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ELENA

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Summary

Elena Valdés, una arquitecta que ha construido una vida exitosa y minimalista en la capital, se ve obligada a regresar a la decadente finca familiar, Las Magnolias (o "La Casona de los Olivos"), tras la muerte de su padre, Arturo. Su objetivo es puramente pragmático: reparar lo indispensable para vender la propiedad y saldar las deudas ocultas de su progenitor. Sin embargo, al llegar bajo una tormenta feroz, descubre que la casa no está tan abandonada como creía. Entre sombras, secretos familiares y una carta póstuma que sugiere una "deuda de honor", Elena se reencuentra con Daniel, su primer amor y el hijo del capataz, quien ha estado cuidando la finca en su ausencia. Atrapada por el temporal y los recuerdos, Elena deberá decidir si entierra el pasado definitivamente o si cumple la promesa que su padre dejó inconclusa.

Status
Ongoing
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La lluvia sobre el parabrisas no era una simple precipitación meteorológica; era una cortina de hierro líquido que separaba el presente del pasado. Elena Valdés apretó los dedos alrededor del volante de su coche de alquiler hasta que los nudillos se le pusieron blancos, imitando el color de la niebla que devoraba las colinas de San Lorenzo. El limpiaparabrisas trabajaba con un ritmo frenético y agónico, un chirrido de goma contra cristal que marcaba el compás de su propia ansiedad. Habían pasado cinco años. Mil ochocientos veinticinco días, si uno quería ser masoquista con las matemáticas, desde la última vez que había recorrido aquel camino de grava y arcilla. En aquel entonces, el sol de verano había quemado los campos de lavanda y el aire olía a promesas rotas. Ahora, el otoño había llegado con una venganza prematura, tiñendo el paisaje de ocres apagados y grises tormentosos. El motor del vehículo rugió al enfrentarse a la última pendiente. A su derecha, ocultos tras una hilera de cipreses centenarios, se extendían los viñedos de la familia. O lo que quedaba de ellos. Incluso a través de la tormenta, Elena podía distinguir el abandono. Las vides, otrora orgullosas y geométricas, parecían ahora sarmientos retorcidos suplicando al cielo. Su padre, Arturo, jamás lo habría permitido en vida. Pero Arturo ya no estaba, y esa era la razón principal, la única razón válida, por la que ella había regresado. Al llegar a la cima, la estructura de "La Casona de los Olivos" emergió de la bruma como un galeón encallado. Era una construcción imponente de piedra y madera, con tejados de pizarra que brillaban húmedos bajo el aguacero. Elena detuvo el coche frente al pórtico principal. El motor se apagó, y el silencio repentino, solo roto por el tamborileo de la lluvia sobre el techo metálico, le resultó ensordecedor. Se quedó inmóvil unos instantes, observando la fachada. Como arquitecta, su ojo clínico no pudo evitar escanear los daños: el canalón desprendido en el ala este, la hiedra que había comenzado a devorar el balcón del segundo piso, la pintura descascarillada de las contraventanas. Pero como hija, como la mujer que había huido de allí con el corazón en una maleta, lo que vio fue un mausoleo de recuerdos. —Vamos, Elena —se susurró a sí misma, su voz sonando extraña en el confinamiento del vehículo—. Es solo una casa. Ladrillo, mortero y vigas. Nada más. Abrió la puerta y el frío la golpeó con la fuerza de una bofetada física. Corrió hacia el refugio del porche, con las botas de cuero resonando sobre la madera vieja. Buscó en su bolso el juego de llaves que el abogado de la familia le había enviado por mensajería urgente. El metal estaba frío, pesado. La llave principal, de hierro forjado, parecía resistirse a entrar en la cerradura, como si la propia casa la rechazara. Tras un forcejeo breve y frustrante, el mecanismo cedió con un chasquido seco. El interior olía a tiempo detenido. Era una mezcla compleja de cera para muebles, polvo antiguo, humedad y ese aroma indescifrable que tienen los lugares que han sido amados y luego olvidados. Elena encendió el interruptor de la entrada, pero la luz no respondió. Por supuesto. La electricidad debía estar cortada o los fusibles habrían saltado durante la tormenta. La penumbra del vestíbulo era densa. Sus pasos resonaron en el suelo de baldosas hidráulicas, levantando ecos que subían por la gran escalera de caracol. