Prólogo
Mar
El teatro estaba lleno. La gente esperaba con ansias que empiece la función. El murmullo de la gente se sentía como un segundo corazón dentro del pecho de mar.
—Acordate de apretar la panza— le recordó su mamá mientras le acomodaba el moño— las otras chicas están más flacas.
—Tenes que ponerte a la altura—recordó su padre.
Ella asintió despacio.
Lo mismo de siempre.
Sus padres iban a decir algo más, pero ella ya tenía que subir al escenario.
La música comenzó, y la coreografía fluía, todo iba saliendo bien hasta el último giro que el piso se le vino encima.
Un ruido seco que dejó a todos atónitos.
Levantó la vista para buscar a sus padres y hermanos en el público, los cuales la miraron con decepción.
Salió del escenario lo más rápido que pudo.
—Fractura— anunció el médico.
Sus padres se miraron entre sí con decepción.
Fallé se repitió ella una y otra vez.
—Vas a tener que hacerte cargo de la empresa familiar— le anunció su hermano mayor.
Ese era todo su destino. Una joyería famosa en la ciudad, la decepción de su familia de por vida y un futuro que nunca eligió.
—No creo que pueda ayudar mucho en la empresa— comentó su otro hermano intentando reprimir su burla.
—¿Y qué va a hacer si no? acaba de perder lo único que podía hacer bien—respondió su padre.
Mar solo asentía.
Vacía.
Ajena.
—Y ni siquiera lo hacía tan bien— dijo su madre entre risas.
Todos reían, mientras que lo único que pensaba mar era en querer desaparecer.
Lucas
Lucas tenía cinco años la primera vez que sintió que quería desaparecer del mundo.
Aunque él no recuerde todo con claridad, sabe que le dolió no ir más a la playa con su papá ni sentir el perfume de su mamá cerca.
A los diez años ya había vivo en cuatro casas distintas.
Primero vivió con los Velázquez, la familia de su compañero del colegio Milo. Ahí fue feliz hasta que nacieron más hijo y Lucas perdió su lugar.
Después con los Antúnez, la familia de su mejor amigo Tomás, el cual le puso una guitarra entre las manos por primera vez.
—Para cuando te sientas solo— dijo.
Y solo ese gesto bastó para que se vuelvan inseparables.
Vivió ahí hasta que tuvieron una recaída económica y no podían sostener un gasto más. Él lo entendió. Siempre entendía todo, incluso lo que le rompía el corazón.
La tercera casa en la que vivió fue con una vecina anciana que había sido amiga de su mamá.
Una noche mientras buscaba agua en la cocina escuchó algo que ella decía por teléfono
Es dulce, pero exige más trabajo, y no se si puedo con todo
Esa frase le cayó como un golpe seco.
Ese día, Lucas se prometió algo que iba a marcarle la vida entera:
Nunca iba a exigir nada a nadie.
Nunca iba a ser una carga.
Después llegó Bob.
Un marinero amable con manos enormes, olor a sal y con un restaurante pequeño frente al mar.
Su esposa abrió la puerta cuando Lucas llegó con su mochila aferrada al pecho y esa sonrisa que ya era su escudo contra el mundo
Siempre su gran sonrisa; lo que lo hacía fácil de querer.
—¿Necesitas algo lucas? —le preguntó la mujer mientras le mostraba su cuarto, cálido y con olor a madera.
—No, estoy bien, gracias—mintió.
Tenía hambre. Tenía sueño. Tenía miedo. Pero no quería ser un problema, eso jamás.
Y mientras acomodaba su guitarra en un rincón, entendió que la música era lo único que no le pedía nada a cambio.