Ciclos Eternos

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Summary

En un mundo donde lo inesperado se convierte en cotidiano, humanos y seres extraños coexisten en un delicado orden. Milán, atrapado en la monotonía de su rutina diaria, siente un vacío que nunca ha podido llenar. Por otro lado, Isaac, dedicado a proteger a los suyos, lucha contra el despertar de un amor que jamás creyó posible. Desde el inicio, sus vidas han estado entrelazadas. Mientras Milán busca un propósito, Isaac se enfrenta al desafío de sus propios deberes. El Destino, en su afán de restaurar el Orden, elige a uno de ellos para cumplir una tarea crucial, pero el Equilibrio tiene otros planes. Todo es real, pero nadie está dispuesto a hablar de ello.

Genre
Fantasy
Author
galoito
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Apenas eran las nueve de la mañana y Milán ya había terminado con varias tareas del día. Regreso a su escritorio y se dio un golpe en la rodilla al sentarse, nadie pareció notar las maldiciones que dijo despacito. La oficina seguía su propio ritmo: los clics de los teclados, teléfonos timbrando, conversaciones opacadas por todo el ruido.

Se preguntó cómo estaría el cielo y se levantó para verlo, tomó su taza de café y se acercó a la ventana. El cielo, era naranja y rosa atrapado entre la noche y el día. Un nudo se le apretó en la garganta, algo en esos colores le provocó un escalofrío. Tuvo el presentimiento de que las cosas estaban por cambiar.

Milán desvió la mirada al escritorio más cercano y puso su taza sobre el.

—Hoy no será un buen día —dijo, más para sí mismo que para su compañero.

Milán bebió otro sorbo de café, acomodo sus lentes, metió la mano en el bolsillo y regresó a si escritorio cuando Emma entraba a la oficina.

—La redada es a mediodía —dijo ella mientras seguía su camino y todo el ruido se detuvo por un momento.

Milán asintió, dejando la taza a un lado. Emma cruzó la oficina sin mirar a nadie. Pero la semana pasada, cuando Xander se había lesionado durante el entrenamiento, ella fue quien realizo su papeleo. Esa era Emma, alguien en que puedes confiar.

La forma en la que hablaba, en cómo era capaz de liderar a todo un grupo de hombres, le recordaba a su mejor amiga. Y eso solía traerle recuerdos, las risas, las fiestas esas pláticas que a los diecisiete parecían que mejorarían su vida. Y luego nada.

Milán estaba sentado en el asiento de atrás como si fuera un niño, por inercia, empezó a limpiar sus lentes por tercera vez en diez minutos. Xander manejaba como loco por las calles. Emma miraba por la ventana con la mandíbula apretada.

Las horas parecían pasar más lento cuando se trataba de una misión. La luz roja del semáforo parecía eterna. Milán ajustó su cinturón y su arma antes de salir con los demás. Todos bajaron de los autos al llegar a la zona industrial.

Milán volvió a ajustar sus lentes. Inhalo hondo, reviso su chaleco antibalas y se tronó los dedos. Dio unos saltitos en su lugar.

«No tienes que estar nervioso, no es tu primera vez», era algo que se decía siempre antes de catear un lugar.

—Todos estamos listos —el líder de la fuerza táctica hablar por el intercomunicador—. Vamos a entrar.

El equipo se movió cada uno entrando después del otro. Las balas comenzaron a cruzar el aire. Milán sintió ese cosquilleo en el estómago. Seguía sin acostumbrarse al sonido de las balas, lo cual era tonto. Apretó los dientes, solo podía pensar en su sillón en terminar de ver la serie que dejo a medias no importa que no durmiera.

—¡Al suelo! —gritó Emma. Jalo a Milán por el chaleco y lo tiro al suelo.

—¡Muévete idiota! —gritó Xander, colocándose junto a él, con una sonrisa torpe—. No quiero hacer papeleo si mueres.

El año pasado, Xander había recibido una bala por Emma eso le valió ganarse un lugar en el equipo y luego en el grupo.

Milán no esperaba que lo hiciera por él. De hecho no quería que nadie más sangrara por su culpa. No quería volver a deberle la vida a nadie. Ninguno de los dos dejo de disparar hasta que el operativo terminó.

