ONE SHOT
Huellas en el Labial
El aire en la amplia sala de la mansión olía a limón recién limpiado y a la tranquila seguridad que Babe había construido pensando que era compartida. Él cerró la puerta suavemente, la bolsa de papel marrón con los resultados de la clínica apretada contra su pecho. Su corazón latía con un ritmo acelerado de anticipación y un miedo dulce. Allí, de pie junto a la ventana panorámica, Sakda lo esperaba. La silueta del Enigma era elegante, impasible, recortada contra la luz del atardecer.
—Llegaste tarde.— dijo Sakda, sin volverse. Su voz era la habitual: un terciopelo bajo que siempre había hecho que Babe se sintiera en casa.
—Hubo tráfico.— mintió Babe, dejando las llaves en la mesa de la entrada. Al acercarse, un aroma tenue, pero distintivo, lo detuvo en seco. Un perfume a jazmín y vainilla, dulce y ajeno. No era su olor. Lo notó en la chaqueta que Sakda llevaba sobre los hombros. Babe apretó la bolsa de papel y decidió ignorarlo.
Debe ser de la secretaría, pensó, ahuyentando la sombra de la desconfianza.
Se acercó y rodeó con sus brazos la cintura de Sakda desde atrás, apoyando la frente entre sus omóplatos.
—Tengo que darte una noticia.— susurró, tratando de imbuir sus palabras de la alegría que sentía.
Sakda se dio la vuelta lentamente. Sus ojos oscuros, usualmente profundos y llenos de una devoción que Babe creía genuina, hoy parecían lagunas quietas, impenetrables.
—Dime, Babe.
Babe respiró hondo, buscando fuerza en la certeza de su amor. Tomó las manos de Sakda.
—Me hice las pruebas…Sakda, tengo una semana de embarazo.
El silencio que cayó entre ellos no fue el de la sorpresa gozosa que Babe esperaba. Fue denso, gélido, cargado de algo que no podía nombrar. Sakda retiró sus manos como si las de Babe quemaran.
—Eso es imposible, Babe.— declaró, su voz plana, sin un ápice de emoción.
Babe parpadeó, una sonrisa nerviosa asomando a sus labios.
—Es la verdad, Sakda. Los análisis de sangre no mienten. Debemos ir viendo la cita con el doctor, planear…
—¿Verlos juntos?— lo interrumpió Sakda, y una mueca fría torció su boca.— Ni lo sueñes. Ese es tu problema.
Las palabras resonaron en el aire como un disparo. Babe sintió que el suelo cedía bajo sus pies.
—¿Mi problema?— repitió, su voz quebrándose.— ¡Es tu hijo o hija también, no lo hice solo, maldito hijo de puta!— El dolor se transformó en rabia instantánea, un fuego que le subió por el pecho y le nubló la vista.— ¿Qué carajos te pasa?
Avanzó, cegado por la ira y la traición que empezaba a perfilarse en su mente. Quiso agarrar a Sakda de la camisa para sacudirlo, para hacerle entender. Y allí, justo en el cuello blanco impecable de la camisa, vio la mancha pequeña, pero obscenamente clara: un rojo carmesí, intenso, la marca de un labial.
Su mano se detuvo en el aire. La respiración se le cortó. El mundo se redujo a ese pequeño pedazo de tela manchada.
—¿Me engañaste?— la pregunta salió como un jadeo, un hilo de voz cargado de un dolor ya anticipado.
Sakda no retrocedió. No mostró vergüenza.
Solo elevó la barbilla, con una frialdad que heló la sangre de Babe.
—Llevo un mes haciéndolo.— confesó, como si hablara del clima.— Me aburrí de ti. Más ahora, con la…noticia que me diste. No estoy para estos dramas.
Fue la crudeza, la deliberada crueldad de las palabras, lo que quebró el último freno de Babe. El dolor se fundió con una furia animal, primaria, que hizo caso omiso de la diferencia de rangos, de la supuesta jerarquía que situaba al Enigma por encima del Alfa especial. Su puño se cerró y voló por el aire con toda la fuerza de su rabia y su corazón destrozado, conectando con el pómulo de Sakda con un sonido seco y satisfactorio.
—¡Sos un hijo de la gran puta!— rugió Babe, mientras Sakda se tambaleaba, llevándose una mano a la cara con sorpresa genuina.— ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿En nuestra casa? ¿Mientras yo…mientras nosotros…?
—¿“Nosotros”?— escupió Sakda, recuperando la compostura, un hilo de sangre asomando en su labio.— No hay ningún “nosotros” que valga la pena ahora. Un cachorro no arregla las cosas, Babe. Las complica.
La discusión estalló entonces, violenta y venenosa. Acusaciones, gritos, cosas dichas para herir que se clavaban como cuchillos.
Babe ya no lloraba; estaba poseído por una tempestad de dolor y dignidad ultrajada.
Empujó a Sakda hacia la puerta, sus fuerzas multiplicadas por la adrenalina de la desesperación.
—¡Sal de aquí!— gritó, su voz ronca por los gritos.— ¡Lárgate con tu puto perfume y tu labial de mierda! ¡No quiero volver a verte jamás!
Sakda, con el pómulo enrojecido y la mirada ahora llena de un desdén furioso, no opuso más resistencia. Tomó su chaqueta, manchada con el aroma de otra persona, y salió. La puerta principal se cerró con un portazo definitivo que resonó en cada rincón de la casa silenciosa.
Y entonces, en el súbito y aplastante silencio, la fuerza abandonó a Babe. Se deslizó por la puerta hasta el suelo frío de mármol. El eco de los gritos se desvaneció, reemplazado por el zumbido del vacío. Solo. Estaba completamente solo. La bolsa con los resultados de la clínica yacía abierta a sus pies, el papel que confirmaba una nueva vida parecía una burla cruel.
La primera lágrima fue silenciosa, una línea cálida que se deslizó por su mejilla. Luego vinieron más, incontenibles, un torrente salado que brotaba de lo más profundo de su alma herida. Agarró su propio abdomen, donde apenas comenzaba la chispa de una existencia, y se dobló sobre sí mismo, sacudido por sollozos que le desgarraban el pecho. En la soledad de la mansión que ya no era un hogar, Babe lloró por el amor que murió, por la traición que lo envenenó, y por el futuro incierto de la pequeña vida que, contra todo pronóstico y dolor, insistía en crecer dentro de él.
Líneas de Escape
El frío del suelo de mármol había penetrado los huesos de Babe, pero el dolor en su pecho era un fuego devorador. Las lágrimas, por fin, comenzaron a amainar, dejando a su paso una resaca de agotamiento y una claridad gélida y despiadada. No podía quedarse allí, rodeado de los fantasmas de Sakda, del perfume ajeno, de las promesas rotas. Con manos temblorosas, buscó su teléfono en el bolsillo. La pantalla brilló, iluminando su rostro marcado por el llanto.
Sus dedos, húmedos, se deslizaron sobre los contactos hasta encontrar el nombre que era sinónimo de lealtad, de una hermandad que nunca había flaqueado: Way.
La llamada sonó una, dos veces. Babe contuvo la respiración, temiendo desmoronarse solo con escuchar su voz.
—¿Babe?— la voz de Way al otro lado era alerta, vital, como siempre.— ¿Todo bien? Suenas…raro.
Esa simple pregunta, cargada de genuina preocupación, fue casi demasiado. Babe apretó los ojos con fuerza.
—Way…— logró decir, su voz un hilillo ronco y quebrado.— Necesito…No puedo estar aquí. ¿Puedes venir?
No hubo preguntas. No hubo dudas.
—Estoy en camino. En quince minutos estoy allí. No cuelgues, ¿vale? Háblame. ¿Qué pasó?
Y Babe habló. Mientras escuchaba al otro lado los sonidos de Way moviéndose, tomando sus llaves, saliendo a toda velocidad, las palabras salieron de él en un torrente entrecortado. Le contó sobre la prueba, sobre el embarazo de una semana, sobre la espera llena de ilusión. Y luego, con un nudo en la garganta que casi lo ahogaba, describió la llegada a casa, el olor a jazmín y vainilla, la frialdad de Sakda, la confesión brutal, el labial carmesí como una herida abierta en la tela, el golpe, los gritos, el portazo final.
—Me dijo que era mi problema, Way.— susurró Babe, la rabia regresando como un latigazo.— Que se había aburrido de mí. Que llevaba un mes con…con otra persona.
—¡Ese maldito desgraciado!— la voz de Way estalló al otro lado del auricular, llena de una furia protectora que hizo que a Babe se le llenaran los ojos de lágrimas de nuevo, pero esta vez de gratitud.— ¡Lo voy a matar! Te juro que cuando lo vea…
—No.— interrumpió Babe, con más firmeza de la que creía tener.— No vale la pena. Ya no. Solo…solo quiero salir de aquí. No quiero respirar este aire.
—Aguanta, hermano. Ya casi llego.
Los minutos siguientes fueron un limbo. Babe se levantó del suelo, con esfuerzo. Recogió el papel de la clínica, lo dobló con cuidado y se lo guardó en el bolsillo del pecho, sobre el corazón. Era su verdad, su futuro, lo único puro que Sakda no había logrado manchar.
Miró alrededor, la lujosa sala que ahora solo le parecía una cárcel decorada.
El timbre sonó como un salvavidas. Babe abrió la puerta y allí estaba Way, con el cabello alborotado por el viento de la velocidad, su rostro marcado por la preocupación y la ira contenida. Sin mediar palabra, abrió los brazos. Babe se desplomó contra él, y Way lo sostuvo con una fuerza inquebrantable, permitiéndole temblar, permitiéndole ser débil por un momento más.
—Vámonos de aquí.— murmuró Way, guiándolo hacia su auto deportivo, que estaba estacionado con el motor aún caliente.— A mi casa. Allá nadie te molestará.
En el coche, con la ciudad desfilando a toda velocidad tras las ventanillas, el silencio fue cómodo. Way no presionaba. Solo su presencia firme al volante era un bálsamo.
Cuando se metieron en la autopista, las luces de la ciudad destellando como estrellas bajas, Babe respiró hondo. El aire dentro del coche olía a cuero limpio y a la colonia fresca de Way, un aroma que le recordaba a los garajes, a la gasolina de alta octanaje y a los sueños que una vez creyó tener que abandonar.
—Way.— dijo Babe, su voz más clara ahora, mirando el camino iluminado que se abría frente a ellos.
—Dime.
Babe se volvió en su asiento para mirarlo. La luz de los faros que los seguían iluminaba el perfil decidido de su amigo.
—Hace tiempo…hace meses, antes de que todo esto con Sakda se pusiera…bueno, antes de que se pudriera.— comenzó, buscando las palabras.— Me hiciste una propuesta. Una que rechacé porque pensé que mi lugar estaba aquí, a su lado, siendo lo que él quería.
Way lo miró de reojo, una chispa de entendimiento encendiéndose en sus ojos.
—Te refieres a X-Hunter.
—Sí.— asintió Babe. Una sonrisa pequeña, pero genuina, asomó a sus labios por primera vez en horas. Hablaba de su sueño, del rugido de los motores, del asfalto caliente y la libertad absoluta.— Me ofreciste ser tu corredor. Tu pareja en la pista. Dijiste que teníamos química, que juntos podríamos ganar el campeonato.
Way redujo un poco la velocidad, prestando toda su atención.
—La oferta sigue en pie, Babe. Siempre ha estado ahí. Solo esperando a que estuvieras listo.
Babe sintió cómo un peso enorme se desprendía de sus hombros. No era el fin; era una línea de salida. Una escapatoria hacia sí mismo.
—¿Aún está la propuesta que me habías dicho? Sobre ser corredor de X-Hunter.— preguntó, necesitando oírlo una vez más.
Way asintió, y una sonrisa amplia, llena de orgullo y pura alegría, iluminó su rostro.
—¿Lo harás?
La respuesta de Babe no fue solo un sí. Fue un juramento, una promesa a sí mismo, un grito silencioso de independencia. Lo dijo con una sonrisa cálida que alcanzó sus ojos, todavía hinchados, pero ahora brillando con una luz nueva, una determinación feroz.
—Sí, lo haré.— afirmó, su voz firme, segura.— Sabes que es mi sueño ser un corredor de carreras. Mi sueño de verdad. No uno prestado.
Way no pudo contenerlo. Aún con el auto en movimiento, pero en un tramo despejado, soltó una mano del volante y rodeó con su brazo los hombros de Babe, atrajo a su amigo en un abrazo rápido pero intenso, un gesto de pura y desbordante felicidad.
—¡Lo sabía!— exclamó, liberando a Babe pero manteniendo su mano en su hombro por un instante más.— ¡Yo sabía que ese cabrón no te estaba apagando! Esto…esto es tú, Babe. El asfalto, la velocidad, la adrenalina. ¡Y seremos imparables! Tú y yo. Te entrenaré personalmente. Mañana mismo empezamos.
