Capítulo 1
Regresé a casa. Mi madre estaba en el sillón de la entrada, delante de aquella enorme y fea pintura de un paisaje que ella misma había hecho. Me miró con indiferencia, y yo la observé de igual manera. “¡Está aquí!” le gritó a mi padre que estaba en el baño de invitados. Y luego, la mujer que me había dado a luz me ordenó que tomara una maleta roja con ruedas. Mi padre salió, caminó hacia mí, se quedó quieto, mirándome, y de un momento a otro, me abofeteó y me dijo que me largara.
¿Qué haré? Me pregunto, mirando el cielo gris y oscuro, sentado en una banca llena de penes, con mi cabeza colgando hacia atrás. De repente, siento como gotas golpean contra mi rostro. Va a empezar a llover, pero no me muevo, solo cierro los ojos. Susurro que necesito un propósito, y soy sincero conmigo mismo. ¿Qué es lo que quiero? Quiero divertirme, eso quiero, quiero disfrutar tanto que me muera sin lamento. Esta noche dormí debajo de un árbol, cubierto con la ropa y la maleta. El sol sale y creo que el dinero que encontré entre las prendas debe ser gastado, ¿Pero en qué? ¿Comida? ¿Agua? Ya veré. Salgo a caminar por la ciudad, viendo los locales y la gente: personas morenas de todos los tamaños y con toda clase de cuerpos, y muchos turistas blancos, más altos que yo. Mis pupilas se fijan en los autos, en uno en específico que atrae las miradas, porque parece que fuese a explotar por los sonidos que hace y por todo el humo que deja detrás. Para no respirar la contaminación de ese viejo, me di la vuelta y caminé lo que ya había caminado y más, y vi una botarga siendo agarrada del brazo por una geisha. Después de eso, me senté un rato, lejos de las personas que esperan su transporte. Solo soy yo, lo que traigo puesto, que se seca con el delicioso sol, la maleta con solo la ropa mojada que me gusta, y treinta mil pesos en billetes de quinientos y de mil. Me levanto y reposo otra vez, pero el sol ahora calienta mi espalda. Es entonces que dos niñas pasan y comparten su olor con mi nariz. Las comienzo a seguir. Me llevan a un lugar silencioso, donde los hombres y los perros parecen muertos tirados en el suelo, en especial aquel payaso con los ojos abiertos. Las niñas me notan, hablan entre sí y deciden correr. Me da un poco de risa, que desaparece mientras voy detrás de ellas, sin rebasarlas. Levanto la voz y les digo que quiero ayudarlas, pero no me escuchan; corrijo, no les importa, me tienen miedo. Es raro, la gente normalmente no corre de mí. ¿Será por el estado de mi ropa? Saco un billete de mi pantalón, agarro a una del hombro, se da la vuelta y le enseño el dinero. La otra niña me ataca, pero su hermana la detiene de pegarme con sus manitas.
-¿Es para nosotras? -pregunta la chiquilla con heterocromía; un ojo gris y el otro marrón.
-Sí, es para ustedes. ¿Lo quieren?
Me mira a los ojos; mis bellos ojos grises.
-Sí, gracias-lo agarra, se queda viendo un momento el dinero, y vuelve a ver al chico.
Le ofrezco otro billete con la condición de que me cuente su situación.
-No soy una mala persona. Solo quiero ayudarte a ti y a tu hermana, que se ve que lo necesita-mira a la más pequeña y luego a la otra- que lo necesitan.
Acepta, y le digo que hablemos en un lugar más bonito. Les sugiero ir a llenarnos el estómago, ya que tengo hambre y ellas también. Entramos en una tienda de conveniencia; los clientes y los trabajadores están tan en sus cosas que apenas y nos notan, y nosotros tres tomamos algo de beber y comer cada uno. Lo compro y nos sentamos enfrente, cruzando la calle, en los bordes que contienen la inexistente agua de una pequeña fuente, que en cambio, si tiene peces dibujados al interior de sus paredes.
Daniela, una niña de once años, de pelo castaño y piel morena clara. Su papá y su mamá están vivos, pero escapó de casa junto a su hermana Mónica, y llevan quién sabe cuánto tiempo viviendo donde sea que puedan. Daniela sigue hablando, contándome su trágica vida con algunas groserías, pero se detiene cuando el llanto ya no le permite hablar.
La cobijo con mi brazo y se recarga en mí; su hermanita se recarga en ella y así nos quedamos hasta que se relaja.
-Come, te hará sentir mejor.
Daniela obedece, come las galletas y yo me pongo de pie frente a las dos. Se siente fresco, pues Daniela y este calentamiento global me hicieron sudar. Miro a Mónica y veo que también estuvo llorando, aunque en silencio.
