Así se rió Jenni

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Summary

Ella iba a visitarlo a menudo. Y él aprendió a quererla sin saber cómo hacerlo bien. Durante la adolescencia, dos jóvenes intentan construir una relación juntos. Entre errores y inevitables intensidades amorosas, siempre terminarán convirtiéndolo en algo dañino, lo que sienten, comienza a romperse. Años después, una notificación inesperada los une por última vez.

Genre
Drama
Author
Ian Silva
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

EL PAISAJE LLENO DE DESTELLOS

Así se rió Jenni es una novela contemporánea de romance juvenil y despedidas.

De Ian Jesús Exequiel Silva Sánchez, presenta:

"ASÍ SE RIÓ JENNI"

Ella iba a visitarlo a menudo. Y él aprendió a quererla sin saber cómo hacerlo bien.

Durante la adolescencia, dos jóvenes intentan construir una relación juntos.

Entre errores y inevitables intensidades amorosas, siempre terminarán convirtiéndolo en algo dañino, lo que sienten, comienza a romperse. Años después, una notificación inesperada los une por última vez.


25 de diciembre de 2015, San Juan.


El frío cortaba con delicadeza el aire de aquella noche de diciembre, y los copos de nieve caían en silencio, dibujando un manto blanco sobre toda la provincia.

Desde la ventana del comedor se escuchaba el llanto de un niño, un bebé adorado por Jehová, mientras el murmullo de la cena familiar llenaba la casa: platos chocando, conversaciones mezcladas con risas y voces nuevas. Pero algo en el corazón del niño le pedía escapar, sentir la libertad de la nieve bajo sus pies y el aire helado rozándole el rostro.

Sin avisar, dejó atrás la calidez del hogar y cruzó la calle, adentrándose en el parque tenuemente iluminado por farolas de luz amarillenta. Cada paso crujía bajo la nieve recién caída, y cada respiración formaba nubes efímeras que se deshacían al instante.

Entonces la vio: una niña de diez años, de cabello oscuro y mejillas sonrojadas por el frío, que jugaba entre los copos con una risa clara y contagiosa. Por un instante, el tiempo pareció detenerse; la nieve, las luces y el aire helado se conjuraban para formar un mundo en el que solo existían ellos dos

Ese fue el primer encuentro. Sin palabras, pero con una curiosidad compartida, cuando la niña se volteó a mirarlo, comenzó un juego silencioso de miradas y sonrisas que trazó los primeros hilos de su amistad, de lo que probablemente sería una historia imposible de olvidar. Aquel día, Jehová le susurró que no sería prudente salir a esas horas, y que quizás años después el tomaría consciencia de ello.

El tímido niño se acercó a ella, con la intención de verla más de cerca. Entonces, ella le lanzó una bola de nieve directo a la cara:

— ¡Aléjate!

El niño solo la miraba, divertido al ver su cara empapada de nieve. Entre risas, tomó otra bola y se la lanzó con más fuerza.

La niña volvió a reír, y pronto comenzaron a jugar juntos en la nieve.

— ¿Cómo te llamas? — preguntó él.

— Me llamo Jennifer, pero me dicen Jenni.

— Ah... yo me llamo Ian.

— ¡Es un nombre genial! — dijo ella, antes de añadir — . Bueno, me están llamando para la cena, ¡Chau, Ian!

— Chau...

Ambos se distanciaron, cada uno hacia su casa. Pero cuando Ian llegó, no podía dejar de pensar en aquella niña, y un rubor subió a sus mejillas.

— Mmm... — murmuró ella, balanceando lentamente el vaso entre sus dedos mientras observaba a su hermanito con una ceja alzada — , Qué raro... juraría que hace un momento estabas aquí ayudándonos a poner la mesa.

El niño se removió, incómodo, junto al árbol de Navidad, cuyas luces parpadeaban y se reflejaban en las esferas rojas y doradas.

— Oye, tonto — continuó ella con una sonrisa traviesa, acercándose — . No me digas que te escapaste mientras colgábamos las guirnaldas.

— No me escapé... — respondió él, con una timidez poco habitual en un niño de su edad.

— Ajá... — rió suavemente, levantando su copa de sidra — . Entonces ¿por qué estás tan nervioso? No me digas que viste a alguien especial en la plaza... ¿una niña bonita, quizá?

— ¡No! ¡A nadie! — exclamó el niño entre risas nerviosas, apartando la mirada siempre que podía cuando su hermana comenzó a hacerle cosquillas — , ¡De verdad que no!

— Más te vale — dijo ella al fin, soltándolo y despeinándole el cabello con cariño.

