. En el presente, una joven mujer llamada Ekaterina descubre su verdadera identidad como descendiente de la familia real rusa cuando su abuela fallece en circunstancias sospechosas. Mientras se adentra en el pasado oculto de su familia, Ekaterina se ve envuelta en una conspiración que amenaza con destruirla, pero también con revelar el secreto que se han protegido durante décadas.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Ekaterina

La casa siempre olía a té.

No era un aroma fuerte ni invasivo, sino uno suave, casi constante, como si se hubiera impregnado en las paredes con los años. Manzanilla por las mañanas, hierbas por las tardes. Mi abuela decía que el té ayudaba a que los pensamientos se acomodaran, aunque yo nunca estuve del todo segura de eso. Los míos parecían vivir en permanente desorden.

Vivíamos en una casa modesta, en las afueras de Londres, lo suficientemente lejos del centro como para que el ruido no llegara, pero lo bastante cerca como para no sentirnos aisladas del mundo.

Ladrillos antiguos, ventanas estrechas y un jardín que alguna vez había sido hermoso. Ahora crecía a su propio ritmo, indomable, como si nadie tuviera el corazón para imponerle orden.

Mi abuela Natalia decía que así estaba bien.

—La vida no siempre necesita ser controlada —repetía—. A veces solo observada.

Yo no sabía si estaba de acuerdo, pero tampoco la contradecía.

Mi habitación era pequeña, apenas lo suficiente para una cama, un escritorio y una estantería cargada de libros. La mayoría eran viejos, heredados, con páginas amarillentas y anotaciones en los márgenes que no eran mías. A veces me gustaba pensar que esas notas eran voces del pasado, personas que habían leído antes que yo y que, de algún modo, seguían allí.

Tal vez por eso nunca me sentí realmente sola en esa casa.

Vivía con mi abuela desde hacía años. Los recuerdos de vivir con mis padres eran borrosos, fragmentados, como fotografías mal enfocadas. Sabía que habían muerto en un accidente, o al menos eso era lo que siempre se había dicho. No hubo dudas, no hubo escándalos, no hubo preguntas... no en voz alta.

En mi familia, la muerte parecía algo habitual.

Demasiado.

Tíos, primos lejanos, conocidos cuyos nombres apenas recordaba. Siempre había una historia, una explicación lógica, un simple accidente. Y aun así, algo dentro de mí nunca terminó de creer que fuera tan sencillo.

Pero uno aprende a no preguntar.

Mi abuela nunca hablaba de eso. Y yo nunca insistía.

La rutina era tranquila, casi monótona. Desayunos silenciosos, el sonido de la radio antigua encendida por las mañanas, mis pasos apurados cuando salía rumbo a la universidad y la certeza de que, al volver, ella estaría allí. Siempre allí. Como si nada pudiera tocarla.

A veces la observaba sin que se diera cuenta.

Había algo en su forma de mirar por la ventana, en cómo se quedaba quieta por segundos de más cuando escuchaba ciertas noticias, o en la manera en que cerraba con llave un cajón específico del escritorio. Pequeños gestos. Detalles insignificantes para cualquiera... excepto para mí.

No sabía qué escondía.

Solo sabía que escondía algo.

Y, aun así, la vida seguía.

Demasiado normal. Demasiado silenciosa.

Tal vez por eso sentía, desde hacía tiempo, que esa calma no era real. Que era apenas una capa fina, frágil, sostenida por secretos que nadie se atrevía a nombrar.

Como si, bajo la superficie de esa casa tranquila y de esa vida aparentemente común, algo estuviera esperando el momento justo para salir a la luz.

La universidad quedaba a casi cuarenta minutos de casa. El trayecto era siempre el mismo: una caminata corta hasta la parada, el autobús gris que parecía haber sobrevivido demasiados inviernos, y luego el murmullo constante de la ciudad despertando. Me gustaba ese momento del día. No porque fuera especial, sino porque nadie esperaba nada de mí todavía.

Me reflejaba a veces en las ventanas del autobús, no con verdadera atención, sino como quien observa a una desconocida. Cabello castaño oscuro, siempre suelto o recogido de cualquier manera, cayendo sobre mis hombros sin intención. Ojos claros —azules, decía mi abuela— que parecían cansados incluso cuando había dormido bien. Alta, delgada, con una postura que intentaba pasar desapercibida, como si ocupar demasiado espacio fuera un error.

Nunca me consideré llamativa.

Nunca lo intenté tampoco.

Vestía de forma simple. Abrigos largos, suéteres neutros, jeans cómodos. Ropa que no exigía ser mirada. Ropa que me permitía observar sin ser observada.

Mónica, en cambio, era imposible de ignorar.

Siempre la veía antes de escucharla. Su cabello rubio, largo y cuidado, parecía brillar incluso en los días grises de Londres. Tenía una sonrisa fácil, de esas que nacen sin esfuerzo, y una forma de caminar segura, como si el mundo estuviera hecho para recibirla. Alta, de figura esbelta, con gestos amplios y una energía que contrastaba demasiado con la mía.

—Llegas tarde otra vez —me dijo aquella mañana, sin reproche, solo como constatación.

