Flores Blancas
Te miré y mis recuerdos llegaron justo al momento en que te conocí. ¿Cómo olvidarlo? Éramos unos adolescentes. Tú de quince años y yo de doce. Tú con tu piel morena, ojos miel, cabello alborotado y rizo. Extrovertido e inquieto. El más travieso de la escuela y del club de lectura.
Yo con mi tímida presencia, flacucha y callada. La más aplicada para la lectura. Insegura de mí, de mi piel blanca y de mi cabello largo y castaño. Insegura de mis ojos azules. Deseaba tanto tenerlos negros, así te fijarías en mí y no te burlaras del color de mis ojos.
Entraste a la biblioteca con mucho alboroto. Llamando la atención de todos. Me miraste y sonreíste. Me puse tímida y jugué con el encaje de mi vestido floreado. Te sentaste adelante de mí y jugaste con tus amigos toda la tarde. Te había visto toda mi vida. Pero nunca te hablé. Eras el amigo de mi hermano mayor, Eduardo, y de mis dos primos: Henry y Carlos. Yo en mi pequeño mundo y tú en el tuyo.
Ustedes eran los 4 Fantásticos en la colonia. Hacían travesuras a las que yo admiraba en silencio. A pesar de convivir todos los días, jamás nos hablamos. Y así fue hasta esa tarde que entraste alborotando todo en la biblioteca. Te regañaron y al fin permaneciste quieto. La maestra hizo grupos y por suerte, buena o mala, quedamos juntos. No me atrevía a mirarte, mucho menos a hablarte. Simplemente te ignoraba. Un lápiz rodó por la mesa y cayó al piso. Ambos lo levantamos. Me sonreíste y mi rostro enrojeció. Miraste a otro lado. Seguramente mi aspecto no era atractivo.
Luego me pediste el lápiz y lo usaste para hacer garabatos. Me preguntaste cómo estaba y si al salir iba a casa. Dije que sí y sonreíste mostrando esos dientes chuecos. La clase de lectura terminó y salí presurosa. Mis primos y mi hermano te esperaban ansiosos. Me ignoraste y la leve ilusión que tuve por un momento desapareció.
Al llegar a casa mi madre nos esperaba con café y pan. Todos comimos en la mesa y tú, por primera vez, me hablaste frente a todos. Dejé de ser invisible para ti. Jugamos en la calle con mis primos, una rutina que continuó hasta que tuve los quince. Y tú los dieciocho. Mi fiesta presagiaba ser la mejor del año. Me esforcé bastante en verme bonita. Ya no tenía esas feas pecas y los granos desagradables. Mi vestido blanco, corinto y dorado era hermoso. Acentuaba a la perfección mi cintura. Me viste ingresar al gran salón repleto de gente que no me interesaba. Te busqué con la mirada y ahí estabas tú. Perplejo y boquiabierto. Lo había logrado.
Desde ese día te ponías nervioso al hablarme. Yo sabía que te gustaba. Tú me gustabas. Sabía que a tu madre no le agradaba mi familia y que ella me miraba como poca cosa. Eso era absurdo, teniendo en cuenta que mi familia es de mejor posición económica. Pero aun así no importaba al hablarnos y jugar.
Entraste al equipo de fútbol de este pueblucho. Te mirabas tan ridículamente lindo con ese uniforme de talla grande. Yo te acompañaba a entrenar mientras leía un libro en el graderío y celebrábamos juntos los goles. Crecimos. Tú hermoso, atlético y acosado por las chicas. Yo llena de vida y alegría. Ya no era insegura. Tú me dabas seguridad.
Nos tomábamos de la mano y caminábamos por esas calles viejas. No nos atrevíamos siquiera a decir algo, pero no podíamos estar separados. Nos acurrucábamos y susurrábamos a nuestros oídos palabras dulces, siguiendo el juego de la antelación al beso. Yo lo buscaba y tú lo querías. De pronto, una noche, al despedirnos después del entreno, en una incómoda despedida, nuestros labios chocaron. Nos besamos. Fue torpe y sin sentido, algo insípido. Pero la química explotó cuando abrí mis labios y tú los capturaste. Una corriente llegó hasta ellos. Mi corazón palpitó y mis sentidos se nublaron. Tomaste mi cintura y me acercaste a tu cuerpo. Yo tomé tu cuello y me sostuve de él.
