Capítulo 1 "La claúsula"
Londres, 08:30 a.m.
Capítulo 01: La cláusula.
En el horizonte del Londres, donde el río Támesis atraviesa el corazón de la ciudad y los rascacielos compiten por la atención, se levanta una gran espina arquitectónica que la prensa financiera ha bautizado, por su apariencia oscura, como el “Prisma de Obsidiana”. Con setenta y cinco pisos de altura, el corazón global de Vexta predomina el espacio como un dedo reclamando su entorno.
Para los transeúntes comunes, el Prisma es un misterio de superficies lisas que devuelve la imagen de la ciudad en su reflejo, como un espejo pulcro y perfecto. Para el mundo corporativo, el conglomerado de Douglas Mirren es el eje sobre el cual gira la economía digital de la nueva era.
La estructura está diseñada bajo la seguridad y perfección de un hombre que valora la jerarquía de poder. Los niveles inferiores, del uno al diez, son los únicos espacios en los que el gigante ha permitido el acceso al público, permitiendo a la empresa interactuar con el mundo exterior bajo una vigilancia que roza lo paranoico. Cada metro cuadrado dentro y fuera de esas paredes siendo filmado y monitoreado en tiempo real, como un gran ojo que todo lo ve. La rigurosidad y el protocolo despierta la curiosidad de la mayoría de los reporteros y visitantes, pero ninguno es capaz de cruzar más allá de dónde le corresponde, puesto a que mientras más se asciende, el aire se vuelve más frío y el acceso incluso más restringido.
Los rumores dicen que el edificio es una fortalece impenetrable que posee su propia red eléctrica independiente y un sistema de inteligencia artificial avanzada que gestiona desde la luz más pequeña hasta los protocolos de seguridad más protegidos de la torre. Entrar en el santuario del titán es aceptar que mientras estés dentro, te conviertes un punto de datos más en su gran ecosistema.
Esa mañana, la ciudad de Londres estaba bañada de una paleta de grises que combinaba a la perfección con el aire de la empresa: el clima frío por la cercanía de la época de invierno, la llovizna constante decorando con microgotas los cristales inmensos y la tensión que se percibe en la sala de conferencias cada vez que, en un silencio absoluto, la prensa espera por la llegada de la señora Mirren, su receptividad para hablar con alguno de ellos siendo una oportunidad que poco pasa, ya que el matrimonio Mirren es conocido por ser tan inaccesible como la torre misma.
En el piso tres, la sala de conferencias es un anfiteatro minimalista y sofisticado, con monolíticas columnas de hormigón pulido que se elevan hasta el techo en una curvatura prolija y moderna, el logo de Vexta tallado en el centro de cada una; luces led indirectas que corren a lo largo de las molduras del techo y gradas curvas tapizadas en cuero que rodean una mesa de cristal y grafeno en el centro, la arquitectura diseñada para que cada rincón tenga una vista despejada al orador. A través de los ventanales se puede apreciar como el tráfico de Londres fluye como el río Támesis, pero dentro de la sala el sonido está tan bien filtrado que se puede escuchar el roce de la tela de los trajes moviéndose contra su piel.
Es inevitable para los reporteros no sentirse pequeños, el asedio de la prensa aquí se siente diferente a lo que podría haber sido en un hotel o un auditorio público, más liberal y efusivo: estar rodeados de la infraestructura de una empresa tan imponente que, en este momento, transmite la sensación de que sabe más de sus vidas que ellos mismos, evocaba el orden y control.
En cuanto Julianne Mirren entra a la sala, todos los presentes se colocan de pie, recibiendo a la esposa del titán con sonrisas apretadas y una cortesía demandada. Ella se apoya ligeramente sobre la mesa de cristal con las palmas, su belleza aristocrática siendo de las características más acentuadas por la prensa, además de su fama en tribunales como abogada: una mujer esbelta de estatura promedio con un balance perfecto entre la elegancia y la autoridad que precede su apellido.
