I
El sol de medianoche se alzaba, pero su calor era insignificante frente al inclemente viento que no cesaba desde hacía varios días. Las calderas de la estación se encontraban al límite, pero al menos mantenían una temperatura soportable.Julesreciénterminó su turno de revisión y ajuste en el instrumentalclimatológico, le había tomado un día entero, pero le sirvió para salirse con la suya y evitar la expedición de pesca.
Llevaba cinco meses enAntarouth, en el Sur Profundo. Los veranos eran menos inclementes que los inviernos, pero no todas las expediciones eran elegibles, a diferencia del Norte, debido a que los rompehielos y los autómatas de servicio se reventaban entre las capas de hielo que cubrían alcontinente.
Jules Falcon,científicoen jefe de la expedición Polaris, era su carta de recomendación, tanto de academiascientíficas, como de su propio registro laboral. Necesitaba el dinero para no perder su laboratorio, y tenía experiencias previas, pero jamás había ido al Sur; de modo que esa era su oportunidad, en las Colonias de Vapor que recién se habíaninstalado.
El frío era apenas soportable dentro de la estación, Jules observaba una y otra vez los instrumentos, curioso del comportamiento de los metales a las bajas temperaturas y cómo algunos de cobre y hierro no se habían reventado, loúnicoque le incomodaba, era la facilidad con la que el choque de vapor yventiscaempañara los cristales.
De repente las brújulas comenzaron a girar de maneraerráticay lostermómetrossubían y bajaban, pero Jules no notó ni un aumento, ni una disminución. Sinembargo,susmúsculossetensaron, enderezó la espalda y se acomodó los anteojos.
—Algo anda mal, ¡Arriba! ¡Deprisa! —Ordenó.
De las literas, un grupo de hombres y mujeres despertaron, con rapidez se calzaron las botas de cuero y los pesados abrigos,obedeciendolas instrucciones de Jules, quien bajó al cuarto de la caldera, intentando encontrar algún fallo, un desperfecto que los ingenieros pudiesen explicar y arreglar, pero todo parecía en orden.
Por la ventana, comenzó a ver algo quese parecíaa las auroras boreales del norte, aunque eran imposibles, los colores en el cielo—Verdes y violetas—.Nose solíanver en esa épocadel año, pero tras acomodarse mejor los anteojos y mirar con detenimiento, abrió la boca, extrañado. No era luz. Era vapor.
Jules miró las estelas de vapor alzarse y perderse en el cielo helado, estaba tan intrigado que Amelia, su compañera, lo sacó de su ensimismamiento, exclamando unafuga en la caldera principal.
—¡Jules! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡El metal está a punto de reventar por el choque térmico!
Amelia estaba de pie frente a la base de la caldera, intentando estabilizar la presión, pero el vapor comenzaba a salir por las juntas, y Jules, sabiendo que no iban a ganar mucho tiempo, fue corriendo hacia ella.
—¡Todos al cobertizo! ¡Es una orden!
Sin pensarlo, se abalanzó sobre Amelia en el momento justo. Trozos de metal salieron disparados en todas direcciones, y una nube de vaporseelevó de golpeenel lugar. Había empujado a Amelia detrás de un pesado escritorio demadera, que cubría a ambos, pero cuando el vapor se disipó con el frío y los dos se levantaron,vieron las ventanas de la estación rotas y el instrumental dañado. Además, una fina escarcha comenzaba a cubrirlo todo.
—Maldita sea—Soltó Jules intentando salvar lo poco que quedaba.
—Yo... te juro que intenté estabilizarla, no sé qué pasó con la presión, pero...
—Lo sé. No fue tu culpa, solo...—Suspiró, indiferente de la ventisca que llenaba la estancia.—¿Qué tan lejos queda la estación más cercana?
Amelia meditó unos segundos antes de responder:
—Son tres días. Cinco si el clima empeora.
—¿Y las reservas?
Hubo un silencio incómodo, que anticipaba la respuesta.
—Si racionamos como hasta ahora podremos resistir, no ha habido interferenciaen los sistemas de comunicación, tal vez podamos...
Jules volvió a levantar la mirada y su expresión cambió. Tenía un plan.
—¡No! ¡Tengo una idea! ¡Mira!—Y señaló aquellas estelas.
—¿Auroras australes?—Preguntó Amelia—¿No se supone que no deberíamos verlas?
Jules negó con la cabeza y sonrió,sosteniéndolapor los hombros sin lastimarla.
—No es una aurora, es vapor. Eso podría indicar una base, tal vez una colonia, y no parece ser muy lejos, pero no podemos ir todos. Alguien tiene que quedarse aquí y yo... Bueno, podríainvestigar.
