Prólogo
La muerte que no hizo ruido
No hubo sirenas.
No hubo despedidas.
Nadie avisó que ella estaba muriendo.
La muerte de ella ocurrió en silencio, como ocurren las cosas que no importan lo suficiente para que alguien las mire. No fue un evento repentino ni dramático; fue una erosión lenta. Día tras día, palabra tras palabra, ausencia tras ausencia.
Ella siguió respirando.
Siguió caminando.
Siguió respondiendo cuando le preguntaban cómo estaba.
Pero algo esencial se fue apagando.
Murió la niña que esperaba ser protegida.
Murió la adolescente que creyó que amar bastaba.
Murió la mujer que confundió compañía con salvación.
Nadie la veló porque nadie notó el momento exacto en que dejó de sentirse viva.
Aprendió a sobrevivir temprano, y sobrevivir se volvió una identidad. No porque quisiera, sino porque no había alternativa. Sobrevivir significaba no pedir, no molestar, no necesitar demasiado. Significaba hacerse pequeña para no incomodar.
El cuerpo empezó a hablar cuando ya no quedaban palabras.
Dolor. Hambre. Insomnio. Vacío.
Y aun así, ella seguía intentando. Intentando amar mejor, ser mejor, aguantar un poco más. Como si el amor correcto, el lugar correcto o la persona correcta pudieran devolverle lo que la vida le fue quitando sin pedir permiso.
Este libro no es una despedida.
Es una evidencia.
La prueba de que ella existió.
De que sintió.
De que dolió.
Y de que, aunque algo en ella murió, algo más todavía está buscando cómo vivir.