Enfundada en un traje blanco y un peinado que no permite ni un solo cabello fuera de lugar, Julianne se posiciona frente a las cámaras, lista para la conferencia transmitida en tiempo real.
—Buenos día a todos. Queremos darle la bienvenida al tercer piso del aclamado prisma —su voz resuena con claridad en el anfiteatro, sin rastro de eco —. Y al origen del mañana; estamos apenas al principio de esta torre, pero setenta pisos encima de nosotros se procesa la información que moverá las economías de la próxima década. Hoy, sin embargo, no estamos aquí para hablar del almacenamiento de datos de nuestros usuarios, o las actualizaciones de la inteligencia artificial de Vexta. Estamos aquí para hablar de lo que hay debajo del agua: nuestro más reciente y último proyecto, el VB-01.
Detrás de ella, una pantalla holográfica proyecta un plano del prototipo ambicioso del que habla, mostrando junto al mapa de Noruega lo que parece ser una infraestructura submarina. Los reporteros y periodistas sostienes sus cámaras y micrófonos con firmeza, observando con admiración y atención la pantalla. Ninguno se exalta ni se acerca, manteniendo la distancia de seguridad establecida en el protocolo de entrada no solo por ser una orden, sino por la parsimonia y seguridad con la que manejaba la Julianne Mirren a su audiencia.

—Vexta Benthic no es solo una expansión de red, como muchos han de pensar: para nosotros, en el primer sistema de almacenamiento de datos blindado por el océano mismo —Julianne explica mientras señala la imagen holográfica— Al instalar nuestros servidores en el lecho marino de las aguas noruegas, Vexta busca ofrecer una seguridad física e innovadora que la tierra ya no puede garantizar, donde la información de nuestros clientes estará protegida no solo por el mejor cifrado del mundo, sino por la geografía misma. Vexta aprovecha cada una de sus oportunidades para beneficiar a nuestros consumidores, y esta vez, mientras otras empresas se mantienen en la conformidad de las nubes, nosotros estamos reclamando la profundidad de la tierra.
Un periodista se ajusta la corbata, alto y de cabello oscuro. Es el primero en levantar la mano por el derecho de palabra, rompiendo con el discurso de la rubia en frente.
—Señora Mirren, los rumores en el sector financiero apuntan a que el proyecto VB-01, anunciado dos semanas previas a su lanzamiento, desafía a las leyes de la unión europea y la capacidad de competencia en el mercado. Mi pregunta es ¿cuál es el límite para Vexta? Y en un momento tan importante cómo este, ¿Dónde está el señor Douglas Mirren? Su ausencia en una presentación de este calibre resulta… llamativa.
Julianne presta atención a lo que el reportero pregunta, aguarda silencio tres segundos antes de contestar, esbozando una sonrisa que no llega a la gelidez de sus ojos azules.
—Bueno, como la mayoría debe saber, mi esposo no es amante de las presentaciones, sino de las realidades, caballero. Mientras nosotros estamos aquí discutiendo los detalles de la expansión, el CEO de Vexta está en Noruega asegurando que todo esté en orden, los datos de este continente sean seguros y, sobre todo, inexpugnables antes de la firma legal.
La seguridad con la que Julianne habla actúa como un sedante para los mercados e inversores, la confianza ciega en el conglomerado por su racha de éxito intachable es una herencia que ha transcurrido a través de los últimos diez años. Ningún teléfono suena, pero se escuchan vibraciones con alertas de compra: las acciones de Vexta están subiendo en tiempo real mientras ella habla en la transmisión en vivo, lo que solo acentúa los resultados del gigante tecnológico como algo infalible.