Al final Xander si tuvo que llenar papeleo. Milán se despidió de Emma y se burló de su amigo. Manejo a casa con las manos temblorosas, di un par de vueltas por la ciudad para tratar de calmarse. La ciudad seguía su curso, como siempre nada parecía estar fuera de lo normal.

En casa abrió una cerveza y se dejó caer en el sofá. El brillo de las luces dela calle entraba ligeramente por el cristal de su ventanal, pero no le hizo caso. Solo quería ver su serie y descansar.

Sus pensamientos viajaron hacia sus padres, esos dos rostros que siempre lo habían mirado con orgullo. Ahora comprendía lo que nunca le dijeron, lo que no se podía decir «el miedo». Provenía del mismo lugar de donde venía la felicidad, dos emociones tan dientes.

El sonido de su teléfono interrumpió el silencio. Miró la pantalla.

Isaac.

Una sonrisa apareció en su rostro antes de que pudiera evitarlo.

—Hola —respondió con la voz áspera por la fatiga.

—Sé que es tarde...

—No importa, sabes que siempre responderé —replicó Milán, y su voz ahora era suave. Se levantó del sofá, y camino a su habitación, se quitó la ropa poco a poco mientras sonreía al teléfono.

—Tal vez te visite pronto —dijo Isaac.

Milán se dio cuenta que algo pasaba, el tono de voz de Isaac cambio poco, pero lo suficiente para notarlo. Se sentó en la orilla de la cama con la camisa a medio desabotonar.

—¿Todo está bien? —preguntó Milán con el tono de voz más serio—. ¿Qué pasa?

—Hay una manada —respondió Isaac y su voz parecía cansada—. Quieres que vaya a verlos.

A Milán se le puso la piel de gallina. Sintió una náusea subir por su garganta, era su instinto que le pedía volver a la acción. Se puso de pie y camino alrededor de la habitación.

—Podría... yo podría —tragó saliva una y otra vez—. Echar un vistazo, revisar y ver que todo esté bien. Y también acompañarte cuando estés aquí.

—No —Isaac se negó—.El FBI, los cazadores y los lobos no son una buena combinación.

Milán no estaba acostumbrado a las negativas y las palabras de Isaac encendieron algo en él. La amargura y el rencor que guardaba para Gabriel y los demás brotaron de su interior como un volcán en erupción.

—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡Yo estuve ahí primero, Isaac! ¿Y qué hicieron? ¡Me apartaron como si fuera un niño! Adam te abandono. Gabriel te aceptó como si fueras un perro callejero que necesitaba un hogar.

Las palabras salieron de su boca, quería lastimarlo. Ese era el problema de Milán la ira no era su amiga, solo le nublaba el juicio, decía cosas que después no sabía cómo disculparse.

—Así que no, no lo entiendo —continuó con voz temblorosa por la ira—. ¿Es porque soy humano? Por eso me alejaron de la manada. Ellos eran mis amigos, tú eres mi amigo —no lo pudo evitar más, la voz se le rompió y soltó unos cuantos gemidos—. Cuando descubrí lo que son, no hui los ayudé tanto como pude.

—No hagas esto —dijo Isaac—. Todo esto es diferente, no quiero que algo te pase. Nunca me perdonaría si…

—Eres familia —gritó, y terminó golpeando con el puño la mesita frente a él, haciendo que su cerveza se tambaleara—. Puedo hacerlo, puedo ayudarte.

Milán miró su reflejo borroso en la botella de cerveza. Se veía pequeño, un simple humano jugando a ser policía, mientras sus amigos peleaban con seres que no estaban en su liga. Colgó antes que Isaac pudiera responder. Había un hueco en su pecho que se había abierto de nuevo.

Milán se acomodó en la silla, encogiendo sus piernas para no golpear la mesa. Limpio si lentes por décima vez mientras fingía leer un informe que tenía frente a él. La voz de Emma solo era un zumbido que rebotaba por todos lados. En realidad, no veía más que el vacío. Saco su teléfono por debajo de la mesa una vez más. Ni una llamada, ni un mensaje de Isaac. Para Milán, el remordimiento era un nudo en el estómago que le provocaba nauseas, que no lo dejaban concentrarse en nada más que pensar en su amigo.