Babe se recostó en el asiento, mirando el techo del auto. El dolor por Sakda aún estaba allí, una herida profunda y palpitante. La incertidumbre por el embarazo era una montaña que tendría que escalar. Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, no se sentía atrapado. Se sentía en movimiento. Se sentía… libre. Y al lado de Way, con el rugido del motor de X-Hunter como futuro, por primera vez desde que vio aquel maldito labial carmesí, Babe sintió que podía respirar.
Renacer sobre el Asfalto
Al día siguiente amaneció con un cielo despejado y una luz cruda que parecía lavar el mundo. En el departamento de Way, Babe se despertó con la sensación extraña de haber dormido en un refugio. El dolor seguía allí, un animal agazapado en el pecho, pero ahora compartía espacio con otra cosa: un nerviosismo electrizante, el cosquilleo de la anticipación.
Way lo llevó al garaje-taller de X-Hunter. No era una instalación lujosa y estéril, sino un caos organizado, un santuario de mecánica y pasión. Olía a aceite caliente, goma nueva y café fuerte. El rugido lejano de motores en el banco de pruebas era la banda sonora del lugar.
—¿Listo para conocer a la familia?— preguntó Way, con una sonrisa de complicidad.
—Más que listo.— respondió Babe, ajustándose la chaqueta de cuero. Era su vieja chaqueta, la de sus carreras callejeras, que había desempolvado del fondo del armario de Way. Le quedaba un poco ajustada, pero le devolvía una sensación de identidad que había extrañado.
Al entrar, cinco pares de ojos se clavaron en ellos. Way hizo una seña amplia.
—Chicos, dejen lo que están haciendo. Les presento al hombre, al mito, a la leyenda…Babe.
La reacción fue inmediata y abrumadora.
Alan, el jefe, era el primero en acercarse.
Tenía el pelo corto y práctico, ojos evaluadores pero una sonrisa fácil. Le dio un apretón de manos firme.
—Alan. Llevamos meses escuchando a Way hablar de ti. Es un alivio que finalmente hayas salido de tu jaula de oro.— Su tono no era ofensivo, solo franco.
Jeff, el ingeniero genio con gafas y manchas de grasa en los brazos, sonrió tímidamente.
—Tus modificaciones al motor del Nissan Skyline R34 de tu época…fueron una obra de arte. He estudiado los esquemas que Way consiguió.
Dean, alto y con una presencia serena que contrastaba con su ropa de trabajo, asintió con respeto.
—Un honor, Babe. Tus maniobras de derrape en el circuito viejo de las colinas todavía son material de estudio.
Sonic, el más joven y energético, saltó casi sobre él, los ojos brillando.
—¡El PitBabe! ¡De las carreras de medianoche en el puerto! ¡Hermano, eres una leyenda urbana!
North, el estratega frío y analítico, se limitó a observar un momento antes de asentir, una aprobación silenciosa pero significativa.
—Tus tiempos de reacción en los vídeos que tenemos son…antinaturales. Bienvenido.
Babe se sintió abrumado, pero de una manera buena. No era la admiración vacía de los círculos sociales de Sakda. Esto era respeto ganado en el asfalto, un reconocimiento entre pares. Sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos.
—Gracias. Se siente…bien estar aquí.
Way puso una mano en su hombro.
—Hay algo más, chicos. Babe no solo viene a correr. Viene a construir algo, con una carga extra de motivación.— Hizo una pausa, mirando a Babe para confirmar. Babe asintió, respirando hondo. Esto era parte de su nueva verdad, sin escondites.— Babe está esperando un bebé. Tiene una semana de embarazo.
Un silencio cayó sobre el taller. No era de rechazo, sino de sorpresa. Alan cruzó los brazos, pensativo.
—¿Embarazo? —preguntó Sonic, confundido.— Pero…¿cómo…?
—Soy un Alfa especial— aclaró Babe, con naturalidad.— Es posible. Y sé lo que están pensando: riesgos, limitaciones, distracciones.
—Exactamente.— dijo North, fríamente.— Un corredor necesita un 100% de concentración y capacidad física. El embarazo, especialmente en las primeras etapas y las últimas, conlleva cambios, fatiga, náuseas.
Babe asintió, aceptando el punto.
—Lo sé. Pero también conlleva una determinación que no conocía. Este…este bebé.— la palabra aún le sonaba extraña y poderosa en la boca.— no es un obstáculo. Es una de las razones por las que estoy aquí. Para mostrarle que se puede luchar por los sueños, sin importar nada. Para construir un futuro sobre lo que somos, no sobre lo que otros quieren que seamos. Correré con responsabilidad, pero correré. Y les prometo que no seré una carga. Seré un activo.
Alan lo estudió durante lo que pareció una eternidad. Luego, una sonrisa lenta se extendió por su rostro.
—Una razón más para ganar, ¿eh? Me gusta esa actitud. Pero en X-Hunter, las palabras se las lleva el viento. Solo importa lo que puedes hacer aquí.— Señaló con la cabeza hacia la pista de pruebas privada que se veía a través de un enorme ventanal.— Way dice que aún tienes magia. Yo necesito verlo. ¿Estás listo para mostrarles a estos mocosos por qué eras una leyenda, PitBabe?
Un fuego familiar se encendió en el estómago de Babe. Era el mismo de sus años de adolescencia, el que sentía antes de enfrentarse a una recta peligrosa. Miró a Way, quien le guiñó un ojo.
—Siempre listo.— dijo Babe, su voz ahora con un filo de acero.
Minutos después, Babe estaba dentro del coche de pruebas de X-Hunter, un bólido modificado que respondía como una extensión de sus nervios. Sintió el volante bajo sus manos, los pedales bajo sus pies.
Respiró el aire cargado de posibilidades. A través del cristal, vio a los cinco miembros del equipo observando, expectantes.
La pista de pruebas era un circuito técnico, con curvas cerradas, cambios de rasante y una recta corta pero traicionera. Alan dio la señal por el intercom.
—Muéstranos de qué estás hecho, novato.
Babe soltó el embrague. El auto salió disparado no con un rugido bruto, sino con un gruñido sintonizado y preciso. La primera curva se acercó. En lugar de frenar de la manera convencional, Babe hizo un ligero traspié, balanceó la parte trasera del coche y lo coló en la curva con una fluidez hipnótica, manteniendo una velocidad que hizo que Jeff emitiera un sonido de admiración.
—Ese ángulo…es imposible.— murmuró Dean, acercándose al cristal.
En la secuencia de eses, Babe demostró por qué le decían PitBabe. Su manejo era agresivo pero elegantísimo, como una danza al borde del abismo. Tomaba líneas tan cerradas que parecía que el coche rozaría las barreras, pero siempre, con una corrección milimétrica en el volante, se mantenía en el límite justo de la tracción. No era solo velocidad; era una conversación íntima y peligrosa con las leyes de la física.
En la recta, aceleró a fondo. Pero la verdadera prueba era la curva ciega al final.
Todos esperaban que redujera. En cambio, Babe bajó una marcha, provocó un leve sobreviraje controlado con el acelerador, y deslizó el coche a través de la curva en un derrape perfecto y continuo, saliendo alineado para la siguiente sección sin perder un ápice de impulso.
Cuando el coche se detuvo finalmente frente a ellos, el silencio en el garaje era absoluto.
Babe salió, quitándose el casco. Su respiración era acelerada, pero en sus ojos había un brillo que no se veía desde hacía años. El brillo del asfalto, de la superación, del hogar.
Alan fue el primero en romper el silencio.
Sopló, sacudiendo la cabeza con incredulidad y un respeto enorme.
—Maldita sea…Esa última maniobra…Eso no es correr. Eso es volar rozando el infierno.
Sonic saltaba de emoción.
—¡Fue increíble! ¡Nunca he visto a nadie tomar esa curva así!
North, el analítico, parecía haber hecho cálculos mentales.
—Tu punto de frenado fue un 15% más tarde que nuestro récord. Y mantuviste un 95% de la velocidad en la salida del derrape. Es…estadísticamente asombroso.
Jeff se acercó al coche, tocando las llantas que aún humeaban ligeramente.
—Y la sincronización con el motor…perfecta. No forzaste ni una sola revolución de más.
Way se acercó a Babe, poniéndole un brazo sobre los hombros, su orgullo era palpable.
—¿Qué les dije?— le dijo al grupo, y luego a Babe, en un tono más bajo.— Bienvenido a casa, hermano.
Alan se dirigió a Babe, extendiendo de nuevo la mano, pero esta vez el apretón era más un pacto.
—Olvida lo de «novato». Ese puesto en X-Hunter es tuyo, PitBabe. Y si corres así con «carga extra».— dijo, con un gesto hacia su abdomen.— no quiero ni imaginar cuando estés al 100%. El campeonato de este año…acaba de ponerse interesante.
Babe miró a su alrededor, a los rostros sonrientes y respetuosos de Alan, Jeff, Dean, Sonic y North. Sintió el latido de su propio corazón, y por primera vez, imaginó que sentía también el pequeño y tenue latido de la vida que crecía dentro de él. No estaba solo.
Había encontrado su equipo, su familia. Y sobre el asfalto caliente de X-Hunter, Babe comenzaba a reconstruirse, no desde las cenizas, sino desde la línea de salida.
Conexión Peligrosa
Unos días después, el aire en el taller de X-Hunter estaba cargado de una tensión distinta. No era la del trabajo rutinario, sino la expectativa de algo importante. Alan había estado en reuniones virtuales toda la semana, y esa mañana les anunció: «Hoy viene el posible salvavidas. Un inversionista. Un Enigma llamado Charlie. No lo subestimen; su reputación precede su llegada».
Poco después del mediodía, un coche negro, discreto pero de líneas impecablemente caras, se detuvo frente al garaje. La puerta se abrió y de él bajó Charlie.
Su presencia no fue anunciada por ruido, sino por un cambio en la atmósfera misma. Era un hombre alto, con una postura erguida que hablaba de una confianza innata. Vestía un traje gris perla que parecía moldeado a su cuerpo, sin arrugas. Su cabello oscuro estaba peinado con precisión, pero eran sus ojos lo que capturaban la atención: del color de una tormenta inminente, un gris plateado que parecía ver más allá de las superficies. Su aura no era solo dominante; era envolvente.
Una quietud poderosa que llenó el espacio, pesada como el mercurio, pero con una atracción magnética e innegable. Jeff dejó de soldar. Sonic contuvo la respiración. North lo evaluó con una mirada aún más calculadora.
Alan se adelantó con una sonrisa profesional.
—Charlie. Un honor que vengas personalmente.
—Alan.— asintió Charlie, su voz era grave, suave, pero cada palabra parecía tener un peso deliberado. Su apretón de manos con Alan fue firme, sin excesos.— He revisado tus informes. El potencial está. Pero el papel es uno, y la pista es otra.
—Por eso te hemos invitado hoy.— dijo Alan, guiándolo hacia el interior.— Para que veas la materia prima en acción. Tenemos un nuevo corredor. Uno que, te lo prometo, cambiará la ecuación por completo.
Charlie arqueó una ceja, apenas un gesto.
—¿Oh? Me han dicho que el último fichaje fue…inusual.
—Se llama Babe.— explicó Way, quien se había acercado, protegiendo instintivamente la presentación de su amigo.— Y es el mejor.
En ese momento, Babe salió de la oficina, con su mono de trabajo desabrochado en la cintura y la camiseta negra de X-Hunter.
Había estado ajustando la configuración del coche de pruebas. Al ver a Charlie, se detuvo por una fracción de segundo. Sintió el aura del Enigma como una presión física en el pecho, una sensación que jamás había experimentado, ni siquiera con Sakda en sus mejores momentos. Era opresivo, pero de una manera extrañamente electrizante.
—Babe, este es Charlie, nuestro potencial inversionista.— presentó Alan.— Charlie, Babe. Nuestra joya escondida.
Los ojos grises de Charlie se posaron en Babe. La mirada no fue de evaluación fría, sino de un escrutinio profundo, como si estuviera calibrando cada fibra de su ser.
Babe, sin bajar la mirada, asintió con la cabeza.
—Un placer.
—El placer es mío.— respondió Charlie, y su voz pareció resonar un instante más de lo necesario. Luego, su mirada bajó un instante al torso de Babe, donde la camiseta se ajustaba levemente de una forma diferente.— Alan me comentó que tu incorporación trae…circunstancias únicas.
Babe mantuvo la compostura, aunque sintió un calor subirle por el cuello.
—Mi embarazo no afecta mi capacidad para conducir. Si acaso, agudiza mi enfoque.
—Interesante teoría.— musitó Charlie.— Me gustaría verla puesta a prueba.
Alan intervino.
—Babe iba a realizar unas pruebas de crono. Será la demostración perfecta.
