El velo negro
Una tarde de septiembre el espesor de la niebla bajando por el páramo reflejaba la humedad de una mañana tranquila. Hacía mucho tiempo que Martin había estado fuera del pueblo. Era algo extraño volver tras la petición de la señora Leticia, pero sin mucha premura se acercó al viejo hogar de su familia dónde ahora solo habitaba una persona, su amigo Maurice. Vio el pórtico impresionante e imponente como siempre, una fachada que era una mezcla entre la arquitectura francesa y la española, la cual había sobrevivido a paso de siglo con numerosas reparaciones y arreglos varios para mantener su carácter de valor antiquísimo. Había estado en la familia de Maurice desde hacía generaciones y ahora siendo este su habitante último la sensación que dejaba era poco más que la de soledad y abandono, el jardín del frente estaba tan descuidado que la maleza selvática se había tragado cualquier vistazo a lo que antes era un portal frontal al pórtico de su casa. Hiedras parasitarias se habían trepado sobre la madera de las paredes y la pintura de las mismas estaba deshaciéndose a capas dejando ver el yeso de la parte hecha de concreto. Martin ya había sido advertido del estado mental en el que se encontraba su amigo, pero no tenía idea de que se reflejara en el estado de su propiedad. No desistió de intentar entrar, tocó la puerta bajo el primer portal del pórtico y cuando no escuchó nada, decidió abrirla sin más. No tenía manija el protector de malla de la puerta y la misma estaba sin seguro dejándose abrir solo con girar el pomo, atravesó la malla abierta y desgastada para cruzar la puerta sin ningún problema. Estaba viendo lo desgastado y asqueroso del interior, casi seguro de que lo que encontraría en lugar de ser su amigo sería su cadáver. Avanzó por el norte de la casa pasando la sala entre todas las ventanas tapadas y en oscuridad casi absoluta, de la que solo podía ver un poco gracias a unos sutiles rayos de luz que se filtraban por las maderas tapiadas; carcomidas por tiempo y erosión. Llegó a la cocina la cual estaba asquerosa, pero notó que había comida todavía en la mesa y ollas más o menos limpias, dando a entender que el lugar no estaba deshabitado. Gritó
–¡Hola! –Esperaba una respuesta, quizás la voz de alguien. Se quedó congelado escuchando el sonido metálico a su espalda. Era el tambor de un .357 cargándose y a punto de hacer arte con su cerebro. Volteó lentamente para verlo. Solo alcanzó a decir una palabra al ver a aquel espectro que lo amenazaba.
–¿Maurice? –Entonces la figura murmulló desconcertado en total desasosiego para sí mismo y para Martin
–Te invoqué. Estabas en mi mente justo cuando llegaste, te vi, no podía creer que eras tú, no lo quería creer. Y aquí estás, lo eres. –Bajando el arma caminó lentamente hasta el fondo de la mesa dónde había una silla–Siéntate. Por favor, hace tiempo no recibo a nadie.
–Me doy cuenta de eso. ¿Qué te pasó? Intenté llamarte, o escribirte…
–No tengo teléfono. Ni computadora. –Su figura era abismalmente distinta a lo que Martin conocía, no había ni un rasgo del carácter gentil y pomposo que le caracterizaba cuando eran jóvenes estudiantes. Estaba desgastado, parecía consumido y con bolsas negras bajo sus ojos. Se notaba la bajada de peso y la dieta se la imaginaba viendo las cajas de comida instantánea que estaban regadas en toda la cocina. Realmente parecía que estaba enganchado a alguna droga, o a algo lo suficientemente destructivo como para acabar así. Martin intentó alegrarlo un poco sonriendo.
–¿Sabes? Hacía tiempo quería volver a verte.
–Pero no habías vuelto. Dime ¿Por qué ahora?
–Tu madre me escribió, me dijo que estaba preocupada por ti. Me dijo que no te comunicas y que no sabe de ti desde hace más de un año.
–Pero venir ella en persona, imposible. Parece que no quiere volver al país.
–Europa es más tranquila. No la culpo. Me ha dicho que quiere que vayas con ella.
Maurice parecía algo distanciado. Miró a la oscuridad que daba a la pared al final del pasillo del costado derecho de la cocina. Con su mirada ida pareciese como si desde el fondo no le importara.
–No hay nada a lo que ir. Es muy tarde para ir a ningún lado. –Antes que pudiera decirle algo para animarlo algo extrañó sonó de la oscuridad. Fue la primera vez que Martin lo escuchó. Ese sonido. Del pasillo que había visto antes. Toques, un golpeteo suave que terminaba con uno más fuerte y contundente. Tack, tack, tack… Cayeron en el silencio absoluto unos segundos antes de qué Martin al fin preguntara.
–¿Qué fue eso?