-Yo ya no tengo nada, bueno, solo algo de dinero. —Realiza una pequeña pausa. —¿Quisieran estar conmigo? Si estamos juntos será más fácil sobrevivir en esta jungla de asfalto.
-¿Qué? ¿Cómo? -dice Daniela, limpiándose las lágrimas, los mocos y frotándose los ojos.
-Yo no quiero estar solo. Si los tres nos juntamos, podemos salir adelante, ¿qué dicen? Sería como su hermano mayor, ¿sí?
Daniela me ve a los ojos.
-No sé... ¿Tú qué dices, Mónica?
Una semana más tarde, me siento bien, y el día es cálido y tranquilo. Estamos dentro de un edificio abandonado, un lugar que tal vez solo la gente elegante de la época frecuentaba, pero que ahora, si sus paredes estuvieran vivas, creo que llorarían al recordarse en el ayer. Pese al estado del sitio, hemos limpiado un cuarto donde la luz natural entra por las ventanas rotas, así como la flora y la fauna que ha crecido al interior de esta propiedad. Debo admitir que me está comenzando a parecer bastante lindo y acogedor, además de un lugar divertido para jugar a las escondidas y otros juegos. Estamos acostados en el suelo de una esquina, tapados y sobre cobijas, rodeados de libros, velas, comida y agua, y una que otra cosa. Quieren que les lea, y encantado lo hago.
-Bueno, aquí lo dejamos por ahora, ¿bien?
Están de acuerdo conmigo. Dejo el libro a un lado y empezamos a hacer ejercicio. Hacemos todo lo que se me ocurre y terminamos agitados. Esperamos un rato y luego bebemos un poco de agua mineral. Salimos a la calle y vuelvo a poner la cadena y el seguro, y alguien nos ve, pero pasa de largo. Las niñas llevan la ropa sencilla que les compré, que no está rota ni muy sucia. Usan tenis baratos y una liga para amarrarse el cabello, que he estado peinando para que no se les enrede. Nos vamos un poco lejos a pasear, con dos propósitos diferentes. Uno de estos es buscar a más personas en una situación como la nuestra e intentar que se nos unan. Aunque no puede ser cualquiera, debe ser como esté par.
Últimamente, cada vez que salimos siento algo extraño, es como si alguien me estuviese vigilando. Es inquietante. Quizá es por mi nueva vida, algo así como un extraño sentido de supervivencia que se me activó.
Cuando estamos volviendo a nuestra guarida, está por anochecer, y vemos a un caballo que aparenta ser un unicornio, paseando por las calles vacías. Las niñas lo quieren, pero les digo que no podríamos cuidarlo apropiadamente y desisten de la idea con lástima. Estamos cansados de andar caminando, yo un tanto más, ya que cargue a Mónica en mi espalda. Entramos y todo parece estar bien, así que le pido a Daniela que encienda las velas mientras yo cierro. Cenamos, jugamos y terminamos leyendo un poco antes de dormir.
Las niñas aprenden lo que les digo.
-... Nada es de nadie, a menos que puedas defenderlo, y si lo haces bien puedes volverte el nuevo dueño de las cosas. Lo único malo sería el riesgo de salir lastimado o arrestado, pero no somos tontos, ¿verdad? Y en cuanto al esfuerzo que pone la gente para salir adelante, primero, no vamos a robar de esa manera tan vulgar, y segundo, quiero que recuerden esto para siempre: el esfuerzo, eso no importa en un mundo indiferente, a menos que montes un espectáculo. Lo realmente importante en esta vida es sobrevivir, y también, para mí, divertirse.
-Pero tengo miedo -dijo Daniela.
-Está bien, el miedo es asombroso, solo debes aprender a disfrutar de tus emociones.
-¿Cómo?
Pienso un momento mirando el techo.
-Ríete. Cuando sientas miedo, cuando te congeles, cuando estés en peligro, tú solo ríe. Verás, que incluso el miedo, es muy divertido. Tú igual haz lo mismo, Mónica.
Los días pasaron; comíamos lo más nutritivo posible, leíamos libros que me gustaban, les enseñaba una forma de ver la vida y afrontarla, y tratábamos de mejorar nuestra condición física, especialmente nuestra velocidad y resistencia al correr. Todo esto mientras hacía un plan.
-¿Qué haremos si nos atrapan?-preguntó Daniela.-No lo harán.
31 de octubre. Mónica está en nuestro refugio esperándonos. Entramos a una tienda, llevábamos máscaras de luchador, y solo yo llevaba un palo grueso en una mano, que usé para tirar de un golpe las cosas frente a los empleados.
-El dinero, por favor -les da una bolsa de plástico negra.
Hacen caso, y mientras tanto, Daniela echa cosas en el par de bolsas de tela que traía, sin llenarlas, para que pudiéramos movernos rápido.