Sin más palabras, Babe se giró y caminó hacia el coche. Sentía la mirada de Charlie clavada en su espalda, como un peso tangible. Al subir al bólido, respiró hondo, buscando su centro. Esta carrera no era solo por el equipo, era por su lugar, por su futuro.
Por el bebé.
El rugido del motor fue su grito de batalla.
Cuando el coche salió a la pista, Charlie se situó junto a la ventana panorámica, las manos cruzadas detrás de la espalda, un monumento de atención serena.
Lo que presenció dejó sin palabras incluso a su impasible fachada. La conducción de Babe no era solo habilidosa; era intuitiva, visceral, casi sobrenatural. Tomaba riesgos calculados que rozaban lo temerario, pero ejecutados con una precisión de cirujano. En una curva cerrada, realizó un «drift» tan ajustado que la parte trasera del coche pareció besar la barrera antes de enderezarse con un látigo.
En la recta, la aceleración fue brutal, pero controlada. Era agresividad pura canalizada a través de una máquina perfectamente domada.
North, de pie al lado de Charlie, comentó sin mirarlo, como hablando consigo mismo:
—Sus tiempos están un 2.3% por debajo del récord de la pista. Y eso con una configuración de motor no agresiva, por precaución médica.
Charlie no respondió. Sus ojos grises seguían el coche como halcones. Vio la determinación, la conexión absoluta entre hombre y máquina. Y vio algo más: la gracia bajo presión, la elegancia feroz de alguien que corriendo recuperaba su esencia. Una admiración profunda y no disimulada empezó a brillar en su mirada.
Cuando el coche se detuvo y Babe bajó, quitándose el casco con un gesto que echó hacia atrás su sudoroso cabello, el mundo pareció detenerse para Charlie.
La luz del taller cayó sobre el rostro de Babe, iluminando sus ojos. Y Charlie los vio.
Realmente los vio. No eran simples ojos castaños. Eran de un ámbar dorado, cálidos y vibrantes como miel líquida atrapada al atardecer, con destellos de un oro puro que parecían emitir su propia luz. Era como si el sol hubiera decidido anidar en su mirada.
Charlie sintió un destello en su propio pecho, una sacudida eléctrica que le recorrió las venas, un zumbido en lo más profundo de su ser de Enigma. Era una conexión primaria, visceral, que trascendía la lógica y los negocios. Algo en su esencia reconoció algo en la de Babe.
Babe, al recibir esa mirada intensa y cargada, sintió el suelo ceder levemente bajo sus pies.
Un calor, ajeno al esfuerzo, le inundó el pecho. Un aleteo extraño, que no sabía si era de los nervios o de algo más profundo, revoloteó en su estómago. Él, que acababa de escapar de un Enigma, se sentía inexplicablemente atraído por la poderosa quietud de este otro.
Se acercaron. Alan sonreía, satisfecho.
—¿Impresionado?
Charlie tardó un momento en responder, desviando su mirada de Babe hacia Alan con un esfuerzo visible.
—«Impresionado» se queda corto.— confesó, su voz un poco más baja.— Es…excepcional. Más aún considerando las circunstancias.— Volvió a mirar a Babe.— Mi más sincera enhorabuena, Babe. Tienes un don.
Extendió su mano. Babe la tomó. El apretón fue firme, la piel de Charlie era suave pero la fuerza subyacente, innegable. En el contacto, una corriente silenciosa pareció pasar entre ellos, un shock sutil que hizo que Babe contuviera la respiración y que los ojos grises de Charlie se oscurecieran por un instante.
Fue un contacto que duró un segundo más de lo estrictamente protocolario.
—Gracias.— logró decir Babe, retirando su mano como si hubiera tocado un cable vivo.
Charlie se volvió hacia Alan, recuperando su compostura de negocios, pero el ritmo de sus palabras era un poco más rápido.
—Hablemos de números. La inversión que necesitas para las mejoras del taller y el financiamiento de la temporada…la considero viable. Y con un activo como Babe en la pista, las posibilidades de retorno aumentan exponencialmente. Quiero ver el calendario de carreras y los planes de desarrollo técnico.
Los tres se enfrascaron en una conversación de detalles, presupuestos, porcentajes. Babe participaba, dando su opinión técnica, pero era hiperconsciente de la presencia de Charlie a su lado. Cada vez que el Enigma asentía o hacía una pregunta, su voz resonaba en Babe de una manera peculiar.
Finalmente, Charlie dio por concluida la reunión.
—Tendrán los documentos preliminares mañana.— dijo, estrechando de nuevo la mano de Alan y de Way. Luego, se giró para irse. En la puerta, se volvió. Su mirada barrió el taller y se detuvo, con intención clara, en Babe. Solo en él.
Una sonrisa, pequeña pero genuina, diferente a todas las corteses que había ofrecido antes, se dibujó en sus labios. No era la sonrisa de un inversionista satisfecho. Era algo más personal, un reconocimiento privado entre el universo y ellos dos. Asintió levemente, solo para Babe.
Y luego se fue, dejando tras de sí un silencio cargado y el fantasma de su poderosa aura.
Babe exhaló un aire que no sabía que contenía. Se apoyó contra la mesa de herramientas, fingiendo revisar una llave. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas.
No quería aceptarlo. No podía. Acababa de liberarse. Pero el aleteo en su interior, esa sensación de haber sido visto y reconocido de una manera totalmente nueva, era imposible de ignorar. Miró hacia la puerta vacía, donde el coche negro ya se había ido, y supo, con un estremecimiento que le recorrió la espina dorsal, que nada volvería a ser sencillo.
Way se acercó y le dio un golpecito en el hombro.
—¿Viste? ¡Lo conquistaste! ¡Ese tipo es de piedra y casi se le cae la mandíbula!
Babe asintió, forzando una sonrisa.
—Sí…Parece que sí.
Pero en sus ojos ámbar, dorados como el sol, quedaba el reflejo de una tormenta gris que, por alguna razón, no sentía que hubiera pasado. Al contrario, sentía que acababa de comenzar.
Documentos y Sonrojos
La mañana siguiente en el taller de X-Hunter olía a café recién hecho, aceite limpio y el tic-tac nervioso de la expectativa. Los documentos preliminares de inversión de Charlie habían llegado por mensajero especial: una carpeta de cuero delgado, impecable, con las palabras «C. Winchester» grabadas en relieve.
Alan, North y Way estaban reunidos alrededor de la mesa de diseño, pasando páginas llenas de cifras y cláusulas. Babe intentaba concentrarse en el carburador que estaba ajustando, pero sus ojos se desviaban una y otra vez hacia la carpeta. No podía evitar pensar en la mirada gris que lo había traspasado, en el apretón de manos que había sentido como una descarga.
—Impresionante.— murmuró Alan, pasando una página.— No solo cubre lo que pedimos, sino que propone un bono por podio en cada carrera. Es…generoso. Demasiado, casi.
—Condicionado a que Babe sea el corredor titular en al menos el 80% de las competencias.— añadió North, señalando una línea con el dedo.— Él es el centro del acuerdo.
Way silbó, bajito, y luego una sonrisa traviesa, enorme, empezó a extenderse por su rostro. Giró en su silla hasta quedar mirando directamente a Babe, que fingía un interés profundo en una bujía.
—Oye, oye, oye.— canturreó Way.— ¿Escuchaste eso, Babe? El trato depende de ti. Parece que nuestro misterioso y poderoso inversionista tiene un…favorito.
Babe no levantó la vista.
—No seas ridículo, Way. Es una apuesta comercial. Ve potencial, eso es todo.
—¿Potencial?— Way se rió, abandonando la mesa para acercarse a Babe, apoyándose en el capó del coche.— Hermanito, lo que ese tipo vio ayer no fue solo «potencial». Lo vi. Se le quedó la mirada pegada a ti como si hubieras aparecido en llamas. Cuando bajaste del auto, parecía que había visto el arca de la alianza.
Un calor subió por el cuello de Babe.
—Estás exagerando. Solo estaba evaluando su inversión.
—¿Evaluando?— Way puso los ojos en blanco dramáticamente.— ¡Por favor! North, tú que eres un robot de las emociones, dime: ¿la actitud de Charlie cambió después de ver correr a Babe?
North, sin levantar la vista de los documentos, respondió con tono plano:
—Sus parámetros fisiológicos observables indicaron un aumento del 60% en el tiempo de atención focalizada hacia el sujeto Babe. Además, la microexpresión de su rostro al concluir la demostración se alinea con indicadores de admiración profunda o fascinación. No es una evaluación estándar de activos.
—¡Ja!— exclamó Way, triunfante.— Hasta el androide lo confirma. El Sr. Ojos de Tormenta se derritió con nuestro pequeño sol ámbar.
Babe soltó la llave con un clatter metálico.
—Way, deja de llamarme así. Y deja de inventar tonterías. Acabo de salir de…de un desastre. Lo último que necesito es que empieces con estas ideas.
Pero Way era imparable. Se acercó más, bajando la voz en un tono cómplice y cantarín.
—¿Y esa sonrisa qué te dedicó al irse? Esa que era solo para ti. Vamos, Babe, admítelo. No era la sonrisa de un jefe. Era la sonrisa de un hombre que vio algo que le…gustó.
—Cállate.— murmuró Babe, frotándose la nuca, completamente colorado ahora. El recuerdo de esa sonrisa privada sí le había dado vueltas en la cabeza toda la noche.
—¿Sabes lo que creo?— insistió Way, disfrutando cada segundo.— Creo que al frío y calculador Charlie Winchester se le movió el piso. Un Enigma de su calibre, sintiendo el zumbido con nuestro valiente y embarazado corredor. ¡Es una telenovela esperando a ser escrita!
Alan, aunque sonreía, intentó poner un poco de cordura.
—Way, déjalo en paz. Babe tiene razón, estamos aquí para trabajar.
—¡Pero es que es demasiado bueno!— Way no cejaba.— Oye, Babe, ¿y si la próxima reunión pide sentarse a tu lado? ¿O si empieza a mandarte actualizaciones del contrato…personalmente? «Estimado Babe, adjunto la cláusula 7-B. P.D.: Tus ojos son como faros en mi gris existencia corporativa.»
—¡WAY!— gritó Babe, lanzándole un trapo suave que su amigo esquivó riendo a carcajadas.
—¡Lo niegas porque es verdad!— Way seguía riendo, doblando la cintura.— El gran PitBabe, que enfrenta curvas a 200 km/h sin pestañear, se pone rojo como un tomate porque un hombre guapo y rico le sonrió. ¡Es precioso!
Babe se levantó, decidido a huir de la tortura.
Su corazón latía rápido, no solo por la vergüenza, sino porque una parte minúscula y enterrada de él reconocía que las burlas de Way tocaban una verdad incómoda. Había habido algo. Algo que había sacudido los cimientos de su tranquilidad recién ganada.
—Voy a revisar los neumáticos.— gruñó, marchándose hacia la bodega.
La risa de Way lo siguió.
—¡No te preocupes, le diré a Charlie que los revisaste tú personalmente! ¡Que eres muy aplicado!
Mientras Babe desaparecía en la bodega, apoyando la frente contra la fría repisa metálica, intentando calmar el torbellino en su pecho, Way se secaba una lágrima de risa.
Alan sacudió la cabeza, con una sonrisa.
—Eres un idiota, Way. No lo presiones.
—Ah, pero lo está disfrutando.—.respondió North, inesperadamente, sin mirar de sus números.— La reacción de Babe confirma una perturbación emocional significativa. Las probabilidades de que la interacción con Charlie tenga una dimensión personal aumentan al 78%.
Way señaló a North con entusiasmo.
—¡Ves! ¡Hasta las probabilidades están de mi lado!
Y en la bodega, Babe, con las manos aún temblorosas, susurró para sí mismo, como un mantra:
—Es solo negocio. Es solo negocio. Es solo…
Pero el eco de la risa de Way y el recuerdo de unos ojos grises que parecían haberlo desnudado alma, persistían, negándose tercamente a ser ignorados.
La Declaración del Enigma
Una semana había pasado desde la firma formal de los contratos. Una semana en la que la presencia de Charlie, aunque físicamente ausente, se había hecho sentir en cada mejora del taller, en cada nueva pieza de alta tecnología, en el aire cargado de posibilidades. También se había hecho sentir en las interminables bromas de Way y en la creciente incomodidad de Babe, quien se encontraba revisando mentalmente cada interacción, por breve que fuera, buscando señales de algo que no quería nombrar.
Esa tarde, Charlie había citado a Babe en privado para discutir «ajustes logísticos relacionados con su desempeño en pista». La reunión era en una cafetería tranquila y discreta, lejos del bullicio del taller. Babe llegó con el estómago en un nudo, vestido con sencillez pero arreglado, algo que se negó a analizar demasiado.
Charlie ya estaba allí, sentado frente a una ventana. La luz de la tarde hacía que sus ojos grises parecieran más claros, casi translúcidos. Se levantó al verlo, un gesto de caballerosidad antigua que descolocó a Babe.