Sonrió con ternura. En el fondo, deseaba que su hermano pudiera hacer amigos, que alguien lo viera más allá de sus dificultades.

Desde que nació él había sido blanco de burlas por no oír bien del lado izquierdo. En la escuela, los trabajos en grupo solían convertirse en una pesadilla: sus compañeros se impacientaban, se quejaban y lo dejaban de lado. Ella lo sabía. Siempre lo había sabido.

Y aun así, esa noche decidió no decir nada.

No porque no le importara — todo lo contrario — , sino porque no quería que, justo en Navidad, él cargara con recuerdos amargos. Prefería guardar silencio, protegerlo como siempre y permitirle disfrutar, aunque fuera por unas horas, del calor del hogar, del aroma a pino y canela, y de la ilusión que solo esas fechas podían traer.

— ¡A comer! — anunció la madre desde la cocina, con una voz clara que atravesó la casa como una campana.

El llamado atrajo de inmediato la atención de los hermanos. Las conversaciones dispersas se reorganizaron, las sillas se deslizaron sobre el piso y el comedor comenzó a llenarse de familiares, gestos y expectativas. El vapor que escapaba de las fuentes humeantes de cordero se mezclaba con el aroma especiado de la cena, envolviendo el ambiente en una sensación densa y acogedora.

Ian avanzó detrás de su hermana, manteniendo la mirada baja. La mesa, larga y cuidadosamente dispuesta, imponía cierta solemnidad: servilletas dobladas con esmero, copas alineadas y cubiertos relucientes bajo la luz intensa de los focos. Todo parecía ocupar su lugar exacto, como si aquella noche respondiera a un orden casi ritual, digno de llamado de Santa Claus.

— Siéntate aquí — indicó la madre, acomodándole la silla con un gesto atento.

Desde su lugar, Ian observó el movimiento general. Las voces se superponían; algunas llegaban claras, otras se diluían antes de adquirir sentido. No le molestaba. Afuera, el parque seguía presente en su memoria, junto a la imagen de aquella niña que había conocido y que estaba seguro de no olvidar jamás: la nieve intacta, las luces lejanas y una risa que aún resonaba en su mente.

La madre comenzó a servir los platos, marcando el ritmo de la escena. Cada porción que caía sobre los platos parecía sellar el inicio formal de la noche. Los adultos brindaron; los niños imitaron el gesto con cierta torpeza.

Su hermana lo miró de reojo, notando la leve sonrisa que Ian no conseguía ocultar.

No preguntó nada. Comprendió que, aunque el niño estaba sentado a la mesa, una parte de él aún caminaba sobre la nieve.

— Bueno — dijo finalmente la madre, mientras la radio comenzaba a enumerar los últimos segundos que faltaban para la Navidad y, cuando la cuenta regresiva cesó — , feliz Navidad a todos.

Las copas chocaron con suavidad. Afuera, la noche continuaba su curso: pero dentro, entre el murmullo familiar, el calor del hogar y los abrazos esperados, Ian guardó aquel recuerdo como algo propio, silencioso y nuevo, sin saber que aún cuánto significaría...


31 de diciembre de 2015, San Juan


La última cena del año se extendía con una sensación de prisa contenida. El comedor volvía a estar lleno de voces, como si no se hubieran escuchado en siete días; de platos que iban y venían, de risas que se elevaban por encima de la radio encendida, ahora dedicada a repasar canciones viejas y promesas nuevas.

Ian permanecía en silencio, removiendo la comida sin demasiada atención. A diferencia de la noche anterior, esta vez la inquietud no era solo recuerdo: era expectativa. El parque lo estaba llamando de nuevo.

Intentó no prestarle demasiada atención al niño, y dejó que ese pensamiento se desvaneciera, recordando que ya le había advertido que era imprudente salir a esas horas. Se recostó un momento en el sillón, hojeando distraído un libro sobre las nuevas tecnologías humanas, hasta que la inquietud del niño volvió a insistir.

Entonces, cuando el pequeño observaba que nadie parecía mirarlo, se deslizó fuera y cruzó el umbral de la casa con el mismo sigilo de la noche anterior. El frío volvió a recibirlo como a un viejo conocido. Para su sorpresa, la plaza estaba más iluminada que en Navidad: algunas familias paseaban, otras esperaban el cambio de año. Y entonces, entre las luces y la nieve pisoteada, la vio otra vez. En una colina de nieve.

Era ella.

— Hola — dijo Ian, deteniéndose a unos pasos.

— Hola — respondió la niña, reconociéndolo enseguida — ¿Ian?

Él asintió, sorprendido de que lo recordara.

— Soy Jenni ¿Te olvidaste? — repitió su nombre, como si fuera importante decirlo otra vez.