–No lo sé exactamente. Tampoco importa, solo a veces suena. Antes solo era pocas veces al mes, ahora es todos los días. Se está acercando… –Maurice parece haberse desconectado de nuevo. Pero al momento se levanta de su silla y camina unos pasos hacía la sala, entonces Martin le vuelve a hablar.
–No entiendo qué dices, pero no suena a que sea algo coherente.
–Te das cuenta. No tiene nada de coherencia, ese el punto de la locura. Aunque tú también lo has oído. Quizá también compartas delirios conmigo.
Martin algo frustrado se acercó a él lentamente, mientras su amigo terminaba de guardar el arma en su bolsillo, ensimismado y actuando como si Martin no estuviera ahí se levanta y camina un poco hacía la nada. Martin se acerca luego de tocar su hombro y ser respondido con una mirada perdida, le pregunta.
–Solo dime ¿Qué te pasó?, no solo te ves extraño, también estás diciendo cosas extrañas. –Se miraban fijamente a los ojos mientras parecía entrar en razón de nuevo. Vuelve a buscar la silla y sentarse, entonces le hace un ademán señalando la otra silla en la cocina. Martin la toma y la acomoda frente a su amigo y se sienta para escucharlo.
–Es una historia algo larga y no espero que me creas, es una locura, porque como podrás imaginar por mi aspecto creo que me he vuelto irremediablemente loco.
–No hay problema, no importa lo extraño que sea, lo que me tengas que contar estoy aquí para escucharlo, he venido exclusivamente para saber de ti. Así que tomate todo tu tiempo.
–Okay, no sé por dónde empezar exactamente, pero déjame plantearte que comenzó hace muchísimos años. ¿Recuerdas los últimos años de universidad?
–Por supuesto. Fue hace muchos años, no recuerdo exactamente todo.
–Pero si recuerdas algo, sabrás que el último año tuve que vivir en otra residencia.
–Sí. Lo recuero, te visité mucho allí, aunque estábamos muy ocupados con nuestra tesis.
–Había estado enfocado en el ensayo técnico que estaba desarrollando. Durante un tiempo no me daba tiempo ni de salir de allí, recuerdo que estaba solo metido entre la biblioteca y la habitación. La casera era una señora muy obstinada, no permitía ruidos o desastres, me hacía limpiar el baño conjunto con ácido muriático después de usarlo y no dejarme ningún objeto de la casa que no hubiese pagado. Era algo estresante. En aquel entonces prefería quedarme vagando en las calles hasta la tarde antes que volver a lo que era un “Sepulcro silencioso” … irónico.
Habían muchos locales y bares nocturnos, algunos más caros que otros. Nunca me ha gustado el ambiente snob o la gente mamona lo sabes.
–A ninguno de nuestros amigos. Supongo que te la pasabas en las partes más normales.
–Por no decir las más baratas y pobres que encontraba, también quería ahorrar dinero. Pero así y todo habían muchos sitios agradables, no era mucho de beber alcohol, así que intentaba buscar un ambiente menos de garito. Literalmente me la pasaba en una plazoleta que tenía varios locales de bebida y comida. Conocí mucha gente ahí en pocos meses. Uno de los locales más bonitos era una biblioteca pequeña, como dije estaba usando varias visitas a las bibliotecas cercanas para sacar las referencias a mi ensayo. Era esa tontería acerca de la catálisis de las proteínas. Entonces me venía de maravilla tener ese local ahí cerca. Era un sitio bonito, en un sentido anómalo. Ya sabes, me gustan las cosas extrañas, y ese lugar era todo lo extraño que podía ser una biblioteca anticuada. De ahí saqué más que lecturas de estudio, saqué muchos libros por ocio, de todo. Recuerdas mi gusto por…
–El ocultismo imagino. Lo recuerdo, cuando éramos niños me intentaste convencer de participar en tus tonterías de ritualismo.
–Sí, olvidaba eso. Dios, ha pasado tanto de esos juegos. No estás mal encaminado, mi hobby me parecía la cosa más normal, aunque al igual que tú, muchos me decían que iba a terminar como un maldito bicho raro. Quién sabe quizá desquiciado.