¿Cuánto tardó? Nunca lo sabré, pero al abrir mis ojos me encontré con los tuyos, llenos de brillo. Sonreímos y me susurraste al oído: —Ahora eres mía.— Mi piel se erizó y mi corazón se encendió. —Siempre lo he sido.— y nos volvimos a besar.
Desde ese día fui feliz. Nos amábamos. Tú te fuiste a la ciudad a estudiar el bachillerato. Yo fui unos años después. Mis primos y mi hermano nos acompañaron. Íbamos al cine, al parque. Hacíamos cada aventura que se nos ocurriera. Veintidós años tenía cuando oficializamos nuestra relación ante mi familia, donde fuiste recibido con cariño y respeto. Pero no todo era lindo. Tu familia no me quería. Ellos no me aceptaron. Tu padre fue más flexible. Tu madre no.
Empecé a recibir insultos de parte de tu madre, hermana y tías. Me gritaban groserías en la calle. —Él te ama, nena— decía sonriente mi madre. A lo que yo asentía. —Nos casaremos, quieran o no. Mi abuelo me heredó unas tierras. Construyamos nuestra casa— dijiste decidido. Y conseguiste trabajo en la fábrica de telas. Como jefe. La paga muy buena y la recompensa, nuestra casa.
Vimos el diseño, cada detalle minucioso. El piso, las puertas, la losa, las lámparas... Nuestra habitación. Cada avance era significativo. Me prometiste nuestra primera noche en esa gran cama matrimonial. Pero las cosas no mejoraban con tu familia. Te dije que dejáramos todo. Que nos fuéramos. Pero por respeto a tus padres dijiste que no. Y yo admiré esa decisión en ti y te amé aún más. Intentamos una vez más ir con tus padres, pero ellas se enfurecieron. Lloré desconsolada. No sabía por qué me odiaban tanto. Tú te enfrentaste a ella, pero ella terminó en el hospital. Nos sentimos culpables y terminamos tras cinco años de relación.
Intenté huir y fui con mi tía a la ciudad a buscar trabajo. Ahí conocí a Pablo Santizo. Un chico lindo que me hizo olvidar por un momento tu rostro. Alguien fantástico y auténtico. Pero no pude olvidarte. Fui débil y volví a casa. Nos encontramos y dijiste que me habías buscado en la ciudad, pero me habías visto con Pablo. Pensaste que todo había terminado. Pero aclaramos todo. Ese tiempo... ¿Aún lo recuerdas? Fue un año sin vernos.
Nuevamente estábamos juntos. A pesar del año perdido las cosas no cambiaron. O eso supuse. Me contaste que una chica, Luna, vivía como huésped en tu casa. Venía de la ciudad y trabajaba en la misma fábrica. Sentí celos. Muchos celos. Pero tu indiferencia a ella y tu amor por mí los disipó. No le hablabas y ella se quejaba con los vecinos de tu frialdad.
Luego de un tiempo ella se fue. Y me sentí aliviada. Seguías enamorándome más y más. Con cada detalle, cada gesto y cada palabra. Elegimos los muebles para la casa. Las cortinas, la cristalería. Porque... ¡Sí! Al fin me habías propuesto matrimonio. Sonreí y te besé al ver ese cristal diminuto en mis dedos. Ahora era tu prometida. Solo había un detalle... Tu familia. Me gritaron los insultos más bajos y nuevamente tú me defendiste. El pueblo entero estaba de nuestro lado. Pero eso no bastó para parar esa guerra imaginaria en ellas.
Me sentí desesperada, pero tú me consolabas. Eras mi pilar. Una tarde fuimos a acomodar nuestras cosas a la casa. El sol llenaba las blancas paredes entrando por las altas ventanas. Me sentía feliz por ver tan hermoso momento junto a ti. Me tomaste de la mano y me besaste. Los besos apasionados llenaron mi ser y encendieron mi alma de mujer. Me cargaste y subimos las gradas besándonos hasta llegar al dormitorio. Te amaba tanto que me entregué a ti. Pura, virgen e inocente. Ambos nos entregamos de igual forma. En nuestra cama de nuestra casa.