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, espectros de sofás y credenzas que aguardaban una resurrección que quizás nunca llegaría. Elena se acercó a una de las ventanas y descorrió las pesadas cortinas de terciopelo. La luz grisácea de la tarde inundó la estancia, revelando partículas de polvo danzando en el aire estancado. Su mirada se posó sobre la chimenea de piedra. Allí, sobre la repisa, permanecía una fotografía enmarcada en plata que nadie se había molestado en cubrir. Se acercó lentamente, sintiendo cómo se le cerraba la garganta. Era una imagen de hacía diez años. Su padre, con esa sonrisa amplia y segura que parecía capaz de sostener el mundo; su madre, elegante y serena; y ella, Elena, con veintidós años y una ingenuidad que ahora le parecía vergonzosa. Y a su lado, con una mano posesiva y protectora sobre su hombro, estaba él. Daniel. Daniel Corvalán. El hijo del capataz. El vecino. El primer amor. El hombre que le había enseñado a distinguir las uvas por su sabor antes de que maduraran, y el mismo hombre que le había enseñado que el dolor emocional podía ser más agudo que cualquier herida física. Elena apartó la vista de la fotografía, sintiendo una punzada de calor en las mejillas a pesar del frío de la sala. No había venido a esto. No había venido a regodearse en la nostalgia barata. Tenía una misión clara: evaluar la propiedad, coordinar las reparaciones mínimas necesarias para hacerla habitable y ponerla en el mercado. Vender "La Casona de los Olivos" era la única manera de saldar las deudas que su padre había ocultado tan meticulosamente durante sus últimos años de enfermedad. Un ruido sordo proveniente de la parte trasera de la casa la hizo sobresaltarse. Sonaba como un golpe metálico, rítmico. ¿Había alguien allí? Se suponía que la casa estaba vacía. El abogado le había asegurado que el personal de servicio había sido liquidado hacía meses. El miedo inicial dio paso rápidamente a la curiosidad y a una cierta indignación defensiva. "Es mi casa", pensó. "Al menos, todavía lo es". Avanzó por el pasillo central, pasando por delante del comedor formal y la biblioteca, dirigiéndose hacia la cocina y la salida trasera que daba a las caballerizas y los almacenes. El ruido se hizo más fuerte. Clang. Clang. Alguien estaba trabajando. Abrió la puerta trasera y salió al patio de servicio. La lluvia había amainado ligeramente, convirtiéndose en una llovizna persistente y caladora. Bajo el techado del antiguo granero, una figura masculina estaba de espaldas a ella, golpeando algo con un martillo sobre un yunque improvisado. Llevaba una camisa de franela a cuadros remangada hasta los codos, revelando unos antebrazos tensos por el esfuerzo, y unos vaqueros desgastados manchados de grasa y tierra. —¡Hola! —gritó Elena, intentando proyectar autoridad sobre el sonido de la lluvia y el metal. La figura se detuvo en seco. El martillo quedó suspendido en el aire un segundo antes de bajar lentamente. El hombre se giró. El tiempo, ese concepto elástico y traicionero, pareció combarse sobre sí mismo. No era el muchacho de la fotografía. El rostro de Daniel Corvalán había perdido la suavidad de la juventud. Las líneas alrededor de sus ojos eran más profundas, marcadas por el sol y, probablemente, por el ceño fruncido de la preocupación. Tenía una barba de varios días que sombreaba su mandíbula cuadrada, y su cabello oscuro estaba algo más largo de lo que ella recordaba, cayéndole sobre la frente húmeda. Pero los ojos... esos ojos de un color ámbar imposible, casi dorados, seguían siendo los mismos. Eran los ojos que daban título a todas sus noches de insomnio. —Elena —dijo él. No fue una pregunta, ni un saludo efusivo. Fue una constatación. Su voz era más grave, con una textura rasposa que vibró en el pecho de ella. —Daniel —respondió ella, cruzándose de brazos para protegerse del frío y de su mirada—. No sabía que había alguien aquí. El abogado dijo que la propiedad estaba desocupada. Daniel dejó el martillo sobre una mesa de trabajo y se limpió las manos con un trapo sucio que sacó del bolsillo trasero. Caminó hacia ella, deteniéndose justo en el límite donde el techo del granero dejaba paso a la lluvia, manteniendo una distancia de seguridad prudente. —El abogado de tu padre sabe mucho de leyes y poco de tejados —dijo él secamente—. Si no hubiera venido a arreglar la filtración del almacén norte, se te habría inundado todo el sótano con esta tormenta. Alguien tiene que cuidar de esto, ya que los dueños parecen haber olvidado que las casas respiran y sangran. El reproche estaba ahí, afilado y directo, envuelto en una capa de pragmatismo profesional. Elena sintió cómo se