—Gracias por venir.— dijo Charlie, su voz suave como siempre, pero con una intensidad subyacente nueva.
—Es parte del trabajo.— respondió Babe, sentándose, tratando de mantener un tono profesional y distante.
Hablaron por unos minutos de cronogramas, entrenamientos específicos, y un nuevo simulador que Charlie quería instalar. La conversación fue fluida, pero Babe notaba que la mirada de Charlie no se despegaba de él, estudiando, absorbiéndolo de una manera que iba más allá de lo profesional.
Cuando el camarero retiró las tazas vacías, un silencio denso cayó entre ellos. Charlie reclinó su cuerpo ligeramente en la silla, entrelazando los dedos sobre la mesa.
—Hay otro tema, Babe.— comenzó, su tono cambiando, volviéndose más personal, más directo.— Uno que no tiene que ver con contratos o carreras.
Babe sintió que todas las alarmas de su cuerpo sonaban a la vez.
—¿Oh? ¿De qué se trata?— preguntó, intentando sonar despreocupado.
Charlie lo miró directamente, sin pestañear, y el mundo a su alrededor pareció reducirse a ese punto gris.
—De ti. Y de mí.— Hizo una pausa, dejando que las palabras resonaran.— Estas semanas, desde el primer día en el taller, no he podido dejar de pensar en ti. En tu fuerza, en tu pasión, en esa luz que emanas incluso cuando intentas ocultar el dolor. Me has fascinado, Babe.
Babe quedó completamente pasmado. El aire se le atoró en los pulmones. No era una insinuación vaga, era una declaración clara, directa. La última vez que alguien le había hablado así…había sido Sakda, y todas esas palabras resultaron ser mentira. El dolor y la desconfianza brotaron como un escudo instantáneo.
—Charlie…— tartamudeó, buscando las palabras.— Agradezco…agradezco sus sentimientos hacia mí. De verdad. Pero eso es imposible.— Negó con la cabeza, con firmeza.— Yo no…no siento nada por usted. Está perdiendo su tiempo.
Esperó una reacción de frialdad, de orgullo herido, tal vez incluso de ira. Pero lo que sucedió fue lo contrario. Una sonrisa lenta, increíblemente cálida y llena de un cariño profundo, se extendió por el rostro de Charlie.
Una sonrisa que desarmó por completo a Babe, que iluminó aquellos ojos grises y los hizo parecer casi dorados por un instante. Era una sonrisa que aceptaba el rechazo no como un final, sino como un desafío.
—Pierdo mi tiempo…— repitió Charlie, suavemente, como saboreando las palabras. Luego, con una calma desconcertante, se levantó y se acercó a su lado de la mesa. Babe, petrificado, no pudo moverse.
Charlie se inclinó, reduciendo la distancia entre ellos a centímetros. Babe podía sentir el calor de su cuerpo, oler su fragancia limpia y amaderada. Entonces, Charlie alargó una mano y con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su aura, le tomó la barbilla, elevando suavemente su rostro para obligarlo a mantener la mirada.
Babe contuvo la respiración. El contacto era eléctrico, una quemadura dulce que le recorrió toda la columna vertebral.
—Existe la palabra «conquistar», Babe.— susurró Charlie, su voz ahora un rumor íntimo que solo él podía oír.— No me rindo fácilmente. Especialmente cuando se esta mintiéndome a sí mismo.
—No estoy mintiendo.— logró jadear Babe, pero su voz sonó débil, quebrada.
Los ojos grises de Charlie brillaron con un conocimiento profundo.
—¿No?— preguntó, su pulgar acariciando ligeramente la línea de su mandíbula.— Soy un Enigma, Babe. Mis sentidos son mil veces más agudos que los de cualquier Beta, Omega, Alfa o incluso Alfa Especial. Puedo oler el cambio en tus feromonas cuando estoy cerca. Puedo escuchar el acelerón de tu corazón ahora mismo, que no late por miedo, sino por algo más…vibrante. Puedo sentir la confusión y la atracción luchando dentro de ti como una marea. No puedes mentirme con eso.
Babe quiso protestar, negar, pero las palabras murieron en sus labios. Era como si Charlie hubiera abierto una ventana a su alma y estuviera leyendo en voz alta. La vulnerabilidad era total.
Charlie sostuvo su mirada un instante más, luego le guiñó un ojo, un gesto inesperadamente juguetón y lleno de una confianza absoluta.
—No te asustes. No voy a presionarte. Pero tampoco voy a fingir que esto no existe. Te veré en el taller.
Y entonces, con la misma elegancia con la que se había acercado, se apartó. Soltó su barbilla, le dio un último y significativo vistazo, y se alejó entre las mesas, saliendo de la cafetería con su andar seguro y dominante.
Babe permaneció sentado, paralizado, durante un minuto entero. Cuando por fin logró mover sus piernas temblorosas, se levantó y casi tropezó. Necesitaba una pared.
La encontró en el pasillo que llevaba a los baños. Se recargó contra la frialdad del yeso, dejando escapar el aire que llevaba retenido en un largo y tembloroso suspiro.
—Casi muero…— murmuró para sí, llevando una mano al pecho, donde su corazón martilleaba con fuerza salvaje.— Joder, Babe…Te la va a poner difícil. Muy difícil.
Negó con la cabeza, apretando los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen de esos ojos grises llenos de certeza, la sensación de aquel dedo en su barbilla. Pero en medio del caos de sus emociones—el miedo, la desconfianza, la rabia hacia sí mismo por sentirse vulnerable otra vez—, emergió una pequeña chispa, una partecita minúscula y cálida que no podía ignorar.
Era una sensación de…calidez. De felicidad leve, casi ridícula. La sensación de ser deseado, de ser visto y comprendido de una manera tan profunda que trascendía las palabras. La sensación de que alguien, contra toda lógica y contra sus propios muros, estaba dispuesto a luchar por él. No por lo que podía dar, no por apariencia, sino por la esencia caótica y brillante que era.
«No puedes mentirme con eso», había dicho Charlie.
Y lo peor—o quizás lo mejor—era que Babe sabía, en lo más profundo de su ser, que el Enigma tenía toda la razón.
La Conquista Silenciosa
Los días que siguieron a la declaración de Charlie se convirtieron en un delicado, y a veces exasperante, juego de asedio. Charlie, lejos de retirarse ante la aparente indiferencia de Babe, desplegó una estrategia de conquista tan sutil como implacable, y encontró un aliado inesperado y entusiasta: Way.
Todo comenzó una mañana en el taller. Babe llevaba horas ajustando la suspensión, concentrado, cuando de repente un olor irresistible lo distrajo: tacos al pastor recién hechos, con piña, cebolla y cilantro. Antojándosele con una intensidad que solo el embarazo podría explicar, suspiró.
—¿Huele a algo bueno?— preguntó Way, con una sonrisa demasiado inocente.
—Nada.— murmuró Babe, tratando de ignorar el gruñido de su estómago.
Diez minutos después, un repartidor de un restaurante gourmet mexicano llegó al taller.
Traía una bandeja de tacos al pastor, exactamente como Babe los había imaginado, junto con un vaso de horchata fría. La etiqueta decía: «Para el combustible del campeón. -C.»
—¡Vaya! ¡Justo lo que necesitabas!— exclamó Way, cogiendo la bandeja y llevándola a Babe.— Nuestro inversionista es adivino, ¿eh?
Babe miró la comida, luego a Way, sospechoso.
—¿Tú le dijiste?
—¿Yo? ¡Jamás!— protestó Way, poniendo una mano en el pecho, pero sus ojos brillaban con complicidad.— Debe ser…telepatía de Enigma. O quizás solo es muy observador.
Babe, con las mejillas ligeramente sonrojadas, aceptó la comida. «Es solo amabilidad», se dijo. «No quiere que su corredor estrella se desmaye de hambre».
Pero cada bocado era una delicia perfecta, como si Charlie hubiera leído no solo su antojo, sino sus gustos exactos.
Al día siguiente, fue un libro raro y descatalogado sobre la historia de los motores de carreras japoneses de los años 90, un tema del que Babe había hablado de pasada con Jeff. Apareció en su banco de trabajo, con una nota simple: «Pensé que esto podría interesarte. -C.»
Way pasó por su lado silbando.
—Qué casualidad. Justo el libro que querías. Casi como si alguien estuviera escuchando cada palabra tuya.
—Way, cállate.— gruñó Babe, aunque sus dedos acariciaron la cubierta del libro con algo más que indiferencia.
La estrategia se intensificó. Babe mencionó en una reunión que la iluminación en cierta curva de la pista de prueba le daba problemas de reflejos al atardecer. Al día siguiente, un equipo de técnicos especializados en iluminación deportiva, enviados y pagados por Charlie, estaba instalando nuevos focos direccionales.
—Es una inversión en seguridad, por supuesto.— comentó Charlie casualmente cuando lo visitó esa tarde, mientras Babe observaba, boquiabierto, el trabajo.— No podemos arriesgar a nuestro piloto principal.
—Por supuesto.— murmuró Babe, evitando su mirada.—Muy…considerado.
Way, a su lado, no pudo contenerse.
—Considerado es una palabra. Yo diría que es obsesivamente atento.
Pero el gesto que más descolocó a Babe fue más personal. Una tarde, después de un entrenamiento particularmente agotador, Babe se quejó de un dolor sordo en la espalda baja, común en su estado. Way, con una mirada cómplice hacia la cámara de seguridad (que Babe estaba seguro Charlie revisaba), comentó en voz alta:
—¡Ah, el dolor de espalda! Lo peor. Alguien debería inventar un masajista portátil.
A la mañana siguiente, en la sala de descanso del taller, había un paquete. Dentro, un cojín de masaje lumbar de calor infrarrojo, de última generación, y una botella de aceite de árnica orgánico. La nota decía: «El autocuidado también es parte del entrenamiento. Úsalo. Por favor. -C.»
Babe sostenía el cojín, sintiendo cómo la calidez del gesto, literal y figurada, amenazaba con derretir su fachada. Way se acercó, mirando el artilugio con admiración.
—Vaya. Esto sí es ir directo al grano. O a la espalda baja, en este caso. ¿Lo pruebas?
—No es necesario.— dijo Babe, poniendo el cojín a un lado con un gesto que pretendía ser desdeñoso.— Es solo…otra cosa.
—Claro, «otra cosa»— rio Way.— Como los tacos, el libro, los focos, las barras energéticas de cereza oscura que llegaron ayer (tu fruta favorita, por cierto)…Todo son solo «cosas». Nada que ver con un hombre poderoso tratando de ganarse tu afecto con la precisión de un misil guiado.
—Way, te lo advierto.— bufó Babe, caminando hacia su coche para seguir trabajando.
En público, frente al equipo y especialmente frente a Charlie, Babe mantenía una fachada de indiferencia cortés. Aceptaba los regalos y atenciones con un «gracias» breve y profesional, un leve asentimiento, evitando cualquier contacto visual prolongado. Cuando Charlie le preguntaba si le había gustado algo, Babe respondía con un «Sí, útil» o «Está bien», antes de cambiar rápidamente de tema al trabajo.
—Tu resistencia es admirable, Babe.— le dijo Charlie en una ocasión, con una sonrisa que no era burlona, sino de genuina admiración.— Un muro muy bien construido.
—No sé de qué habla.— replicó Babe, concentrándose en la pantalla del simulador.— Solo estamos aquí para trabajar.
Pero cuando estaba solo…Ahí era donde la fortaleza se desmoronaba. En la soledad de su habitación en casa de Way, o en el baño del taller, la montaña de emociones contradictorias lo aplastaba.
Sostenía el cojín de masaje, encendiéndolo a veces solo para sentir el calor penetrante en sus músculos tensos, y una oleada de gratitud tan profunda que le hacía daño.
Luego, inmediatamente, le seguía el miedo.
¿Era esto real? ¿O sería otra elaborada mentira como la de Sakda? Se sentía vulnerable, tonto por permitir que estos gestos lo afectaran.
Pero debajo del miedo, más persistente cada día, había una atracción que no podía negar.
La imagen de Charlie, de su sonrisa confiada, de sus manos fuertes, de la intensidad de su mirada gris, se le aparecía en los momentos más inesperados, provocando un calor en su pecho y un aleteo en su estómago que nada tenía que ver con el bebé. Era el mismo «aleteo» que había sentido en la cafetería.
Y luego estaba la rabia. Rabia contra sí mismo por sentirse conmovido. Rabia contra Charlie por ser tan persistente, por ver a través de él con tanta facilidad. Rabia contra la parte de sí mismo que, en lo más secreto de su corazón, sentía una felicidad pequeña y tímida. La felicidad de ser cuidado, de ser el centro de una atención tan exclusiva y detallista. Era un sentimiento peligroso, adictivo, que lo aterraba.
