Capítulo 1
Era hermosa y joven, su piel chocolate endulzaba mis deseos de amarla, al conocerla en ese momento me di cuenta del sentimiento que se estaba originando.
—Te presento a mis hijas: Joselyn y Alicia —dijo Anita, mi compañera de universidad, con quien estudiaba la carrera de educación.
— Mucho gusto, encantado de conocerlas —respondí y mirando a una de ellas comenté—el nombre de Alicia me hizo recordar el cuento de Lewis Carroll.
Sonrieron por mi ocurrencia.
—A mi compañero le gusta leer bastante —secundó Anita.
—Es un hermoso cuento, me identifico con la protagonista, lo leí el año pasado antes de graduarme —agregó Alicia. Y tras ello sentí que su mirada conectaba con la mía y cautivaba mi alma.
En los tres años de carrera Anita no había presentado sus hijas a ningún compañero de la universidad; las dos eran lindas, sin embargo, Alicia resaltaba.
Ese día un evento de declamación de poesía realizado por la universidad me tenía como representante por mi facultad, casi todo mi curso estaba ahí, apoyando a quien consideraban amigo y líder del grupo, sin embargo, desde el inicio de la carrera mi grupo era Anita, Ulises y Roberta.
Ulises estudió conmigo en el colegio, bueno, lo conocía desde el cuarto curso porque mis primeros años los estudié en Guayaquil, aunque nací en Manta. Por los negocios de mi padre no teníamos casa fija y brincábamos de una ciudad a otra. Con el Gordo (así le decía por su contextura) nos identificábamos, porque preferíamos quedarnos en casa, cada uno en la suya, yo leyendo y él viendo películas, antes que salir con el grupo de compañeros cada viernes en la noche.
A Anita y Roberta las conocí en la universidad y con Ulises formamos una gallada siempre juntos en las horas de recesos o en los grupos de tareas en equipo.
—¿Poeta, estás listo? —preguntó Roberta.
—Por supuesto, amiga, ahora con más inspiración. Lo dije alto, mirando a Alicia, dedicándole la frase.
—¿Has escrito poesía? —preguntó Alicia con asombro.
—¡Claro! tiene un poemario publicado, ¿cómo es que se titula el libro? —intercedió Roberta.
—Como siempre imprudente —repliqué.
—Si, tienes razón —confirmó Anita.
—Lo mismo digo —afirmó Ulises, soltando una carcajada.
—No vez cómo lo tienes al poeta, sonrojado —volvió a la carga Roberta.
Todos reían, pero no me importó, solo me interesaba Alicia, con quien no dejábamos de mirarnos, pero lo disimulábamos para evitar sospechas de la hermana o la madre.
—Te felicito, es admirable que aún se escriba poesía en estos tiempos. Cuando puedas me obsequias uno de tus ejemplares ¿Cómo se llama tu libro? —preguntó Alicia.
—Es un poema narrativo de cien páginas, versos que se enfocan en la búsqueda por una mujer que llene expectativas. “Afrodita Perfecta”, así lo titulé.
—Un nombre interesante, espero leerlo pronto.
Estábamos en el paraninfo de la universidad, ya casi empezaba el evento. Sentía ansiedad y un poco de nervios no por el público, sino por la presencia de Alicia; a mis veintitrés años entendía el amor a primera vista.
Cuando tocó mi turno pasé y declamé el Poema 20 de Pablo Neruda, lo hice con devoción, inspiración y sentimientos encontrados, me dejé llevar por cada verso, y de vez en cuando miraba a Alicia y mi corazón palpitaba y lo hacía mejor. Al terminar todos aplaudieron, creo que muchos se conectaron con mi declamación.
Fuimos cinco participantes, y uno de ellos solo recitó dos estrofas del poema que le tocaba, el resto lo olvidó. Pobre muchacho, pensé, debería aprender a manejar su estabilidad emocional, si los lobos se disfrazan de ovejas, el ser humano debería esconder sus frustraciones, sus trastornos y cumplir con sus sueños.
Una vez que terminaron las declamaciones dieron el veredicto.
—Y el ganador del concurso de declamación de este año es para el estudiante de la facultad de Ciencias de la Educación, el señor Diego Fernández —dijo una funcionaria de la universidad.
Era un elogio escuchar los aplausos del público, pero lo que más me gustó fue ver a Alicia sorprendida y emocionada de conocer a alguien como yo. Estaba feliz por el premio e ilusionado al ver que Alicia sería la llave para cumplir mi sueño de tener a mi “Afrodita Perfecta”.
