Chapter 1
El Ángel de las Sombras
Capítulo 1: Encuentros Bajo el Ala
Me senté en la mesa de piedra tallada, la de siempre, donde el aroma a néctar caliente intentaba calmar mis nervios. En la mesa de al lado, un muchacho desayunaba en un silencio sepulcral. Lo miré de reojo y, para mi sorpresa, me devolvió la mirada. Nuestras sonrisas se cruzaron como ráfagas de luz en el aire. Por un segundo, sentí cómo la tensión de mi mal humor se disolvía, pero entonces ocurrió: en el suelo, mi sombra no se movió conmigo. Se dividió en tres siluetas sutiles que vibraron con un hambre fría, acechando los pies del muchacho.
La mesera dejó mi cuenco de ambrosía. Pagué rápido, sintiendo el susurro de mis “tres sombras” reclamando atención, y salí a la calle. No había caminado más de dos cuadras hacia la Plataforma de Despegue de la Virgen del Carmen, cuando el aleteo de un papagayo gigante aterrizando cerca tapó por un momento el sonido de unos pasos apresurados detrás de mí.
Era él. El muchacho de la cafetería. Se acercó con la respiración agitada, ajustándose una túnica sencilla de viajero. —Hola, mucho gusto. Soy Gael, ¿y tú? —Ana —respondí, deteniéndome en seco mientras mis tres sombras se entrelazaban discretamente bajo mi capa. —El gusto es mío —continuó él, rascándose la nuca con nerviosismo—. Disculpa si te molesto, pero... llevo ya dos lunas mirándote. Me daba mucha pena hablarte, pero hoy que me sonreíste... por fin me animé. ¿Hice mal?
Le aseguré que no. Una chispa de alivio cruzó su rostro, iluminando sus ojos de ánima joven. —¿Hacia qué cuadrante vas? —preguntó, señalando al cielo donde los grandes papagayos blancos iniciaban su vuelo. —A mi refugio. —¿Te puedo acompañar? —preguntó. Las tres sombras a mis pies se agitaron, como si olfatearan algo en él. Acepté. Y así, aquella mañana que había empezado con el pie izquierdo se convirtió en el inicio de algo nuevo, caminando juntos bajo el sol pálido que bañaba el barrio, mientras el graznido de las aves blancas marcaba nuestro compás.
La Verdad Desnuda
Llegamos al umbral de mi puerta. Por cortesía le ofrecí pasar, pero él dio un paso atrás de inmediato, mirando de reojo las gárgolas de la entrada; prefería que nos quedáramos afuera. Nos sentamos en el banco de mármol y la conversación fluyó hasta que el aire se volvió denso. —¿Cuál es tu oficio, Ana? —preguntó con una curiosidad que me erizó la piel. —Soy nocturna —respondí sin rodeos. Mis sombras se proyectaron largas contra la pared, aunque el sol estaba en lo alto—. Mi trato es con la oscuridad, no con la luz del día.
Gael se quedó callado. El silencio se prolongó un minuto entero, volviéndose pesado como el plomo. Sus manos temblaron ligeramente sobre sus rodillas. Le pregunté si mi naturaleza le molestaba, aclarando que ya no era una “aprendiz” de las artes oscuras, sino una “oficial” reconocida entre los ángeles de rango.
—No es eso —dijo con voz suave, aunque sus ojos no se atrevían a mirar a mis sombras, que ahora rodeaban sus propios pies—. Es solo que... no quiero ser imprudente. —No te preocupes —le solté, sintiendo cómo una de mis sombras rozaba su tobillo sin que él lo notara—. Es mejor hablar siempre con la verdad. ¿Para qué quieres la verdad, Gael?
Él sonrió con una amargura que no le había visto antes. Sus alas, pequeñas y ocultas bajo la túnica, se tensaron. —Ya que estamos hablando con la verdad… tengo mujer, un hijo y una hija en el Reino Alto.
Me quedé procesando sus palabras. Mis tres sombras se detuvieron de golpe, como si ellas también estuvieran escuchando. No era lo que esperaba, pero en un mundo de ángeles caídos y ánimas errantes, la traición es el pan de cada día. —¡Wow! —exclamé, manteniendo el control de mi rostro—. Tienes un nido. Ah, bueno, eso está muy bien.
Gael bajó la mirada, humillado. Confesó que amaba a su mujer, pero que el fuego sagrado del principio se había apagado; que ya no sentía la vibración de sus almas unidas. Le respondí con la frialdad de quien ha visto morir mil estrellas: le dije que eran los ciclos, la rutina de los siglos o la carga de los hijos. Él me miró intensamente, buscando en una “Ángel de las Sombras” el perdón que no encontraba en su templo, y me pidió mi cristal de contacto. Se lo di, mientras mis tres sombras regresaban a mi regazo, satisfechas por el secreto que acababan de devorar. Nos despedimos y, finalmente, crucé el umbral de mi casa, dejando atrás al ángel que amaba a su familia, pero buscaba la oscuridad.
Nota del autor: Gracias por darle una oportunidad a mi historia. Esta obra está protegida por derechos de autor. Escribirla me ha tomado mucho esfuerzo y tiempo, por lo que te pido que no la resubas a otras plataformas ni la distribuyas sin permiso. ¡Disfruta la lectura!