Tus besos y tus caricias me llevaron al éxtasis de la pasión. Esa noche solo éramos tú y yo desnudos. Haciendo el amor de la forma más hermosa que nadie nunca se imaginó. Mi piel vibraba a tu contacto y mis piernas se abrían para recibirte a ti, firme y fuerte. Mis pezones se endurecían al contacto de tu lengua y dedos. Acariciabas mis pechos mordiéndolos tan fiera y dulcemente. Mi piel blanca hacía resaltar tu morena piel. Tomaste mi cabello y te sostuviste de él mientras me alzabas de la cintura para que la penetración fuera más placentera. Gemía con placer mordiendo mis dedos. Me exploraste completa, cada parte de mi cuerpo recibió tus besos. Tu lengua saboreó mi esencia inferior y cuando mordiste suave mi parte baja gemí como mujer, pidiéndote más. Tus dedos se movían incesantes en mis pezones mientras tu lengua me lamía en esa parte única, me hacía nublar la vista y de mí emanaba el calor. Volviste a penetrarme poniéndome de rodillas mientras tus manos masajeaban mis robustos y blancos pechos. Me arañaste y me hiciste sangrar. Yo gemí y tú vibraste en mi ser, derramando tu dulce esencia dentro de mí.
Amanecimos desnudos. En el piso. Acariciándonos cada parte de nuestro cuerpo, haciendo el amor una y otra vez. Yo besando tu parte masculina y tú, mi feminidad. Fuimos al baño a limpiar el sudor y ahí nuevamente nos entregamos. Llamé a Henry y le dije que me cubriera. Que dijera que pasaría la noche en su casa. Porque... ¡Por todos los santos! Amaba que me hicieras el amor.
En la cocina... Luego de ducharnos y vestirnos, cocinamos. Me sentía como una recién casada. Me senté en tus piernas y ambos almorzamos. Nos recostamos en el sofá y vimos una película en la televisión nueva. La cual quedó a medias. Al finalizar los créditos yo me encontraba moviéndome en círculos, gimiendo sobre ti, mientras tú moldeabas a tus antojos mis pechos. Para la cena... Me subiste sobre la encimera y ahí volviste a penetrarme fuerte llevándome cada vez más a límites inimaginables del placer. Cada vez era con más experiencia y más urgencia. En la cama... Nuevamente desnudos. Tu pene fue bien recibido en mis labios, los cuales besaste con urgencia.
Pasamos un día increíble. Te sentí dentro de mí por muchos días y cada que podíamos nos escapábamos hacia nuestra casa y ahí hacíamos el amor. Una y otra vez. Yo tenía la esperanza de quedar embarazada y así, al fin estar contigo. Pero las cosas empeoraron. Tu familia me reñía y ahora era más grave. El colmo fue cuando tu hermana llegó a gritar a mi madre insultos y maldiciones. La encontramos llorando. Tú la consolabas y yo salí indignada. Fui a tu casa y la confronté.
—¿Por qué me odia? ¿Qué le he hecho yo para que usted me haga esto?— dije llena de rabia, ira y miedo.
—Vete o le diré a todos que me golpeaste.—
—Nadie le va a creer.—
—¿Quieres ver?— y salió a la calle gritando sandeces. Te hizo creer que yo la había golpeado y me gritaste que no era justo.
—Yo consolé a tu madre, ¿y tú me pagas así? ¿Cómo te atreves a golpearla? ¡ES MI MAMÁ!—
Vi la furia viva reflejada en tus ojos. Tu rostro sonriente y cariñoso había desaparecido. Corrí a refugiarme a casa. Y las habladurías no se hicieron esperar. “Es tan indecente. Ella le pagó mal. Es una irrespetuosa. Es una cualquiera.” Los escuchaba hablar. Y lo hacían con descaro. Mi corazón se taladraba con un cuchillo mal afilado que dejaba heridas disparejas en todo mi ser. Si tan siquiera me hubieses preguntado cómo estaba...