Mientras sus miradas cargadas de carisma se cruzaban algunos niños comenzaban a jugar con la nieve. Fue entonces cuando a Ian se le ocurrió una idea brillante.

— ¡Mirá, un ave! — exclamó.

— ¿Qué? ¿¡Donde!? — preguntó la niña, girándose para buscarla.

— ¡Aquí! — respondió él, lanzándole una bola de nieve directo al rostro.

— ¡Oye! ¡No hagas eso! — protestó ella entre risas, tomando una bola del suelo y devolviéndosela con fuerza.

Jugaban a lanzarse bolas de nieve una y otra vez, dejando huellas fragmentadas sobre los copos que cubrían el suelo. En cada risa compartida, Ian sentía que el entorno cambiaba drásticamente, a un paisaje hermoso de ver. No entendía del todo por qué su pecho latía tan rápido a pesar del frío, pero no le molestaba. Nunca había tenido a alguien que lo mirara con tanta naturalidad. Incluso el frío parecía menos intenso cuando ella estaba cerca.

De pronto sin pensarlo demasiado — como solo los niños saben hacerlo — , Ian se detuvo frente a ella.

— Cuando seamos grandes... — dijo, buscando las palabras — . Cuando seamos grandes... ¡quiero que te cases conmigo!

Jenni lo miró primero en silencio. Luego sonrió: una sonrisa juguetona, amplia, limpia y sin burlas.

— Bueno — respondió — . Pero solo si seguimos jugando en la nieve.

Ian se rió, aliviado, como si aquel recuerdo fuera lo más serio del mundo.

Las voces de los adultos comenzaron a llamarlos desde la distancia. El año estaba a punto de terminar.

— Tengo que irme — dijo Jenni — . Feliz año nuevo, Ian.

— Feliz año nuevo a ti también — repitió él.

Cuando regresó a casa, el conteo final ya había comenzado. nadie notó el rubor en su rostro ni la sonrisa que se negaba desaparecer; excepto el señor de señores que se encontraba en el sillón, que parecía comprenderlo perfectamente. El niño no podía creerlo: se había declarado a la niña que más le gustaba, y comprendió entonces que tendría que volver a esa plaza más seguido si quería que aquella promesa se cumpliera.

Mientras los abrazos llenaban el comedor y los brindis estallaban en alegría, Ian solo podía sonreír en silencio y guardar ese momento junto al anterior, sin saber que acababa de sumar otro recuerdo imposible de borrar.

Y los días fueron pasando. Al principio eran solo fines de semana, encuentros tímidos que sabían a promesas.

Luego, casi sin darse cuenta, esos fines de semanas se deslizaron hacia los lunes y los miércoles, y después los jueves y los viernes también quisieron formar parte de la historia. Pronto ya no importaban los nombres de los días: martes, domingos y sábados se confundían entre risas, charlas interminables y miradas que decían más que las palabras que se cruzaban. Se veían casi a diario, compartiendo secretos, descubriéndose poco a poco, acercándose sin miedo... hasta que aquel día, el que cambiaría el rumbo de ambos, finalmente llegó.

— Oye... dime, ¿algún día de verdad estaremos juntos?

— Bueno... no lo sé. Creo que es algo que deberíamos descubrir en el futuro.

— ¿Y si no llegamos a estar juntos como prometimos?

— Tal vez. Pero creo que lo más importante es lo que somos ahora. Yo seguiré pensando en ti, seguiré enamorado de ti, y algún día quiero estar contigo. Quiero decir... estoy completamente enamorado de ti.

— No todas las promesas se cumplen, ¿sabes?

— Eso lo sé. Pero encontraré la forma de encontrarte: aquí, afuera, en este momento, en todos lados. Te encontraré, Jenni. Volveré a ver esos ojos hermosos que tienes. Tendremos bebés juntos, te cuidaré mucho, muchísimo, y te regalare las flores azules que tanto te gustan.

— Ian... no ahora..

— ¿Por qué...? ¿Por qué no ahora? ¿Qué? No... no lo entiendo.

— Mira esas estrellas. Se ven muy bonitas, ¿no crees?

— Si... se ven brillantes. Pero creo que la más brillante eres tú-

— Oye, dejémoslo así, ¿está bien?

— Está bien... olvidé por un momento que no estabas conmigo, sin abrazarme, sin quererme, sin consolarme, simplemente, desapareciste, te esfumaste cuando iba a voltear para mirarte, esos ojos ya no me pertenecen, esas visitas ya no son mías, y esas manos ya no volverán a entrelazarse con las mías... te extraño. Te extraño y muchísimo...