Además, la seguridad en su voz no se trata solamente de una confianza plena en su esposo, que ya es decir demasiado considerando que él es un arquitecto de sistemas y economías que mide con una precisión quirúrgica cada una de sus proyecciones; sino en su propio conocimiento sobre cada letra de los contratos del VB-01 en Noruega, examinado con ella en la cabeza y su equipo de abogados graduados directamente desde Oxford.
—¿Alguna pregunta más que no involucre la agenda de mi marido? —ella inquiere, su sarcasmo ligero creando una sonrisa nerviosa en el entorno.
El reportero se retrae, sin ninguna contra respuesta por la que desee pelear. En la sala de conferencias, nadie parece tener preguntas fuera de lo que Julianne Mirren ya está explicando, pues su exposición aclara punto a punto cada caso de incomodidad o duda que pueda ser abordado mientras todo se transmite a nivel internacional por los canales de Vexta.
Singapur, 16:55 p.m.
A casi once mil kilómetros de distancia, con una diferencia horaria de ocho horas por delante de Londres, la sede de Nebula se ha quedado en una pausa comercial de trabajo, los empleados observando en una oficina pequeña y desordenada el canal oficial de Vexta con sus noticias financieras.
A diferencia de los rascacielos de Londres, Nebula era una empresa pequeña pero funcional: el ambiente huele a café, madera vieja y al calor de un equipo unido que trabaja más por pasión que por jerarquía. Tenía apenas cinco plantas, las oficinas eran espacios reducidos y el sistema de cableado podía verse por todos lados. No tiene una vista espectacular, pero el puerto de Singapur funciona como una manera de conectar con la realidad desde un espacio tecno-creativo donde las pantallas, libros de derecho abiertos y los informes abundaban.
En medio del orden dentro del caos, Noah Kentlee se balancea de un lado a otro en su silla de juegos, soplando con cuidado su taza de café oscuro mientras presta atención a las noticias y, al mismo tiempo, el monitor de su computador ilumina su rostro con suavidad mientras los códigos de una programación que ya envió trabajan en silencio.
Su postura resulta graciosa para alguien que se supone que está en una oficina corporativa de trabajo: viste un jersey gris ceniza con mangas largas que casi le ocultan las manos, unos pantalones de lino que ignoran cualquier código de vestimenta y un moño desordenado que apenas logra contener la rebeldía de su cabello ondulado. A diferencia de sus compañeros, Noah transmite una tranquilidad casi insultante.
—Pobre mujer —la voz de Noah es un susurro cargado de una diversión casi imperceptible—. Demasiado fina para ser tan ridículamente ciega.
—Ciega y lo que le sigue —Ruth, una consultora que forma parte del equipo estratégico de Noah, se coloca de pie detrás de ella con una sonrisa radiante—. Mírala, tantos diamantes no le han dejado ver la cláusula.
La chica de piel morena es un contraste de energía ante el pragmatismo de Noah y la parsimonia estresante de Sean, sentado apenas unos metros más atrás de ellas. Ella deja unas carpetas al lado del computador de Noah con un golpe seco y juguetón.
—Aunque seamos sinceros, a cualquiera le encantaría quedarse ciego por un par de diamantes de lujo…
—A mi no. —Noah le enarca una ceja con una sonrisa ladina en sus labios.
—Ay, claro que sí. No mientas, te encantan las mierdas caras y de lujo. Admítelo, admítelo, vamos.
—¿Te puedes callar? —gruñe Sean, sin levantar la vista de sus pantallas. Tiene su usual cara de amargado e irritación constante, algo irremplazable en el genio de la ciberseguridad del equipo —. Estamos en el proceso de lanzarnos contra un megalodon de la tecnología y tú estás hablando de diamantes. Concéntrate.
—Concéntrate tú, yo ya hice mi parte. —Ruth le hace una mueca, señala las carpetas que dejó en el escritorio de Noah y luego le rueda los ojos con fastidio al castaño— Así que cierra tú la boca y trabaja, esclavo.
—La del color esclavo aquí eres tú.