La cosa es que recuerdo volver una tarde de ese lugar con varios de esos libros. Nada raro, para mí solo eran libros. Pero cuando llegaba de nuevo a la casa la vi a ella en la entrada, estaba junto a unas bolsas de viaje, sentada encima con y con un paraguas cerrado a su costado, lo recuerdo perfectamente. Estaba helado y el tiempo se veía malo. No quería tener que pasarle encima pues estaba en toda la entrada, pero debía llegar adentro. Así que solo me aproximé a la entrada intentando no molestarla cuando levantó su rostro para verme de frente. Martin, esa sensación fue indescriptible. La sensación más aterradora que he experimentado, su rostro era hermoso, posiblemente el rostro más hermoso que había visto. Aun si no tuviese ese maquillaje me habría parecido lo mismo. Mil veces más lindo quizá. Recuerdo haberme paralizado mientras ella se levantó y me dejó verla mejor. Mediría solo un metro sesenta, su piel era de bronce, y sus ojos carbón. No, más negros que el carbón, me incineraban vivo mientras me miraban. Fulminado por el brillo de luz que rebotaba en sus iris, mientras el reflejo de mí mismo parecía ser tragado por la penetrante negrura de sus pupilas; hermoso. Inclusive las bolsas negras bajo sus parpados parecían ayudarla a de alguna forma ser más atractiva. No soy de detallar estas cosas, lo sabes, pero esto es algo único ya que sobre esos ojos había algo. Una sensación solo entendida para los que fuesen sensibles a ella. No lo entenderías porque, aunque sé bien que no había nada más ahí, era de alguna forma una sensación visible, que solo podría ser descrita por los entendidos como un velo tenebre y oscuro que se situaba encima de sus ojos. Esa sensación de algo inucitable e aterrador en tus emociones. Me enamoró. ¿Qué es más aterrador que esto? Ella solo me miró unos segundos, viéndome paralizado y quizá nervioso. Quizá pensó que me había incomodado, así que levantó las manos como mostrándome que no traía nada y me dijo.
–Disculpa. Lo siento mucho, no quería incomodarte, pero quiero preguntarte algo ¿vives aquí?
Dije –¡Sí! –Casi con un grito aplomo. Mi pecho estaba mal, algo en él me latigueaba constantemente y sin parar por un segundo que pasara mientras sus ojos estuviesen en mí. Ella parece que se desconcertó un segundo, pero sonrió, de manera perfecta a todas luces. Parecía que no le molestaba que fuese un completo idiota; de inmediato me gritó de vuelta.
–¡Ah sí! ¡Qué bien! Ja, ja, ja. –Al menos no la espanté, pero intentaba no entrar en pánico y no quería problemas, así que fui a disculparme sin saber que iba a tener una conversación algo particular.
–No quise gritar.
–¡Necesito saber si tienes la llave de la entrada!
–Ya, para. No era mi intención gritar, me asustaste. Y ¿Por qué necesitas entrar?
–¡Ah! Disculpa, me dio risa lo que hiciste y poes… es la casa de mi tía, he estado intentando tocar, pero nadie responde. Quiero entrar y parece que va a llover. ¿Me ayudas?
No soy un idiota Martin, pero esto se me hacía extraño, era una chica linda, pero desconocida. No podía arriesgarme, tampoco quería fingir que no tenía interés en ella, pero conozco casos. No quiero acabar en una página de narco ejecuciones por dejar entrar a una chica bonita. Así que solo le sonreí y pasé a su lado.
–Soy Lila, la sobrina de Ester. Ella es la dueña ¿Verdad?
Así era, Ester era la dueña, pero no quería problemas. De estar en algún grupo criminal quizá ya habían mapeado la zona y averiguado quien era. Quizá hicieron lo mismo conmigo. Así que darle mucha atención era una idea de mierda. Llevaba los libros que había comprado esa tarde en la mano. Entonces noté que se le quedó viendo a uno. Me dijo que me detuviera un momento.
–Oye. ¡Espera! –Lo hice. –Solo espera un minuto. Si quieres que espere aquí afuera hasta que ella llegue lo haré sin problema. No quería arriesgarme a quedar bajo una lluvia en este frío, ¿Pero al menos puedes acompañarme? –Estaba realmente confundido. Realmente no entendía lo que ella quería.
–¿Por qué debería? Disculpa, no te conozco.
–Es qué… «¿Cómo definiría lo que me has dolido?, ¿cómo definiría el color amarillo?, su sensación, imposible de olvidar, ni racionalizar, sería como perpetuar en sí mismo tu ausencia. Para mí, el pecado de no estar contigo…»
–¿Qué dijiste?
–El libro. Ese que tienes. El poemario de «Los versos del Arad». Me gusta, lo he leído.
–Ah sí. Todavía no lo he leído, lo recién compré hoy.
Entonces con una frase, comenzó algo nuevo en mi mundo. –¿Te muestro mis favoritos?
Fue una tarde hermosa, realmente creo que nunca había compartido una así con nadie antes. Teníamos mucho parecido, pero no hablábamos de eso. Solo de lo que nos interesaba. Pasamos la tarde leyendo, en la entrada, esperando a que la lluvia llegara y nos arrastrara. No pasó. No podía quitarme de la cabeza la idea de que ella parecía reírse para sí misma de mi persona. Le parecía gracioso, o extraño, ya sabes. Ella me aterraba mientras más me interesaba. Y aun así seguí. El libro que me citaba no tenía autor, aunque se dice que era un intento de un tal Marcel Fraccia intentando alcanzar el anonimato y publicar su trabajo al mismo tiempo. No tendría sentido publicarlo si no quisieras ser público, la misma palabra lo deja claro. Se me hacía extraño, pero daba igual, lo que trasmitían sus poemas de magia y sufrimiento eran algo único, quizá no por las mismas, sino por la conexión que tenía en aquel instante con la persona que me las leía. Aun a sabiendas que era una desconocida. Aun a sabiendas que quizá solo le entretenía de una manera burlona. Daba igual, lo que sentí fue algo único. Me sentí gentilmente apretado por su presencia hasta que su tía llegó. Realmente no parecía muy feliz de verla, ya que parecía más extrañada por verla conmigo que de encontrarse con ella, fue junto a ella luego de hablar un poco y abrieron la puerta. Supe que se quedaba en una habitación junto a la sala de esa casa, misma que quedaba justo debajo de la alcoba en la que me quedaba.
