Extremas Tentaciones: El filo del amor

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Summary

Tras una ausencia que dejó marcas profundas, Isabella y Emmanuel intentan sostener una relación atravesada por el poder, el control y un deseo que ya no alcanza para contenerlo todo. Mientras Emmanuel se hunde cada vez más en un mundo que impone reglas implacables, Isabella comienza a buscar escape en lugares que prometen libertad, pero esconden peligros mucho más oscuros. Entre excesos, silencios y decisiones irreversibles, ambos deberán enfrentarse a una pregunta inevitable: ¿hasta dónde se puede amar sin perderse a uno mismo? En el universo Rinaldi, el amor siempre tiene un precio. Y cruzar ciertos límites puede cambiarlo todo.

Genre
Erotica
Author
Celestesl
Status
Complete
Chapters
26
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Mis piernas avanzan por el desnivelado camino de tierra rodeado por frondosos árboles en diferentes tonalidades de verdes. La música alta, resuena en mis oídos permitiéndome desconectarme de cualquier cosa que no sea lo que estoy haciendo en ese momento. El aire es fresco a esas horas de la mañana, aunque agradable, lo suficiente para que mi sudorosa piel sienta un respiro. Siento la respiración y el corazón acelerados producto del esfuerzo al avanzar. Aumento la velocidad y siento que me deslizo con libertad, con agilidad y ligereza. No hay nada delante de mí más que el fino camino y los rayos de luz colándose entre las ramas. Cuando me detengo, al final de este, me inclino hacia adelante, buscando recuperar la respiración. 

Observo mi reloj pulsera y sonrío al corroborar que he superado mi tiempo. La práctica habitual se ha transformado en un desafío personal. Pero no solo eso, sino en un momento de completa libertad, donde me encuentro en contacto conmigo misma y apartada del resto del mundo. En ese instante, soy ajena a cualquier cosa que sucede a mi alrededor; no me preocupa más nada que sentir mi cuerpo y controlar la respiración. Correr es un escape. Una descarga. Una elección que me permite conectar con mi humanidad, con mi sentido, con lo más simple y la vez tan complejo de la existencia humana. Me resulta terapéutico y completamente necesario. Realizo los estiramientos correspondientes, permitiendo que mis músculos se distiendan después de quedar agarrotados y la sensación es de alivio y placer.

Tomo una gran bocanada de aire subiendo los brazos hacia arriba y cierro los ojos. Sostengo el aire y luego lo expulso, vaciando mis pulmones y terminando de aflojarme. Ya estoy lista para regresar a la jungla.

El automóvil negro me espera del otro lado del claro, al final del camino. Enzo, el guardia que me acompaña siempre, sostiene en sus manos mi botella con agua. Viste traje oscuro, gafas de sol y un pequeño micrófono en su oído, desentonando completamente con el natural ambiente que nos rodea.

-¿Ha pedido mejorar su tiempo?- pregunta con formalidad. Bebo un largo trago de agua antes de responder.

-Si, pero la próxima lo haré mejor- respondo. Me coloco un suéter por encima del top porque a pesar de que ya no hace tanto frío, apenas comenzamos a salir del invierno. Sujeto mi cabello en una coleta alta y paso una pequeña toalla de microfibra por mi rostro.

Sostengo la misma rutina desde hace meses y alejarme de la ciudad durante un par de horas algunos días por la mañana, me resulta refrescante y me permite comenzar el día con otra energía. Enzo es silencioso y habla lo justo y necesario; pero me pregunta por mis tiempos de carrera e incluso a veces le pido que cuente con su reloj. Abre la puerta trasera del auto y subo para posteriormente marcharnos de regreso.