Ruth abre la boca en grande, jadeando con sorpresa por el insulto de Sean. No quiere reír, pero se le escapa una risa aireada por el comentario. Antes de que pueda responderle a su amigo y comenzar una discusión de insultos que no parecían nada amistosos, Liam Voss, el dueño de Nebula, entra a la oficina de los tres últimos contratados en su empresa: su respiración pesada y el nudo de la corbata desecho.
—¿Están viendo lo que Vexta anunció? —el pesimismo en su voz mientras camina de lado a lado es notorio, en la televisión todavía está Julianne Mirren respondiendo preguntas —El mercado se ha vuelto loco con la conferencia de prensa. Muchachos, las acciones de Vexta están tocando el techo y siguen subiendo, si ellos logran cerrar el trato en Oslo, estamos perdidos. No habrá ninguna posibilidad de entrar en la competencia.
—Tranquilo, jefecito. Todo en orden —Ruth le asegura, con una sonrisa luminosa y dos pulgares arriba. Sin embargo, él no parece tranquilizarse, las predicciones del mercado hablan por sí solas con un volumen que promete arrollar a las empresas pequeñas y asegurar un lugar es, sin duda, casi imposible.
Voss mira a Noah, en busca de una seguridad que él no tiene en este momento. —Noah… ¿el plan que tienen realmente va a funcionar? Porque comienzo a tener mis dudas.
Noah no se gira, sus ojos color café siguen en la pantalla donde se transmite la conferencia de prensa en Londres. En su lugar, Noah le señala una esquina de la pantalla de su computador que resalta en medio de varias ventanas abiertas que ella tiene ahí.
—Mírelo usted por su cuenta. El mayor error de un titán siempre va a ser su exceso de confianza, señor. He visto este patrón una, y otra, y otra vez con otras corporaciones. —comenta ella con un ritmo pausado—. Y he tenido el placer de usarlo a mi favor. Douglas Mirren cree que puede apoderarse de todo el sector tecnológico y comercial de Europa, pero he encontrado la manera de neutralizarlo.
—¿De qué hablas? —Voss se detiene tras ella, confundido mientras se inclina un poco para leer el artículo que ella le señala —. Eso es un tratado de pesca de hace setenta años. ¿Qué relevancia tiene eso ahora? Vexta va a aplastarnos.
Noah gira en su silla y lo mira, demasiado tranquila para alguien cuya única garantía de trabajo son sus resultados más no sus métodos; su libertad laboral le permite hacer lo que quiera con tal de que de resultado, y eso muchas veces la posicionaba en el faro de la duda, de si era capaz o no.
—Esa “relevancia” es el ancla que va a hundir la infraestructura de Vexta, y no en el buen sentido. Según esta cláusula de 1954, cualquier estructura que se adhiera al lecho marino noruego por más de cinco años deja de ser propiedad privada para convertirse en patrimonio nacional.
Voss pestañea y la extrañeza se dibuja en su cara mientras asimila la información, dimensionando en su cabeza lo que eso implica sin necesidad de ser lo suficientemente ignorante como para preguntar. Cuando parece captarlo, mira a su consultora con ojos grandes.
—No es cierto… Si lanzamos eso ahora…
—No lo lanzaremos “ahora”, señor —lo interrumpe Noah con un gesto de la mano—. Si lo hacemos, les damos tiempo para renegociar, y no es lo que queremos. Vamos a dejar que Julianne termine con su rueda de prensa y que el mercado se infle con la falsa primera del VB-01. En cuanto se acerque la hora de la firma: poom, la aguja explota el globo, dejando a Douglas Mirren no solo con una perdida de cuatrocientos millones, aproximadamente. Sino con una mancha imborrable por su negligencia legal.
Noah se incorpora y apoya su mano izquierda sobre el hombro de Voss. Debido a su estatura, una mujer de un metro ochenta de altura acostumbrada a dominar su entorno, Liam se ve forzado a inclinar la cabeza hacia atrás, quedando atrapado bajo la mirada inquebrantable de la estratega.