–No me suena esto, incluso al final de la carrera no recuerdo haber oído nada de esta chica. Ni siquiera recuerdo haberte visto con novia.
–Es que no lo fuimos. Aunque parezca extraño, no concretamos una relación tan seria durante mi estadía.
–Ah, ¿Qué mal? No entiendo qué tiene ver con todo esto…
–Escucha. Dame tiempo.
tiempo.
El tiempo pasó mientras estudiaba, ella y yo hablábamos poco. No había mucho que hacer entre nosotros, pero siempre nos sonreíamos cuando nos veíamos de casual entre las horas que ella llegaba y las que yo estaba. No la veía salir mucho de la casa, o hablar con amigas. Ni siquiera podía verla a través de su ventana pues estaba apertrechada desde dentro. No me preocupaba, a veces nos citábamos para hablar en la plazoleta cuando nuestros horarios compaginaban. Casi nunca lo hacíamos nada, la pasábamos muy bien así. Una tarde decidimos caminar por esa plazoleta aprovechando el poco tiempo que teníamos juntos. Lo sé, no suena al plan más divertido ni para amigos, ni para intereses amorosos. Pero Lila y yo compartíamos un extraño gusto por esos libros raros, sin importar su calidad, el gusto estaba en conocer historias atípicas. Libros clásicos como los de Byron, Blake, o de Percy Shelley. Ya casi se los sabía todos de memoria. Así que mientras más desconocido mejor. Estábamos hablando normalmente mientras buscábamos un libro de procedencia irregular, que eran más comunes de lo que imaginarias (Paradójicamente), más en un expositor tan anticuado. Entonces ella mirando los repositorios encontró uno muy raro.
–¡c’est la vie!
–¿Qué pasa?
–Encontré uno extraño. Mira esto.
–¿Cómo se llama?
–No tiene nombre en la portada, pero abriéndolo dice «La profecía de los días». Esta frase, aparece en aquel poemario anónimo.
–¿Ah sí?
–Sí, así es. «Cuando el loco vague por los jardines de la vid, la profecía de los días le quitará los velos y máscaras en su rostro, dejará descubierta la esencia de su cara y revelará las verdades secretas de su alma…». ¿No te suena?
–Ahora sí. Vaya que tienes buena memoria ¿Crees que sea del mismo autor?
–Estoy viendo de reojo su letra, puede que sí lo sea, y tampoco está firmado. Puede que sea un autor local, digo con este sería el tercer libro igual que encuentro en el pueblo.
–¿También hay otro?
–Sí, lo leí hace tiempo, creo que es el mismo. No importa ahora, no lo tengo conmigo. Pero este, suena a que será algo interesante.
Se le veía genuinamente emocionada. Pagué por el libro y fuimos a la plaza a comer algo y leerlo juntos. No sabes la dicha que me daba mirarla. Aunque su semblante rápidamente se cambiaba conforme cambiaba las páginas.
–¿Qué pasa? –Le dije. Mientras me respondía.
–No pasa nada. Es solo que no entiendo que es lo que está marcado en las hojas. Mira. Parecen una orden de recetas, o instrucciones. Definitivamente está muy alejado a lo que hemos leído antes.
–¿De qué tipo de instrucciones?
–De cómo encontrar cosas, o… ¿rituales? Parece una especie de grimorio amateur hecho en prosa, quien sabe. Será algún tipo de formato artístico, porque dice cosas extrañas, pero es poesía… creo.
–¿Tiene un ritual para algo bueno?
–Déjame repasar esto. Tiene palabras graciosas, mira este título «Usucapión del alma», je, je. «Usucapión»… Oye, esto está bueno.
–¿Qué dice? Muéstrame.
–Dice que se basa en los principios de sucesión y posesión de la propiedad y permanencia de un alma. Una unión con la esencia de otro que va más allá de la vida y la muerte. Imagina esto, dos almas unidas más allá del conocimiento de la vida y la muerte.
