La persona que no sabia amar
Conocí a una persona que no sabía abrazar.
No porque no tuviera brazos, sino porque había aprendido a esconderlos.
Decía que el amor era peligroso.
Que llegaba sin avisar y se marchaba llevándose cosas que uno no sabía que tenía.
Por eso cerró su corazón como se cierran las ventanas antes de una tormenta.
Cada vez que alguien se acercaba, sonreía.
Pero era una sonrisa cuidadosa, de esas que no se apoyan en nadie.
—No es que no quiera amar —me dijo una vez—, es que ya sé cómo duele.
Entonces entendí algo importante:
las personas que más miedo tienen de amar
son las que amaron con todo.
Le pregunté si no se sentía sola.
Me respondió que la soledad dolía menos que la esperanza.
Antes de irme, le dejé una flor invisible.
Le dije que no tenía espinas,
pero que solo florecía cuando alguien se atrevía a cuidarla.
No sé si algún día la regará.
Pero desde entonces, cada vez que piensa en amar,
su corazón tiembla un poco menos.