A sus espaldas, lo único que se escucha son las noticias en el televisor, el sonido bajo de los servidores trabajando y, en un rincón opuesto, Ruth y Sean peleándose en un murmullo hostil sobre si deben pensar en comprar diamantes o no, idea sugerida por la morena.
Liam se relaja visiblemente, sus hombros tensos cayendo a sus lados sin ser consciente de que ha estado rígido desde que puso un pie fuera de la cama esa mañana. El pánico y el estrés que antes surcaban sus facciones ahora es sustituido por una chispa de fascinación y asombro oscuro al entender la magnitud del naufragio que Noah y sus amigos acaban de diseñar.
Ya no ve un tratado de pesca olvidado, no. Es mucho más que eso. Ahora ve un arma ejecutiva masiva que va a ser, sin duda, una cachetada de guante blanco para los Mirren.
—Señor Liam Voss, usted nos ha contratado por soluciones —Noah deja que las palabras caigan con la precisión de un veredicto—. Bueno, aquí las tiene; Nebula no puede sobrevivir a un gigante como Vexta, pero sí puede alimentarse de él.
Ella ladea la cabeza apenas unos milímetros, sus ojos brillando con la intensidad de quien ya ha visto el futuro y ha decidido que le pertenece.
—Y eso es exactamente lo que vamos a hacer.
Oslo, 11:15 a.m.
La suite presidencial del Hotel “The Thief” en Oslo está bañada por el frío que trae la neblina filtrada por los ventanales abiertos. Ahí, de pie en la pequeña terraza, Douglas observa el puerto de la ciudad, donde las aguas del fiordo se agitan con una lentitud gélida y relajante que le ayuda, de alguna forma, a serenar su mente.
A sus treinta años, no es un hombre que solo posee un físico que domina su entorno, sino la cabeza de un titán que ha aprendido a anticipar el caos antes de que ocurra. La seguridad que irradia es el fruto de años de trabajo y dedicación por el detalle, sus resultados hablando por sí solos ante cada empresa pequeña que ha devorado, y cada sede nueva que inaugura a lo largo de Europa.
Douglas viste un pantalón de traje gris oscuro, una camisa blanca de seda desabrochada dos botones por debajo del cuello y la chaqueta del mismo color de su pantalón que ha debajo en el respaldar de una silla: sus hombros anchos y toda la potencia de su anatomía apenas contenida por un traje que no parece estar diseñado para soportar la rigidez y tensión de su cuerpo en este momento.
—Señor Mirren, los representantes noruegos acaban de entrar al edificio —la voz del jefe de su equipo legal, un hombre con tres décadas de experiencia y un traje que cuesta más de lo que gana en un solo día, rompe el silencio con una nota de reverencia.
Douglas no se voltea de inmediato. Contempla el fiordo un par de segundos más antes de entrar a la suite, acercándose a la mesa de roble donde su computador y los contratos residen.
—Que esperen —la voz de Douglas es un trueno bajo, perfectamente controlado—. Haremos una última revisión antes de firmar.
Sin embargo, en el momento en el que toma asiento y oprime el espacio de su laptop para encenderla y revisar que los documentos pertinentes y los planos de VB-01 estén a su alcance para discutirlos, algo extraño ocurre: el servidor privado de su laptop, una joya de sistemas que él mismo ayudó a programar para tenerla a su gusto, la pantalla enciende, se apaga, y vuelve a encender, mostrando no su fondo genérico de pantalla, sino tres rectángulos rojos que parpadean repetidamente, emitiendo un sonido de alerta mínimo.
—¿Qué es esto? —Douglas frunce el ceño y se echa hacia atrás, extrañado y alerta mientras su equipo legar intercambia miradas confusas, pero nadie hace una pregunta real.