le erizaba la piel. —No lo hemos olvidado, Daniel. Las circunstancias han sido... complicadas. Y te agradezco que hayas venido, pero no era necesario. Voy a encargarme yo misma de las reparaciones a partir de ahora. Daniel soltó una risa breve, carente de humor. Tiró el trapo sobre un banco cercano y dio un paso hacia ella, invadiendo ligeramente su espacio personal. Elena pudo olerlo: lluvia, óxido, serrín y ese aroma masculino y terroso que siempre había sido suyo. —¿Tú? —inquirió él, arqueando una ceja—. ¿La arquitecta de la gran ciudad va a subirse a un tejado con pizarra resbaladiza en medio de un temporal? Elena, por favor. No has pisado este suelo en cinco años. No sabes cómo ha cambiado el viento aquí. —Sé perfectamente cómo cuidarme, y sé evaluar una estructura —replicó ella, alzando la barbilla. La vieja dinámica de desafío estaba resurgiendo con una facilidad alarmante—. He venido a trabajar, Daniel. He venido a preparar la casa para la venta. El silencio que siguió a esa declaración fue más pesado que la tormenta. Daniel la miró fijamente, y por un momento, Elena vio un destello de dolor crudo en sus ojos ámbar, una grieta en su armadura de indiferencia. Pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazado por una máscara de frialdad pétrea. —Así que es verdad —murmuró él, desviando la mirada hacia la casa principal—. Los rumores en el pueblo eran ciertos. Vienes a desguazar el legado de Arturo. —Vengo a salvar lo que se pueda —corrigió ella, sintiendo que tenía que justificarse, aunque se había prometido no hacerlo—. Las deudas son insostenibles. Mantener Los Olivos funcionando cuesta una fortuna que no tenemos. No es una decisión emocional, es financiera. —Todo aquí es emocional, Elena. Eso es lo que nunca entendiste. O lo que decidiste olvidar cuando te fuiste corriendo a Madrid sin mirar atrás. El golpe fue bajo y certero. Elena sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Recordó la última noche, la discusión bajo el viejo roble, las palabras hirientes que se lanzaron como dagas, la promesa de él de que no la esperaría, y la promesa de ella de que no volvería. —No vamos a tener esta conversación ahora —dijo ella, con voz temblorosa pero firme—. Acabo de llegar. Estoy cansada, mojada y necesito ver si puedo restablecer la electricidad. Si has terminado con la filtración, puedes irte. Te enviaré un cheque por tus horas de trabajo. La expresión de Daniel se endureció. La mención del dinero parecía haberlo ofendido más que cualquier insulto. —No quiero tu dinero, Elena. Nunca lo quise. Y sobre la electricidad... el generador principal está averiado. He conectado el de emergencia, pero solo aguantará para la cocina y un par de habitaciones en la planta baja. Tendrás agua caliente, si tienes suerte. —Gracias —dijo ella, cortante. Daniel asintió una vez, un gesto seco y militar. —Las llaves de las dependencias exteriores están en el tablero, donde siempre. Si necesitas algo... —hizo una pausa, como si sopesara la oferta—... supongo que sabes dónde encontrarme. Sigo viviendo en la casa del guarda, al otro lado del arroyo. —No creo que sea necesario molestarte más. —Como quieras. Daniel se dio la vuelta y comenzó a recoger sus herramientas con movimientos precisos y económicos. Elena se quedó allí plantada, sintiéndose increíblemente estúpida y sola. Quería decirle algo más, quería preguntarle por su familia, por su vida, quería gritarle que no había sido fácil irse, que cada día en la ciudad había sido una lucha contra la gravedad de este lugar. Pero las palabras se le atascaron en la garganta, bloqueadas por el orgullo y el miedo. Se giró y regresó a la casa, cerrando la puerta trasera con más fuerza de la necesaria. Se apoyó contra la madera, cerrando los ojos y respirando hondo. Su corazón latía desbocado. El encuentro había sido un desastre. Tal y como había temido. Pero también había sido... eléctrico. La tensión entre ellos no se había disipado con el tiempo; simplemente se había transformado, madurado como un vino que se vuelve más complejo y peligroso con los años. Caminó de vuelta a la cocina. Gracias al generador de emergencia que Daniel había mencionado, la nevera zumbaba suavemente y una luz tenue iluminaba la encimera de mármol. Elena pasó la mano por la superficie fría. Aquí había aprendido a amasar pan con su abuela. Aquí había llorado su primera ruptura adolescente. Aquí, sobre esta misma mesa, Daniel la había besado por primera vez, con sabor a fresas y verano. Sacudió la cabeza para ahuyentar los fantasmas. Tenía trabajo que