Recién allí me permito volver a tomar mi móvil revisar pendientes o mensajes sin responder. Todos saben que esas horas son exclusivamente para mí y para mi suerte, se respetan casi a rajatabla. De todas formas, si algo es urgente, Enzo se encarga de tomar los recados. Reviso algunos mails priorizando los que debo atender cuando comience mi mañana laboral; tengo varios mensajes de Clara, de Samantha y también de mi madre. He quedado en llamar a esta última pero como siempre, se me ha pasado hacerlo. Tomo nota mental para ponerme en contacto con ella esa tarde. Con mi padre suele ser más sencillo; no pide nada y solo toma lo que tengo para ofrecer, sean por medio de llamadas o de mensajes. Me deja saber cómo se encuentra mi hermana y también converso con ella de vez en cuando.

Miro por la ventanilla, verdes campos extendiéndose a ambos lados de la ruta y más al fondo, cadenas montañosas. El sol brilla en un cielo azul completamente despejado y las noticias anuncian que las temperaturas rondarán los 18 C°. Vuelvo la vista al móvil cuando comienza a vibrar sobre mi regazo y suelto una risa baja por la impaciencia de Clara, tomando la llamada.

-Si estuviese desangrándome sé que no podría contar contigo- dice del otro lado de la línea a modo de broma.

-Ya sabes… las mañanas me pertenecen- respondo. -No lo olvidé. Iré por vestido en la tarde- menciono.

-Eres genial, Bella- responde. -Nos vemos a la noche, ¿Verdad?- pregunta asegurándose de que concurriré. Estoy tentada a decirle que se me ha complicado y no asistiré, pero prefiero no ponerla más nerviosa de lo que ya está. Es el día de su cumpleaños y realizará una pequeña celebración familiar durante la noche y quiere utilizar un vestido de diseño que llega esa tarde desde Francia. Pero no cuenta con tiempo para retirarlo y tampoco quiere enviar a nadie poco confiable ya que necesita asegurarse de que sea como ella lo ha elegido. Así que soy su mediadora, entre la empresa que lo recibe, las posibles imperfecciones que vea, y finalmente ella. Estoy segura de que estará perfecto, pero elijo complacerla porque es su día y porque, además, es también mi amiga.

-Ahí estaremos- respondo.

Ingresamos en la urbanización y el movimiento comienza a llenar las calles de color, ruido y movimiento. Bajo del vehículo y me dirijo hacia el interior del edificio llegando por fin, a casa. El aroma a sándalo me envuelve recordándome la cálida sensación de hogar que llevo conmigo en cada espacio que habito. Los ventanales de piso a techo dejan ver la iluminada ciudad matutina y contrarrestan con los colores más sobrios y pulcros del interior. Dejo el bolso sobre el sofá y me quito las zapatillas por el camino dirigiéndome directo a la ducha.

Escucho su voz desde fuera de la oficina y sé que no está solo así que cuento con tiempo para bañarme, cambiarme y seguramente descansar. Las reuniones allí son poco frecuentes, pero duran bastante tiempo y a decir verdad prefiero que las tenga dentro de la casa a pasar días sin él en sus frecuentes viajes. Me satisface que luego de mis pedidos finalmente haya cedido a trasladar parte de su trabajo a la ciudad, al Club, y no irse semana de por medio. Los últimos meses, luego de la muerte de Alessandro, las responsabilidades lo han envuelto por completo y si antes solía verlo poco, ahora hay momentos donde apenas nos cruzamos. Así que esta negociación me sirve para al menos saber que volverá a casa a dormir. Eso, y que no puedo ausentarme del trabajo constantemente para acompañarlo de modo que si hay cenas o eventos en la ciudad puede contar con mi presencia allí. Algo que se ha vuelto recurrente. El peso de sus nuevas responsabilidades envuelve todo lo que orbita en su vida. Y ese algo soy yo.

Luego de una relajante ducha, me coloco un pantalón negro de corte recto, blusa de seda color azul, blazer oscuro y zapatos cerrados. Me espera un largo día en el consultorio así que elijo como siempre, la comodidad. Dejo mi cabello suelto y me coloco pendientes pequeños. Maquillaje natural y perfume con aroma a jazmín, uno de mis favoritos. Mis carpetas y documentos se encuentran mayoritariamente en el espacio de trabajo, pero tomo la agenda de anotaciones que siempre me acompaña y la guardo dentro del bolso junto con el libro que reposa sobre la mesa de luz, algunos dulces para la tarde, y billetera.