Perdimos comunicación. Yo solo escuchaba chismes de mí y mi familia. Nuestros amigos estaban furiosos contigo. De pronto algo de lo que la gente hablaba llamó mi atención. Estabas con alguien más y tenían fecha de boda. Creí que era broma. No podía pasar, tú no serías capaz... Me pediste tiempo para arreglar las cosas porque me amabas y yo acepté. Pero esa mañana, cuando salía de la tienda, la tomaste de la mano y la besaste. No te diste cuenta de que yo te miraba. Mi corazón se hizo añicos y ahí en la tienda me derrumbé. Algunos vecinos llegaron a mi auxilio. —Está con Luna— susurré antes de romper a llorar, porque hablar me era difícil. Eduardo, Henry y Carlos regresaron furiosos y confirmaron el inicio de mi pesadilla.
Te ibas a casar y no era conmigo. Lloré y me deprimí. Me sentía sofocada y odiaba salir a la calle. Mis padres me consolaban y mis amigos no me abandonaban y tú, mi amor... Tú nunca apareciste. Me empecé a enfermar y me llevaron al doctor. —Felicidades... Tiene tres meses de embarazo— dijo el doctor y mi mundo se iluminó. Quise decirte, pero tú ya estabas comprometido; pero, a pesar de todo, yo llevaba a una parte de ti en mí. Y lo amaba. Mis padres me apoyaron y prometieron no decir nada hasta que yo decidiera y mis amigos apoyaron mi decisión.
Sábado... Ese día grité tratando de despertar de esa pesadilla. No pude más y grité desconsolada.
—¡Él está casándose ahora!— Mi ser se negaba a aceptarlo.
Vi a mi madre salir y llamar por celular. —Henry... Ella está mal. Está muy mal— dijo llorando. Corrí para detenerla. No quería ver a nadie y menos a mis amigos. Me caí de las gradas al intentar detenerla. Rodé hasta llegar al suelo. Los gritos de mis padres y mi familia. Vi a Henry entrar a toda velocidad a mi habitación y tomarme en sus brazos.
—Empaquen todo lo que puedan de ella, nos iremos— mi madre obedeció y llenó la maleta a toda prisa, mientras salíamos sin rumbo, lejos de toda esa pesadilla.
Estuve en el hospital dos días después de perder a mi pequeño. ¿Sabías que iba a ser un niño? Eduardo te buscó y te golpeó. En nuestra casa que construimos juntos, frente a tu esposa. ¿Cómo te sientes al vivir ahí? ¿Qué sientes al ver cada cosa que yo escogí? ¿Qué pasa cuando usas esa encimera, ese sofá y esa cama? ¿Qué pasa cada vez que te duchas? ¿Tienes atisbos de lo que allí pasó? Estuve fuera dos meses, el primero, encerrada en un hotel. Llorando la muerte de mi primer hijo y de mi primer amor. El segundo, frente a una playa, con mi familia y amigos. El tiempo siguió su curso, ajeno a mi dolor, pero yo ya no lloraba. No lo hacía porque ya no había lágrimas.
Cada intento de olvidar, cada recuerdo tuyo dolía como cuchillos enterrándose en mi corazón. Cada imagen del futuro con mi hijo era un dolor insoportable. No podía sola. Te necesitaba. Pero mi familia nunca me abandonó. Con apoyo de ellos logré olvidar y sanar heridas. No te odié. Regresé lista para volver a empezar. Pero era difícil vivir los dos en el mismo pueblo. Opté por irme a vivir a la ciudad con mi tía. ¿Y sabes quién me encontró? ¡Sí! Pablo. Ese chico divertido, sereno, serio y cariñoso. De piel blanca y ojos negros. Su cabello castaño siempre me recordó al trigo que crecía en la granja de tu abuelo. Él demostró amarme en cada momento y a él lo amo con toda mi alma.
Luego de dos años de luchar por mí, decidí darle una oportunidad.