Amelia asintió, confiando en que Jules ya estaba maquinando un plan, pero su expresión pasó a ser una de sorpresa cuando él le extendió la mano y la invitó a ir con él.
—¿Me harías este favor?
El frío comenzaba a intensificarse, cubriendo el instrumental con escarcha. Los demás miembros del equipo, confundidos por la explosión de la caldera se asomaban desde el cobertizo, murmurando entre ellos ymirándolosde reojo. Amelia suspiró.Conocía a Jules desde la universidad, un chico impulsivo, curioso que más de una vez tuvo que sacar del peligro a último minuto y que años después, en la última frontera conocida, le estaba tendiendo la mano para que lo acompañase a lo desconocido.
—¿Dices... que no son auroras australes estas cosas?—Preguntó sin aceptar la oferta, pero tampoconegándose. Jules asintió, y con rapidez le tendió un catalejo de cobre para que pudiera verlas de cerca mientras guardaba lo que aún servía en una mochila de viaje como equipaje improvisado.
-Estamos en verano, así que la luz solar no deja ver a las auroras con esa intensidad—Explicó Jules—Si las ves de cerca, se aprecia mejor el vapor, y donde hay vapor hay una fuente de calor,tal vez fuego, calderas... Una colonia.
—De acuerdo, te acompañaré—Accedió Amelia—.Pero a la primera señal de que las cosas se pongan feasprométemeque regresaremos, ¿Sí?
Jules sonrió, y empacó más a prisa. Entendía la urgencia de buscar suministros y piezas para reparar la caldera, pero en el fondo, quería investigar las estelas de vapor, ya que no solía verlasimitando tan bien a una aurora austral.Además,siempre agradecía la compañía de Amelia.
—Muy bien equipo, la señoritaGravningy yo iremos a la base más cercana, las raciones son apenas las suficientes, pero necesitaremos que esperen y utilicen las bengalas en caso de quehaya alguna emergencia.
—¿Una tormenta de nieve?—Preguntó un miembro del equipo.
—Sí, tormentas, ventiscas, anomalías con el instrumental que queda... -Prosiguió Jules–Esperamos volver en una semana.
Hubo varios murmullos, todos lo miraban incrédulos con la naturalidad con la que hablaba, pero Amelia, de forma discreta, hacía ademanes con las manos para tranquilizarlos. Cuando el trineo estuvo listo, Jules llamó a Ameliapara adentrarse en la nieve, y ella miró por última vez la base con las ventanas rotas y el equipo resguardado en el cobertizo, aunque realmente estaba más preocupada por su compañero y lo que lesesperaba más allá del hielo.
Con ayuda de un par de ingenieros, Jules preparó el trineo mecánico, revisó las reservas de carbón y calculó que eran apenas las suficientes para ir y regresar la mitad del camino si no encontraban una colonia o base. Amelia iba a descubrirlotarde o temprano, así que dudó sobre si guardar el secreto y fingió que todo estaba marchando bien.
A pesar de que el sol iluminaba el hielo, borrando la noción de día o noche, la temperatura comenzaba a descender, los demás miembros de la expedición trasladaban varios objetos desde lo que quedaba del laboratorio al cobertizo, improvisando un dormitorio. Marcus, el encargado de comunicaciones, rescató el equipo de radio, y lo sostenía en brazos como un tesoro valioso.
—¿Estás segura de que no lo necesitarán?—Le preguntó a Amelia- Jules puede ser un poco impulsivo, así que pensé que podrían... ya sabes, buscar a alguien más.
Ella miró a su compañero, quien terminaba de ajustar el trineo y las reservas de provisiones, luego se dirigió a Marcus, en un tono calmado.
—Descuida, me aseguraré de que regrese en una pieza. Por cierto: ¿Tienes lo que te pedí?
Marcus asintió, y de su bolsillo sacó una pequeña bolsa de cuero, anudada para mantenerla lejos del frío. Amelia la levantó, inspeccionando su peso, pero no la abrió.
—¡Todo listo!—La llamó Jules –Si el clima se mantiene estable regresaremos en tres días con provisiones, piezas de refacción y quizá algún colega nuevo.
Amelia subió al trineo, no sin antes escuchar de Marcus una última petición:
—Mantén el vapor y la presión estables esta vez, ¿De acuerdo? El trineo es un prototipo, no sabemos cómo responda a tramos más largos.En un movimiento rápido y discreto, Amelia sacó el contenido de la bolsita y lo colocó en el trineo. Era un optimizador de combustible.
Jules lo puso en marcha, colocando la brújula de latón y ajustando los comandos hacia una sola dirección: el Sur Profundo, hacia aquellas misteriosas estelas, que seguían erigiéndose sobre el hielo.