Una noche, particularmente agotado, se recostó en la cama con el cojín de masaje en la espalda. El alivio fue instantáneo. Cerró los ojos y, sin querer, una sonrisa minúscula asomó a sus labios. «Joder, Charlie…», pensó, antes de que la alarma en su cabeza sonara.
Se incorporó de golpe, apagando el cojín.
—No.— se dijo en voz alta, con firmeza.— No puedes caer en esto. No otra vez.
Pero mientras apretaba la almohada contra su pecho, sabía que la batalla ya no era solo contra Charlie. Era contra esa «partecita» dentro de él que ya había sido conquistada, que anhelaba la calidez y la certeza que el Enigma ofrecía. Y esa parte, por pequeña que fuera, era cada vez más difícil de silenciar.
Victoria en el Asfalto
El rugido era ensordecedor, un trueno continuo que vibraba en el pecho y hacía temblar el suelo. El ambiente en el circuito estaba electrizado, cargado del olor a goma quemada, gasolina de alto octanaje y sudor.
Babe, dentro del bólido de X-Hunter, era uno con la máquina. Cada nervio, cada músculo, cada latido de su corazón estaba sincronizado con el rugido del motor y el trazado del asfalto que se desdibuja a su paso.
Era la tercera carrera del campeonato, y las dos anteriores ya tenían el sello de X-Hunter y de PitBabe. Pero esta era la más importante hasta ahora: el Gran Premio de la Montaña, un circuito traicionero con curvas ciegas y precipicios que separaban a los valientes de los temerarios.
—Quedan dos vueltas, Babe.— sonó la voz serena de North en su intercom.— El Porsche de Delta Racing está a 0.8 segundos. Te está presionando en las curvas rápidas.
Babe no respondió. Su respiración era controlada, sus ojos ámbar, ocultos tras la visera, fijos en la carretera. Podía sentir la presencia del otro coche, un depredador a su espalda. Pero también podía sentir otra cosa: una calma profunda, una seguridad que emanaba no solo de su habilidad, sino de algo…o alguien más. En el pit-lane, sabía que estaban todos. Alan, Jeff, Dean, Sonic, Way…y Charlie.
La imagen del Enigma, de pie en el muro del equipo, con los brazos cruzados y una concentración absoluta en su rostro, le dio un impulso extra. No era el impulso de la necesidad, sino el de querer merecer. Merecer la fe, la inversión, esas atenciones silenciosas.
—Prepárate para la recta final.— advirtió North.— Es tu oportunidad.
En la última curva antes de la larga recta de meta, Babe hizo su jugada. En lugar de frenar, bajó una marcha, forzó una entrada más cerrada y provocó un sobreviraje controlado. El coche patinó en el límite de la adherencia, un baile al borde del abismo, cerrando el paso al Porsche que intentaba adelantar por el interior. Fue una maniobra que contuvo la respiración de todo el estadio.
Al salir de la curva, enderezó el coche y pisó el acelerador a fondo. El motor respondió con un gruñido furioso. El Porsche, sorprendido, quedó medio segundo atrás…y no pudo recuperarse.
Cuando Babe cruzó la línea de meta, el rugido de la multitud se mezcló con los gritos estridentes de su equipo en el intercom. Pero él solo escuchó una cosa: la explosión de alegría en su propio pecho. Había ganado. Otra vez.
Al estacionar en el parque fermé, quitándose el casco con manos que apenas temblaban, el mundo exterior volvió en un torrente. Los flashes, los gritos, los oficiales…y luego, su equipo abalanzándose sobre él.
Way fue el primero, saltando sobre él casi derribándolo, riendo y gritando.
—¡LO HICISTE! ¡HERMANO, ERES UN ANIMAL! ¡ESA ÚLTIMA CURVA! ¡CREÍ QUE IBA A MORIR DEL SUSTO!
Sonic saltaba a su alrededor.
—¡PITBABE! ¡PITBABE! ¡LEYES! ¡OTRO PODIO!
Alan le dio un fuerte apretón en el hombro, sus ojos brillando con orgullo.
—Conducción magistral, Babe. Impecable. Has hecho que esta inversión sea la mejor decisión de mi vida.
Jeff y Dean lo abrazaron al mismo tiempo, un gesto torpe pero lleno de afecto.
—Los datos fueron perfectos.— dijo Jeff.— La telemetría va a ser material de estudio.
—Nadie toma esa curva así.— añadió Dean, sacudiendo la cabeza con incredulidad.— Nadie.
Y entonces, a través de la pequeña multitud, Babe lo vio. Charlie se acercaba con paso pausado, pero la expresión en su rostro era cualquier cosa menos tranquila. Sus ojos grises brillaban con una intensidad deslumbrante, una mezcla de orgullo feroz, admiración y algo más profundo, más personal. Una sonrisa amplia y genuina, la más abierta que Babe le había visto, iluminaba su rostro.
El equipo se abrió ligeramente, como si sintieran la importancia del momento. Charlie se detuvo frente a Babe. No dijo nada al principio, simplemente lo miró, absorbiendo el momento, la victoria, la esencia sudorosa y triunfante del corredor.
—Babe…— comenzó Charlie, su voz más grave de lo usual, cargada de emoción.— Eso…fue arte. Puro arte sobre ruedas.
Extendió la mano. Babe la tomó, pero en lugar de un apretón, Charlie usó el impulso para atraerlo hacia un abrazo. No fue un abrazo de negocios o de compañero de equipo. Fue firme, envolvente, íntimo. Babe sintió la fuerza contenida en los brazos de Charlie, el calor de su cuerpo a través de los monos de carrera, el olor limpio y masculino que lo envolvía. Por un segundo, se permitió hundirse en él, en la seguridad que ofrecía.
—Gracias.— susurró Babe contra su oído, sin siquiera pensar en lo que decía.
—No me des las gracias.— respondió Charlie, en un murmullo solo para él, antes de soltarlo lentamente, sus manos permaneciendo en los brazos de Babe un instante más.— Solo confirma lo que ya sabía. Eres increíble.
Luego, Charlie se volvió hacia el equipo, levantando la voz, su carisma natural envolviéndolos a todos.
—¡Esto merece una celebración! ¡La cuenta corre por mi parte! ¡Todo lo que quieran, donde quieran!
Un rugido de aprobación surgió del grupo. Sonic gritó:
—¡A POR TODO!
Way, con una mirada traviesa entre Babe y Charlie, agregó:
—¡Y bebidas sin alcohol para nuestro campeón en estado!
La risa fue general. Babe se sonrojó, pero sonrió, dejándose llevar por la ola de felicidad colectiva.
Más tarde, en un restaurante privado alquilado para la ocasión, la celebración estaba en su apogeo. La música sonaba, los platos se vaciaban, las risas llenaban el aire.
Charlie, aunque se movía entre todos, brindando con Alan y discutiendo estrategias con North, siempre tenía una parte de su atención puesta en Babe. Le alcanzaba un vaso de agua con gas y limón sin que Babe tuviera que pedirlo, desviaba conversaciones estresantes, y en un momento, cuando Babe bostezó discretamente, Charlie se acercó y murmuró:
—¿Cansado? Podemos irnos cuando quieras. Esto es por y para ti.
Babe lo miró, y en esa mirada hubo menos muros, menos resistencia. Solo el brillo del triunfo y una fatiga feliz.
—Todavía no.— respondió.— Quiero disfrutarlo.
Charlie asintió, y su sonrisa fue tan cálida que hizo que el restaurante pareciera más brillante.
En un momento de calma, Babe se recostó contra la barra, observando a su equipo. A Way bailando torpemente con Sonic, a Alan y North debatiendo con seriedad sobre neumáticos, a Jeff y Dean riéndose a carcajadas. Y a Charlie, que desde el otro lado de la habitación, levantó su copa de whisky hacia él en un brindis silencioso, íntimo. Sus ojos grises decían claramente: «Esto es solo el principio. De todo.»
Babe sostuvo la mirada por un instante, luego bajó la suya hacia su vaso, escondiendo una sonrisa que ya no podía contener. El miedo seguía allí, agazapado. Pero en ese momento, rodeado de victoria, de camaradería y de la persistente y cálida atención de aquel Enigma, el aleteo en su pecho se sintió menos como una amenaza y más como…el comienzo de algo nuevo. Algo tan vertiginoso y emocionante como tomar una curva a toda velocidad, pero con la promesa de un final glorioso.
El Juego de la Distancia
Dos meses habían pasado desde la primera victoria bajo el ala de X-Hunter. Dos meses de entrenamientos agotadores, de ajustes milimétricos en los motores, de noches estudiando telemetría y de más victorias que afianzaban al equipo en lo más alto del campeonato. Dos meses también de la constante, paciente y meticulosa campaña de asedio de Charlie.
Para el mundo exterior, Babe seguía siendo la imagen del corredor impecable: ágil, feroz, concentrado. La particularidad de ser un Alfa Especial significaba que su embarazo, ahora de casi tres meses, no se manifestaba con una curva evidente en su vientre. Su silueta seguía siendo esbelta y atlética bajo el mono de carreras, un hecho que generaba susurros de asombro y respeto, pero que también le permitía mantener una barrera física más ante el mundo…y ante Charlie.
Sin embargo, internamente, los cambios eran profundos. Una sensibilidad agudizada, oleadas de fatiga que combatía con pura terquedad, y antojos que llegaban como mareas, impredecibles y urgentes. Y, por supuesto, la montaña rusa emocional que tenía nombre y apellido: Charlie Winchester.
El Enigma no había cejado en su empeño. Si antes sus atenciones eran golpes precisos, ahora eran una presencia constante, un telón de fondo de cuidado discreto pero innegable.
Sin embargo, Babe había endurecido su estrategia. Aceptaba, pero con distancia. Era un baile cuidadosamente coreografiado donde él se negaba a dar el siguiente paso.
El taller, una tarde de lluvia.
Babe trabajaba en la suspensión delantera, concentrado. Charlie entró en el taller, sacudiéndose ligeramente las gotas de lluvia de su abrigo caro. Su mirada encontró a Babe de inmediato.
—El informe de rendimiento en mojado está listo.— anunció Charlie, acercándose, sosteniendo una tableta.— Tus tiempos en la simulación son un 15% mejores que la media del equipo en condiciones de lluvia. Es notable.
Babe no se levantó, siguió ajustando una tuerca.
—Gracias. North me lo hizo notar.— respondió, sin mirarlo. Una respuesta neutral, desviando el crédito.
Charlie no se inmutó. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas para estar a su altura, invadiendo deliberadamente su espacio personal.
—No es solo North. Es tu instinto. La forma en que anticipas la pérdida de tracción…es intuitiva.— Su voz era baja, íntima, para solo ellos.
Babe sintió el calor de su aliento, el olor a lluvia y a su colonia amaderada. Un estremecillo le recorrió la espalda. Se enderezó bruscamente, tomando distancia.
—Simplemente práctico, Charlie. Como todos.— Caminó hacia la mesa de herramientas, poniendo objetos entre ellos.
Way, que observaba desde la oficina con una sonrisa de gato, decidió intervenir. Salió con una bandeja.
—¡Oye! Llegaron esos macarons de lavanda y chocolate negro de esa pastelería francesa imposible.— Los colocó deliberadamente cerca de Babe. Eran, por supuesto, el antojo absurdo y específico que Babe había mencionado de pasada el día anterior.
Babe miró los macarons, luego a Way, luego, involuntariamente, a Charlie. El Enigma solo sonreía, un pequeño gesto de complicidad.
—Way pensó que te apetecerían.— dijo Charlie, inocente como un zorro.
—Way debería enfocarse en la transmisión.— refunfuñó Babe, pero tomó un macaron. Estaba perfecto. Maldita sea.— Gracias.— murmuró, dirigiendo el agradecimiento al aire, no a nadie en particular.
La sala de briefing, después de un entrenamiento.
Babe estaba sudoroso, bebiendo agua a sorbos. Charlie entró con un dossier.
—He hablado con el doctor especialista que mencionaste. El que sabe de Alfas Especiales. Está disponible para una consulta privada mañana, a la hora que te venga bien. Ya está todo concertado.
Era algo importante. Algo que Babe necesitaba y que le daba miedo organizar.
Charlie lo había resuelto sin que él tuviera que pedirlo, protegiendo su privacidad. Era un gesto enorme.
Babe tragó saliva, sintiendo un nudo de gratitud y vulnerabilidad en la garganta. Endureció su expresión.
—No tenías que hacer eso. Yo podría haberlo…
—Podrías.— interrumpió Charlie suavemente.— Pero no tienes por qué hacerlo todo solo. Es una cita, Babe. No un anillo de compromiso.
Babe enrojeció ligeramente.
—Lo sé. Gracias.—La palabra sonó rígida.— Te reembolsaré los gastos.
—No hace falta.— dijo Charlie, y su tono se volvió un poco más firme.— Considera que es parte del paquete de bienestar del piloto estrella. Ahora, ¿a las 10 AM te viene bien?