—Si te casas conmigo, te irás conmigo a la ciudad.— me había prometido lleno de esperanza. Y luego de debatirlo lo acepté. Él se fue un año antes y yo me quedé cuidando a mis padres unos meses, luego me fui. Antes de irme mi madre me pidió perdón.
—La madre de él me odia a mí. Ella estaba enamorada de tu padre, pero él ya estaba conmigo. Intentó hacer varias cosas para separarnos y no funcionó. Ella tomó ese odio hacia ti. Hija, perdóname.— Y se echó a llorar. No tenía nada que perdonar y un beso en su mejilla se lo hizo saber.
Llegué a la ciudad y fui recibida con amor. Posteriormente llegó mi familia. Nos casamos. Y sabes... La primera vez que hice el amor con él, tú ya no estabas presente. Ese chico había sanado cada herida con paciencia y amor, se encargó de borrar todo rastro de ti en mí. Había logrado que lo amara tan profundamente. Tan dulce y seguro, tan lleno de pasión y respeto... tan diferente a lo que sentí por ti. Porque con él encontré el verdadero amor.
Y tuve mi primera hija. Melissa, una pequeña de grandes pómulos y boca diminuta. De cabello negro y ojos cariñosos. Tan perfecta y cariñosa. La amé desde el momento en que supe que la tendría. Amaba a mis hijas con el más profundo amor que podría sentir. Y luego de dos años, decidimos visitar a mi familia. Regresamos al pueblo. Íbamos en un carro auto blanco que dejaríamos regalado a mis padres. Pablo estacionó el auto frente a la casa de mis padres; mientras él abría la puerta para bajar, con mi hija en sus brazos, apareciste con tu misma forma de caminar.
Te miré y mis recuerdos llegaron justo al momento en que te conocí. ¿Cómo olvidarlo? Pero ya no dolían. Sonreí feliz de regresar triunfante. Te ignoré mientras sentía tu mirada devorándome. ¡Sí! Te perdiste de esta señora. A esta mujer que sabe amar con intensidad. Regresé a la ciudad feliz. Mis amigos estaban bien y mi familia también. Pablo y yo nos teníamos plena confianza. Él sabía que lo amaba con locura aun sabiendo lo que había vivido. Y yo, sabiendo que él me amó estando yo muy herida. Ambos nos respetábamos por eso. Y me encantaba estar con él, ser su mujer y hacerle el amor. Porque él realmente había logrado que lo amara. Por lo que mi segunda hija nació. Katherine, tan hermosa y perfecta. De rizos castaños y ojos negros. La viva imagen de Pablo.
Era feliz... Pero tú no lo parecías. Henry me contó que después de verme, tras cinco largos años, tu matrimonio se hizo aún más pedazos. Eres padre de tres hermosos niños. Las dos niñas se parecen a Luna y el pequeño a ti.
Regresé hace un mes. Traje a mi segunda niña a conocer mis raíces. Y te vi nuevamente, cada vez duele muchísimo menos. Pero no sé a ti. Me viste e hiciste el intento de hablarme. Pero saliste huyendo. Luego te volví a ver y estabas muy ebrio. Tal como la última vez que te vi. Quise decirte que estaba bien, que era feliz. Y decirte que tú lo fueras, pero no dejaste que me acercara a ti. Te subiste a tu moto. Huiste... Una vez más.
Tu esposa, Luna, me ve con recelo. Me odia y lo sé. Yo no la odio, ni a ella ni a tu madre. Tu madre grita desesperada. Quizás le remuerde la conciencia lo que nos hizo. Ha intentado sacarme, pero Eduardo, Henry y Carlos lo han impedido. ¿Qué de malo tiene que yo esté aquí? Pablo se encuentra detrás de la multitud, junto a mis hijas. Les he dicho que eras mi mejor amigo. Porque así fue. Te escribo esto porque quiero que sepas que soy feliz. Que estoy bien. Para que tú también lo estés.
Una sonrisa sarcástica cruza por el rostro de Luna. Ella sabe que ahora ninguna de las dos te tendrá. Dejo sobre tu féretro el ramo de flores blancas que hubiese usado en nuestra boda. Intento no llorar, pero es imposible. Porque a pesar de todo, cariño mío... Te amo.