Miraba su rostro mientras leía el libro y parecía metidísima en el mismo. Yo solo la veía. Intentando pasar el rato se nos hizo algo tarde ese día. Ella me fue contando todo el trayecto lo que estaba leyendo del libro. Me dijo que se sentía cómoda conmigo y me dio las gracias por eso. Estuvimos hablando de cuando vernos la próxima. Luego coordinábamos qué haríamos. Ella no tenía celular en aquel entonces, no podíamos hablar fuera de lo presencial. Así que mientras más coordináramos las cosas, mejor. Me sentía entre ignorado y entusiasmado por seguir hablando de ella, y luego de encontrar ese libro no parecía escucharme demasiado. Realmente era algo doloroso de pensar, ya sabes, lo que sientes no es igual a lo que ella siente. Aunque me había de alguna manera forzado a ser su compañía, no parecía querer algo más que la misma. Yo solo estaba ahí, girando en ella, orbitando su presencia, más distante a la misma. Siendo insignificante como un satélite dando vueltas infinitas a su planeta centro. Odiaría ser una luna. Me enojé pensando que para ella yo solo era otra mosca atraída por ella. No lo podía saber, pero de alguna forma lo sentía así.
Llegamos una tarde a la casa, su tía parecía enojada, ella solo me dio las buenas tardes y me separé sin que su tía me dijera alguna cosa. Subí a mi alcoba, escuché los gritos abajo, al inicio pensé que intentaban disimular la discusión, pero pronto se escucharon las alzadas de voz. El grito de su tía no se distinguía allá arriba. Era obvio que estaba enojada con ella. No quería saber todo lo que pasaba abajo, solo quería que ella estuviera bien. Me quedé ahí arriba, intenté relajarme. Pasaron las horas, no podía dormir. Estaba pensando en mi proyecto y por supuesto, en ella. Sabía que era una mala idea distraerme con ella, pero el poco tiempo que podía dedicar a otra cosa quería estar con ella. Medía mis horas en consecuencia a su presencia. Y no quería eso, no quería pasar mis días siendo un idiota que giraba en su presencia. Me sentí estúpido meditando lo absorto que estaba con ella, esperaba que no me hablara de nuevo, quería dejar de hablarle y de verla en esos momentos. Pensando que todo lo que me ilusionaba no era reciproco de ella. Estaba seguro que ella en cierta forma sentía lastima de «Él», el pobre Maurice, de mí. Después de esa noche, siempre que intentaba ignorarla, ella llamaba mi atención de nuevo y yo como idiota atendía. Intenté hablar con ella, le dije que sentía que solo me buscaba cuando necesitaba atención. No me dijo nada en ese momento, días después me reveló que su tía no quería que hablara con nadie, que no le gustaba vernos hablar y que no quería causarme molestias por esto; ya que me estaba quedando en la casa. No sabía si creerle ahora, pero quise tener esperanza. ¿Esperanza en qué? No sé, lo recuerdo y me siento idiota. Solo sé que intenté darle más atención en nuestras caminatas irregulares. Me contó que había estado leyendo aquel libro, que le gustaría que hiciese algo por ella. Era algo simple, me pidió que cuando golpeara la pared, su techo y mi piso, yo le respondiera los mismos golpes al instante. Simple, no por eso menos extraño. Realmente esperaba que no fuese nada. Cuando llegamos después de eso realmente no parecía que importaba, su tía no me hablaba, realmente no parecía que quisiera saber nada de mí o que yo supiera nada de ella; solo le importaba cobrarme. Se aproximaba el final de mi año escolar, me iba a graduar. Me iba a largar, estaba tan ocupado que casi no quería hablar con ella, no porque no quisiera, sino porque veía la ausencia de sentido en tener algo con ella en ese punto. Mi amistad y amor estaban en la distancia ahora aun con nuestra cercanía física, era un acto de mera voluntad para buscar un futuro. Ella se veía triste en mi distanciamiento, no entendía por qué; siempre me había mantenido a raya en mis avances y mis intentos de estrechar nuestro lazo. Era bellísima y realmente me gustaba, pero sentía que los meses que pasamos juntos no habían valido la pena. Me sentía horrible por lo mismo, por ser dentro de todo, tan mal amigo. Pero me dolía serlo con ella. Casi cortamos el contacto en las siguientes semanas.
Una noche típica por primera vez escuché sus golpes, venían de su techo que era mi suelo, escuché los golpes. Tres, uno detrás de otro. Tack, tack, tack…
Maurice golpeó la mesa de la cocina mientras hablaba, haciendo gala de esta onomatopeya, un Martin metido en el relato sintió repelús al darse cuenta que eran los mismos golpeteos que había escuchado en esa oscuridad. Entonces volteó una última vez a mirar a la misma. Sonaba ahogado a lo que Maurice estaba contando. Y este siguió diciendo.