-Deprisa o saldrá en las noticias: empleado muere a causa de un palo en el ano -se ríe de lo que dijo.
Nos vamos de inmediato en menos de diez minutos. Sabemos dónde están las cámaras de seguridad de la policía, es lo que hemos estado revisando cuando salíamos a pasear. Así que tenemos una ruta a seguir por la que al parecer nadie nos persigue, pero no todo nos sale como teníamos pensado. Mónica no nos abre. De pronto, alcanzo a escuchar su voz, es ella gritando a lo lejos, pidiendo ayuda. Me apresuro a abrir, apartando los cartones, plástico y cinta de prohibido el paso, en donde alguna vez hubo vidrio. Lo consigo, y le digo a Daniela que espere aquí adentro junto a la puerta, antes de ir a ver qué está pasando. Cuando llego al cuarto, veo a Mónica y a un tipo encima de ella. Lo golpeo en el cráneo, lo que no lo hace perder la conciencia, sino que grita de dolor mientras se agarra la cabeza con las manos y se echa a un lado. Mónica aprovecha y se va; yo sujeto con firmeza el palo, que alguna vez fue la rama de un árbol, y le clavo la punta en sus partes. Sin embargo, él reacciona con rapidez y lo agarra para que no lo encaje más. Yo se lo quito y le doy palazos hasta que mejor tiro el palo y tomo una de las piedras que Daniela trajo de afuera para defenderse. Observo al tipo: está desnudo, tiene los ojos cerrados, pide perdón, dice que le duele, y yo ya me cansé de escucharlo. Por su rostro sé quién es: un tipo impresentable, uno más del montón que vive en las calles, alguien que de vez en cuando veía.
Más tarde me di cuenta de que había sido descuidado, tonto, por no haber escuchado a mis sentidos.
Llega Daniela con Mónica y me ve machacándole la cabeza. Ella agarra una piedra también, y enojada, lo empieza a golpear en la panza, luego va a por el corazón, para intentar sacárselo y aplastarlo.
Me levanto y le digo a Mónica que haga lo mismo que su hermana, que saque su dolor. Ella no reacciona, está mirándolo, así que hago que me miré y se lo repito, y entonces lo hace con la piedra ensangrentada que le doy.
Después de escupirle al muerto, vuelvo a la entrada y tomo algo de las bolsas. Las niñas vienen conmigo, y Daniela me pregunta qué hacemos ahora. Me doy una cachetada, pero Mónica me dice que no me pegue, y Daniela está de acuerdo con ella.
Inhalo profundamente y exhalo el aire por la boca. Sonrío, río un poco y digo:
-Lo siento, lo hice para tratar de concentrarme, pues tengo los nervios de punta. A ver, primero pongamos la cadena en la puerta.
Voy y lo hago, teniendo cuidado de que nadie que fuera pasando me vea lleno de sangre.
-Ahora, encarguemos del cuerpo.
Luego de arrastrar el cuerpo y arrojar el palo a una cisterna, ubicada en el patio central, junto a una fuente con figuras femeninas desnudas y con alas, nos dirigimos a la parte de atrás, a un terreno con dos árboles frondosos, pasto alto y diversas plantas que añaden colores y ocultan la basura que la gente avienta desde el otro lado. Debajo de uno de éstos árboles, donde los vecinos no pueden vernos, cavamos un agujero en la tierra. Allí, en privado, ellas se desnudan y se limpian usando el papel higiénico que teníamos y el agua mineral que trajimos. Mientras tanto, yo me quedo en la recepción, atento por si llega la policía, pensando que debo comprarles más ropa, porque eso que se pondrán es ropa mía.
Cuando terminamos de asearnos lo mejor posible, enterramos nuestra ropa, las piedras y el papel.
Durante todo este tiempo no hubo señales de la policía, pero aun así nos quedamos frente a la entrada de la recepción, atentos por si llegaban. Nuestro plan, en caso de que vinieran a buscarnos, era correr al jardín trasero, donde habíamos acumulado porquería y colocado encima un mueble viejo y roto, para saltar la barda hacia la calle y dirigirnos al metro.
-Me tiemblan las manos -dijo sin esperar respuesta.-A mí también me tiemblan las manos, mira -le contesta Daniela.-A mí también -dice Mónica.
Sonrío y me fuerzo a reír, hasta que lo siento natural, y sigo riendo mientras las niñas también se comienzan a reír, y nos detenemos hasta que nos sentimos saciados.
-Las quiero.
El tiempo pasa y a la luz de la luna comemos algunas de las cosas que robamos, hablamos de lo ocurrido con Mónica, las abrazo y después de mirar mi reloj y ver que ya ha pasado de la medianoche y que nadie ha venido a buscarnos, nos vamos a acostar en nuestro cuarto. Sin embargo, por si acaso, hoy no descansaré.