capitulo 1 el eco de la ausencia
El calendario marcaba el 15 de mayo de 2023, pero para mí, los días habían dejado de tener nombre hacía mucho tiempo. En Tijuana, el clima suele ser tan incierto como lo era mi vida en ese entonces. Me levantaba por inercia, con el peso de una pérdida familiar que todavía se sentía como una herida abierta en el pecho, de esas que no cierran con el paso de las horas, sino que se infectan con el silencio.
Mi rutina se había convertido en un círculo vicioso de tres estaciones: el trabajo, la casa y el alcohol. El alcohol no era un gusto, era un anestésico. Bebía para apagar el ruido de mis pensamientos, para no tener que enfrentar la casa vacía y el recuerdo de los que ya no estaban. Me sentía como un fantasma caminando entre gente viva.
Esa tarde, impulsado por una mezcla de aburrimiento y una desesperada necesidad de sentirme conectado a algo, decidí abrir de nuevo aquella red social que había abandonado. Buscaba rostros conocidos, voces del pasado que me recordaran quién era yo antes de que la tristeza me borrara. Pero el pasado es un lugar que no siempre te recibe con los brazos abiertos. Mis viejos amigos se habían ido; sus perfiles eran ahora muros mudos o cuentas inactivas.
Solo quedaba una persona: ella. Pero nuestra historia se había roto cuatro años atrás por malentendidos que en su momento parecieron montañas y hoy no eran más que arena. Ella no me hablaba, y su silencio era un recordatorio más de lo solo que estaba.
Estuve a punto de cerrar la aplicación y regresar a mi botella, convencido de que no había nada para mí en ese mundo digital. Sentía que estar ahí no me ayudaba, que solo alimentaba mi ansiedad. Estaba listo para retirarme, para hundirme un poco más en mi rutina gris, cuando de pronto, la pantalla de mi celular se iluminó.
Era un mensaje. Un mensaje de alguien que conocía, pero con quien apenas cruzaba palabras.
"¿A dónde vas? Ven, vamos a platicar", decía el texto.
En ese momento no lo sabía, pero esas cinco palabras eran el principio de un viaje que me llevaría a cruzar el país, a entregar mi corazón por completo y, eventualmente, a enfrentar la tormenta más grande de mi vida. Aquella mujer, con su aparente amabilidad, se convirtió en mi refugio instantáneo. Esa noche nos desvelamos hablando, y por primera vez en meses, sentí que la química con alguien me hacía olvidar el sabor amargo de mi realidad.