–¡Escúchame Martin! –Maurice gritó haciéndolo voltear de nuevo, mientras ecos de golpes resonaron de nuevo en aquel vacío. Ahora algo sacudido. –Yo volví a escucharlo en mi suelo, y volví a responderle sabiendo que era ella, sabía que quería volver a hablarme. Pero yo no sabía cómo. ¿Debería salir para esperarla afuera?, ¿En el frío?, ¿En la noche? No. No quería darle la oportunidad de sentir algo más, de sufrir más por un tema que sabía no llevaría a algo bueno. Me refrenaba a mí mismo con esto. Pero mentiría si dijera que no me sentía feliz de tenerla cerca. Pasaron días dónde en las noches más solitarias ella golpeaba mi suelo, entonces respondía y a veces salía para encontrarme con ella. Ya no me quedaba mucho tiempo ahí y Lila lo sabía. Algunas noches la pasaba con el grupo y contigo. Otras, solo la veía a ella.
–La noche que estuvimos en la calle Roque la recuerdo. Pasamos festejando la entrega de proyectos y el final de las clases. No pensaría que llevabas semejante drama detrás de tu cara.
–La idea era que nadie se enterara, no quería que me llovieran sus risas, sus burlas y estupideces. Sabía lo patético que era, lo patético que me sentía.
Con ella no salía casi nunca y cada vez la veía menos activa, cada vez más cansada, cada vez más agobiada. Las manchas negras en sus ojos eran más grandes. Y sus ojos cada vez menos brillosos estaban cubiertos por aquel velo de tenebrosas implicaciones. Le pregunté qué pasaba, me dijo que se sentía irremediablemente sola y cansada. Le dije que pronto me iría y ella no se molestó, solo que ahora parecía incluso más decepcionada. Todavía la quería, pero no sabía qué hacer. Me dijo que quería pasar más tiempo esa noche, así que estuvimos viajando en autobús, pasamos por varios puestos de comida pensando que podíamos comer. Ella me hablaba de lo mucho que le gustaba pasear, lo mucho que disfrutaba todo esto. Me contó que había leído sobre como dos almas separadas podían estar juntas igual, si la disposición de ambas era la misma, el espacio no separaría lo que resuena entre ambas. Palabras suyas.
«Ecos de espacios incomprensible pueden darnos lo que buscamos fuera del vaciado espectro de lo que es físicamente apreciable a luz de nuestra lógica».
–¿Qué es lo que quiere decir? –Le pregunté.
–Que quizá eso que queremos está en un lugar que escapa a lo que es nuestro entendimiento. –Me dijo algo nerviosa. Se acercó por primera vez a mí de una manera tan íntima. Solo pude preguntarle.
–¿Qué es eso que buscamos? –Solo se me acercó suavemente y puso mi mejilla junto a la suya en un abrazo. Lo recuerdo todo, nunca me había sentido tan nervioso como en ese entonces. Realmente parecía que me quería de la forma que deseaba. Colocó su rostro frente al mío y sus labios para besarme, pero bajó mi cabeza y besó mi frente. La levanté y acerqué mi rostro al suyo esperando una respuesta de cariño. La tuve, movió su nariz junto a la mía como el gesto esquimal. Me dio mucha risa. No me aguanté y sosteniéndola la besé con fuerza en sus labios. No pareció si quiera inmutarla, pues me estaba mirando fijamente a mis ojos, colocándose en una mejor forma para devolverme el beso comenzamos a apretar nuestros labios de una manera ridícula. Para el resto en aquella calle debió ser el beso más tonto y cursi que hayan visto, para mí era el único que de verdad ha importado en toda mi vida. Ahí solo junto a ella y ante los ojos de Dios nadie más importaba o se interponía en nuestro espacio, ella comenzó a besarme de una forma casi desesperada y yo igual. Pasaron minutos, creo, no sé. Fue como si todo el tiempo en ese momento fuese eterno y corto a la vez. Quizá mis recuerdos lo alteraron tanto que nunca pasó así realmente, pero recuerdo claramente lo siguiente.
–Sácame de aquí, quiero que lleves a otro lado. –Me dijo, lo hice. Sabía lo que quería, yo también lo quería. Su respiración junto a la mía me quemaba, quería ahogarme en ella, aquello que quería sentir durante tanto tiempo a su lado lo hice en esa noche, en esa cama. El calor del momento empapado en sudores poco gráciles sobre una piel perfecta que me amaba, y me compartía toda su extrañeza y belleza. Quería realmente quedarme con ella, aquello que sería extraño con cualquier otra, con ella era distinto, era cercano y gentil. Pero el amor se acaba cuando las cosas que húmedas se secan. No quería despegarse de mí y yo no de ella. No durante esa noche. Quise escapar con ella, sabía que no estaba bien ahí con su tía. Lo decía su cara. No sabía nada más de ninguna otra familia, simplemente no me lo contaba, pero lo imaginaba. No dije nada. Pasaron horas y nos tomó la luz del día, y cuando el sol nos golpea recapacitamos lo que habíamos hecho. Sus palabras.
–Quise que supieras que leí sobre esto. Amor, amor de verdad. Uno que no necesita de tus palabras para comunicarse contigo. Que no necesita siquiera de tu compañía para estar conmigo. Tu corazón latiendo con el mío.
–Quiero estar contigo.
