Capítulo 1
No era el pasado.
Tampoco el presente.
Era lo que quedaba.
Las calles, por fin, estaban en silencio. En el ocaso de ese día llegué al edificio que alguna vez fue la alcaldía. Las enormes puertas habían sido reducidas a trozos esparcidos y carbón. En las paredes, antes blancas, quedaban hollín y marcas de impacto.
Mientras avanzábamos hacia las escaleras, aún se notaban las huellas de lo ocurrido: casquillos en el suelo, manchas oscuras secándose entre las grietas.
Subí las gradas despacio. Alguien había limpiado lo justo para que el lugar pareciera funcional. Donde antes se reunía el Consejo del DSI y el poder central, ahora discutía la rebelión.
—Esperen aquí —dije.
Entré sin tocar. No quedaba en mí respeto por quienes se reunían adentro. Tampoco pareció importarles mi presencia. Nadie preguntó por qué había llegado tarde. Me senté y escuché.
Las frases se repetían. Cambiaba la voz, no la intención.
Mi gente.
Control.
Territorio.
Seguridad.
Orden.
Después de la victoria.
Me puse de pie.
—Sigan nomás —dije—. Yo ya no pertenezco aquí.
Por primera vez desde que llegué, los nueve estuvieron de acuerdo en algo: me miraron como si fuera un traidor.
Salí.
Mis manos temblaban cuando los vi esperándome afuera. El miedo me subió desde los pies, lento, inevitable. No por lo que acababa de hacer, sino por lo que aún podía pasar si no actuaba hoy.
—Decidí creer en ellos por última vez —dije—. Pero así son los políticos.
Damaris me sostuvo el hombro. Su viejo FAL colgaba firme contra su cuerpo.
—¿Estás seguro?
Por un instante todo se detuvo. Ya no había espacio para la duda. Alea iacta est.
Yo era la suma de los errores de un país que quería salvar.
—Sí.
Stiven abrió la puerta.
No escuché palabras.
Solo el eco de los disparos.
Fueron pocos segundos, pero bastaron para cambiar nuestro destino.
Nadie olvidaría lo que ocurrió allí.
Yo, menos que nadie.