Aún cuento con tiempo suficiente para desayunar así que me dirijo a la cocina y preparo café y algo de fruta. Si como algo más luego de correr posiblemente termine cayéndome como una roca, así que comeré algo más sólido durante el mediodía. Cuando me giro con la taza para acercarme al ventanal lo veo de pie en la puerta, recostado contra el marco mientras me observa detenidamente. Es tan sigiloso que no tengo idea desde qué momento se encuentra allí y sé perfectamente que le gusta mirarme, dormida y despierta, así que me he acostumbrado a su silenciosa compañía. Viste pantalón oscuro y camisa clara, elegante e imponente como siempre; creo que jamás me cansaría de apreciar su seductora y envolvente presencia.

-¿Quieres?- pregunto haciendo señas a la taza.

-No es eso lo que quiero…- responde con un tono de voz grave y bajo, suficiente para sentir el calor subir por mi cuerpo. No necesita demasiado para que reaccione; tenerlo en la casa durante algo más de tiempo implica que también el contacto carnal es frecuente, a veces quizá, más de lo esperable para una pareja. Al menos una que quiere tener trabajo y vida fuera.

Camina con pasos lentos y seguros hacia mí. Deposito la taza sobre la mesada antes de que termine de acercarse y correspondo cuando sus labios buscan los míos. Me besa intensamente pero despacio, sin urgencias, como últimamente estamos vinculándonos, como si probara otra forma de vinculo que no solo incluya la descarga desesperada de deseo. La hay. Pero antes de eso existe otro tipo de encuentro entre ambos, más pausado, pasional, que al menos hasta el momento, no se había dado. Aparto mi rostro, jadeante y coloco mis manos sobre su pecho.

-Tengo que irme a trabajar- digo en contra de mi voluntad porque sé que si lo dejo seguir no va a detenerse. Y yo no querré que lo haga.

-¿Segura?- pregunta en una invitación oscura y tentadora. Desliza sus manos hasta mi trasero y presiona, pegándome contra su cuerpo, dejándome sentir su erección en mi estómago. Siento aumentar el calor entre mis muslos y deslizo la mirada hacia sus labios imaginándolos en diferentes zonas de mi cuerpo. Quiero ceder al torbellino de emociones que me dispara todo su ser, pero también quiero cumplir con mis responsabilidades. Así que suelto un suspiro algo frustrado y me aparto; esta vez me suelta.

-Intento ser una persona madura y responsable- digo reprimiendo una sonrisa y bebiendo un sorbo de mi taza con café, como si eso me bajara el calor que quema mi cuerpo. -Recuerda que a la noche tenemos cita en casa de Clara- digo dirigiéndome al sofá por mi bolso y marcando más distancia por si se le ocurre buscar convencerme. A Emmanuel no le gustan las negativas, o que me resista a sus pedidos, pero tengo que admitir que ha aprendido a flexibilizar algunas pequeñas cosas por las que antes quizá habríamos terminado discutiendo.

-Tengo que ir al Club. Cuando termine voy- me dice. Enarco una ceja viéndolo. Sus palabras no me resultan del todo confiables; sé que si va al Club bien puede terminar temprano o llegar durante la madrugada. Y hace varias semanas que sabemos sobre ese evento, al cuál le pedí que acompañara pues no solo estará parte de su familia, sino que además nunca estamos juntos en más lugares que no sean vinculados a sus negocios. -Iré cuando termine- remarca ante mi expresión.

-Nos vemos a la noche- digo antes de marcharme y no me acerco por un saludo pues terminaré quedándome.

