Capítulo 1: El Trago del Desconocido
La humedad de la noche en el Chocó no solo se sentía en la piel, se respiraba. Elías caminaba por las calles empedradas con la seguridad de quien es dueño del mundo, o al menos, de los corazones que habitan en él. Era un joven de porte atlético, piel oscura como el ébano pulido y una sonrisa que había desarmado a más de una. Para Elías, la seducción no era un esfuerzo, era un deporte.
Entró en "La Última Sombra", un bar que olía a madera vieja, tabaco y aguardiente. El lugar estaba lleno de humo y música baja, un rincón perfecto para quienes buscaban perderse o ser encontrados. Elías se sentó en la barra y pidió lo de siempre.
—Otra noche de cacería, ¿eh, Elías? —bromeó el barman mientras le servía.
—Solo busco compañía, amigo. El mundo es demasiado frío para estar solo —respondió él con un guiño.
Fue entonces cuando la vio. Al fondo del bar, en una mesa bañada por la luz roja de un neón parpadeante, estaba ella. No era de la zona, eso era seguro. Vestía un vestido de seda negra que parecía absorber la poca luz del lugar. Su piel era pálida, casi marmórea, y su cabello negro caía como una cascada de obsidiana sobre sus hombros.
Elías, movido por un instinto que confundió con deseo, se acercó.
—Este lugar es demasiado oscuro para alguien que brilla tanto —dijo él, usando su mejor repertorio.
La mujer levantó la vista. Sus ojos eran de un color ámbar tan profundo que parecían contener fuego líquido. No sonrió, pero su mirada recorrió a Elías con una intensidad que le erizó los vellos de la nuca.
—He visto muchas luces apagarse, Elías —dijo ella. Su voz era un susurro aterciopelado que vibraba en el pecho del joven—. ¿Qué te hace pensar que tú eres diferente?
Elías se sorprendió de que supiera su nombre, pero lo atribuyó a su propia fama local. Se sentó frente a ella, desafiante.
—Soy diferente porque siempre consigo lo que quiero.
La mujer dejó escapar una risa gélida.
—Interesante. Hagamos un juego entonces. Dicen que eres el mejor conquistador de estas tierras. Yo digo que no eres más que un niño con suerte.
—¿Una apuesta? —Elías se reclinó en la silla, intrigado—. Me encanta ganar. ¿Cuáles son las reglas?
La mujer se inclinó hacia adelante. El aroma que desprendía era extraño: una mezcla de rosas frescas y algo que recordaba a la ceniza de una hoguera.
—Ocho corazones en diez días —sentenció ella—. Debes enamorar a ocho mujeres de este pueblo. Enamorarlas de verdad, que darían la vida por ti. Si lo logras, te daré lo que más desees:
poder, riqueza, o a mí misma.
—¿Y si pierdo? —preguntó Elías, soltando una carcajada—. ¿Me tocará invitarte la cena el resto de mi vida?
La expresión de la mujer no cambió. Permaneció tan inmóvil como una estatua.
—Si pierdes, tu vida me pertenecerá. No habrá cenas, solo silencio eterno. Te mataré con mis propias manos.
Elías miró a su alrededor. El bar seguía igual, la gente reía, la música sonaba. "Está loca", pensó, "es solo una mujer excéntrica buscando atención". La idea de que una mujer tan hermosa lo estuviera retando solo encendió más su ego.
—Acepto —dijo Elías, extendiendo su mano—. Diez días para ocho mujeres. Es casi un insulto a mis capacidades. Tendré tiempo hasta para tomar una siesta.
—Trato hecho —dijo ella.
Cuando sus manos se tocaron, Elías sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo. No fue un chispazo común; fue un calor abrasador que le hizo retirar la mano de golpe. En el centro de su palma, una pequeña marca roja, similar a una quemadura en forma de espina, comenzó a brillar por un segundo antes de desaparecer bajo la piel.
—Mi nombre es Lilith —dijo ella, levantándose con una elegancia inhumana—. El reloj empieza a correr ahora, Casanova. No me hagas esperar.
Lilith caminó hacia la salida y, antes de que Elías pudiera decir una palabra más, ella pareció desvanecerse entre las sombras de la puerta. Elías se quedó solo en la mesa, con el corazón latiendo a mil por hora. Se miró la mano; no había marca, no había dolor, solo un frío repentino que el aguardiente no lograba calentar.
—Mañana mismo empiezo —susurró para sí mismo, tratando de recuperar la confianza—. Ocho chicas. Esto será pan comido.
Lo que Elías no notó fue que, en el espejo detrás de la barra, su propio reflejo parecía estar siendo observado por un par de ojos ámbar que no pertenecían a este mundo.