Era inútil discutir. Babe asintió, mirando al suelo.
—A las 10 está bien.
El garaje, al final del día.
Todos se habían ido. Babe se quedaba siempre un poco más, revisando datos.
Charlie era el otro que solía quedarse. Ese día, Babe sentía un dolor sordo en la espalda baja, más persistente. Intentó disimularlo, pero un leve cambio en su postura debió delatarlo.
Charlie apareció a su lado sin hacer ruido. En sus manos tenía el cojín de masaje lumbar, ya caliente.
—Toma.— dijo simplemente, ofreciéndoselo.
Babe lo miró, una guerra interna en sus ojos ámbar. Aceptarlo sería ceder un centímetro.
Negarlo sería terquedad estúpida cuando el dolor era real. Con un suspiro que sonó a derrota, tomó el cojín y se lo colocó en la espalda. El alivio fue inmediato, y no pudo evitar cerrar los ojos un segundo.
—Gracias.— murmuró, esta vez sin poder evitar que su voz sonara un poco más suave.
—De nada.— respondió Charlie. No se fue. Se quedó allí, de pie, observándolo trabajar unos minutos en silencio. Luego, dijo:
—Sabes, admiro tu resistencia. La forma en que te aferras a ese muro. Debe de ser agotador.
Babe dejó de mover la llave.
—No es un muro. Es sentido común.— replicó, pero sin fuerza.
—¿Sentido común?— Charlie dio un paso más cerca. Babe podía sentir su calor a solo unos centímetros.— El sentido común me dice que dos personas que se atraen, que se respetan, podrían intentar algo más que esto.— Hizo un gesto vago entre ellos.— Pero tienes miedo. Y lo entiendo. Perfectamente.
Babe se volvió para enfrentarlo, el cojín aún presionado contra su espalda.
—No tienes idea de lo que entiendes.
—¿No?— Los ojos grises de Charlie lo escudriñaron.— Entiendo el sabor de la traición. Entiendo el miedo a confiar de nuevo. Entiendo querer proteger ese pequeño latido dentro de ti a toda costa. No necesito que se te note la panza para saber que está ahí, Babe. Lo sé en la forma en que te tocas a veces el bajo vientre cuando piensas que nadie te ve. En la forma en que proteges tu espacio en la pista. Lo sé porque te veo. De verdad.
Las palabras, tan precisas, tan ciertas, le dieron a Babe en el corazón como un puñetazo. Le quitaron el aire. Quiso negarlo, quería gritar, quería alejarlo. Pero solo pudo quedarse allí, paralizado, con el cojín caliente en la espalda y la verdad de Charlie envolviéndolo como una marea.
—No…no me lo pongas difícil—logró decir, su voz apenas un susurro.
Charlie sonrió, una sonrisa triste y comprensiva.
—No es mi intención ponértelo difícil, Babe. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Y que este…juego de la distancia.— dijo, haciendo un gesto entre los metros que Babe siempre mantenía.— no me hará irme. Puede que no me lo pongas fácil a mí, pero yo no voy a desistir. El tiempo está de mi lado.
Y con eso, dio media vuelta y se fue, dejando a Babe solo en el garaje silencioso, con el zumbido de los fluorescentes y el eco de sus palabras. Babe se dejó caer en un taburete, el cojín aún en su espalda. Maldijo en voz baja.
No se lo ponía fácil a Charlie, era cierto. Pero cada día, cada gesto preciso, cada palabra que atravesaba sus defensas como si fueran de papel, hacía que mantener esa distancia fuera la tarea más agotadora de todas. Y lo peor era que, en lo más secreto de su alma, empezaba a preguntarse cuánto tiempo más podría, o querría, seguir resistiéndose.
La Rendición del Sol Ámbar
Las semanas continuaron su danza de acercamientos calculados y distancias cuidadosamente mantenidas. El taller de X-Hunter era un microcosmos donde todos eran testigos del delicado duelo entre el Enigma impasible y el Alfa Especial esquivo.
Pero incluso los muros más sólidos tienen puntos débiles, y para Babe, ese punto débil tenía forma de antojos imposibles y una persistencia que rayaba en lo sobrehumano.
Esa noche, el taller estaba en silencio. Una ligera llovizna acariciaba los cristales. Babe estaba en la pequeña cocina de la instalación, mirando fijamente la nevera vacía con una expresión de frustración absoluta. Había llegado una necesidad irracional, urgente: un bol de fideos udon calientes, con caldo de miso trufado, tempura de camarón crujiente por separado y un toque exacto de yuzu rallado. Era tan específico y tan absurdo a esa hora de la noche que hasta él se sentía ridículo. Pero el antojo le retorcía el estómago.
—¿Problemas?— La voz de Charlie, suave como la lluvia exterior, surgió desde la puerta.
Babe se sobresaltó, girándose. Charlie estaba allí, apoyado en el marco, con su abrigo aún puesto, como si acabara de llegar o estuviera a punto de irse. Sus ojos grises captaron de inmediato la desesperación cómica en el rostro de Babe.
—No, nada.— mintió Babe, cerrando la puerta de la nevera con más fuerza de la necesaria.— Solo…pensando.
—En udon con trufa y tempura de camarón.— completó Charlie, sin pestañear.
Babe lo miró, boquiabierto.
—¿Cómo…?
—Way me envió un mensaje de texto. Dijo: «Código rojo. Emergencia de antojo nivel udon trufado. Ayuda al cachorro preñado».— Una sonrisa juguetona asomó a los labios de Charlie.— No soy muy bueno entendiendo los mensajes de Way, pero el mensaje era claro.
Antes de que Babe pudiera protestar o sentirse violado en su privacidad (aunque, ¿qué privacidad podía esperar con Way de aliado?), Charlie levantó una bolsa de lona térmica que llevaba en la mano. Un aroma celestial, a caldo profundo, marisco frito y cítricos, comenzó a escapar de ella.
—El chef del «Komorebi» tuvo que abrir la cocina solo para esto.— explicó Charlie, acercándose y colocando la bolsa con cuidado sobre la mesa.— Dijo que era el pedido más peculiar y específico que había recibido en meses.
Babe observó, hipnotizado, cómo Charlie sacaba con elegancia los recipientes de cerámica: el bol humeante con los gruesos fideos udon nadando en un caldo ámbar, el cuenco aparte con la tempura perfectamente crujiente, la ralladura de yuzu en un pequeño plato. Era exacto. Era perfecto.
La resistencia, el miedo, la cautela…todo se desvaneció en ese instante, barrido por una ola de pura felicidad. Una sonrisa amplia, despreocupada y radiante iluminó el rostro de Babe. Sus ojos ámbar brillaban como dos soles pequeños, dorados y cálidos, reflejando una gratitud tan profunda que era conmovedora.
—Charlie…esto es…— La voz le falló. Tragó saliva.— Muchas gracias. En serio.
—De nada.— respondió Charlie, su propia voz un poco más áspera de lo normal, conmovido por la reacción genuina.— Come, antes de que se enfríe.
Y Babe comió. Con un disfrute casi infantil, absorbiendo cada fideo, saboreando cada sorbo del caldo complejo, sumergiendo la tempura con cuidado para mantener su textura. Charlie se sentó a la mesa frente a él, sin decir nada, simplemente observándolo con una expresión de profunda ternura y satisfacción. Era la primera vez que veía a Babe bajar la guardia por completo, vulnerable y feliz.
Cuando terminó, Babe suspiró de satisfacción, limpiándose los labios con una servilleta.
—Era exactamente lo que quería. No sé cómo lo hiciste.
—Un buen inversionista conoce las necesidades de su activo más valioso.— dijo Charlie, con un guiño.
Babe se levantó, llevando los platos al fregadero. Se lavó las manos y luego, como un gesto automático, abrió un cajón y sacó un cepillo de dientes de repuesto que guardaba allí. Se cepilló los dientes meticulosamente, enjuagándose después. Luego, se inclinó sobre el fregadero, salpicando un poco de agua fría en el rostro para refrescarse.
Cuando se enderezó, girándose mientras se secaba con una toalla de papel, se encontró con que Charlie se había acercado silenciosamente.
Estaban a apenas unos centímetros de distancia. La cocina parecía haberse vuelto más pequeña, más íntima. El único sonido era el golpeteo suave de la lluvia en la ventana.
Babe podía ver cada detalle de los ojos grises de Charlie: las motas plateadas, la intensidad que lo devoraba. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Y en ese momento, abrumado por la gratitud, la felicidad del antojo saciado y meses de tensión acumulada, algo dentro de él cedió.
Por impulso, sin pensar en las consecuencias, en los muros o en el pasado, Babe cerró la distancia y envolvió a Charlie en un abrazo. Lo abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a lluvia y a seguridad.
Era un abrazo de rendición, de necesidad, de paz.
Charlie se quedó inmóvil por una fracción de segundo, sorprendido. Luego, un gruñido sordo de alivio y emoción escapó de su garganta y sus brazos rodearon a Babe con una fuerza posesiva, protectora, como si estuviera sellando un pacto. Enterró su nariz en el cabello de Babe, inhalando profundamente.
—Por fin.— susurró contra su sien.
Babe levantó lentamente la cabeza, sus ojos ámbar encontrando la tormenta gris. Había lágrimas asomando en sus pestañas, pero no de tristeza. De liberación. La distancia había desaparecido. Solo quedaba el calor, la verdad y un deseo que ya no podía contener.
Charlie no pudo evitarlo. No había fuerza en el mundo que pudiera detenerlo en ese instante. Bajó la cabeza y capturó los labios de Babe en un beso.
No fue un beso tímido o exploratorio. Fue un beso cargado de amor reprimido, de necesidad visceral y del hambre de meses de espera y de distancia. Era profundo, posesivo pero reverente, un reclamo y una entrega al mismo tiempo. Charlie saboreó sus labios como si fueran el manjar más exquisito, lamiendo, mordiendo suavemente, bebiendo cada sonido que Babe emitía.
Babe gimió en el beso, un sonido ahogado de placer y sorpresa. Sus manos se enredaron en el cabello oscuro de Charlie, acariciándolo, tirando de él para acercarlo más, para profundizar el contacto. Era como si se estuviera derritiendo contra él, cada fibra de su cuerpo respondiendo al fin a la atracción que había combatido por tanto tiempo.
En medio del beso, entre jadeos y lenguas entrelazadas, Charlie apartó sus labios apenas un centímetro, sus palabras un aliento caliente contra la boca de Babe.
—Por fin…puedo probar tus labios…— susurró, su voz ronca por la emoción.— Sabes tan bien, Babe…mejor de lo que soñé.— Lo besó de nuevo, con más dulzura esta vez.” Te amo, Babe…Me encantas, todo de ti…y con tu bebé, mi amor.
Las palabras, dichas en medio del beso más apasionado de su vida, no asustaron a Babe.
Al contrario, encendieron algo aún más brillante dentro de él. Sonrió contra los labios de Charlie, una sonrisa feliz, deslumbrante.
—Nuestro bebé, Cachorro…— corrigió suavemente, sus dedos acariciando la nuca de Charlie.— Tuyo y mío. Es tuyo y mío.— Hizo una pausa, mirándolo a los ojos, con toda su verdad al descubierto.— Gracias por no rendirte…pero tenía mis razones, ¿sabes? El miedo…era muy grande.
—Lo sé.— murmuró Charlie, besando la comisura de su boca, sus párpados.— Lo sé, mi sol.
—Pero ahora…ya no más.— continuó Babe, su voz firme y clara.— Merezco ser feliz. Y mi felicidad…— levantó la mano para tocar la mejilla de Charlie.— Mi felicidad está a tu lado. Te amo, Charlie. Te amo.
Fue la llave que destrabó lo último que quedaba de resistencia en Charlie. Con un sonido entrecortado que era mitad risa, mitad sollozo, volvió a besarlo, pero esta vez con una ternura abrumadora, un beso que sellaba una promesa. Un beso que sabía a udon trufado, a lluvia, a futuro y a un amor que, contra todo pronóstico, había nacido en un taller de carreras y había florecido en una cocina, bajo la luz tenue y la lluvia que acunaba el mundo exterior.
Y allí, entre los aromas a comida y a gasolina, el poderoso Enigma y el indomable PitBabe se fundieron en uno, encontrando por fin, después de tanta carrera, la meta que realmente importaba: el uno en el otro.
Verdades a la Luz del Fuego
La mansión de Charlie no era una casa; era una afirmación silenciosa de poder y buen gusto. Situada en lo alto de una colina, con líneas modernas y amplios ventanales que capturaban la ciudad como un diamante a sus pies, era a la vez imponente y serena. Babe, de pie en la sala principal, sentía la inmensidad del espacio pero, por primera vez, no se sentía pequeño en él. Se sentía...invitado.
