DARKNESS 1: ANTES DE LAS SOMBRAS

All Rights Reserved ©

Summary

Hay personas que llegan a tu vida para salvarte. Otras, para arrastrarte a la oscuridad. Anastasia Valmont aprendió desde muy joven a hacer lo correcto: amar con lealtad, callar lo que siente y no cruzar líneas que no le pertenecen. Pero algunas tentaciones no se presentan como errores, sino como silencios que arden demasiado para ser ignorados. Bruno aparece cuando menos debería. La mira demasiado. La busca sin tocarla. Y despierta en Anastasia un deseo que amenaza con derrumbar todo lo que ha construido. Mientras ella intenta resistirse, las mentiras crecen a su alrededor. Las miradas esconden verdades. Las lágrimas ajenas no siempre son inocentes. Y hay traiciones que se disfrazan de amor. Nada es lo que parece. Nadie dice toda la verdad. Darkness: Antes de las sombras es una historia sobre amar sin permiso, perder sin entender y descubrir que, a veces, la oscuridad no llega para destruirte… sino para revelarte quién eres realmente.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: El Eco de lo Ausente

El silencio en nuestra casa nunca ha sido un vacío; es más bien una presencia sólida, una estructura de calma que hemos construido con los años como quien levanta un muro invisible contra el caos del mundo exterior. Me desperté mucho antes de que la luz del sol tuviera oportunidad de reclamar su espacio a través de las cortinas de lino. Me quedé inmóvil bajo las sábanas de hilo, escuchando el ritmo pausado de mi propia respiración, observando cómo la penumbra se retiraba lentamente de las esquinas de mi habitación. Siempre he disfrutado de estos minutos de soledad absoluta, donde el tiempo parece detenerse y yo puedo ser simplemente yo, sin las expectativas de ser una Valmont.

Mi vida siempre ha sido una serie de líneas rectas y superficies pulidas. No somos una familia que necesite gritar su posición; vivimos con una comodidad elegante que se manifiesta en los pequeños detalles: el tacto de la madera de caoba, el aroma a flores frescas en el vestíbulo y esa paz imperturbable que reina en cada habitación. Para el resto del mundo, ser una Valmont Blackwell es sinónimo de una vida resuelta, y aunque sé que nuestro apellido tiene un prestigio que mi madre menciona de vez en cuando, para mí es simplemente mi nombre. No termino de comprender qué tan profundo llega el alcance de nuestra historia; para mí, es solo el trasfondo de una vida tranquila.

Me levanté y caminé hacia el espejo de cuerpo completo. Me detuve frente a mi reflejo como parte de un ritual de reconocimiento. Anastasia. La chica que me devolvía la mirada tenía el cabello negro azabache, tan lacio y pesado que caía por mi espalda como una cascada de sombra. Mi piel, de un blanco porcelana, contrastaba con la intensidad de mis rasgos finos y perfectos. Mis ojos eran el legado más directo de mi madre, Isabella: un azul tan profundo y oscuro que, dependiendo de la luz, se perdían en la noche de mis pupilas. Sabía que era hermosa; era una certeza que portaba con naturalidad, una belleza que servía de escudo ante cualquier intrusión emocional.

Bajé las escaleras sintiendo el frío reconfortante del suelo bajo mis pies. En la cocina, Isabella me esperaba con esa postura impecable que parecía haber nacido con ella.

—Tu padre llamó hace un rato —comentó ella, deslizando una taza de porcelana hacia mí—. Richard quería confirmar que estarás lista para la cena del viernes. Claire ha estado organizando algo especial, un detalle que tiene que ver con tus estudios de arte.

—Papá siempre tan atento —respondí, sintiendo el calor de la taza entre mis manos—. Me alegra que Claire se haya tomado esa molestia.

Isabella me miró fijamente por un segundo, con esa mezcla de orgullo y melancolía que solía aparecer cuando hablábamos de la familia.

—A veces te miro y veo tanto de los Valmont en ti, Ana —dijo ella en voz baja—. Tu abuelo, Étienne, solía decir que nuestro linaje no se lleva en las joyas, sino en la mirada.

Isabella me había contado la historia de Étienne Valmont Dupré en fragmentos, como quien entrega piezas de un mapa antiguo. Él era un hombre de una voluntad de hierro, un patriarca que veía la vida como un tablero de ajedrez. Mi madre, sin embargo, fue la pieza que se negó a moverse según sus reglas. Étienne quería para ella un destino entrelazado con las grandes corporaciones europeas, una alianza de sangre y negocios. Pero Isabella conoció a mi padre, Richard Blackwell Stone, y decidió que el amor era una moneda más valiosa que cualquier herencia. Al elegirlo a él, Isabella no solo eligió a un hombre; eligió renunciar a un trono de cristal para que yo pudiera crecer en una casa que oliera a hogar y no a protocolo.

Terminé mi café y dejé la taza en la encimera. El sol ya bañaba el jardín trasero y sentí la necesidad de salir.

