Thalassia; Ciclo de sangre.

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Summary

Con el último suspiro de su padre, Axa cayó en una maldición irrompible que la condenó a repetir la muerte de su alma gemela una y otra vez mientras su hermano continuara con vida. Después de muchos ciclos, se ha convertido en maestra de magia en un instituto de Yuliar. Esto la llevó a reencontrarse con Kael; se embarcan en un viaje lleno de magia, odio y romance, tratando de romper el ciclo de sangre que empezó a transcurrir en el momento en que sus ojos se toparon, pero hay una oscura sombra que azota cada esquina de sus vidas; por ello, no todo es lo que parece.

Genre
Romance
Author
Yise
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Prologo: El inicio de un ciclo.

Los hermanos Orión aprendieron a temprana edad que el amor paternal podría sentirse como el filo de un bisturí y conservar el olor aséptico de un laboratorio.

Si bien los ojos son el espejo del alma, Cassius carece de una, no porque sea un vampiro, sino por el sufrimiento que cada una de sus miradas demostraba, esos ojos que habían derramado tantas lágrimas y suplicaban por un abrazo que jamás llegó.

Sintió en su piel el pinchazo de lo que parecía ser el intento número mil de su padre para convertirlo en un ser más poderoso. El primer grito resonó con fuerza en el pequeño laboratorio, aunque el dolor lo pudo sentir el corazón de Ivenna, quien esperaba al borde del llanto su turno para ingresar al banco de pruebas.

—Es muy doloroso —soltó el pequeño en un inaudible susurro—. Haz que se detenga, papá. —Su cuerpo comenzó a convulsionar, incluso sus venas estaban a punto de explotar por la fiebre de la inyección y la increíble fuerza que hace para mantenerse despierto.

—Aguarda un poco más. —Astrum era un hombre impaciente, con sed de poder; no le importó incluso someter a sus propios hijos a innumerables experimentos para convertirse en lo que anhelaba ser; su frío tono de voz provocaba escalofríos, incluso si sus palabras eran dulces. —Esta puede ser la definitiva, Cass. Si lo logro, serás tan poderoso como tu hermana.

Ivenna no esperaba que diera resultado, pues su “increíble” poder es fruto de un estallido de Astrum en su propia base de químicos; su fórmula es imposible de descifrar, incluso para él mismo; intentarlo sería en vano, solo conlleva sufrimiento a cada una de sus fibras.

Y ella lo sabía.

Sabía que el líquido que ahora corría por las venas de su hermano era una imitación fallida, un veneno conjeturado. El silencio que siguió al último grito de Cassius fue abismal; el pequeño cuerpo dejó de convulsionar y el mundo se detuvo por unos segundos para Ivenna.

—¿Cass? —la voz de Astrum perdió su tono frío, tornándose asustado. Golpeó con fuerza el monitor al lado de la camilla, intentando con todo lo que tenía para despertar a su hijo.

Los signos vitales están cayendo… ¡No! Se están estabilizando, pero…

El silencio en el laboratorio se volvió más pesado y denso. Ivenna contuvo la respiración; sus nudillos se volvieron blancos por la fuerza con que apretaba el asiento.

Astrum se acercó a la camilla y fue el momento justo en el que Cassius abrió los ojos. El cuerpo le dolía hasta los huesos, con una presión en cada célula; unas pequeñas gotas de sangre comenzaban a salir de sus ojos, llenos de furia y dolor. Ver a su hermano así fue el cúspide de su tormento; el aire que respiraba se sentía más pesado y asfixiante de lo normal.

—¿Cómo te sientes, hijo? —cuestionó su padre expectante—. ¿Funcionó? —Sus ojos recorrían cada milímetro de su cuerpo, esperando una mínima reacción.

Pero Cassius estaba haciendo lo mismo; la reacción no fue la esperada; Astrum sintió el primer rasguño en su pecho. Cassius ya no era el mismo; había cambiado hasta la médula, convirtiéndose en alguien que Ivenna no podía reconocer. El hermano mayor, tierno y cariñoso, había desaparecido y nunca volvería.