—Es…increíble.— murmuró Babe, sus ojos ámbar recorriendo las altísimas estanterías llenas de libros, la obra de arte abstracta que dominaba una pared, la chimenea de piedra negra pulida donde unas llamas danzaban suavemente.
Charlie, observándolo desde cerca con los brazos cruzados y una sonrisa de genuina diversión en los labios, respondió:
—Es grande y un poco fría, lo sé. Pero nunca había tenido una razón para que se sintiera como un hogar. Hasta ahora.
Babe lo miró por encima del hombro, una sonrisa tímida asomando a su rostro.
Después del beso en la cocina del taller, algo se había roto y recompuesto dentro de él. La necesidad de guardar distancia había desaparecido, reemplazada por una urgencia por acercarse, por compartir.
—No es fría.— dijo Babe, acercándose a una de las ventanas.— Es pacífica.
Charlie se acercó y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con naturalidad, como si lo hubiera hecho mil veces.
—Ven. Hay algo más acogedor junto al fuego.
Lo guió hacia un sofá enorme y mullido, frente a la chimenea. Se sentaron, no en extremos opuestos, sino uno al lado del otro, sus muslos rozándose. La calidez del fuego pintaba sombras doradas en sus rostros. Un silencio cómodo se instaló entre ellos, roto solo por el crepitar de los leños.
Babe jugueteaba con los dedos de Charlie, su mirada perdida en las llamas. La paz del momento, la seguridad que emanaba de Charlie, le daba valor. Sabía que había una última puerta que debía abrir, una oscuridad que necesitaba sacar a la luz para que el sol pudiera entrar del todo.
—Charlie…— comenzó, su voz más baja que el crepitar del fuego.— Hay cosas…sobre mí. Cosas del pasado. Creo que debes saberlas.
Charlie le apretó la mano con suavidad, animándolo.
—Solo dime lo que quieras, cuando quieras. No hay prisa.
Babe respiró hondo, como si se preparara para sumergirse en aguas profundas.
—Ya sabes que estoy…que espero un bebé. Pero no te he contado sobre… el otro progenitor.— La palabra «padre» se atascó en su garganta.— Se llamaba Sakda. Era un Enigma. Como tú.
Charlie no mostró sorpresa, solo mantuvo su mirada fija y comprensiva en Babe, escuchando.
—Creí que era el amor de mi vida.— continuó Babe, su voz empezó a temblar levemente.— Vivíamos juntos. Yo era…feliz, o al menos eso pensaba. Él era encantador, atento, al principio. Hasta que me quedé embarazado.— Hizo una pausa, tragando el nudo en la garganta.— El día que llegué a casa con la prueba de sangre, lo encontré esperándome. Y en su ropa…olía a otro perfume. A una mujer.
El recuerdo era una puñalada, incluso ahora. Babe cerró los ojos por un segundo.
—Le di la noticia, feliz, asustado, esperanzado. Y él…me dijo que era imposible. Que no quería saber nada. Que el bebé era «mi problema». Luego me confesó que llevaba un mes engañándome. Que se había aburrido de mí.— La rabia vieja y el dolor le dieron un tono cortante a su voz.— Había labial en su camisa. Carmesí. Lo vi…lo vi tan claro. Discutimos. Lo golpeé. Lo eché de mi casa.
Charlie no dijo nada, pero su mano se cerró con más fuerza alrededor de la de Babe, un ancla en el torrente del recuerdo.
—Me quedé solo.— susurró Babe, una lágrima escapó por su mejilla a pesar de sus esfuerzos.— Roto. Con un bebé en camino y un futuro que se hacía pedazos. Pensé que había arruinado todo. Que el amor era una mentira, una trampa para los tontos como yo.
Finalmente, se volvió para mirar a Charlie a los ojos, su propio rostro bañado en el resplandor del fuego y la vulnerabilidad.
—Por eso…por eso me negaba tanto al principio. No eras tú, Charlie. Era yo. Tenía miedo. Un miedo que me paraliza. Cada gesto tuyo, por amable que fuera, lo veía a través del filtro de lo que Sakda había hecho. Pensaba: «Esto también será una mentira. Se cansará. Encontrará a alguien más interesante, menos complicado». Me aferré a esa distancia porque era la única manera en que me sentía seguro. La única manera de proteger a mi bebé…y lo que quedaba de mi corazón.
Las palabras salieron en un torrente, honestas y crudas. Cuando terminó, Babe estaba temblando, agotado por la confesión, esperando…no sabía qué. ¿Compasión? ¿Piedad? ¿Tal vez incluso dudas?
Lo que recibió fue algo distinto. Charlie, con una lentitud reverente, alzó su mano libre y con los dedos secó la lágrima de la mejilla. Su mirada gris no mostraba lástima, sino una comprensión profunda y una rabia silenciosa dirigida hacia el fantasma de Sakda.
—Escúchame, Babe.— dijo Charlie, su voz era suave pero tan firme como el acero.— Gracias. Gracias por confiarme esto. Por dejarme ver esa herida.— Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado.— No soy Sakda. Nunca lo seré. Lo que él hizo no fue amor; fue cobardía y crueldad. El amor no abandona. El amor no traiciona. El amor…— llevó la mano de Babe a sus labios y la besó con ternura.— El amor espera. Perserva. Y protege, incluso cuando el otro intenta alejarse a golpes.
Babe sintió que otro pedazo de su coraza se desprendía, derritiéndose bajo el calor de las palabras y el beso.
—Tu miedo era válido, Babe. Era legítimo.— continuó Charlie.— Pero déjame ser claro: yo no estoy aquí por un capricho. No me «aburriré». Te he esperado toda mi vida sin siquiera saber que existías. Eres fuerte, hermoso, brillante y llevas dentro una vida que ya considero mía. Eres un desafío, sí, pero eres mi desafío. Y mi mayor triunfo no será ganar un campeonato, sino ganar tu confianza, día a día, sonrisa a sonrisa, hasta que ese miedo sea solo un mal recuerdo.
Las lágrimas corrían libremente ahora por el rostro de Babe, pero eran lágrimas de alivio, de un peso que finalmente se levantaba.
—¿Y el bebé?— preguntó, su voz quebrada.— ¿De verdad…?
—¿Nuestro bebé?— Charlie completó, con una sonrisa que iluminó toda la sala.— Babe, ese pequeño o pequeña ya tiene un lugar aquí.— puso la mano sobre el corazón de Babe.— y aquí.— puso la mano sobre el suyo propio.— No hay «tu» problema. Solo hay «nuestra» felicidad. Nuestra familia.
Babe no pudo contenerse más. Se lanzó sobre Charlie, abrazándolo con una fuerza desesperada, hundiendo su rostro en su cuello. Charlie lo sostuvo, acariciando su espalda, susurrando palabras de consuelo y promesas en su oído.
—Lo siento.— murmuró Babe entre sollozos.— Lo siento por haberte hecho esperar, por haber dudado…
—Shhh.— lo calmó Charlie.— No hay nada que disculpar. Cada día de espera valió la pena por este momento. Por tenerte aquí, en mis brazos, siendo finalmente tú mismo conmigo.
Cuando los sollozos cesaron, Babe se separó solo lo suficiente para mirar a Charlie a los ojos. Sus ojos ámbar, lavados por las lágrimas, brillaban con una luz nueva, limpia.
—Te amo.— dijo, con una certeza que brotaba de lo más profundo de su ser.— Y te confío mi corazón, y el de nuestro bebé.
—Y yo los protegeré con mi vida.— juró Charlie, y selló la promesa con un beso suave, lento, lleno de un amor que era a la vez un refugio y un nuevo comienzo.
Frente al fuego, en la mansión que por fin comenzaba a sentirse como un hogar, las sombras del pasado de Babe se disiparon, reemplazadas por el cálido y constante resplandor del presente, y la promesa brillante de un futuro que, por primera vez, se veía lleno de paz y de amor verdadero.
Bajo la Luz del Fuego: Entrega Total
El beso, que había comenzado como un sello de promesas, se transformó. La ternura dio paso a una chispa que se había estado acumulando durante meses de miradas cargadas, de toques fugaces y de una tensión sexual tan densa que casi podía tocarse.
Babe, sentado a horcajadas sobre los muslos de Charlie, sintió la presión firme y creciente contra su propia entrepierna a través de las capas de tela.
Un gemido gutural, cargado de necesidad, escapó de sus labios. Era un sonido crudo, desesperado, que hizo que Charlie gruñera en respuesta. Babe rompió el beso, jadeando, sus ojos ámbar oscurecidos por el deseo puro.
—Charlie….— su voz era un susurro ronco, quebrado.— He estado reteniendo esto…negándolo, reprimiendo…Pero no puedo más. Mis hormonas…se vuelven locas debido a ti. Cada día es más difícil.
Charlie sonrió, una expresión feroz y triunfante. Sus manos agarraban las caderas de Babe a través de la tela, presionando.
—Lo sé, mi sol.— gruñó, su propia voz grave por la excitación.— Tus feromonas…me han estado gritando, enloqueciéndome. Un aroma dulce y picante, solo para mí. Sabía que estabas al borde.
Babe no podía pensar. Solo podía sentir. Se movió sobre el regazo de Charlie, frotándose contra la erección evidente, buscando fricción, alivio, conexión. Inclinó la cabeza y pasó sus labios por la línea fuerte de la mandíbula de Charlie, luego bajó por su cuello, lamiendo y mordiendo suavemente la piel salada.
—Quiero sexo, Cachorro.— jadeó Babe directamente contra su oído, las palabras una confesión carnal y urgente.— Ahora. Te necesito dentro.
Esa fue la chispa que incendió la pradera. Un gruñido animal salió del pecho de Charlie. En un movimiento fluido y poderoso, se puso de pie, levantando a Babe en sus brazos como si no pesara nada, y lo tumbó sobre el sofá de cuero, bajo la luz danzante del fuego.
—Lo que quieras, mi amor.— susurró Charlie, su mirada gris convertida en una tormenta de deseo posesivo.— Todo lo que quieras es tuyo.
No hubo preámbulos lentos. La urgencia era mutua, voraz. Con manos expertas y una fuerza contenida que hacía temblar a Babe, Charlie agarró el cinturón y la bragueta de los pantalones de Babe. Un desgarro de tela sonó en la habitación, seguido por otro. Los pantalones de tela y la ropa interior de algodón fueron apartados a un lado, rasgados sin ceremonia, dejando a Babe expuesto de la cintura para abajo, su erección palpitando contra su vientre plano, solo cubierto por la larga camiseta negra de X-Hunter que se arremolinaba alrededor de su torso.
Charlie se detuvo un instante para admirar la vista: Babe, jadeante, con los ojos nublados por el deseo, ofrecido y vulnerable. Pero no había tiempo para una contemplación prolongada. La necesidad era demasiado aguda.
—No te preocupes, estás más que listo para mí.— murmuró Charlie, sacando un pequeño frasco de lubricante del cajón de la mesita al frente del sofa (siempre preparado, siempre anticipándose a las necesidades de Babe).
Se lubricó los dedos generosamente y, sin perder el contacto visual, buscó la entrada de Babe.
Babe arqueó la espalda, un grito ahogado atrapado en su garganta cuando el primer dedo, frío y húmedo, lo penetró. Pero Charlie no esperó. Sabía, como Enigma, que el cuerpo de Babe, calentado por el deseo y las hormonas del embarazo, estaba excepcionalmente receptivo. Con movimientos firmes y precisos, lo abrió, preparándolo, mientras con la otra mano agarraba la base de su propia erección, liberándola de sus pantalones.
—Mírame.— ordenó Charlie, su voz un latigazo de dominio.— Mírame cuando te tome.
Babe obedeció, clavando sus ojos ámbar en la tormenta gris. Cuando Charlie retiró sus dedos y alineó su miembro, hubo un momento de suspenso. Luego, con un empuje controlado pero implacable, se hundió en él.
Un grito desgarrador, mezcla de dolor y placer absoluto, salió de los labios de Babe. Charlie lo invadió por completo, llenándolo, poseyéndolo en una sola estocada. Se detuvo, enterrado hasta el fondo, dejando que Babe se adaptara, pero su respiración era un jadeo salvaje.
—Dios…tan apretado…tan perfecto.— gruñó Charlie, bajando la cabeza para capturar los labios de Babe en un beso devorador, húmedo y desordenado.
El sexo, desde el primer movimiento, fue rudo y brusco. No había espacio para la delicadeza ahora. Era la consumación de meses de espera, de anhelo reprimido, de una conexión que exigía ser sellada físicamente. Charlie estableció un ritmo duro, profundo, cada embestida haciendo que el sofá chirriara y que Babe gritara en una mezcla de éxtasis y rendición.
Entre jadeos y gemidos, Charlie desató una lluvia de comentarios obscenos y morbosos.
Eran afirmaciones posesivas, adoraciones carnales.
—Mi corredor…Mi sol…— jadeaba Charlie, hundiendo los dedos en las caderas de Babe para clavarlo aún más en cada embestida.— Te sientes increíble…apretándome así…hecho para mí…Solo para mí.