No podía quedarse quieto. Sus talones golpeaban el suelo en un ritmo constante que ya estaba sacando de quicio a Xander, pero a Milán no le importaba. Se subió los lentes y reviso el reloj de su muñeca por quinta vez un habito de cuando estaba nervioso. Se sentía estúpido, un agente entrenado, un tipo de un metro ochenta, a punto de colapsar por un mensaje de texto

—¿Estás bien? —preguntó Xander cuando salieron de la sala de juntas—. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo o si solo quieres hablar.

Milán le sonrió y se quedó mirando fijamente un punto muerto en la pared mientras comenzaba a hablar.

—Le dije cosas que no debí —soltó Milán, y por primera vez en el día, dejó de mover los pies. Se quedó muy quieto—. Solo era una discusión. Y yo... quise lastimarlo. Y ahora no contesta.

No hizo falta que dijera que se sentía miserable, se le veía en la forma en que evitaba la mirada de su compañero y en cómo se le humedecían los ojos tras los cristales de sus lentes. La idea de que Isaac lo hubiera borrado de su vida le dolía más que cualquier bala que hubiera recibido

—Tenemos trabajo —Emma los llamó de nuevo a la sala de juntas, mostrando una torre de papeles—. La policía tiene registro de una serie de ataques que parecen ser asaltos fallidos.

Milán tomó una fotografía y pasó los dedos sobre ella. Un corte limpio en una pared. No había sido un robo fallido, eso se hacía con equipo militar. Era el tipo de armamento que, una vez que lo ves lastimar a alguien, nunca puedes sacártelo de la cabeza

—Cazadores —pensó Milán en voz alta.

Xander giró la cabeza y soltó una carcajada.

—¿Cazadores? ¿Qué sigue? ¿Cazadores de monstruos? ¿Van a salir con antorchas y estacas en el próximo turno?

La broma de Xander le cayó a Milán como un balde de agua helada. Isaac había mencionado una manada. Y si de eso se trataba, de cazadores.

Se levantó de la silla de golpe, haciendo que las patas de metal chillaran contra el piso. Salió de la sala con las manos temblando. Necesitaba aire, o quizá solo necesitaba que Isaac le contestara el maldito teléfono. Se refugió en el pasillo y marcó, pero el buzón de voz estaba lleno de tantos mensajes que había dejado. El pánico empezó a cerrarle la garganta.

—Govea, nos vamos —la voz de Emma lo alcanzó desde la puerta.

Milán guardó el celular con las manos temblorosas y respiró hondo, tratando de recuperar la compostura antes de alcanzarla. Durante el camino intento volver a llamar, pero seguía yendo al buzón.

Los informes de la policía hablaban de un asalto común, pero lo que Milán veía en el suelo eran piezas de un arsenal modificado, armas de manufactura casera, toscas pero diseñadas para causar un daño que ninguna pistola reglamentaria podría imitar.

—¿Por qué estamos aquí? —rezongó Xander, pateando un casquillo—. Esto es algo de la policía, no para nuestra unidad.

—Si quieres puedes volverte a llenar informes —le dijo Emma sin mirarlo—. Si no, cállate y busca algo útil.

Milán intentó entrevistar a los testigos, pero sus voces era ruidos distantes. “Hombres con máscaras”, “No dijeron ni una palabra”, “Parecían soldados”. Cada frase le llenaba la cabeza demás ideas. Mientras tomaba notas, solo podía pensar en una cosa, y si Isaac estaba en medio de esto, y él estaba atrapado detrás de una placa y no podía ayudarlo.

Sea como sea, su problema era no saber nada de Isaac. Así que debía pensar en alguna forma de localizarlo. En el trayecto de regreso a la oficina, y de la oficina a su casa, pensó en pedir favores o cobrar los que otros agentes le debía.

Entró a su edificio y después a su departamento. Se quitó los zapatos y arrojo su chaqueta sobre el sofá. Su teléfono vibro y lo saco de su bolsillo

Isaac: estoy bien Isaac: lo voy a arreglar Isaac: no te preocupes por mí.

Milán se quedó viendo el último mensaje hasta que la pantalla se oscureció. Tres mensajes, no había un lo siento o un te explico después. Solo le avisaba que estaba fuera del juego.