Paso por el vestido de Clara y me aseguro de que esté tan perfecto como ella lo quiere antes de enviárselo con un chofer. Luego de eso me marcho hacia el consultorio donde mantengo algunas reuniones con la Clínica. Por suerte parecen satisfechos con mi trabajo hasta el momento remarcándome la eficiencia con la que continúo sosteniendo todo a pesar de no estar en la ciudad. A mediados de año tendré que concurrir de forma presencial para presentar balances e informes; ya se lo he dicho a Emmanuel y aunque en principio no le agrada la idea, tengo tiempo para convencerlo. Además, quiero ver a mi familia y a Sam y Adam. Hasta el momento nos comunicamos de forma telefónica o por videollamadas, pero les extraño, y necesito visitar mi mundo de vez en cuando.

Los pacientes en la ciudad continúan estables y Matteo ha regresado meses después, así que sigo acompañando su proceso casi como un proyecto de rendición personal. En ese espacio, el del consultorio, puedo ser yo misma, sin máscaras ni sonrisas fingidas. El peso del mundo Rinaldi es bastante mayor del que esperaba con él asumiendo el rol que antes tenía su padre, y eso aumenta las tensiones alrededor. Me gustaría ser completamente ajena, pero no puedo. Hace mucho tiempo dejé de ser invisible en ese ambiente y eso tiene más puntos negativos que positivos. Pero intento no sobre pensar demás pues cuando lo hago, los síntomas de ansiedad aparecen.

Si bien todo parece estable desde fuera. Dentro de mí las secuelas del tiempo pasado siguen latentes, queriendo dejarse ver. Muchas veces puedo esconderlas con disimulo o algún que otro calmante que me ayude a conciliar el sueño, aunque suelo vivir en un estado de alerta que no parece querer marcharse en poco tiempo. Lo entiendo. Sería extraño no experimentar ningún síntoma después de todo lo que he vivido meses atrás; pero sigo aceptando estar aquí, a su lado, así que busco formas de adaptarme… o sobrevivir. El deporte ayuda, también el trabajo, o los breves momentos para distenderme con Clara. Pequeñas cosas que han funcionado en mi vida como un escape, un punto de conexión conmigo misma para ubicarme en el presente y entender que a pesar de todo, no necesito siempre estar en tensión e incómoda.

Por la noche me alisto para irme. Llevo un vestido recto color azul marino de corte recto, con apenas algunos apliques en torno al cinto. Cabello suelto, maquillaje suave y tacones negros.

La residencia de Clara y Marco está situada en una de las zonas más antiguas y prestigiosas de la ciudad, en una calle de adoquines que conserva el encanto de varias generaciones. A diferencia de la fría solemnidad de la residencia principal de los Rinaldi, aquí hay un aire más humano, casi hogareño, aunque sin perder el peso de la tradición mafiosa que sostiene sus muros, una que nunca se podrá camuflar. La fachada es de piedra clara y madera oscura, con balcones de hierro forjado donde crecen enredaderas que florecen poco a poco. Un portón alto de madera, con faroles de hierro, da a un patio interior con fuente, donde el agua corre como un murmullo suave que contrasta con la música y las voces que provienen desde dentro.

En el interior, la casa presenta un estilo clásico italiano con toques modernos de Clara. Los suelos de mármol reflejan la luz cálida de candelabros y lámparas antiguas, pero las paredes son suavizadas por ella, con tonos crema y cuadros contemporáneos. El salón principal, donde se encuentran los invitados, tiene techos altos con vigas a la vista y ventanales que dejan pasar la luz de la luna. Una chimenea de piedra ocupa un costado dando un clima de elegancia. Allí, Clara ha dispuesto mesas bajas con copas de cristal y bandejas con bocados, cuidando cada detalle con un gusto que mezcla lo refinado con lo acogedor.