—¡Charlie!— gritaba Babe, sus uñas clavándose en los hombros de Charlie a través de la camisa, sus piernas enroscadas alrededor de su cintura.— ¡Más…más duro!
—¿Esto?— gruñó Charlie, cambiando el ángulo y frotando directamente contra su punto más sensible, haciendo que Babe viera estrellas.— ¿Quieres qué te folle hasta que olvides tu propio nombre? Hasta que solo sepas el mío…mientras yo te lleno.
Las palabras, tan gráficas y posesivas, enciendieron aún más a Babe. Se entregó por completo, moviéndose al ritmo de Charlie, besándolo con hambre, mordiendo su mandíbula, su cuello, dejando marcas de posesión a su vez. Su camiseta negra, empapada de sudor, se arremolinaba alrededor de su torso, y Charlie, en un arrebato, la empujó hacia arriba, exponiendo su pecho. Bajó la cabeza y capturó un pezón entre sus labios, chupando y mordiendo con fuerza, provocando un grito agudo de placer de Babe.
—¡Ahí! ¡Ahí, Cachorro!— imploraba Babe, perdido en la sensación, su propia erección frotándose entre sus vientres, al borde del estallido.
Charlie podía sentirlo, podía oler la inminencia de su clímax. Redobló el ritmo, sus caderas azotando contra las de Babe con una fuerza bruta que prometía moretones. Su respiración era un rugido en el oído de Babe.
—Vente conmigo, Babe.— ordenó, su voz rota por el esfuerzo y la emoción.— Vente…reclama lo que es tuyo…hazme saber cuánto disfrutas que sea tuyo…
Esa fue la orden que Babe necesitaba. Con un grito desgarrado que resonó en la sala alta, su cuerpo se tensó y luego se estremeció violentamente. Su clímax lo arrasó, manchando sus vientres con rayas blancas, sus músculos internos apretándose de forma convulsiva alrededor de Charlie.
La sensación fue demasiado. Con un último gruñido gutural, Charlie se hundió hasta el fondo, su propio cuerpo sacudido por una oleada de placer tan intensa que le nubló la vista. Lo llenó, caliente y profundo, marcando a Babe por dentro con su esencia.
Durante lo que pareció una eternidad, solo existieron los jadeos entrecortados, el crepitar del fuego y el sudor que los unía. Charlie, temblando, se desplomó sobre Babe, evitando aplastarlo con su peso, pero manteniéndose enterrado dentro de él.
Enterró su rostro en el cuello de Babe, inhalando su aroma, ahora mezclado irrevocablemente con el suyo propio.
Babe, agotado y eufórico, acarició el cabello mojado de Charlie, una sonrisa tonta y satisfecha en sus labios hinchados.
—Cachorro…— susurró, su voz ronca por los gritos.
—Mi amor.— respondió Charlie, besando su clavícula.— Para siempre.
Y bajo la luz del fuego, entre la promesa del amor declarado y el hedor dulce del sexo consumado, los dos hombres encontraron no solo placer, sino una unión total. Babe ya no se retenía. Charlie ya no esperaba. Eran uno, posesivos, entregados, y salvajemente enamorados. El sofá estaba arruinado, la ropa destrozada, pero nada de eso importaba. Solo importaba esto: la certeza de que, después de tanto dolor y distancia, habían encontrado su hogar definitivo en los brazos del otro.
El Pasado a la Puerta, El Presente en los Brazos
La noticia de la relación entre Charlie y Babe había volado por el taller de X-Hunter más rápido que un coche en la recta de meta. No fue un anuncio formal; simplemente dejaron de esconder lo obvio: las miradas prolongadas, las sonrisas privadas, la forma en que la mano de Charlie buscaba la cintura de Babe al pasar, y cómo Babe se inclinaba naturalmente hacia su toque.
Way fue, por supuesto, el más ruidoso.
—¡SE LOS DIJE! ¡SE LOS DIJE A TODOS!— gritaba, dando saltos alrededor del coche que Jeff estaba ajustando.— ¡El ojo de lince de Way nunca falla! ¡Ojos de tormenta + ojos de ámbar = MATCH EXPLOSIVO!
Alan sonreía, satisfecho, mientras revisaba unos papeles.
—Mantiene a nuestro piloto feliz y concentrado. Y a nuestro inversionista…notablemente más sonriente. Es una victoria para el equipo.
Sonic y Dean chocaban los cinco, felices por la felicidad de sus amigos. Incluso North, con su lógica implacable, asintió.
—Los datos de rendimiento de Babe han mejorado un 8.3% desde que se observa una disminución en sus niveles de estrés emocional. La relación es estadísticamente beneficiosa.
Babe se sonrojaba ante las bromas, pero una paz radiante lo envolvía. Estaba en la entrada del taller, tomando un poco de aire fresco, disfrutando del sol de la tarde y del murmullo alegre de sus amigos adentro, cuando el ambiente se envenenó.
Un coche deportivo caro, pero de un gusto chillón que Babe conocía demasiado bien, se detuvo con un chirrido frente al taller. De él bajó Sakda. Lucía impecable, como siempre, pero había una desesperación mal disimulada en sus ojos.
—Babe.— llamó, su voz pretendiendo ser suave, la misma que usaba para manipular.
Todo el calor abandonó el cuerpo de Babe.
Se puso rígido, pero no con miedo. Con una frialdad clara y cortante.
—Sakda. No tienes nada que hacer aquí.
—Tenemos que hablar.— insistió Sakda, acercándose. Su mirada bajó instintivamente al vientre plano de Babe, donde sabía que crecía una vida que él había rechazado.— Es sobre…el bebé. Nuestro bebé.
Babe soltó una risa. No era una risa de alegría, sino un sonido frío, elegante y afilado como el filo de un cuchillo.
—¿«Nuestro» bebé?— preguntó, arqueando una ceja con desprecio.— Qué curioso término. Me recuerda a cuando dijiste, textualmente: «Ese es tu problema». ¿Cambiaron las reglas del juego cuándo te diste cuenta de que el «problema» se convertiría en una persona, o cuando escuchaste que X-Hunter está arrasando y pensaste que podrías sacar algún beneficio?
Sakda palideció un poco. No esperaba esta Babe. Este era alguien seguro, dueño de sí, con una inteligencia cortante que nunca le había mostrado cuando estaban juntos.
—Yo…cometí un error. Estaba confundido. Pero es mi sangre también, Babe. Tengo derechos.
—Tenías derechos.— lo corrigió Babe, su voz calmada pero cada palabra pesada como plomo.— Los renunciaste cuando negaste su existencia, cuando elegiste la cama de otra persona sobre la nuestra, y cuando dejaste que tu «aburrimiento» pesara más que una vida que ayudaste a crear. No tienes ningún derecho aquí, Sakda. Solo eres un donante genético, y uno bastante pobre, por cierto.
Las palabras, dichas con una elocuencia devastadora, hicieron que Sakda retrocediera como si lo hubieran abofeteado. La rabia empezó a reemplazar la fachada de arrepentimiento.
—¡No me hables así! ¡Te di todo!
—Me diste mentiras y desprecio.— replicó Babe sin alterarse.— Y yo te di un puñetazo y una puerta en la cara. La transacción está más que saldada. Ahora, lárgate.
En ese momento, la puerta principal del taller se abrió. Charlie salió, su presencia llenando inmediatamente el espacio. Llevaba puesto un mono de trabajo manchado de grasa en los brazos, pero su aura de poder y autoridad era absoluta. Sus ojos grises pasaron de la cálida mirada que reservaba para Babe a una evaluación gélida y peligrosa al posarse en Sakda.
—Mi amor, aquí estabas.— dijo Charlie, su voz era suave pero se escuchó clara en el tenso silencio. Caminó directamente hacia Babe y, con un gesto natural y posesivo, rodeó su cintura con un brazo, atrayéndolo contra su lado.— Los chicos y yo estamos listos para comer. Te extrañabamos.
El gesto, las palabras, la intimidad obvia…todo fue un mensaje claro para Sakda. Su rostro se distorsionó con comprensión y luego con celos rabiosos.
—¿Esto es lo que pasa, Babe?— espetó, su voz temblorosa de ira.— ¿Tan rápido reemplazaste lo nuestro? ¿Con este…financiero?
Babe iba a responder, pero Charlie se adelantó. Su voz perdió toda su suavidad, volviéndose un hielo cortante que hizo que hasta el aire pareciera enfriarse.
—El nombre es Charlie Winchester. Y usted está interrumpiendo nuestro día.— Su mirada escudriñó a Sakda con desprecio.— He sido informado de su…historial con Babe. Permítame ser claro: Babe y el bebé que espera están bajo mi protección ahora. Su presencia aquí no es solo innecesaria; es no deseada. Si valora su bienestar, le sugiero que se dé la vuelta, se suba a ese coche vulgar y no vuelva a molestar a mi pareja o a nuestro bebé. Nunca más.
La amenaza no era un grito. Era una promesa susurrada, más aterradora por su certeza absoluta.
Sakda, herido en su orgullo y cegado por los celos, perdió el control.
—¡No me das órdenes a mí!— rugió, y su puño voló hacia el rostro de Charlie.
Fue rápido, pero Charlie fue un relámpago.
Con el brazo que no rodeaba a Babe, atrapó el puño de Sakda en el aire, con una facilidad pasmosa. Luego, en un movimiento fluido, soltó a Babe por un instante y, antes de que Sakda pudiera reaccionar, le agarró el cuello con una mano, no con fuerza para estrangular, pero sí con una presión intimidante que le cortó el aire y lo inmovilizó.
Sakda, también un Enigma, luchó por liberarse, pero la fuerza de Charlie era abrumadora, primaria. Sus ojos grises, ahora completamente rojos de ira, se clavaron en los de Sakda.
—Soy un Winchester.— susurró Charlie, con una calma aterradora.— Pura sangre. De los primeros Enigmas que caminaron en este mundo. Mi fuerza, mi influencia y mi determinación para proteger lo que es mío están en un nivel que ni siquiera puedes concebir.— Apretó ligeramente, haciendo que Sakda tosiera.— Esta es tu única advertencia. La próxima vez que te acerques, que preguntes por él, o que incluso pienses en hacerle daño, no habrá palabras. Solo consecuencias. ¿Queda claro?
Sakda, con el rostro congestionado y el miedo reemplazando a la rabia en sus ojos, asintió con dificultad. Charlie lo soltó como si fuera basura, y Sakda cayó de rodillas, tosiendo y jadeando.
Sin darle otra mirada, Charlie se volvió hacia Babe. Su expresión se transformó instantáneamente, la tormenta dando paso a una preocupación tierna.
—¿Estás bien, mi amor?
Babe no respondió con palabras. Lo miraba con unos ojos ámbar enormes, brillando con una mezcla de asombro, gratitud y…un deseo feroz. Antes de que Charlie pudiera decir algo más, Babe cerró la distancia y enredó sus manos en el cuello de Charlie, no para lastimarlo, sino para atraerlo.
—Joder.— susurró Babe, su aliento caliente contra los labios de Charlie, una sonrisa juguetona y lasciva en su boca.— Que sexy te viste, Cachorro.
Y entonces, justo allí, frente al taller y ante la vista de un Sakda humillado y jadeante, Babe procedió a cubrir el rostro de Charlie con besos juguetones y apasionados. Besó su boca, su mandíbula fuerte, sus mejillas, sus párpados. Cada beso era un sello de aprobación, de admiración, de posesión a su vez.
—Defendiéndome…siendo tan dominante…— murmuraba Babe entre beso y beso.— Casi me derrito ahí mismo.
Charlie, al principio sorprendido por el arrebato, comenzó a reír, un sonido bajo y feliz, mientras rodeaba a Babe con sus brazos.
—Solo estaba sacando la basura, mi sol.— dijo, disfrutando de los besos.
—Pues fue la cosa más ardiente que he visto.— respondió Babe, finalmente deteniéndose para mirarlo, su rostro serio por un momento.— Gracias. Por estar aquí. Por ser tú.
—Siempre.— prometió Charlie, y le dio un beso suave pero profundo en los labios, ignorando completamente la presencia del hombre en el suelo.
Luego, tomó a Babe de la mano y, entrelazando sus dedos, lo guió de vuelta hacia el cálido y ruidoso interior del taller, donde los olores a comida y los gritos de sus amigos los esperaban. La puerta se cerró detrás de ellos, dejando a Sakda fuera, no solo físicamente, sino borrado para siempre del nuevo y brillante mundo que Babe había construido. Un mundo donde era amado, protegido y deseado, con un Enigma a su lado que no solo lo defendía con palabras, sino con la ferocidad de un lobo protector y el amor incondicional de su alma gemela.
¡FIN!
Dedicado a @PanditaPooh41 idea que me sugeriste, espero que te gustes y gracias por el apoyo…