Palabras que dijimos y se estrecharon en nuestro pecho, podía sentirlo. Lo que había en su pecho era grande, cálido e interesado en mí.
Martin mira confundido a su amigo.
–Maurice, dime ¿De verdad esto pasó antes de la graduación?
–Así fue querido amigo. El amor ya me había tocado cuando eso. Pero no les dije nada. Ella, Lila, estuvo pasando muchos problemas en esa casa durante el resto de mi estadía. Tocaba mi suelo cuando quería que supiera que estaba pensando en mí. Y las últimas noches que pude pasar ahí, las pasé con ella.
Volví a la casa de mis padres después del proyecto, a esta casa. Esperaba volver a verla a ella. Mientras pasaban los días mis padres me incitaron a seguir con mis estudios haciendo posgrado en un politécnico local con aprobación universitaria. No pensé que sería problemático, nunca le mencioné lo que tuve con ella a nadie. Pero de alguna forma todavía la sentía, ella, todavía soñaba con sus ojos mirándome. Y al poco tiempo comencé a escuchar los golpeteos en mis sueños. Sabes cuales. El Tack, tack, tack.. Sentía que la necesitaba, y que ella a mí. Estaba obseso en pensamientos de volver a verla, cuando le comenté a mi madre mis deseos de reunir dinero y dejar la carrera, se enojaron conmigo. Cuando me sentía solo no sabía que hacer en mi alcoba, estaba mal de mi cabecita en ese momento, acepté salir con amigas sino mal recuerdas. Ninguna duraba lo suficiente, nada me hizo sentir lo suficiente.
Recuerdo que al cabo de casi un año comencé a escuchar los golpes, de nuevo, debajo de mi cama. Siempre lo mismo, tack, tack, tack. Cuando me sentía solo, los respondía. Cuando lo hacía algo en mí mejor se sentía mejor. No podía volver a hablar con ella, pero sabía, que de alguna manera ella todavía me quería. Que cuando escuchaba los golpes, era ella que igual me necesitaba. No podía llamarla, ella no tenía cómo, no podía visitarla directamente, no tenía dinero.
Había pasado mucho tiempo y sin embargo ella aun me invocaba. Al fin entendía sus palabras, más allá del espacio y el frío vacío, nuestras almas de alguna manera aún se juntaban. Ella siempre estaba conmigo, pero yo no siempre con ella. Lo sé. Martin, mírame.
Martin estaba anonadado en su relato, dudando de la cordura de su amigo.
–Sigo vivo, todavía no estoy muerto. ¿O esto es un sueño y morí hace mucho tiempo?
–Deja de ser tan ridículo y dramático. Si fue así, he estado hablando con tu fantasma. Pero creo que todavía no te has ido. Termina lo que estás contando.
–Sí. Disculpa el drama. Con el tiempo… con el tiempo quise dejar de sentirlo, quería continuar con mi vida. Y esto «Ella» no me dejaba. Así que decidí ignorarla. Decidí solo seguir. Continúe mis estudios, me gradué. Dejé de responder. Cada vez menos escuchaba los golpes, cada vez menos la sentía a mi lado. Luego de un tiempo años, una noche comenzó a sonar con fuerza. Mi pared: Tack, tack, tack… Mi techo: Tack, tack, tack... Mi piso: Tack, tack, tack…
No respondía a ninguno, no respondí a nada, pronto los sonidos fueron más y más fuertes. Los ignoraba. Entonces pensé que algo iba a pasar, la fuerza del sonido me llegaba a retumbar desde dentro de mis tímpanos. No había pared o espacio que no retumbara. Tack, tack, tack… Pasó. Acabó todo esa noche. Paró para siempre, creí. Al fin había acabado, luego de casi medio año de eso hicimos la reunión de tu cumpleaños.
–Lo recuerdo, fuimos de vuelta a la Uni a buscar a mi hermano que estaba estudiando ahí.
–Sí, volví al pueblo. Estuvimos ahí y aproveché la reunión. La curiosidad me ganaba. No sé por qué. Quise visitarla. Fui a la casa de su tía. La encontré en la entrada, había pasado poco más de un año y se sentía una eternidad.
