Mi padrastro
Mia regresaba a casa después de un largo día en la universidad. A sus 18 años, estaba en su primer semestre de administración, un camino que había elegido inspirada por su padrastro, Alexander. Él era un empresario exitoso, dueño de una cadena de hoteles boutique que lo mantenía ocupado, pero siempre encontraba tiempo para aconsejarla. Su madre, por otro lado, pasaba la mayor parte del tiempo de viaje por trabajo, como representante de una firma internacional de cosméticos. Esta semana, como tantas otras, su madre estaba de viaje, dejando la casa grande y lujosa solo para ellos dos.
Mia entró en la cocina, dejando caer su mochila sobre la isla de mármol. Llevaba un top ajustado que realzaba su figura esbelta y una falda corta que dejaba ver sus piernas y el inicio de sus nalgas. Sabía que Alexander estaba en casa; su auto deportivo negro brillaba en el garaje. Desde hacía meses, Mia no podía ignorar la atracción que sentía por él. Alexander tenía 40 años, pero su cuerpo atlético, forjado en el gimnasio y en viajes de negocios, lo hacía parecer mucho más joven. Su mandíbula afilada, sus ojos negros penetrantes y esa sonrisa confiada la hacían fantasear en las noches solitarias.
“¿Alexander? ¿Estás en casa?“, llamó Mia, con un tono juguetón en la voz.
Desde el estudio, él respondió: “Aquí estoy, Mia. ¿Cómo te fue en clases hoy?“.
Salió a su encuentro, vestido con una camisa blanca desabotonada en el cuello, revelando un atisbo de pecho musculoso. Mia sintió un cosquilleo en el estómago. Se acercó a él, más de lo necesario, y le dio un beso en la mejilla, demorándose un segundo extra.
“Fue agotador, pero interesante. Aprendí sobre estrategias de mercado, algo que tú dominas”, dijo ella, mirándolo directamente a los ojos. “Mamá me mandó un mensaje; dice que su viaje se extenderá unos días más. Así que... solo somos tú y yo”.
Alexander sonrió, ajeno a la insinuación, o tal vez fingiendo ignorarla. “Perfecto, si necesitas algo puedo ayudarte. Voy a preparar la cena. ¿Quieres unirte?“.
Mia asintió, pero en su mente ya tramaba su plan. Esa noche, después de la cena, se retiró a su habitación para “estudiar”, pero en realidad se cambió a algo más provocador: un pijama corto de seda que apenas cubría sus muslos, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Bajó las escaleras descalza, fingiendo sed.
Alexander estaba en el sofá de la sala, revisando correos en su laptop, con una copa de whisky en la mano. La luz tenue del atardecer filtrándose por las ventanas lo hacía aún más atractivo.
“No puedo dormir”, mintió Mia, sentándose a su lado, tan cerca que sus piernas se rozaron. “Es esta casa tan grande... me siento sola sin mamá“.
Él la miró, notando su atuendo, y tragó saliva. “Mia, eres una joven adulta ahora. Pero si necesitas compañía, podemos ver una película”.
Ella se inclinó hacia adelante, colocando una mano en su muslo con fingida inocencia. “Alexander, siempre has sido tan bueno conmigo. Me cuidas como si fueras mi padre de verdad, pero... no lo eres. Y eso me hace pensar en ti de otra manera”.
Sus palabras colgaban en el aire, cargadas de tensión. Alexander dejó la laptop a un lado, sus ojos recorriendo el cuerpo de Mia. “Mia, esto no es apropiado. Tu madre...“.
“Mi madre no está aquí“, interrumpió ella, moviendo su mano más arriba, sintiendo la tela de sus pantalones tensarse bajo su palma. “Y sé que me miras. Lo he notado. ¿Por qué negarlo? Solo somos dos adultos solos en esta casa”. Sonrió, mordiéndose el labio inferior como si fuera una niña traviesa pidiendo un dulce prohibido.
Alexander dudó, pero el deseo en sus ojos lo traicionó. Mia se acercó más, sus labios rozando los de él en un beso tentativo al principio, luego apasionado. Él respondió, sus manos grandes rodeando su cintura, atrayéndola hacia su regazo. Mia sintió la dureza creciente contra su cuerpo, y un gemido escapó de sus labios. “Oh, Alexander... ¿esto es por mí?“, preguntó con voz inocente, pero sus caderas se movieron sutilmente contra él, frotándose con descaro.
Se besaron con urgencia, las manos de Alexander explorando bajo la seda de su pijama, acariciando sus pechos firmes. Sus dedos pellizcaron suavemente sus pezones endurecidos, haciendo que Mia jadeara y se arqueara contra él desabotonando su camisa para tocar su piel cálida. “Te deseo desde hace tanto”, susurró ella, mordisqueando su cuello.
Él la levantó en brazos, llevándola al sofá amplio. La tumbó con gentileza, pero con hambre en sus movimientos. Sus labios bajaron por su cuello, besando cada centímetro de piel expuesta. Mia jadeaba, sus dedos enredándose en su cabello mientras él descendía más, quitando el short de seda para revelar su intimidad húmeda y depilada. “Mírame... ¿te gusto así?“, preguntó con un puchero juguetón, abriendo ligeramente las piernas para invitarlo.
Alexander no pudo resistir. Su boca experta lamió su clítoris hinchado con precisión, succionando y girando la lengua en círculos que la volvían loca. Mia se retorció de placer, sus caderas elevándose para encontrarse con él, sus manos apretando las sábanas. “¡Sí, justo ahí! gimió con voz entrecortada. El clímax la invadió como una ola, su cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre, fluidos calientes cubriendo su lengua.
Luego, fue el turno de ella. Mia se arrodilló frente a él, desabrochando sus pantalones con manos temblorosas pero decididas. Sacó su miembro erecto, grueso y venoso, y lo miró con ojos grandes e inocentes. “¿Puedo probarlo? Nunca he hecho esto antes... bueno, no mucho”, mintió con picardía, antes de tomarlo en su boca, saboreando el sabor salado de su excitación. Movió la lengua alrededor de la cabeza, chupando con un ritmo lento al principio, luego más rápido, sus mejillas hundiéndose mientras lo engullía más profundo. Alexander gruñó, y empujó su cabeza suavemente.
No pudieron contenerse más. Él la posicionó sobre él, penetrándola lentamente, su miembro estirándola centímetro a centímetro hasta llenarla por completo. Mia jadeó, sintiendo cada pulgada dentro de ella. “¡Es tan grande! Mmhh me estás rompiendo...“, exclamó mientras arañaba su espalda, comenzó a cabalgar con rapidez, sus caderas girando en círculos, apretando sus músculos internos para hacerlo gemir. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, y ella los apretó con sus propias manos, mirándolo con descaro.
Alexander la tomó por las caderas, embistiéndola con fuerza desde abajo, el sonido de sus cuerpos chocando llenando la sala. El sudor perlaba sus pieles, y Mia se inclinó para besarlo, sus lenguas entrelazadas mientras alcanzaban el clímax juntos. Él se derramó dentro de ella en pulsos calientes, y Mia tembló con su propio orgasmo, colapsando sobre su pecho.
Después, acurrucada contra él, Mia levantó la cabeza con una sonrisa traviesa. “Eso fue divertido, Alexander. ¿Lo repetimos mañana? Mamá no tiene que saberlo... soy buena guardando secretos”. Él la miró, entre divertido y preocupado, pero ella solo guiñó un ojo. Sabía que esta noche era solo el comienzo.0