Ivenna dio un pequeño salto en su puesto mientras vio a su hermano encimarse sobre el cuerpo de Astrum; él trataba de sostenerle las muñecas con toda la fuerza que su cuerpo poseía. En un simple movimiento y con la brutal fuerza de Cassius, un crujido resonó en el laboratorio…

Antes de que pudieran siquiera procesar el brazo roto, Cassius ya estaba dentro de su guardia, aferrándose a su bata blanca con una mano, mientras la otra, con los dedos rígidos como garras, se hundía en el pecho de su padre, justo en el corazón.

—Cass, detente —se incorporó Ivenna, muy asustada. —¿Qué estás haciendo? —Corrió sin pensarlo hacia lo que llamaba su familia, halando inútilmente los brazos de su hermano para evitar que acabara con la vida del hombre que los había criado. Un intento fallido por los múltiples golpes que yacían en el cuerpo, aún con vida, pero demasiado débil. Ni siquiera él mismo se explicaba de dónde provenía la fuerza de Cassius; era increíble que fuera más poderoso que él mismo, que ha vivido por tantas décadas. Era casi imposible.

El aire estéril vibró con la orden de Astrum. La daga, lanzada con la fuerza que conservaba su brazo móvil, se sintió como una sentencia de muerte en la mano de Ivenna. Sus dedos temblaban, incapaces de sujetar con firmeza el arma que su padre estaba esperando que usara contra su propio hermano, en una lucha casi interminable, donde cada uno de los aparatos médicos estaba hecho añicos; yacían padre e hijos, luchando por su propia vida. Aunque ser vampiro los hacía inmortales, siempre existía una debilidad poderosa, y por desgracia la familia siempre fue la debilidad de Ivenna.

En un intento de parar la escena, cerró sus ojos, esperando calmar su propio cuerpo mientras el pánico activó su propia defensa. Apretó los puños. Sintió el dolor agudo y familiar en la punta de sus dedos.

Sus uñas se alargaron, endurecidas como un filoso cuchillo, brillando con un color carnoso y pálido bajo la luz fluorescente del laboratorio. Sus sentidos se agudizaron; comenzó a escuchar cada latido de sus corazones, la sangre esparciéndose desde el pecho de su padre hasta el suelo. Abrió sus ojos tornados de un color rojo profundo, cruzó la habitación en dos zancadas silenciosas, girando sobre su propio cuerpo para aterrizar sobre su hermano y clavar dos de sus uñas debajo de la oreja de Cassius justo en el punto blando donde la mandíbula se une al cráneo.

Su hermano mayor se congeló en su puesto. Mientras el cuerpo de Astrum perdía la vida, Cassius perdía la vista. Se levantó rápidamente, elevando sus brazos a la altura de su pecho, tratando de palpar el aire.

—Ivenna, ¿qué hiciste? —preguntó a su hermana menor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. —Todo es negro, devuélveme la vista —suplicaba impaciente; su instinto asesino había cesado y ya no sentía la necesidad de atacar a nadie, solo quería ver de nuevo.

Ivenna dio un paso adelante justo cuando Cassius colapsaba. Cayó como un muñeco de trapo en sus brazos, sus ojos se pusieron en blanco y un hilo de saliva goteó de su boca entreabierta.


Un silencio repentino atravesó las paredes antes de la sentencia.

Astrum yacía de espaldas al suelo, con los ojos vidriosos y abiertos, fijos en esas hermosas creaciones que algún día juró proteger, pero que pronto dejaría de ver. Estiró una de sus manos ensangrentadas; un humo negro se extendió por el suelo hasta llegar a ellos. Sintió un helaje que le carcomía de la piel hasta los huesos.

“Mientras el ser monstruoso que he creado siga con vida, la persona que más has de amar no podrá resurgir jamás; estarás condenada por toda la eternidad si permites que él continúe con vida.”

Los ojos de su padre se cerraron, cayendo en un sueño mortal, con el pecho abierto, el corazón a punto de escapar de su lugar y los charcos de sangre formándose a su alrededor…

Se dejó caer con su hermano en el frío piso, sollozando sobre el cuerpo inconsciente. El creador había sido deshecho por su creación, aunque no de la forma en que se esperaría de cualquier historia cruel como la de ellos.

Apretó a Cassius con más fuerza, hundiendo el rostro en el cabello de su hermano, acariciando con ternura su mejilla, esperando a que despertara de los efectos del venero. Ahora estaba sola. Condenada y atrapada en el laboratorio que un día llamó hogar y que se había convertido en una tumba.