Besame Así

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Summary

En el internado "Las Mujeres de Dios", cada susurro es un pecado y cada mirada, una herejía. Alba y Ayanara lo saben. Por eso su amor es el secreto mejor guardado entre los muros de ese convento. Pero el deseo es más fuerte que el miedo. Sus encuentros furtivos en el salón de biología prohibido son su único cielo en un infierno de reglas. Si las descubre la hermana Mary Gracie -"La Lilith"-, no será la expulsión lo que teman, sino el castigo divino... y el de sus propias familias. ¿Hasta cuándo podrán esconder un amor que quiere arder a gritos?

Genre
Romance
Author
Guadalupe
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

—Alba, detente—.

Ayanara me miraba con demasiado deseo. Sus manos estaban en mi cuello, mis manos en su cintura. El beso que había iniciado con cariño poco a poco se volvió un deseo interminable, como si no hubiéramos comido en días.

Mis manos pasaron a sus pechos. El deseo que tenía por ella era tan grande que podría alimentar a un país entero sin problema. Ayanara me miraba como si fuera la chica más inocente que podría existir, pero lo que hacíamos no era algo tan lógico.

Era como si buscáramos un número en el vacío. Nuestras bocas estaban conectadas a otra sintonía. Sus manos pasaron a mis caderas, haciéndome arquear poco a poco hacia atrás; después bajaron por la espalda, por donde se habían deslizado. Metí mis manos por debajo de su blusa; no quería que se muriera de frío si se la quitaba.

Poco a poco, ella empezó a quitar los listones de la falda que tanto nos estorbaba. Mi piel sentía escalofríos de pies a cabeza: piel con piel. Mi lengua pasó por su delicado cuello, sentí sus clavículas. Poco a poco quité mi lengua para empezar a succionar, hasta que me quedé sin aire en los labios.

—Ahh —solo me agarró muy fuerte por la espalda entonces, ahogando sus uñas en mi piel.

Tenía que quitarme estas ganas o no podría ir a dar pláticas con respecto a los enfermos con la hermana Gaia. Me picarían las manos en la clase de costura. Debía concentrarme en lo que estábamos haciendo. Solo quedaban mis calzones y unas mallas que nos pedían como uniforme de este convento.

Ella traía solo las mallas que nos pedían. Solo esbocé una sonrisa pequeña. Estaba sentada en una mesa del salón donde estábamos; ella se abrió para mí, aún un poco nerviosa. Su cuerpo, frío pero al mismo tiempo lleno de deseo. Al verla así, generaba más ganas de hacerla mía, no por posesividad, sino porque sabía que era el amor de mi vida, y yo el de ella. Poco a poco fui acariciándola, al inicio suave, para después hacerlo un poco más fuerte sin lastimarla. Ella se retorcía de placer; sus manos torpes intentaban quitarme el sujetador.

—Traerán a una nueva novicia. Se llama Rose, es una excelente novicia. Quieren que la ascendamos paraJuniora, pero algo no convence a la madre Gracie.

—El siguiente año lo decidirá. Estoy segura de que si la aceptó fue porque su padre es estadounidense.

Mi mano fue a su boca, callándola de inmediato. Nos miramos asustadas mientras se escuchaban pasos, que eran más prominentes. Tenía miedo de que abrieran la puerta del salón de biología que ya no usan “porque Dios nos creó“. Ahí era donde teníamos nuestras pequeñas travesuras, y no tan solo yo, sino otras chicas. No tan solo en la intimidad: había chicas que fumaban. Esa tradición de fumar, sexo, drogas y alcohol inició en los años 20′s. Tengo una duda existencial: ¿de verdad las hermanas no pueden divertirse? ¿Es obligatorio, o de a huevo, ser amargadas y ser un dolor de culo? Sé que no todas; la madre Gaia y la madre Tessa eran las mejores monjas que nos habían tocado.

Las voces eran de las hermanas Sam y de la hermana Tessa. Cuando la miré, ella parecía asustada; sus ojos querían llorar. Solo la abracé. Los pasos siguieron por el pasillo.

Tuvimos que terminar, un poco más de lo normal. Nos cambiamos; Ayanara tenía que irse a cambiar y bañarse para que no sospecharan. Mientras tanto, yo tenía que irme a acompañar a la hermana Gaia. Estudiábamos en un convento de monjas. Había diez hermanas “principales” que eran las que mayormente nos daban clases; luego les seguían las “hermanas de la fe”, como se hacían llamar, que eran como prefectas, administrativas del convento. Cuidaban y limpiaban en ocasiones los salones, pero solo cuando entraban chicas de primer grado. Luego estaba la superiora, la hermana Mary Gracie.

Como todas en el convento, la llamábamos “la Lilith”, y no porque fuera una revolucionaria. Estar con ella era estar igual que en el infierno. Si ella creía en algo, se hacía. Si veía que el listón de la falda no estaba bien amarrado y el cierre no estaba hasta arriba, te hacía limpiar todo el convento sin comer hasta el día siguiente (aunque la hermana Tessa te diera un pancito a escondidas, obvio) y pedirle perdón cincuenta veces en su libreta especial. Pero no era el típico “perdón”. Era:“Alba Condrat pido perdón por no amarrarme bien el listón de la falda del convento ‘Las Mujeres de Dios’. Lamento no obedecer a Dios y a Cristo como la Santa Biblia me había enseñado, que el pecado mayor es incitar a los hombres (que no hay, ¡verdad!), incitar a mis hermanos y mis padres a que me hagan el amor, un pecado lujurioso e impuro.”

—Me espanté, pensé que las hermanas nos habían escuchado —Ayanara se acomodó la falda, que le llegaba hasta el suelo.

—No te preocupes —me acerqué a su frente. Nuestras frentes, una frente a la otra.

—Tengo miedo de que nos atrapen, Albita —ella me empezó a besar las mejillas.

—Tranquila. Si a Azzurra nunca la atraparon cuando se metió con Quetzalli y Citlali... —estaba tranquila de que no nos atraparían, ya que no lo hacíamos desde hacía un mes.

La besé por última vez. Me acerqué a la puerta, girando la perilla. Un nudo en mi garganta se formó; mis manos temblaban cuando toqué la perilla. Mis ojos se sentían como si tuviera insomnio. Cuando abrí la puerta, no había nadie. El pasillo que había era demasiado grande, de colores café, mármol rojizo con un amarillo pastel que hacía juego con el café, como si se mezclaran bien.

Volteé a verla. Ella lucía tan hermosa. La piel pálida de Ayanara con sus ojos verdes intensos era lo más bonito que había visto. Era una chica que tenía curvas como si fuera Marilyn Monroe; era una chica hermosa, aunque sus caderas eran más amplias, además de tener unos glúteos bonitos. Una sonrisa se le escapó. Hice un gesto para que viniera. Nos dividimos como si no nos conociéramos; cada quien caminó por el camino contrario.

Me dolía ver cómo cada una tenía que tomar su camino. Quería que todo fuera distinto, tanto para mí como para ella. Su madre, si se entera de que sale conmigo, me asesina viva. Mi familia me mandaría a un internado, y lo que menos quiero es separarme de mi Ayis, mi lunita preciosa.

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