Milán soltó un suspiro. Estaba muerto, así que se desplomó en la cama sin siquiera quitarse la ropa. No podía sacar a Isaac de su cabeza. Le pesaban los remordimientos por lo que le había dicho, pero una parte de él, la más terca, seguía sin querer pedir perdón. Pero si esperaba el Isaac se disculpara.

Se quedó ahí, mirando el techo y pensando en sus compañeros del FBI, sabían que algo le pasaba, pero no se animaban a preguntar. Milán no podía llegar y decirles: Estoy preocupado por un amigo que es un hombre lobo. Se tomó un par de cervezas y terminó yendo al sofá. Estaba en ese punto donde el sueño te gana y las luces de la calle se vuelven borrosas, cuando unos golpes secos en la puerta lo hicieron saltar.

El instinto se activó antes que el cerebro. Empuñó el arma, acaricio el gatillo con el dedo y avanzó despacio. Sin los lentes, la mirilla era una mancha opaca de sombras en el pasillo.

—¿Quién es? —preguntó, con el dedo sobre el gatillo.

Nadie respondió. Solo se veía una silueta moviéndose al otro lado. Con el corazón en la garganta, giró el pomo y mantuvo el arma arriba. La puerta se abrió despacio y, cuando la luz alcanzó el rostro del intruso, Milán soltó todo el aire de golpe.

—Soplaré y soplaré y tu puerta derribaré —soltó Isaac con esa sonrisa ladeada suya—. Baja esa maldita cosa, vas a matar a alguien.

Milán bajó el arma, sintiendo que los hombros le pesaban una tonelada. Isaac estaba en la puerta, con esa sonrisa que le arrugaba la comisura del ojo izquierdo más que el derecho, sus hombros eran casi tan anchos como la puerta. Milán hundió el rostro en el hombro de Isaac durante el abrazo y se quedó helado un segundo. Esperaba olor a pólvora, a bosque o a ese sudor amargo de quien vive huyendo, pero Isaac olía a mandarina fresca y algodón de azúcar.

—Estoy bien —dijo Isaac mientras lo seguía abrazando—. Traje cena. Invítame a pasar antes de que se enfríe.

Isaac entró al departamento y, de inmediato, el aire cargado de café frío y encierro le golpeo la cara. Comieron casi en silencio, intercambiando sonrisas a medias. Isaac no dejaba de observarlo, le brillaban los ojos al ver que su amigo estaba bien. Se guardó el secreto de que él mismo le había pedido a Gabriel que alejara a Milán de la manada.

Sabía que si Milán se enteraba de que lo habían echado por su propia seguridad, jamás se lo perdonaría. Pero al verlo ahí, hecho un hombre, supo que había valido la pena.

Fue Milán el que empezó a hablar del nuevo equipo, de lo basura que podía ser la gente y de cómo, a veces, los humanos daban más miedo que cualquier monstruo del bosque.

—Entonces todo cambió —dijo Isaac, mirándolo con una nostalgia extraña—. Estás haciendo algo bueno con tu vida. Me alegra.

Hacía ocho años que no se sentaban así. Isaac se veía más alto, o quizás era solo la forma en que sus hombros llenaban el espacio. Tenía el pelo oscuro hecho un desastre, cayéndole sobre su frente. Milán se fijó en sus pestañas, que siempre le habían parecido demasiado largas para un tipo como él, le daban una expresión medio cansada, una mirada triste, que no encajaba con la mandíbula marcada y los rasgos duros que tenía ahora.

—Perdón por lo del otro día —murmuró Milán—. Hablé sin pensar…

—Sabes que quemaría el mundo entero por ti, ¿verdad? —Isaac lo interrumpió—. No quiero tu ayuda porque creo que eres débil. Es porque eres humano, eres de los que se sacrifican por otros y no voy a dejar que te pongas en peligro. No tienes que demostrar nada.

Isaac estiró la mano y le revolvió el cabello a Milán, dejando los dedos ahí un segundo más de lo necesario.

—Si te pasara algo... no me lo perdonaría. Porque tú eres el tipo de humano… El tipo de humano que yo quería ser antes de convertirme en esto.