—Cinco minutos no es tarde —respondí, dejándome caer en el asiento a su lado.

—Para ti, no. Para el profesor Eutavio, es casi un crimen histórico.

Sonreí apenas.

Las aulas eran frías, con paredes blancas y filas interminables de pupitres. El sonido de las hojas al pasar, los bolígrafos golpeando suavemente las mesas, y la voz monótona del profesor se mezclaban hasta convertirse en un ruido de fondo constante.

Era ahí donde mi mente empezaba a traicionarme.

A veces escuchaba.

A veces no.

Mis pensamientos se deslizaban sin permiso hacia lugares que no podía controlar. A la casa. A mi abuela. A esa sensación persistente de que algo no estaba del todo bien, aunque no supiera decir qué.

—Muy bien, jóvenes —dijo el profesor, ajustándose las gafas—, el trabajo final consistirá en una investigación sobre una revolución histórica. Tendrán una semana para prepararla y defenderla.

Anoté las palabras casi por reflejo, aunque no estaba segura de haberlas procesado.

Una revolución.

Mónica giró ligeramente hacia mí.

—No te desconectes ahora —susurró—. Esto cuenta bastante.

Asentí, aunque ya era tarde. Mis pensamientos habían tomado otro rumbo.

Pensé en mi abuela. En los libros antiguos de casa.

En las historias que nunca contaba del todo, como si siempre faltara una pieza. Pensé en cuántas cosas se heredan sin que uno lo note: gestos, silencios, miedos.

Tal vez por eso la historia siempre me había resultado tan cercana. No como una sucesión de fechas, sino como una acumulación de decisiones que otros tomaron antes que nosotros.

—Mónica —susurré—, ¿tú crees que una vida tranquila puede esconder algo más?

Me miró de reojo, sorprendida por la pregunta.

—Creo que todas lo hacen —respondió—. Algunas personas solo prefieren no mirar muy de cerca.

No supe qué decir a eso.

Al terminar la clase, salí sin despedirme.

No fue intencional.

Mis pies simplemente avanzaron solos, guiándome hacia la parada del autobús como si ya supieran a dónde necesitaba ir.

Fue entonces cuando Mónica volvió a alcanzarme.

—Ekaterina —me llamó—. No puedes desaparecer así.

Me giré. El viento levantó mi cabello y por un segundo pensé en lo fácil que sería dejarme llevar por él.

—Solo... necesito aire.

Ella me observó en silencio. Luego asintió.

—Entonces voy contigo.

No discutí.

El viaje hasta Guildford fue tranquilo. El autobús avanzaba con un vaivén suave, casi hipnótico. Yo apoyé la frente contra el vidrio frío, observando cómo la ciudad se transformaba lentamente en algo más silencioso, más antiguo.

El trayecto de regreso a casa siempre me resultaba más largo que el de la mañana. Tal vez porque el cansancio se acumulaba, o tal vez porque, sin darme cuenta, ya estaba pensando en la casa incluso antes de verla.

La casa de mi abuela nos recibió como siempre: intacta, firme, ajena al paso del tiempo.

Caminé despacio, con la mochila colgando de un hombro y las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. El aire estaba frío, húmedo, de ese que se mete en los huesos sin pedir permiso. Las casas a los lados de la calle parecían todas iguales, alineadas con una precisión que siempre me había parecido artificial.

La nuestra destacaba apenas. No por su tamaño ni por su estado, sino por el jardín. Crecía libre, desordenado, con flores que aparecían donde nadie las había plantado. Mi abuela decía que las cosas vivas sabían encontrar su lugar por sí solas.

Empujé la verja, que chirrió suavemente al abrirse, como si anunciara mi llegada.

—Abuela —dije al entrar, sin alzar demasiado la voz.

El sonido de la tetera hirviendo respondió antes que ella.

Estaba en la cocina, como casi siempre. Llevaba un suéter de lana gris, ancho, y una falda larga que rozaba el suelo al caminar. Su cabello, completamente blanco, estaba recogido con descuido en un moño bajo, del que siempre se escapaban algunos mechones rebeldes. Era pequeña, de espalda recta pese a los años, y se movía con una calma que parecía ensayada.

—Llegaste temprano hoy —dijo, sin girarse todavía.

—Las clases terminaron antes.

Mónica observaba con curiosidad respetuosa. Mi abuela la evaluó en silencio, de arriba abajo, y luego le ofreció una sonrisa breve, cortés.

— Bienvenida Mónica, siempre lo eres —le dijo—. Siempre.

Se volvió entonces. Sus ojos azules, claros pero profundos, se posaron en mí con atención inmediata. No era una mirada curiosa ni invasiva Fletcher, sino una que parecía medir, evaluar... como si buscara algo que yo no podía ver.

—¿Están bien? —preguntó.

—Sí —respondimos.

Asintió, como si aceptara la respuesta aunque no del todo convencida.

Sirvió el té con movimientos precisos, casi rituales. Tres tazas. El vapor se elevó lentamente, llenando la cocina con ese aroma familiar que me hacía sentir a salvo.

