INTRODUCCIÓN
—No taconees —dice sin levantar la vista—. La inseguridad me disgusta muchísimo.
Trago saliva como puedo.
En ningún momento reparó en mi presencia. Desde que llegué a su oficina no se ha molestado en verme siquiera; no ha despegado los ojos de los papeles en su escritorio ni un solo segundo.
—Discúlpeme —musito entrelazando los dedos por debajo de la mesa, ojeando con disimulo la ropa exageradamente cara que Ámbar escogió para mí.
—¿Café? ¿Té? ¿Algún trago elaborado que toman los angelitos como tú?
Vuelvo a tragar. El tono de su voz, la indiferencia que muestra y lo intimidante que luce me hacen sentir completamente diminuta, estúpida e indefensa.
—Solo agua por favor.
Un atisbo de sonrisa surca su angulosa cara. Un rostro enmarcado en canas plateadas, barba castaña y alguna que otra arruga de expresión. Se podría decir, y basándome en un perfil ladeado que jamás se centra en mí, que este hombre asquerosamente rico está alcanzando sus cincuenta.
—Pide lo que quieras, mi secretaria lo traerá especialmente para ti.
—Solo... Solo agua, señor...
—Henderson —interviene con frialdad; una frialdad que me hace repetir casi sin aliento tal apellido—. Lo único que quiero es que firmes esto —añade de manera implacable, deslizando por el escritorio los papeles que redactaba y leía sin pausa.
—¿F...firmar?
—Firmar —masculla entre dientes—. ¿Algún problema con eso?
《No refutes, no discutas, accede a todo, para eso te has registrado y por ese mismo motivo te ha contactado》
Las indicaciones de Ámbar han sido contundentes.
—No señor Henderson, no hay ningún problema.
—Perfecto —dice, enderezándose, de forma tal que la chaqueta se estira en sus amplios brazos—. Quiero que lo leas bien. Muy bien, porque tengo tres condiciones elementales para que esto funcione —hace una breve pausa—. Discreción, exclusividad y sumisión. Si las cumples te daré lo que quieras y más.
—¿Y si no cumplo con sus condiciones? —suelto sin pensar.
Una inocente pregunta que por primera vez lo obliga a fijar la mirada en mí. Una mirada del mismo tono que su cabello pero aun más salvaje y despiadada que su aura.
—Si no cumples mis condiciones tienes dos opciones: la cárcel o el cementerio. Así que tu decides angelito —se recarga en el asiento— qué es lo que prefieres, ¿el cielo o el infierno?