Luthenbur

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Summary

El reino de Luthenbur ha caído en desgracia. Las brumas y los espectros vagan libremente por sus calles: los rumores acusan al rey, otros a los Druesthas e incluso a la magia negra. Mazed y su banda cayeron en una de las muchas maquinarias del rey Laurent para limpiar el nombre de la corona. Ahora sus caras desfilan por los muros del reino.

Genre
Fantasy
Author
Lake_vs
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Pesadilla

El frío susurro de la noche no le dejaba dormir, además de su fuerte voluntad de no ceder al sueño. Por cada hora que pasaba bajo ese techo de madera, las desagradables pesadillas lo atormentaban, aún despierto.

Veía sombras a través de la ventana; las espesas nieblas envolvían todo a su paso, incluyendo su recinto. Los espectros se oían, somnolientos, esperando encontrar algún campesino desprevenido.

«Si ellos supieran que su existencia ya era conocida, no cazarían a nadie», pensó, irónico. Hacía tres días que se habían dispuesto a robar en el palacio; su cabeza tenía precio, uno alto. Suspiró, recargado en la pared de la cabaña. No sabía qué había sido de Cladent, ni de los demás. Sin embargo, se disuadió de cualquier intento de reencuentro, pues resultaba inútil con tanta niebla. Nadie salía a estas horas, ni siquiera un ladrón peligroso como Mazed. A excepción de su hermano menor Sett, al que él llamaba «loco idiota».

Cada minuto se hacía eterno. No tenía reloj. Pero eso no le impedía contar el tiempo con los dedos.

«Veintitrés, veinticuatro, veinticinco… »

El ejercicio le permitía permanecer en vela.

«Treinta y uno, treinta y dos, treinta y cuatro…»

Concentrándose en los números y no en sus problemas, terminó por quedarse dormido. En contra de su voluntad.

Las sombras se esparcían bajo sus pies. Forjaban siluetas; caras espectrales que susurraban. Le tocaban.

«Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos»

Sangre derramada. Ya no era solo sombra.

Rostros desconocidos, desfigurados. Yacían en el suelo. Su respiración se agitaba conforme avanzaba por el espacio, oscuro, estrecho; sin salida.

«Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos. Mátalos» —repetían las voces incesantes.

Un sonido agudo perturbó su oído.

—¡Agh! —se quejó, por el dolor potente que le llegó hasta las sienes. La sombra volvió, situándose frente a él, autoritaria. Se volvió hacia sus manos —sangre—: sangre carmesí resbalaba de entre sus dedos. Mazed no era su dueño. Su respiración se cortó.

Corrió.

Tropezó: el cuerpo del pequeño Barrón lo hizo caer. No podía respirar.

Agitación.

Los cadáveres se amontonaban encima suyo. Uno tras otro. No podía respirar.

Se asfixiaba al intentar apartarlos.

No podía respirar.

No podía respirar.

Asfixia.

Asfixia.

Ahogo.

Los cortó; se abrió paso entre ellos. Uno a uno. El arma estaba en sus manos.

¿Qué había hecho?

«No…», gimió.

Sett estaba en el suelo.

Sangrante.

Muerto.

Despertó.

Sombras, muerte, sangre. Sangre. Lo acosaban apenas despertaba. No comió.