La euforia por el triunfo hizo que todos mis compañeros se mantuvieran reunidos y decidamos ir a festejar; elegimos un bar de la Flavio Reyes. Ese fue el momento perfecto para entablar más mi confianza y amistad con Alicia.
—Me puedes dar tu número de teléfono sino es molestia —le dije.
—Qué educado para pedir las cosas —respondió esbozando una sonrisa.
Al anotar mi número le envié un mensaje de texto para que grabase el mío. Eres hermosa y espero algún día te conviertas en mi Afrodita Perfecta, porque tienes las cualidades para ser ella. Cuando leyó el texto asintió enérgicamente mostrando su entusiasmo. Debía de ser astuto y no dejar que Anita sospechara que tenía gusto por su hija.
No quería demostrar un mal aspecto en mí, por eso no bebí mucho alcohol. Y deseaba paralizar el tiempo, desaparecer a toda la gente que estaba ahí y quedar a solas con Alicia.
Poco a poco todos mis compañeros empezaron a irse. Anita no tenía quien la llevara hasta su casa y me ofrecí a hacerlo.
Después de dejarlas en su casa, manejé hasta mi hogar en el Chevrolet Corsa, regalo de mi padre hace cuatro años, por la exoneración de los exámenes de grado y excelentes calificaciones durante todo el periodo escolar; un auto que valoraba mucho.
Cuando llegué, encontré aún despierta a mi madre en el comedor.
—Hola mijo, ¿cómo te fue en el evento de declamación? —preguntó emocionada.
—Excelente mamá, gané el primer lugar, tal como te lo ofrecí; la persistencia nos lleva a obtener la gloria —le dije, mientras abría la nevera y cogía una botella de jugo.
—Qué bueno hijo, de verdad te felicito, sigue adelante, siempre has cumplido con lo que te has propuesto.
—Mira madre, esta placa se juntará con las medallas, diplomas y copas —le dije emocionado, mientras me dirigía a mi estudio.
—Tu padre decía que eras brillante, aunque a veces yo no entendía ciertas reacciones tuyas, sin embargo, a medida que fuiste creciendo te convertías en ese soñador que no solo vivía de ilusiones, sino que se aferraba a lo que de verdad anhela y desea. Pero ten mucho cuidado con la obsesión, a veces se gana, a veces se pierde —dijo, y con su mano derecha tocó mi cabeza.
—Descuida madre. No lo olvidaré.
La abrecé, cerré mis ojos y vi el rostro de Alicia sonriéndome; los abrí rápido. Me sentí extraño, pero no le di importancia.
—Mijo, no quieres comer algo, te preparo un sánduche de jamón y queso.
—No madre, gracias, me tomé unos tragos con mis compañeros y se me ha ido el hambre.
—Bueno descansa entonces —se despidió con un beso en la mejilla.
A mi madre le afectó fuerte la muerte de mi padre, era dependiente a él, a pesar de que le dejó un seguro de vida que le alcanza y sobra, a veces no está bien, se deprime y encierra en su cuarto, llama a enfermedades que realmente no tiene o se pega a un televisor a ver telenovelas todo el día.
Entré a mi cuarto, me desvestí y fui a ducharme. En ese momento otra vez vi la imagen de Alicia, pero esta vez fue diferente y duró más tiempo. La observaba tal como llegó vestida hoy: blusa blanca de tela ligera que, anudada y ceñida por encima de su ombligo, revelando una franja de piel. La prenda resaltaba sus brazos esbeltos y hombros definidos, cargaba unos jeans ajustados que abrazaban sus piernas desde la cintura hasta los tobillos, delineando su figura. El vaquero, quizás de un tono azul clásico, acentuaban sus curvas, en sus orejas cargaba unas argollas plateadas, de tamaño mediano y con un ligero grosor se entrelazaban armoniosamente con las ondas suaves de su cabello.
Salí del baño, me puse la pantaloneta del equipo del curso y me acosté, tomé mi celular y envié un mensaje al número de la hija de Anita. Hola de nuevo, sabes, no dejo de pensar en ti. No lo tomes a mal, pero me gustaría compartirte mi libro, como dijiste que lo deseabas leer espero algún día vernos y ahí obsequiártelo. Qué descanses.
Dejé el teléfono a mi lado esperando contestación, pero el sueño me noqueó.