Clara se ve hermosa con el vestido rojo que han diseñado exclusivamente para ella. La saludo con un cálido abrazo y luego realizo un recorrido rápido y cordial por las personas a las que conozco: algunas esposas Rinaldi, Marco y Lorenzo. También se encuentran presentes amigas de Clara, su familia y hermanos, así como algunas familias amigas. Donatella no se encuentra allí; ha mostrado bastante reserva en los eventos sociales luego de la muerte de su esposo. Se deja ver, pero no como antes. Muchas veces me resulta extraño estar en un lugar con desconocidos que saben perfectamente quién soy; así que he tenido que aprender a lidiar con miradas, murmullos, comentarios venenosos y cierto recelo. No es tan duro como antes, pero sé que nunca podré acostumbrarme a manejarme de forma fluida y libre en ese ambiente.

Bebo algún trago y converso con Clara y amistades. En realidad, las escucho hablar sobre moda porque no tengo idea al respecto, pero cualquier cosa es mejor que estar atenta a las miradas alrededor. No tengo idea a qué se refieren, pero finjo que sí e incluso me río con ellas. Creo que nunca he tenido que disimular de esta manera y me da miedo sentir que ya se ha vuelto algo natural en mí, casi automático. Miro mi reloj corroborando que han transcurrido dos horas y Emmanuel no ha aparecido. Intento que el malestar no me gane.

-¿Aburrida?- pregunta Lorenzo ofreciéndome una copa con vino que acepto encantada de tener algo con lo que no pensar.

-La estoy pasando de maravilla- digo. Suelta una risa baja ante mi ironía.

-Creo que podrías divertirte más en una mesa de negocios- advierte. De hecho, puede que así sea; no participo en demasiadas cenas de negocios, pero cuando lo hago suelo aportar algún que otro comentario de análisis disfrutando de las incómodas reacciones a mi alrededor. No lo haría si no contara con la aprobación de Emmanuel quién no solo me escucha, sino que no permite que nadie se oponga a ello.

-Debería poder disfrutar de lo simple- digo más como una reflexión personal que para él. Caigo en cuenta de que me observa fijamente y parpadeo volviendo en mí. Su cercanía no le hace nada de gracia a Emmanuel e intento no pasar demasiado tiempo conversando con él, porque en parte siento culpa de lo que nunca me permitió confesar. Pero es irremediable saber que luego de los meses de soledad, Lorenzo comenzó a ocupar un lugar diferente en mi vida. Ya no sexual, pero sí un sitio cómodo y familiar que no quiero apartar.

-¿Necesitas ayuda con eso?- pregunta. Claro que él sigue siendo insinuante con sus comentarios y muchas veces los realiza frente a su primo. En esos momentos es donde mi alerta se dispara porque temo que estalle la guerra entre ambos. Pero hasta el momento parecen tolerarse al menos un poco. Ruedo los ojos y lo mal miro. Sonríe sutilmente y desvía la vista hacia la sala.

-¿Dónde está tu esposo?- pregunta avanzando en la escala de comentarios molestos.

-En el Club- respondo buscando restarle importancia.

-Los negocios lo tienen tomado por completo- menciona pensativo. -Es una pena que te esté descuidando…- añade.

-No me descuida- digo tajante.

-¡Vamos a tomarnos fotos!- exclama Clara tirando de mi brazo y salvándome de la situación.

Fotografías con todos y en diferentes lugares. Clara ama las cámaras así que debí suponer que esto llevaría un largo rato. Luego de eso más conversaciones, música y finalmente se hace la medianoche. El momento justo para cortar el pastel. Para ese momento mi malestar es palpable; he corroborado mi móvil, pero no tengo ni un solo mensaje avisando su retraso de casi todo el evento. Comparto el momento con ella y centro mi atención en disfrutar, aunque sé que él ya no va a llegar. Luego de brindar la reunión de cumpleaños llega a su fin. Me coloco el abrigo y me acerco a ella para despedirme.

-¿Nos vemos esta semana?- le pregunto.