La saludé. Ella a mí, pregunté por Lila. Me dio su pésame. No lo entendía. Me contó lo que de verdad había pasado. Estaba con ella para su cuidado. Su hermana, la madre de Lila era muy peligrosa para ella. Y Ester, su tía, no podía estar junto a ella a todas horas. Necesitaba de atención y cuidado constante. Tenía un problema en su pecho, su corazón, podía dejar de funcionar de la nada y necesitaba tener a alguien cerca por si le daba taquicardia o un cuidado. Me dijo que tenía evitado tener emociones muy fuertes por esto, que sabía lo que ella sentía y yo por ella, pero que era mejor evitarlo si eso le salvaba la vida; que pensó que lo había hecho. Al menos durante bastante tiempo. Contó que hacía unos meses tuvo taquicardias severas y duraron casi todo el día, tuvo que llamar al resto de la familia, ya que podría moverse, necesitaba ir a buscar medicinas con urgencia e intentar llevarla a un doctor. Había una terrible tormenta, mucha agua. No habría como moverla ni a quién pedir un auto. Lila solo le pidió esa noche que la dejará cerca de una pared. Lo hizo, dijo que la vio en su desesperación y con mucho dolor tocar esa pared todo lo que pudo esa noche. Como si de algún tipo de delirio prematuro a la muerte se tratara. Tocó y tocó, golpeó y golpeó. Al poco de parar de hacerlo solo cerró los ojos y murió. Me quedé congelado. Por alguna razón en sus últimos minutos también pensó en mí y yo solo quería que se marchara. Entenderás la pena que sentía cuando escuché estas palabras, así que le pedí entrar en su cuarto, solo para dar mi respeto. Vi la habitación, con la ventana abierta al fin. los rayos del sol la atravesaban ahora, totalmente vacía. Lloré como el idiota que soy. Jamás me había sentido tan mal, ni tan malvado. Vi su pequeña biblioteca y sobre ella, los poemarios que compramos. Se los pedí a su tía. Me dejó llevármelos, aquel libro que leímos juntos, me dijo que no sabía si eran rituales o un poemario de amor. Pronto lo descubriría.
Leí lo que ella me había citado y se me ató la garganta con las palabras. Aquella cosa. Aquel poema «Usucapión del alma amada»
Ecos que no necesitan de la sensación y de la carne para sentirse juntas, incluso más allá del espacio y de la vida. Dónde las almas están unidas por algo más profundo que la existencia efímera de la materia física. Hice lo que decía esa cosa, encerrado en la soledad de mi casa, aprovechando la ida de mi familia a Europa sin mí, esperando que nadie me encontrara. Seguí cada uno de sus pasos y concentré toda mi energía, rocé la pared al igual que ella lo había hecho y toqué como ella lo había hecho. Tack… tack… tack…
No sé qué esperaba, realmente no sé. Sentía que le había quitado los últimos momentos de paz que tenía, que le había negado una última compañía. Sea lo que fuese que me pasase por intentar corregirlo, me lo merecía. Entonces resonó al fin después de todo. Los golpes, al principio casi como tambores de lo lejano. Conforme pasaron los días fue sonando más y más entendible, luego más cerca y luego más profundo. Han pasado casi diez años desde que los escuché la primera vez… y ahora lo noto junto a mí, ya no solo los oigo yo. Tú también lo hiciste.
–Así es. Los oí.
–No sé qué signifique a profundidad, ni siquiera creo que lo que sea que sea que me está respondiendo sea ella. Como decía esa cosa, un llamado en el vacío puede ser respondido por lo que sea. Puede que lo que ha aceptado mi invitación pronto venga por mí. Ya no me molesta la idea. Solo quisiera haber estado con ella…
Martin, por favor, entiende que si he vivido ha sido para este día. Quisiera que al menos tú lo supieras. Después de tanto tiempo condenado en este ostracismo, me he abandonado a mí mismo, pero quisiera que al menos alguien supiese la verdad de mis motivos.
Martin se levantó y miró preocupado a su amigo. Mirándolo con detalle tras toda la historia al fin lo notó. El velo negro que describió con la poca luz se distinguía; estaba en los ojos de su amigo. Este preocupado intentó acercarse a él, pero temeroso de su rechazo le dijo. –Déjame traerte algo, tengo licor y comida en mi hielera. Puedo traer algo y prepararte lo que sea. El pobre salió en busca de los alimentos, salió del terreno de la casa y se aproximó a su auto, sacando lo que pudo de lo prometido. Aprovechó para llamar su madre y luego de despedirse volver a aproximarse a la casa. Ahí fue cuando sintió un viento helado, una corriente invisible que lo atravesaba y se metía debajo de las faldas de la casa haciendo temblar la puerta y las hiedras cercanas. Martin corrió. Encontrándose con la cocina ahora vacía y la ventana antes apertrechada abierta. La luz del sol ahora inundaba toda la sala y en la mesa dónde su amigo, estaban las paginas abiertas de lo que parecía un cuaderno de poesía y sobre escrito a puño y letra de su Maurice tenía algo encima escrito. Lo tomó y pensando en su amigo leyó las páginas y miró a la oscuridad.
«Puedo sentirlo al mirarme en el espejo sentir la muerte en mis retículas el descolor en mis mejillas el suave beso de este velo en mi cara al quitarlo a la luz revela la verdad tras la máscara de un loco. cuando el sol la golpea solo deja atrás, mi piel vacía y me lleva».
Leyendo esto lo escuchó por última vez en aquella oscuridad. Tack, tack, tack… Martin supo que dónde sea que estuviese ahora su amigo ahora, sería algo incomprensiblemente desconocido.