—Mamá, voy a ir caminando a casa de Mia —le dije, acercándome para darle un beso en la mejilla.

Isabella me sonrió con esa ternura que reservaba solo para mí, acomodándome un mechón de cabello tras la oreja.

—Está bien Ana. Ve con cuidado, por favor. Ya sabes que me gusta tenerte aquí para la cena, así que no regreses muy tarde, ¿sí?

—No lo haré, lo prometo. Volveré antes de que oscurezca —le aseguré, sintiendo esa calidez que solo da la confianza absoluta.

—Diviértete con Mia. Dale mis saludos a su madre si la ves —añadió ella mientras yo cruzaba el umbral.

Caminar por las calles del vecindario era un ejercicio de meditación. Mis pasos eran rítmicos, elegantes, casi sin esfuerzo. Notaba las miradas curiosas de los vecinos, la forma en que el mundo parecía detenerse un segundo más de lo necesario cuando cruzaba por su campo de visión. Sabía que era hermosa, y esa conciencia me otorgaba una seguridad que muchos confundían con frialdad. Pero mientras avanzaba, mi mente regresaba a Étienne. ¿Cómo sería llevar ese linaje como una corona pesada en lugar de como un simple apellido? Agradecí internamente la valentía de mi madre.

La caminata me había dejado los pensamientos a flor de piel. Al cruzar el umbral de la casa de los Holloway, el cambio de atmósfera fue instantáneo. Mientras que mi hogar era un santuario de orden y techos altos, la casa de Mia era un organismo vivo, vibrante y un poco caótico. Subí las escaleras de dos en dos, guiada por el sonido de una canción de ritmo lento que se filtraba por debajo de su puerta.

—¿Se puede? —pregunté, asomando la cabeza.

Mia estaba sentada en medio de su cama, rodeada de al menos cuatro blusas diferentes. Al verme, sus ojos verde mieloso se encendieron con una chispa de alivio. Su piel bronceada lucía radiante bajo la luz cálida de las lámparas de su cuarto, y su cabello castaño, perfectamente lacio, caía sobre sus hombros con una naturalidad que yo siempre le envidiaba.

—¡Ana! Gracias al cielo. Estaba a punto de entrar en crisis —exclamó, extendiendo los brazos hacia mí para un abrazo que olía a su perfume de vainilla de siempre—. ¿Viniste caminando? Te ves… no sé, como si el aire te hubiera sentado bien. Tienes un brillo extraño hoy.

—Solo necesitaba despejarme —respondí, apartando un par de perchas para sentarme a su lado—. Mamá se puso nostálgica con las historias de mi abuelo Étienne. Ya sabes, el linaje, la mirada Valmont y todas esas cosas que para ella significan tanto.

Mia hizo una mueca de simpatía mientras descartaba una blusa de seda azul.

—Tu mamá es increíble, pero entiendo que a veces ese peso sea demasiado. Por eso me alegra que estés aquí.

Se hizo un silencio inusual. Mia dejó de juguetear con la ropa y se quedó mirando un punto fijo en la pared. El ambiente en la habitación cambió de golpe. La ligereza se evaporó, dejando paso a ese fantasma que siempre nos acechaba cuando bajábamos la guardia.

—Ana… ¿has vuelto a pensar en Dante? —preguntó Mia, casi en un susurro.

El nombre de Dante Moreau Leclerc era una presencia constante en mi pasado, pero para Mia era diferente. Ella solo lo había conocido durante un año, justo antes de que él decidiera marcharse. Para ella, él era esa figura imponente y distante que siempre estaba a mi lado. Para mí, él era mi mejor amigo, pero incluso yo tenía que admitir que Dante era un hombre de hielo. Tenía una frialdad que alejaba a la mayoría, una mirada gris que parecía evaluar el mundo con un desapego casi cruel. Era ocho años mayor que nosotras, y esa brecha se sentía como un abismo de experiencias que él no estaba dispuesto a compartir.

—Han pasado tres años, Mia —dije, tratando de que mi voz no flaqueara—. Dante decidió seguir su propio camino. Sabes cómo era él… nunca fue de los que miran hacia atrás. Su frialdad no era una pose, era su esencia.

—Aun así, era alguien difícil de ignorar —murmuró Mia, sacudiendo la cabeza como para espantar el recuerdo—. Pero tienes razón. No podemos vivir de ecos. Y precisamente por eso, quiero contarte algo. No te lo había dicho porque quería estar segura, porque quería que fuera… real.

Mia se acercó más a mí, tomándome de las manos. Sus palmas estaban un poco sudorosas, lo cual me sorprendió; Mia rara vez se ponía nerviosa por algo.

—Estoy saliendo con alguien, Ana. No es como los chicos que conocemos. Él es… diferente. Es atento, me escucha, y me hace sentir que no tengo que ser la “chica perfecta” todo el tiempo. Estoy muy ilusionada.

—¿En serio? —Sentí una punzada de alegría genuina por ella—. Mia, eso es fantástico. ¿Por qué me lo ocultaste?

