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Summary

Un bombero y un oficial de policía viven una vida perfecta. Juntos deberán aceptar que la vida no es perfecta y que los momentos perfectos dan el valor para vivir. Corto 4/10 De la Serie Abstracción

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

♥ 1 ♥

Aurora Torres y Benjamín Myers se conocieron durante la carrera anual de Seattle, celebrada en honor a los bomberos y policías de la ciudad.

Aurora tenía veinticuatro años cuando se integró a la Agencia Policial; de eso hacía siete años. Aunque su baja estatura era engañosa, todos sabían lo fuerte, atlética, estricta y responsable que ella era. Era una cocinera amateur y pianista aficionada, ambos hobbies obtenidos en honor a su padre y hermano, que habían fallecido en medio de un tiroteo. Esta era la razón por la que cumplía las normas y leyes al pie de la letra y odiaba a toda costa las injusticias; era considerada una agente ejemplar por los miembros de su equipo.

Por su lado, Benjamín Myers era un joven tenaz; los asuntos serios trataban de llevarlos con algo de humor. Siempre parecía relajado y amigable, aunque ese aspecto no impedía que siempre buscara el peligro al momento de ejercer su vocación. Repartía risas y bromas aquí y allá. De cabello bronce, alto y de cuerpo bien formado, era el tipo de bombero que inspiraba a los niños a ser como él y despertaba los bajos instintos entre sus compañeros, sea quien sea.

Esa tarde soleada, el primer sábado de junio, los cientos de personas se encontraban ya reunidas en la línea de salida. Aurora hablaba animada con algunos de sus compañeros y amigos; entre ellos se encontraba William Harper. El tipo encajaba a la perfección en la palabra “agente policial”. Con ellos también se encontraba un agente en entrenamiento de nombre Sam Graham. Su conversación giraba sobre varios temas. Algunos minutos antes de iniciar la carrera, se acercó a ellos el jefe del Departamento de Policía, Jack Fuller.

—¿Han visto la cantidad de gente que ha venido? —dijo mientras estiraba las pantorrillas.

—Son demasiadas. La fiesta de la noche estará igual de concurrida. Creo que será algo bueno para el departamento, ¿no, jefe? —señaló Harper.

—Hablando de fiestas, ¿qué prepararás para tu cumpleaños? —preguntó el jefe a Aurora.

Esta arrugó la frente. Su cumpleaños era algo que no la entusiasmaba demasiado.

—Haré una barbacoa en el jardín de la casa de William —dijo, mientras le lanzaba una mirada de súplica a su amigo.

—¿Cuándo me has pedido permiso para tal cosa? —se quejó este.

—¿Y desde cuándo debo pedirte permiso? —lo desafió.

Aurora era la sargento encargada de la unidad donde se encontraba William Harper, así que por varias razones debía de cumplir lo que su jefa dijera, aunque eso no le molestaba en nada. Aurora era una excelente jefa y amiga. Habían estado juntos en la academia y, posteriormente, de novatos.

—¿Llevarás a Rose? —preguntó Aurora a su jefe.

—Sí —respondió Fuller—. ¿Acaso tengo otra alternativa? —Una sonrisa de resignación se dibujó en su rostro.

Todos rieron al escuchar aquello.

—Por cierto —preguntó William—, ¿han encontrado reemplazo para Scott?

—Sí, el chico viene desde Florida; estará aquí hasta que encuentren a un bombero permanente. El teniente ha solicitado que varios aspirantes ingresen a entrenamiento, un proceso que demorará más o menos unos seis meses. Espero que el chico se acostumbre a la ciudad.

—¡Florida! —exclamó William un poco alarmado—. Espero que el pobre hombre no salga corriendo cuando llegue el invierno.

Esta vez la risa de todos fue bastante escandalosa.

—¡EN SUS MARCAS! —La voz estruendosa resonó por los parlantes, llamando la atención de los participantes—. ¡LISTOS! —Todos se posicionaron. Aurora dio unos brincos tratando de relajar los músculos. Antes de que el presentador diera la señal, esta salió corriendo empujando a algunos a su paso. Después de eso, la masa de gente la dejó en medio.