-Claro que sí. El miércoles en la cafetería de siempre- dice sonriendo. Sostiene mis manos y me observa con cierta compasión. -Debe tener mucho trabajo, Bella. No te molestes con él- sabe bien mi sentir al respecto. Sonrío apenas, y me marcho.

Intento no molestarme, pero no suelo ser la prioridad en sus actividades diarias. No es la primera vez que sucede y sé que él luego intenta compensarlo. Guardo aun la fantasía de que las cosas funcionen de forma más… normal entre nosotros, aunque sé que resulta irreal. Supongo que Clara tiene razón; es él quien se encarga de todo ahora y sostener el imperio que su padre dejó, muchas veces parece ser un peso y no algo que le haga sentir cómodo. Nunca me quedó del todo claro cómo se sintió con respecto a esa pérdida, porque las cosas entre ellos no estaban bien desde el momento en el que se enteró que la muerte de su hermana no fue accidental. Además, ha soltado algunos comentarios delante de ciertas personas influyentes que colocan a Alessandro en un lugar que dista mucho de la devoción. No he querido tocar el tema con él, pero conservo la sensación de que hay algo más detrás.

Cuando llego al apartamento todo está oscuro y silencioso. Me doy un baño y me coloco la bata mientras bebo un vaso con agua en la cocina. No pasa demasiado tiempo para que llegue a casa. Su expresión es de cansancio, algo bastante notorio durante ese tiempo. Sé que cuando se acerca al bar esquinero para beber un trago es porque se siente tenso; aunque no lo diga e intente disimularlo, he aprendido a leer sus sutiles gestos y a conocerlo mejor. Bebe un sorbo del vaso con sus ojos puestos en mí.

-Te esperé…- digo buscando que no suene a reclamo, aunque lo es.

-Acabo de terminar- responde como si con eso justificara su ausencia. Termina lo que queda en el vaso de un solo sorbo y apoya el vaso sobre la mesa con la presión suficiente para terminar de confirmar que está tenso. Mientras se quita la chaqueta y desprende los primeros botones de su camisa noto como su mirada se va oscureciendo. Sigue con los botones de las mangas y sus movimientos son medidos, controlados, pero con la clara intención de dejarme saber lo que quiere. Lo peor es que, aunque quiero sostener mi molestia e irme a dormir, mi cuerpo reacciona de forma muy distinta. Sentirme casi acechada despierta mis instintos sexuales.

Lo observo quitarse la camisa y mis ojos recorren cada músculo de su torso; su firme piel brilla bajo la tenue luz que lo ilumina y su mirada se torna más peligrosa, invitándome a hacer más que simplemente verlo. Así que camino hacia casi hipnotizada. Sujeta mi muñeca con una presión que reconozco muy bien: la del poco control que le queda. Tiro de la misma soltándome.

-No vas a tomarme así- digo con cierta firmeza. Noto el brillo en sus ojos, mezcla de deseo y enojo por mis resistencias.

En algunas ocasiones, intento que ceda algo de ese control, al menos un poco, para poder conectarme con él desde un lugar más profundo. Sé por experiencia, que también lo excita que lo desafíe así que por momentos camino en la fina línea entre que me permita libertad o que termine tomando las cosas de forma posesiva y dominante. Llevo mis manos a su pantalón y desprendo los botones. Lo siento suspirar con cierta impaciencia, pero mantengo mi ritmo. Sus labios buscando los míos, pero aparto mi rostro.

-Suficiente…- ordena. Clavo mis ojos en los suyos.

-No cumpliste con tu palabra. Así que compénsame- digo dejando entrever mi enojo, aunque estoy jodidamente excitada. Parece debatirse entre detenerse o avanzar; mientras tanto termino de desprender su pantalón y lo deslizo hacia abajo junto con el resto de lo que le queda puesto dejándolo completamente desnudo y duro delante de mí. -Siéntate, Emmanuel- le pido sabiendo que no puedo presionar demasiado o terminaré pasando su límite.