—No te lo oculté, solo estaba protegiendo el momento —sonreí, y sus ojos verde miel brillaron con una intensidad nueva—. Pero hoy va a venir. Quiero que lo conozcas. Quiero que mi mejor amiga me diga qué piensa.

Mia no me dijo su nombre, ni de dónde venía. Se guardó los detalles como si fueran un tesoro privado, alimentando mi curiosidad mientras volvía a su dilema con la ropa. Pasamos los siguientes veinte minutos debatiendo sobre qué zapatos combinaban mejor, pero yo podía sentir su impaciencia. Cada vez que escuchaba un coche pasar por la calle, Mia tensaba los hombros.

Finalmente, el rugido grave y rítmico de un motor interrumpió nuestra charla. No era el sonido estridente de una deportiva, sino algo más sólido, más clásico. Mia se puso de pie de un salto, sus mejillas tiñéndose de un rosa intenso bajo el bronceado.

—¡Ya llegó! —exclamó, corriendo hacia la ventana—. Ana, por favor, sé amable.

Bajamos las escaleras. Yo caminaba con mi elegancia habitual, manteniendo la barbilla en alto, preparada para evaluar a quien fuera que hubiera capturado el corazón de mi amiga. Al llegar a la sala, la puerta se abrió y la luz del atardecer entró de golpe.

—Ana, quiero presentarte a mi novio —dijo Mia, acercándose a él y rodeando su brazo con una naturalidad que me dejó sin aliento—. Él es Bruno.

Me quedé estática en el último escalón. El chico que tenía enfrente no encajaba en ninguna de las categorías mentales que yo había construido. Bruno tenía la piel muy blanca, un contraste absoluto con la calidez de Mia. Sus ojos eran negros, de una profundidad que parecía absorber la luz de la habitación, e irradiaban una inteligencia silenciosa. No era muy alto; medía aproximadamente lo mismo que yo, 1.65m, pero su postura era firme, su complexión delgada pero bien formada. Su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, dándole un aire despreocupado pero pulcro.

—Mucho gusto, Anastasia —dijo él, dando un paso hacia adelante.

Su voz no era lo que esperaba. Era aterciopelada, cargada de una educación y una suavidad que me desarmaron al instante. No había rastro de la arrogancia que solía encontrar en los hombres que se acercaban a nosotras. No era frío como Dante; Bruno emanaba una calidez que se sentía genuina, una amabilidad que no parecía una máscara.

—El gusto es mío, Bruno —logré articular, extendiendo mi mano.

Cuando sus dedos rozaron los míos para un saludo cortés, sentí una vibración extraña, un pequeño choque eléctrico que me recorrió la columna. No fue un simple apreón de manos; fue como si, en ese breve contacto, Bruno hubiera reconocido algo en mí que yo misma me esforzaba por ocultar.

Nos sentamos en la sala y la tarde transcurrió entre risas y anécdotas. Bruno era, en una palabra, encantador. Trataba a Mia con una dulzura que rayaba en lo protector, pero sin ser posesivo. Escuchaba cada palabra que ella decía como si fuera la declaración más importante del mundo. No era tóxico, no era distante; era el tipo de hombre que te hacía sentir cómoda con solo estar presente.

Sin embargo, a medida que el sol bajaba y las sombras se alargaban, empecé a notar que la atención de Bruno no era unidireccional. Cada vez que Mia se levantaba por un vaso de agua o se distraía con su teléfono, sus ojos negros buscaban los míos. No era una mirada desafiante, sino una de profunda curiosidad. Sentía la tensión creciendo, un hilo invisible que nos unía mientras Mia hablaba de sus planes para el verano. Bruno asentía, pero su mirada permanecía en mí un segundo más de lo necesario, captando mis gestos, la forma en que movía las manos, el tono de mi voz.

—Se está haciendo tarde —dije finalmente, rompiendo el hechizo de la conversación. Recordé la promesa que le hice a Isabella; no quería que se preocupara—. Le prometí a mamá que no regresaría tarde para cenar.

Bruno se levantó de inmediato, mostrando esa cortesía impecable.

—Te acompaño a la puerta, Anastasia.

Caminamos hacia la salida mientras Mia nos observaba con una sonrisa radiante, feliz de ver que nos llevábamos bien. Al llegar al umbral, Bruno se detuvo y me miró directamente. Sus ojos negros brillaron bajo la luz naranja del crepúsculo.

—Fue un verdadero placer conocerte —dijo en voz baja—. Mia tiene razón, eres alguien difícil de olvidar. Espero que nos veamos pronto.

Salí de allí con el pulso acelerado. Mientras caminaba de regreso a casa, el aire fresco ya no era suficiente para calmar la agitación en mi pecho. Había ido a conocer al novio de mi mejor amiga, pero mientras mis pies marcaban el camino de vuelta, solo podía pensar en una cosa: esto era el comienzo de algo que no sabía si podía controlar.