Corría con rapidez y concentración; su mirada solo estaba fija al frente. Era una carrera de 21 kilómetros y se había preparado para esto durante los últimos cuatro meses. Se había separado de sus amigos y ahora iba al frente junto a un pequeño grupo que encabezaba la maratón. La meta estaba cerca, a unos cuantos metros; la multitud gritaba con emoción y la euforia hacía que sus pasos fueran más rápidos. Cuando estaba a unos metros de alcanzar el primer lugar, alguien pasó a su lado a tal velocidad que lo único que vio fueron sus piernas largas y el trasero redondo y bien formado. Algo en su estómago se revolvió cuando vio al individuo cruzar la meta. Impulsada por la derrota, dobló la velocidad. Corría tan rápido que no pudo medir la velocidad ni la fuerza con la que iba, lo que causó que no pudiera frenar y fuera a chocar contra el cuerpo del ganador. Duro, húmedo y firme, el cuerpo del hombre la envolvió antes de caer al suelo.

Cerró los ojos; no quería ver a su alrededor. Lo único que escuchaba era la respiración de la persona que la tenía sujeta con tanta fuerza que apenas si le dejaba respirar. Uno de sus compañeros se acercó y ayudó a levantarla. Cuando intentó poner el pie en el suelo, sintió que se le entumecía el tobillo y le dolía.

—¿Estás bien? —El hombre que le había estrujado el cuerpo le mostraba una sonrisa sincera.

—Gracias. Estoy bien —dijo mientras intentaba permanecer de pie.

—Creo que no lo estás. Tu pie no se encuentra bien.

—Sí... bueno... no importa —se sentía bastante molesta por haber perdido unos metros antes de llegar a la meta. William Harper se abrió paso entre la multitud que había arrastrado al ganador hasta la tarima. La alejó de la multitud para llevarla a que le asistieran los paramédicos.

Luego de la vergonzosa caída, William Harper y Sam Graham la acompañaron hasta su departamento. Su pie tenía una diminuta fisura en un tobillo. No quería que le enyesaran y el doctor dijo que bastarían unos vendajes si prometía no quitárselos y ser cuidadosa por al menos una semana. Aun así, no pudo perderse la fiesta de la noche y, casi a las diez de la noche, hizo una entrada sutil. Buscó a sus amigos y los encontró en uno de los rincones del elegante salón, repletos de comida y bebidas en medio de un gran alboroto. Había varios agentes policiales y bomberos con los que se llevaba muy bien. Cuando se acercó a la mesa, reconoció la cabellera bronce que estaba al lado del jefe del Departamento de Bomberos, Henry Lee. Sí, era el ganador del primer lugar de la carrera y el hombre con quien había chocado. Algunos de sus compañeros enviaron a su celular el video del momento del impacto y verla tropezar era la cosa más vergonzosa que ella había visto de sí misma. Por pura vergüenza quiso dar media vuelta e irse, pero no pudo hacerlo; William Harper la vio acercarse. Le sonrió mientras le ayudaba a sentarse.

Hicieron las presentaciones. El hombre era el nuevo interino de los bomberos, Benjamín Myers, y estaría ahí por unos meses. Aurora sonrió con cordialidad, pero trató de mantener las distancias con Benjamín.

Cuando la música rítmica se intensificó, todos salieron a la pista; algunos ebrios y otros con algo de valor para buscar a alguien con quien bailar. Fuller no dudó en sacar a su esposa Rose a la pista y finalmente todos se habían retirado, dejando la mesa vacía.

Aurora estaba empezando a arrepentirse de haber sido obstinada al asistir a la fiesta. Todos se divertían y ella solo recibía miradas compasivas. Siempre era la primera en bailar; la sangre latina salía a fluir cuando la música sonaba y siempre había una pequeña fila de oficiales dispuestos a bailar con ella, pero esta vez no quería y no debía hacerlo si no quería afectar su labor. Tomó el celular para pedir que la llevaran de vuelta a casa cuando escuchó una voz detrás del centro de mesa.

—En otras condiciones, no dudaría en sacarte a bailar, pero dadas las circunstancias, te invito a un café.

Aurora giró el rostro y se dio cuenta de que no estaba sola. Benjamín la miraba desde la penumbra. Se sorprendió al escucharlo. Le sonrió con amabilidad; de verdad no tenía ánimos de escuchar algún tipo de disculpas, pero decirle eso era poco cortés; además, el hombre no tenía la culpa de haberle ganado, ¿o sí?

—En otras circunstancias —dijo mientras daba el último sorbo a su copa de agua—, aceptaría gustosa, pero ahora lo único que quiero es estar en la cama.

—Si quieres, te vas conmigo.

Aurora lo miró divertidamente escandalizada mientras Benjamín se apresuraba a corregir.

—Digo, puedo llevarte hasta tu casa. Necesitas descansar —dijo sonriendo con timidez.