Esto no es normal y él lo sabe; ningún equipo producido por Vexta falla. Nunca. Mucho menos su laptop personal. Douglas intenta hacer algo para que el procesador del equipo avance, oprimiendo diferentes teclas, pero nada funciona, las líneas de código no responden a sus comandos. Sin embargo, cuando considera en quitarle la batería y restaurarlo por completo, la pantalla se congela, y luego avanza con un encendido normal.
En ese mismo instante, Douglas se tensa cuando en medio de su pantalla de inicio, hay un archivo que desconoce. Le hubiera encantado decir que era un virus, sin embargo, lo que encontró cuando lo abrió fue mucho peor: un informe elocuente, redactado con una sofisticación gramatical que buscaba no solamente informar, sino darle un golpe digital enviado directamente desde un servidor en Singapur bajo el sello de Nebula.
[ INFORME TÉCNICO-LEGAL: PROYECTO VEXTA BENTHIC 01
Emisor: Consultoría Estratégica de Nebula (Singapur).
Destinatario: Douglas Mirren, C.E.O de Vexta.
Estimado Sr. Mirren:
Es fascinante observar cómo la ambición, cuando es lo suficientemente vasta, tiende a nublar la visión periférica de quienes la poseen. Mientras su equipo se dedicaba a medir la profundidad del océano y la velocidad de transmisión de sus cables de fibra óptica, parecen haber olvidado un detalle fundamental: la tierra sobre la que pretenden construir tiene memoria, y sus leyes, aunque antiguas, no son opcionales.
En el documento adjunto encontrará el Anexo IV del Tratado de Soberanía Marítima y Recursos Costeros de 1954, una reliquia legal que su departamento jurídico ha decidido ignorar por considerarla, supongo, “ruido histórico”.
Me permito traducir para usted la esencia de su error:
“Cualquier estructura de carácter permanente o infraestructura crítica que se adhiera al lecho marino noruego por un periodo superior a los sesenta meses, bajo la premisa de servicios de utilidad pública o estratégica, será considerada —de pleno derecho— Patrimonio Nacional Inalienable.”
En términos que incluso sus abogados de Oxford puedan procesar: el Proyecto VB-01 no es una adquisición; es una donación. En el momento en que su pluma toque el contrato en Oslo, usted no estará comprando una base de datos. Estará entregando mucho más de cuatrocientos millones de dólares en tecnología de punta al Estado Noruego, sin derecho a reclamación, propiedad o usufructo privado.
Agradecemos la subida en el valor de nuestras propias acciones que su imprudencia ha provocado esta mañana. Nos hemos encargado de hacer honor a su apellido y distribuir la información a lo grande, como corresponde. Esperamos que disfrute de la hospitalidad de Oslo; es una ciudad hermosa para reflexionar sobre la diferencia entre tener el dinero para comprar el mapa y tener la inteligencia para leerlo.
Atentamente,
N.K. Arquitecta de Estrategia Legal Digital. | Grupo Estratégico de Nebula ]
Douglas se reclina en su asiento mientras su mirada se tiñe de un veneno puro y concentrado. La incredulidad inicial deforma sus facciones en una mueca amarga, una máscara de desprecio que intenta ocultar el desconcierto. Lee el informe una y otra vez; sus ojos quedan clavados, casi hipnotizados por el horror, en dos palabras que parecen brillar con luz propia sobre la pantalla: “Soberanía Marítima”.
Respira profundamente, una bocanada de aire gélido que busca frenar el impulso de despotricar contra su equipo antes de confirmar la magnitud del desastre. En su mente, se aferra a la idea de que esto no es más que una broma de mal gusto; se niega a aceptar que una cláusula olvidada haya escapado del escrutinio clínico de su esposa. No obstante, cuando toma su teléfono y rastrea en la red el nombre de la ley que resalta en rojo sangre en su pantalla, la incredulidad muta en una indignación volcánica. Aprieta la mandíbula con tal violencia que un dolor sordo le recorre la quijada hasta las sienes.