hacer. Subió al piso de arriba, guiándose con la linterna de su teléfono móvil. Su antigua habitación estaba al final del pasillo. Abrió la puerta y la encontró exactamente como la había dejado. Los pósters de bandas de rock que ya no existían, los libros de texto de bachillerato en la estantería, la colcha de patchwork sobre la cama individual. Era un museo de una chica que ya no existía. Dejó la maleta sobre la cama y se acercó a la ventana. Desde allí se veía el camino que llevaba a la casa del guarda. A través de la lluvia y la oscuridad creciente, vio las luces de una camioneta encenderse y alejarse por el sendero de tierra. Daniel se iba. Elena se sentó en el borde del colchón, sintiendo el peso de la casa sobre sus hombros. La estructura crujía con el viento, susurrando historias que ella preferiría no escuchar. La tarea que tenía por delante era monumental: restaurar la casa para venderla significaba arreglar grietas, pintar paredes y barnizar suelos. Pero se daba cuenta, con un terror creciente, de que la verdadera restauración no sería la del edificio. Sería la de su propia historia. Sacó de su bolso la carpeta con los documentos de la propiedad. Títulos de propiedad, planos catastrales, informes de deudas. Papeles fríos y burocráticos. Pero entre ellos, se deslizó una hoja suelta, un papel amarillento que no debería estar allí. Lo cogió con curiosidad. Era una carta. Una carta escrita a mano por su padre, fechada apenas una semana antes de su muerte repentina. El sobre estaba abierto, pero ella nunca la había leído; el abogado se la había entregado junto con las llaves, diciendo que Arturo había insistido en que fuera lo primero que ella viera al volver. Elena desdobló el papel con manos temblorosas. La caligrafía de su padre, habitualmente fuerte y angulosa, se veía débil, temblorosa por el esfuerzo final. "Querida Elena: Si estás leyendo esto, es que has vuelto. Sé que juraste no hacerlo, y sé que mis errores te alejaron. La deuda no es solo de dinero, hija mía. Hay una deuda de honor con la tierra y con la gente que la trabaja. Antes de que firmes cualquier venta, antes de que decidas borrar el apellido Valdés de este valle, te pido una última cosa. No mires los libros de contabilidad. Mira el viñedo. Y mira a los ojos de quienes lo han mantenido vivo cuando yo ya no podía. En el ayer de sus ojos encontrarás la verdad que te oculté todos estos años. La Casona no es solo una herencia; es una promesa que rompí. Tienes la oportunidad de repararla, o de enterrarla para siempre. Te quiere, Papá." Elena dejó caer la carta sobre su regazo. Una lágrima solitaria, caliente y pesada, rodó por su mejilla. "En el ayer de sus ojos". La frase resonó en su mente, conectando de golpe con la mirada ámbar de Daniel en el granero. ¿Qué sabía él? ¿Qué verdad le había ocultado su padre? ¿Y por qué Daniel, el hombre que tenía todas las razones para odiar a los Valdés por la decadencia de la finca, seguía aquí, arreglando tejados bajo la lluvia sin cobrar un céntimo? El conflicto central de su regreso acababa de cambiar. Ya no se trataba solo de vender una casa para pagar una deuda bancaria. Había un misterio entretejido en los cimientos de Los Olivos, algo que involucraba a su padre, a la tierra y, inevitablemente, a Daniel. Se levantó y se acercó de nuevo a la ventana. La camioneta de Daniel ya no era visible, pero una luz solitaria brillaba en la distancia, en la pequeña casa del guarda al otro lado del arroyo. Era un punto de referencia en la oscuridad absoluta del valle, un faro solitario en medio de la tormenta. Elena presionó la mano contra el cristal frío. Sabía que mañana tendría que bajar a esa casa. Tendría que enfrentarse a él de nuevo, no como la exnovia que huyó, ni como la propietaria altiva, sino como alguien que busca respuestas. La lluvia arreció fuera, golpeando contra el vidrio como si quisiera entrar, como si quisiera borrar todo rastro del presente y arrastrarla de vuelta al fango del pasado. Pero Elena ya estaba allí. Había vuelto al ojo del huracán. Y por primera vez en cinco años, dejó de correr. Se quitó las botas, se tumbó en la cama vestida y se quedó mirando el techo en sombras, escuchando el latido de la casa. Mañana dejaría de llover. O tal vez no. Pero mañana, inevitablemente, tendría que empezar a excavar. Y tenía la terrible certeza de que lo que encontrara podría destruir la poca paz que le quedaba o, tal vez, solo tal vez, ofrecerle la redención que ni siquiera sabía que estaba buscando.


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