Aurora también sonrió. Pensó en deshacerse de él, pero la sonrisa amable y sincera que le mostraba no le permitió rechazar la oferta.

—Siendo ese el caso, gracias.

Benjamín le ayudó a ponerse de pie, le sujetó la cintura presionándola levemente contra su cuerpo. Caminaron con lentitud hasta llegar a la salida. Benjamín acercó el auto y le ayudó a subir. Hablaron animados sobre lo sucedido durante el día y Benjamín no paró de pedirle disculpas. Se sentía bastante culpable de haberla hecho caer y perder.

—Está bien, no te preocupes. Si no hubieras estado ahí, mi cara hubiera ido a parar al pavimento y eso pudo haber sido mucho peor —Aurora hizo un gesto con la mano.

Llegaron a la calle donde vivía. Benjamín volvió a sujetarla, esta vez con más fuerza y menos timidez. Se detuvieron frente a la puerta del departamento de Aurora. Ambos sonreían. Aurora lo hacía por los buenos chistes e historias que Benjamín le contaba. Debía reconocer que era un tipo bastante agradable; era una lástima que su tiempo en Seattle fuera corto. El departamento de bomberos era demasiado exigente y él era nuevo en la ciudad.

—¿Trabajarás mañana? —preguntó al ver a Aurora abrir la puerta.

—No. He pedido dos días de licencia.

Él sonrió. No sabía por qué el rostro redondo de la pequeña policía le causaba gracia. Observó por un instante sus ojos negros y luego sus labios pequeños que se curvaban en una tierna y sensual sonrisa; su mirada recorrió sus pómulos hasta detenerse en su cabello negro y levemente ondulado. Quería pedirle que saliera con él, pero por primera vez no encontraba la forma de hacer algo que desde la secundaria hacía. Por extraño que pareciera, la presencia de aquella mujer le hacía sentir tímido e inseguro.

—Quiero... puedo... bueno —balbuceó. Aurora lo miró con atención—. Quiero decir, mañana tendré libre y quisiera conocer Seattle. Y ya que tú eres de aquí, me preguntaba si podías ser mi guía turística.

Aurora sonrió, esta vez con ternura. El carmesí en sus orejas y mejillas le indicaban lo difícil que fue haber pedido aquello. Quiso burlarse, pero se limitó a morderse los labios.

—Mañana pienso hacer algo personal —musitó.

—Oh, ya veo —una nube de desilusión nubló el rostro del castaño.

—Podrías ir con William, si así lo deseas. Él descansa mañana. Sería más útil y menos molesto —dijo mostrándole su pie vendado.

Benjamín definitivamente no quería ir con otra persona porque, si lo hacía, estaba seguro de que pasaría el día completo pensando en los ojos negros de la policía. Y ese pensamiento lo sorprendió.

—Pero podría por la tarde, aunque no me gustaría ser una molestia para ti —sus propias palabras la sorprendieron.

—No lo serás —se apresuró a decir él—. Te lo prometo.

Y así fue. Benjamín llegó a la hora exacta en que habían acordado. Fueron a las colinas cerca de la ciudad. Aurora había preparado unos platillos durante la mañana. La travesía fue lenta pero divertida; él le ayudó en algunas ocasiones, aunque Aurora prefirió hacerlo por sí misma. Le asombraba la facilidad con la que se abría ante un desconocido que, hasta hacía apenas unas horas, ni siquiera existía en su vida.

Platicaron y comieron hasta muy entrada la tarde. El aire húmedo por la brisa marina los hizo castañear los dientes. Finalmente, decidieron bajar por la ladera. Antes de llegar a la mitad del camino, Aurora no pudo dar otro paso y se sentó esperando a que las leves punzadas desaparecieran. Fue entonces cuando vio a Benjamín acercarse a ella y subirla a su espalda con facilidad. Se sintió incómoda y algo tonta por aquella situación, pero aun así no protestó.

Durante un instante permanecieron en silencio. Aurora pensó en muchas cosas mientras iba sobre la firme espalda de aquel hombre. Una de ellas fue que no quería que el día acabara.

Benjamín solo pensaba en lo mucho que tenía en común con la pequeña mujer que llevaba sobre sus hombros, aunque estaba seguro de que de frágil ella no tenía nada. Tenían bastantes cosas en común: les gustaba el atletismo, nadar en la playa y bailar hasta el cansancio; les gustaba divertirse y vivir la vida, cocinar y escalar montañas. Y lo mejor de todo era que ambos trabajaban por resguardar y salvar la vida del prójimo en trabajos arriesgados.