Saber que se está conteniendo, que detesta esperar, no poder tocar o poseer como quiere, me vuelve loca. Me ha costado mucho llegar a esto y aunque nuestros encuentros sexuales se convierten en un campo de batalla cuando lo hago, vale la pena el placer posterior. Y saber que soy la única persona en su vida que logra que suelte el control al menos un poco, me hace sentir poderosa. Tras otro suspiro de frustración toma asiento en el sofá y extiende ambos brazos en el respaldo. Recién entonces dejo que la bata caiga al piso y me quedo de pie delante de él, desnuda, rozando sus piernas. Sus ojos queman sobre mi cuerpo y cuando me siento sobre él a horcajadas froto la humedad de mi sexo contra su erección logrando un suspiro de placer salir de sus labios.

Lleva sus manos a mi cintura y las presiona controlándose para no hacer lo que realmente quiere: marcarme con fuerza. Quiero que lo haga, pero no aún. Muevo mis caderas sobre su caliente cuerpo y aumenta el agarre llevando sus labios a uno de mis senos y chupando fuerza, como si quisiera desquitarse por lo que estoy haciendo. Mi pezón se endurece entre sus labios y suelto un gemido alto. Muerde debajo, con la suficiente presión como para desesperarme. El calor se vuelve insoportable entre mis piernas y elevo mis caderas permitiendo que su miembro comience suavemente a deslizarse dentro de mí. Lo siento enterrado en mi cavidad y permanezco allí unos segundos dejando que el cuerpo se adapte a su grandeza. Busco sus labios y sus acciones se tornan menos controladas; permito que sujete mi rostro hundiendo su lengua dentro de mi boca y obligándome a sostener el exigente beso.

Comienzo a balancear mi cuerpo sobre el suyo lentamente. Sus manos toman mis glúteos presionando cada vez que bajo, profundizando más el ingreso. Y es ahí cuando se ajusta a mi ritmo, cuando finalmente termina cediendo y sus caricias se tornan intensas, posesivas, pero sin atisbos de buscar descargar rabia o frustración por medio del sexo. Me gustan todas sus facetas y formas de follarme, pero ésta es la que más disfruto, porque sé que él está allí, presente, conmigo.

-Vas a volverme loco…- jadea contra mis labios y vuelve a besarme con fuerza. Mis labios se ajustan a los suyos y sus manos sostienen con más firmeza mi cuerpo invitándome a aumentar la velocidad.

Me pierdo en el fuego de su piel, en la forma en la que su boca recorre mi cuello, chupando y lamiendo cada centímetro a su alcance. Lleva una de sus manos a mi sexo y presiona sus dedos justo allí, en el punto más sensible haciendo que tire mi cabeza hacia atrás y cierre los ojos completamente extasiada. Desde allí sostiene mi espalda y acompaña mis movimientos hundiéndose más profundo cada vez. Entrelaza los dedos en mi cabello y tira del mismo obligándome a acercar el rostro y pasando su lengua por mis labios.

Ya ha tomado el control nuevamente y lo cedo con completo consentimiento porque me desarma sentirlo actuar de esa manera sobre mí. Mi cuerpo es completamente suyo y corresponde cada acción, pedido y demanda con absoluta entrega. Él lo toma todo.

-Emmanuel…- suelto entre un gemido ahogado cuando comienzo a sentir los espasmos de mi cuerpo.

Cuando me corro, me sostiene contra sí; siento los músculos de mi palpitante intimidad contraerse a su alrededor y su cuerpo descargando en mí, el peso del deseo. El temblor de nuestros cuerpos se va apagando poco a poco, como un incendio que aún deja brasas encendidas en la piel. Hunde su rostro en la curva de mi cuello, todavía reclamando mi sabor, mientras yo mantengo los ojos cerrados, sintiendo cómo el vértigo se desarma, aferrándome a su piel. No son necesarias las palabras, solo el eco del deseo consumado y esa certeza oscura de que, en ese instante, nos pertenecemos el uno al otro.