Nos sentamos una frente a la otra. La mesa de madera estaba marcada por el tiempo: pequeños cortes, manchas imposibles de quitar, historias invisibles. Mi abuela envolvió la taza con ambas manos antes de beber, como si necesitara sentir el calor.

—La universidad —dijo—. ¿Cómo va?

—Bien. Normal.

Normal. Esa palabra se había vuelto demasiado frecuente en mi vocabulario.

Ella bebió un sorbo antes de volver a hablar.

—A veces lo normal es solo lo que estamos dispuestos a aceptar.

Levanté la vista hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

Sonrió apenas. Una sonrisa suave, casi cansada.

—Nada, mi niña. Solo pensamientos de vieja.

Pero algo en su tono me dijo que no era verdad.

Mientras hablaba, noté cómo sus dedos se cerraban ligeramente alrededor de la taza cuando la radio, encendida a bajo volumen, mencionó una noticia lejana. Algo sobre tensiones internacionales. Nada que debería importar. Aun así, ella bajó el volumen con rapidez.

Demasiada rapidez.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Claro —respondió—. Solo no me gusta el ruido innecesario.

No era incómodo, al menos no al principio. El vapor se elevaba lentamente, empañando la ventana como si el mundo exterior estuviera siendo borrado a propósito.

Me senté en la silla de siempre, apoyando las manos sobre la mesa de madera gastada. Mónica se acomodó frente a mí, observando cada detalle con curiosidad contenida, como si supiera que estaba entrando en un espacio que no le pertenecía del todo.

—Tenemos un trabajo para la universidad —dije al fin, rompiendo el silencio—. Historia.

Mi abuela no se giró de inmediato.

—La historia nunca es solo un trabajo —respondió mientras servía el agua caliente—. Siempre termina pidiendo algo a cambio.

No supe qué contestar.

Se sentó con nosotras, colocando tres tazas con precisión casi ritual. Sus dedos se cerraron alrededor de la suya, pero no bebió.

—Tenemos que investigar una revolución —continué—. Elegir una... defenderla.

—¿Y ya elegiste? —preguntó, levantando la vista hacia mí.

Asentí con cautela.

La Revolución Rusa.

La reacción fue mínima. Casi inexistente.

Casi.

Su mano se tensó apenas alrededor de la taza. Un segundo. Tal vez menos. Pero yo lo vi. Siempre veía esas cosas.

—Es un tema amplio —dijo finalmente—. Doloroso.

Mónica intervino, ajena a la tensión que empezaba a formarse entre nosotras.

—Ekaterina dice que usted sabe mucho de historia.

Mi abuela sonrió. Una sonrisa correcta. Demasiado correcta.

—He leído bastante —respondió—. Como muchos.

No era verdad.

O, al menos, no toda la verdad.

Siempre lo sentía así...

—El profesor quiere que no sea solo fechas —dijo—. Quiere contexto. Personas. Lo que se perdió.

¿Cuánto tiempo divague en clase?

Los ojos de mi abuela se elevaron lentamente hasta encontrarse con los míos.

—Hay cosas que se pierden para siempre —dijo—. Y otras que... es mejor que permanezcan enterradas.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Como qué?

Mónica me lanzó una mirada rápida, una advertencia silenciosa.

Yo fingí no verla.

Mi abuela dejó la taza sobre la mesa sin hacer ruido.

—Las revoluciones no solo cambian países —continuó—. Cambian familias. Borran nombres. Obligan a la gente a convertirse en alguien más para sobrevivir.

Hablaba con calma. Demasiada.

—¿Tú... conociste a alguien de esa época? —pregunté, intentando que sonara casual.

Silencio.

El reloj de la pared marcó los segundos con una insistencia molesta.

—Mi abuelo —dijo al fin—. Vivió esos años.

Eso sí lo sabía. Ya me había contado esa historia.

—¿Y...? —insistí.

—Y pagó un precio —respondió, tajante—. Como todos.

Mónica removió el té, incómoda.

—La familia imperial... los Romanov —dijo Monica entonces, probando el nombre como quien pisa hielo fino—. ¿Qué pasó realmente con ellos?

La abuela alzó la mirada de golpe.

No fue brusco.

Fue preciso.

—Murieron —respondió—. Como mueren todos cuando la historia decide avanzar.

No era una respuesta. Era un cierre.

—Pero hay teorías —continué, sintiendo algo extraño en el pecho—. Sobre sobrevivientes. Sobre secretos.

—Teorías —repitió—. Eso es todo lo que son.

Se levantó de la mesa.

—Ekaterina, hay temas que no te harán bien —añadió—. Ya has pasado por suficiente.

Ahí estaba.

No la preocupación.

El miedo.

—Solo es un trabajo —dije, casi en un susurro.

Mi abuela se detuvo en la puerta.

—Nada que tenga que ver con los Romanov es solo un trabajo.

Luego salió de la cocina, dejándonos solas.

Mónica me miró, con el ceño fruncido.

—Eso fue... raro.

Asentí lentamente, sintiendo que algo se había movido dentro de mí.

—Sí —respondí—. Y creo que acabo de meter el dedo justo donde no debía.

Y, por primera vez, la calma de aquella casa dejó de parecerme segura.