De regreso al trabajo, Aurora salió de nuevo a las calles en su patrulla junto a su amigo William Harper. Este siempre se jactaba de que era él el que protegía a Aurora, aunque todos sabían que la fuerza descomunal de la agente podría doblegar a alguien con el triple de su peso, así que era mejor que le guardaran respeto.

Dos semanas después, en la fiesta del cumpleaños número treinta y uno de Aurora, Benjamín bailaba con ella. Solo se dejaba arrastrar por el ritmo de la música e intentaba a toda costa mirarlo a los ojos. Aun así, sintió la respiración de Benjamín sobre su cuello, suave y cálida.

—Acabo de darme cuenta de algo —dijo Benjamín a su oído. Su aliento tibio le erizó la piel.

—¿De qué? —susurró ella.

Se separaron lo suficiente como para verse.

—Y esto lo confirma —dijo sin más.

Aurora lo miraba atenta. Finalmente, él se acercó levemente a su rostro y susurró un poco más:

—Tu cuerpo encaja perfectamente con el mío.

Aurora enrojeció, pero no lo contradijo. En su lugar, acercó un poco más su cuerpo a Benjamín.

Empezaron a hacerse más cercanos. Trataban de coordinar sus días libres para poder ir a hacer lo que más les gustaba. Habían tomado la costumbre de ascender a la cima de la montaña una vez al mes y fue ahí donde por primera vez se besaron. Aurora recordaba a la perfección aquel momento y, cuando lo hacía, sus entrañas se removían como aquella vez.

No fue planeado ni forzado; ella no lo buscó ni tampoco lo incitó. Simplemente era algo que tenía que pasar; lo sabía desde que su cuerpo fue atrapado por aquel hombre. Sabía que llegaría el momento en que lo besaría porque podía sentir que Benjamín también lo quería, y no solo eso. Recordaba que estaban sentados, hablando de algo que ya no recordaba. En el horizonte el sol desaparecía a cada segundo, el cielo era carmesí, el aire era tibio y limpio, la brisa marina apenas llegaba y la gente se movía con lentitud a su alrededor. Supo lo que quería cuando miró con detenimiento las manos firmes y masculinas de Benjamín aferrarse fuertemente a sus piernas, las que tenía pegadas al pecho, como si se estuviera presionando a sí mismo para no saltar por el acantilado. Vio la presión que ejercía en sus muñecas y quiso liberarlo. Con lentitud movió sus manos y las acarició. Fue entonces cuando su mirada se encontró con la de él. Recorrió su rostro mirando con detenimiento cada facción; sus ojos se detuvieron en sus labios. Fue entonces cuando Benjamín lo supo: estaba enamorado de Aurora.

Su boca se abrió justo cuando posó los labios sobre los de ella. Dio un leve mordisco a estos antes de besarla por completo. Sus labios sabían a gloria y la fuerza de atracción fue tal que la apretujó contra su pecho; intentaba hundirla en él. Intentaba que Aurora se quedara dentro y nunca saliera. Escuchó un pequeño gemido provenir de ella y la sintió temblar entre sus brazos. Algo cálido golpeaba con fuerza su pecho y corría desde su corazón. Se dejaron caer al suave pasto, Aurora sobre su pecho una vez más, solo que esta ocasión era mucho mejor.

Cuando les dijeron a sus amigos que eran novios, ninguno de ellos se sorprendió. Algunos dijeron que habían tardado demasiado; era obvia la atracción que ambos tenían. Aurora estaba segura de lo sensual y divertido que su novio podía ser. Aunque llevaban todo con tranquilidad, aún no habían encontrado el momento perfecto para poder pasar más allá de los besos y los simples toqueteos que lo único que hacían era torturarlos más.

Un mes después, luego de varios arreglos para poder descansar el mismo día, Aurora no se había podido controlar y la ropa que su novio llevaba ese día había sido de muy poca ayuda para su libido, por lo que había terminado por desnudar a su novio antes de que este llegara a la puerta de su departamento. Con un solo movimiento le arrancó todo y lo sometió. Había sido rápido, desesperado, al punto que le arañó la piel al quitarle la camisa y los pantalones, pero a él eso poco le importaba. Solo quería saciarse de él, hacerle sentir a Benjamín lo mucho que lo amaba y lo mucho que lo deseaba. Más tarde habían vuelto a hacerlo, esta vez lento y suave, sin la desesperación inicial, disfrutando cada lunar que Aurora descubrió en la piel del castaño, cada caricia, cada beso y cada suspiro. Esa fue la primera vez que Aurora amaneció en la cama de Benjamín.