Capítulo 1 - Sombras que Susurran
Joshua tenía diecisiete años y estaba terminando el último año del liceo. Era aplicado, curioso y adelantado en sus estudios, pero nada de eso lo había preparado para lo que estaba a punto de experimentar. Era una tarde cualquiera, o eso parecía. El aula estaba saturada de esa mezcla habitual de risas nerviosas y susurros adolescentes, pero el aire se sentía distinto cerca del grupo de atrás. Sus compañeros habían sacado algo que capturó su atención: una tabla ouija.
Joshua no creía en esas cosas, pero la curiosidad —esa chispa que siempre lo acompañaba y a veces lo quemaba— lo empujó a quedarse, observando desde su habitual distancia. Se sentaron en círculo, con las manos apenas rozando el puntero de madera. Julio, con esa sonrisa que usaba como escudo ante la seriedad de la vida, fue el primero en romper el hielo.
—¿Hay alguien aquí que quiera comunicarse? —preguntó, soltando una carcajada que resonó demasiado fuerte en el silencio expectante.
Contrario a lo que la lógica dictaba, el puntero se movió. No fue un empujón torpe; fue un deslizamiento lento, indeciso, pero con una dirección clara. Marcó la palabra: Sí.
Joshua arqueó una ceja, intrigado pero escéptico, manteniendo su postura relajada para no delatar la tensión que empezaba a nacer en su estómago. Con algo de asombro e incredulidad, el grupo decidió seguir jugando con aquel objeto místico; para ellos no era más que el chiste ridículo del momento. Hasta que Michael dejó su croquera de lado y, con un tono burlón que no lograba ocultar del todo su inquietud, preguntó:
—A ver, ¿hay alguien a quien le tengas mala sangre aquí, en esta sala?
El puntero tembló bajo los dedos sudorosos y luego se deslizó con una firmeza agresiva. Sí.
—¿Quién? —preguntó otro, con la voz un poco más aguda de lo normal.
No señaló un nombre. Deletreó una fecha: 29-12. El día de nacimiento de Joshua.
El aire cambió de textura de golpe, volviéndose pesado y gélido, como si alguien hubiese cerrado una puerta invisible entre el cielo y la tierra. Joshua sintió un frío seco subiéndole por la nuca, un nudo apretándole las entrañas, pero por fuera permaneció inmóvil. Miró a sus amigos, que reían nerviosos, sin entender la gravedad de la advertencia. Y entonces lo vio. Sobre la cabeza de Luis, flotaba algo. Una sombra. Oscura, ondulante, como humo de aceite quemado que se resistiera a disiparse.
Parpadeó, creyendo que era un fallo de su vista. Pero otra sombra apareció detrás de Clara, moviéndose lentamente, pegada a su sombra natural como un parásito. Luego, una tercera, y una cuarta. En cuestión de segundos, el aula entera parecía cubierta de presencias oscuras que solo él podía percibir. El puntero vibró sobre la mesa. Un leve resplandor cruzó la tabla y una forma translúcida se elevó unos centímetros antes de desvanecerse en el aire viciado.
Joshua contuvo la respiración. Las sombras parecían mirarlo. Algunas giraban, otras se ocultaban tras los estantes, otras simplemente lo observaban desde los rincones oscuros del salón. El murmullo del aula desapareció para sus oídos; solo quedó el latido ensordecedor de su propio corazón. No era un truco de luz. No era imaginación. Era real.
Se levantó de golpe, rompiendo su habitual calma, tomó su mochila y su guitarra con movimientos rápidos. Al pasar entre los pupitres buscando la salida, casi choca con Benjamín, que lo miraba con leve preocupación.
—¿Todo bien, Josh? —preguntó Benjamín en voz baja, ladeando la cabeza.
Joshua se obligó a componer el rostro, recuperando esa máscara de tranquilidad introvertida que todos conocían. No podía gritar. No podía explicar que el salón estaba lleno de monstruos.
—Sí... solo estoy cansado —respondió con la voz rota, sabiendo que mentía. Asintió levemente y siguió de largo, sintiendo las miradas de las sombras clavadas en su espalda.
El pasillo lo recibió con un zumbido sordo. En cada esquina, en cada grupo de alumnos, había más de ellas: algunas apenas perceptibles, otras densas, casi con forma humana. Se movían con voluntad, y por alguna razón, él sabía que ellas sabían que él podía verlas. Corrió hasta el colectivo que lo llevaría a casa. El camino, normalmente corto, se sintió eterno. En la calle y en la micro, las sombras lo seguían: se agazapaban en las siluetas de la gente, se deslizaban por los muros de concreto, y una incluso pareció cruzar la avenida flotando detrás de él.
Al llegar a casa, cerró la puerta con fuerza, apoyando la espalda contra la madera. Su respiración era entrecortada. Las sombras seguían allí, en los bordes de su visión periférica, moviéndose apenas. El miedo no era solo a lo que veía, sino a la certeza de que la privacidad había muerto; esas cosas lo observaban.
Su padre entró en silencio desde la sala. Lo miró con una mezcla de comprensión y gravedad que a Joshua le heló la sangre. Su padre no era hombre de gestos exagerados ni palabras dulces, pero siempre había sido una roca confiable. Cada consejo, cada decisión tomada bajo su guía, tenía el peso de la certeza. Por eso, al ver que no había sombras alrededor de su padre, que él era un punto de luz limpia en medio del caos, Joshua sintió un alivio doloroso.
—Joshua... ¿estás bien?
—Sí... —empezó a decir, pero se quebró —No. No lo estoy.
Su padre asintió lentamente, sin sorpresa.
—Ven conmigo.
Lo llevó hasta la biblioteca. En medio del cuarto, sobre un atril de madera oscura, descansaba un libro abierto. Las páginas, amarillentas por el tiempo, parecían emitir un leve resplandor cálido, una pulsación rítmica.
—Pon tu mano sobre él —ordenó su padre con suavidad.
Joshua dudó apenas un instante, pero la confianza en su padre pesaba más que el terror. Extendió la mano y tocó el papel envejecido. Un pulso eléctrico, pero no doloroso, recorrió su brazo hasta el corazón; era un latido que no era suyo, pero que reconocía. Cerró los ojos. A pesar del caos visual, sintió una paz repentina, como tocar agua en calma, esa quietud que limpia sin mojar.
Su padre se inclinó y le susurró algo al oído, apenas audible, pero cargado de autoridad:
—Divide lucem a tenebris.
Joshua sintió las palabras vibrar en su garganta y las repitió, torpemente, como si pronunciara una pregunta en un idioma olvidado:
—Di-vi-de... lu-cem... a te-ne-bris?
Aun así, las palabras hicieron efecto. El aire cambió de presión. Todo se detuvo. Sintió un tirón violento, como si su mente fuera arrancada de su cuerpo y arrastrada a otro lugar. Las milésimas de segundos se extendieron hasta volverse infinitas y, entonces, solo hubo silencio.
Un silencio tan profundo que, literalmente, separó la luz de las tinieblas.