—Señores —murmura Douglas. Su voz es un barítono bajo, una vibración peligrosa que eriza el vello de todos los presentes—. ¿Alguno de ustedes, en sus años de litigio y sus doctorados en Oxford, se tomó la molestia de revisar los anexos de pesca del derecho internacional noruego de 1954?
El silencio que sepulta la sala es absoluto, denso como el hormigón del que se constituye su empresa. Los abogados intercambian miradas furtivas, navegando entre la alarma por el repentino vacío emocional de su jefe y la desorientación más absoluta.
—¿Señor? No comprendo... ese tratado es irrelevante para infraestructuras de fibra óptica —balbucea el líder del equipo, su voz quebrándose ante la mirada de Douglas.
Mirren gira la laptop con un movimiento brusco, casi violento, haciendo que el chasis golpee la mesa con un estruendo metálico.
—Nebula acaba de filtrar este informe a la prensa internacional y al Ministerio de Comercio de Noruega. Invalidaron toda la base legal de la compra. ¡Acaban de convertir mi maldita inversión de cuatrocientos millones en un donativo nacional para el Estado noruego!
Se pasa ambas manos por la barba, un gesto de estrés que traiciona su habitual compostura. La sensación en su pecho no es fuego; es un frío ártico que quema, una quemadura por congelación que le oprime los pulmones. Más allá de la pérdida patrimonial, es la humillación lo que le escuece en la garganta. Alguien —una consultora fantasma cuyo nombre ni siquiera figuraba en sus informes de riesgo— ha encontrado la única grieta en su armadura de acero.
—Están despedidos —sentencia con una calma que aterroriza más que cualquier grito—. Todos. Tienen cinco minutos para recoger sus maletines y salir de este país. Si vuelvo a ver sus nombres asociados a Vexta, me aseguraré de que la única ley que practiquen sea la de insolvencia personal. Largo de aquí. ¡Fuera!
El equipo de legales desaloja la habitación en un torbellino de pánico, huyendo de la furia inminente que emana de su ahora exjefe. Douglas se queda solo, rodeado por el lujo insípido de la oficina, mirando un contrato que ahora tiene el valor de un papel sucio.
—Maldita sea —sisea entre dientes, la frustración desbordándose.
Actúa por instinto, con la rapidez de un animal herido que aún tiene colmillos. Marca el primer número en su marcación rápida: Naomi, su secretaria.
—Señor Mirren, buen dí...
—Quiero todo sobre Nebula —la interrumpe, su voz vibrando con una intensidad depredadora—. Sobre la empresa y su personal, especialmente alguien con iniciales “N.K.” en el equipo estratégico: quiero su expediente completo, su formación, su dirección y cada maldita línea de código que haya escrito en los últimos cinco años.
Al otro lado de la línea, el silencio de Naomi delata su sorpresa ante el tono salvaje de Douglas, pero es lo suficientemente astuta para no cuestionar a un hombre que está viendo su imperio tambalearse. En Londres, la noticia aún no ha roto los informativos, pero Douglas sabe que es cuestión de minutos para que el ticker financiero de cada canal comience a parpadear en rojo.
—Como ordene, señor Mirren.
Cuelga y arrebata su saco del espaldar de la silla. Se lo pone de mala gana, ajustando los hombros mientras cierra la laptop de un golpe seco que resuena en las paredes. Sus dedos, mecánicos y rígidos por la rabia, abotonan su camisa mientras sus ojos se clavan en la inmensidad del fiordo noruego. Toma su teléfono personal y marca el número de Julianne con una urgencia febril.
Necesita volver a Londres antes de que el mercado lo devore vivo, consciente de que, en este preciso instante, su esposa está sonriendo ante las cámaras, siendo la cara de una victoria que ya es un cadáver en descomposición.